Diálogos de besuguines VI

Una de los aspectos del carácter de mi hija mayor que más me enamora es su inocencia infantil. Ya ha dejado atrás la frontera de la pureza absoluta, y no es raro ser testigo ocasional de cómo intenta que cuele alguna trola esgrimida en defensa propia cuando huele a tormenta. Sin embargo, sigue haciendo gala de una ingenuidad encantadora a la hora de enfrentarse a situaciones que requieren de una capacidad lógica o simbólica de la que aún no dispone.

A lo largo de estos últimos días ha estado trabajando en su escuela en el que será su regalo para mamá por el Día de la Madre. Sus educadoras han debido de insistirles mucho en lo importante que es mantener el presente en secreto, pero han cometido un «error». Han hecho la concesión de que niños y niñas puedan confesar a papá en qué están trabajando.

Así, al llegar yo ayer a casa del trabajo, tuvo lugar un delicioso desliz que nos arrancó una sonrisa a mamá y a mí. Estábamos las cuatro en la entrada; la bebé, en mis brazos; la mayor, en los de mamá. De pronto, sin venir a cuento, nuestra parlanchina preferida se dirigió a mí para hacer un anuncio orgullosa:

—Papá, ya he pegado la foto en el marco.
—¡Pero, oye! —espetó mamá.
—Pero se lo he dicho solo a papá —se defendió ella con cierta cara de susto.

Con esa concepción suya de la idea de «secreto» que admite como tal cualquier cosa que se susurre bajito al oído, tenía claro que no había hecho ninguna revelación prohibida. Si mamá había prestado oídos a la conversación, debía de ser problema suyo y no nuestro.

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Paciencia

—Espera, déjame que me lave los dientes y ahora juego contigo.

—Espera, cariño, que tengo que comer y ahora cuando termine te leo el cuento.

—Espera, chiquitina, que tengo que coger a tu hermana que está llorando.

—Espera, hija, que se me quema la comida y ahora te doy un papel para pintar.

—Espera, mi amor, que tenemos que ir a comprar un par de cosas antes de jugar.

—Espera un poco, que todavía no es la hora de merendar.

—Espera, que tengo que recoger la cocina antes de ir contigo.

—Espera, que no sé qué me está diciendo mamá y si me hablas tú, no la oigo.

—Espera, cariño, que ya falta poco para llegar.

—Espera, hija, que todavía no hemos pedido la comida al camarero.

—Espera, que te tengo que vestir antes de seguir jugando.

—Espera, que tengo que preparar la mochila para poder salir a la calle.

—Espera a mañana, hija, que ya es hora de ir a la cama y hay que madrugar.

—Espera un poco, que tengo que ir al baño y ahora sacamos la plastilina.

—Espera, que estoy mirando cuál es la mejor manera de llegar a la tienda.

—Espera, que te tienes que lavar los dientes y el morro antes de ir a jugar.

—Espera, que primero nos tenemos que duchar.

—Espera.


 

Y aún tengo los santos bemoles de espetarle a mi hija de 3 años que no tiene paciencia y que tiene que aprender a esperar. ¡Pero qué estoy diciendo! Si la pobre se pasa el día esperándome… Lo dije un día y lo repito una vez más: los niños no necesitan que introduzcamos frustraciones artificiales en su aprendizaje diario; la vida normal ya está repleta de lecciones al respecto.

Había una vez una familia

Había una vez una familia. Podríamos decir que constituía la familia prototípica de españolitos de bien. Papá y mamá trabajaban duro para poder pagar la guardería privada de su hija de 2 años. Fijaos si trabajaban duro que, además, habían recurrido a los servicios de una mujer nicaragüense para que se ocupara de la niña durante el día, la llevara a la escuela, la recogiera y le diera de comer.

Aquella mujer nicaragüense trabajaba en aquella casa madrileña desde las 8 de la mañana hasta las 7 de la tarde, hora en la que por fin papá y mamá podían disfrutar de su hija antes de acostarla. Todos estaban de acuerdo en que era una suerte que aquella mujer nicaragüense no tuviera hijos propios de los que ocuparse. Salvo por ese niño de 7 años que la esperaba en Nicaragua. Pero de aquel niño no iba este cuento.

Había una vez una familia que vivía en un mundo de locos.

Ahora, decidme, ¿de verdad nadie ve nada malditamente retorcido en el modelo que hemos elegido como sociedad para ser padres? Porque el cuento no es tal; es la historia real de una familia de carne y hueso. Una familia que trabaja para malpagar los cuidados de su propia hija a una mujer que malvive desviviéndose para hacer llegar algo de dinero con que sostener la precaria economía de su propia familia allende el Atlántico. Dos familias en dos extremos opuestos de la pirámide neoliberal. Dos familias que ni ven ni crían a sus hijos. ¿Cuándo nos volvimos así de locos?

Casualidad

Muchas veces, paseando por las calles abarrotadas de Madrid, o mientras contemplo ensimismado los pies aburridos de mis compañeros de vagón de metro pienso en la casualidad. Cada día nos cruzamos con centenares —miles, incluso, a veces— de personas cuyas vidas transcurren por una vía independiente de la nuestra que, de golpe y porrazo, ¡zas!, se funde con nuestros raíles. Durante un segundo, quizá a lo largo de tres metros de acera, compartimos camino. ¿Adónde los dirigirán sus pasos? ¿Qué estarán pensando? ¿Serán hoy felices? Y como llegaron a nuestra vida, se van. Se diluyen de nuevo en el paisaje anónimo de la ciudad. Desaparecen para siempre.

Hay unos pocos, no obstante, que no se van. Algunos elegidos por el azar insisten en cruzar su zancada con la nuestra, y vuelven a aparecer al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente… Y, de entre ellos, solo un puñado pequeño, de los de mano de niña de dos años, se queda para hacer del nuestro un camino diferente. Nuestra vida se construye así entre decisiones y casualidades de un destino caprichoso que determina incluso cómo comienza a su vez la vida de tus hijos.

Un enredo imposible de decisiones y casualidades nos hizo dar con nuestros huesos en una ciudad vestida con boina a la que nunca quisimos venir. Un buscador veleidoso nos llevó un día a la bitácora de un papá que a su vez conoció por casualidad a la mamá de su vida. Y sin saber muy bien cómo aquel papá y aquella mamá se metieron en el puñado de esos pocos que repetían en la nuestra. Y después de dos años de paseos cruzados, nadie supo cómo, acabaron teniendo un papel fundamental en el nacimiento de nuestra segunda hija. Y aquella niña cuyo trayecto apenas comenzaba quiso dejar que la casualidad decidiera que tres matronas estuvieran de guardia y que fueran ellas y no otras quienes, por casualidad, atendieran a aquella mamá que tantas veces había soñado cómo quería que fuera su parto.

Y así, como sin querer, aquellas personas que ella no conocía fueron las primeras en cruzarse en su camino por casualidad, y por suerte. Y así, sin palabras que nadie pudiera entender todavía, aquella bebé se preguntó adónde se dirigirían aquellas chicas encantadoras vestidas de verde; qué estarían pensando; y si serían entonces felices como parecía serlo su mamá en aquella noche de luna casi llena de un mes cualquiera de octubre. Y todo, por casualidad.

Diálogos de besuguines V

Sostenía yo a nuestra bebé de un par de semanas de vida en el sofá mientras jugaba con la mayor al restaurante imaginario que había dispuesto con sus manos mágicas entre nosotros. Una de las sillas de su escritorio chiquitín de IKEA hacía las veces de mesa; la otra, era la trona que nos había acercado a mi acompañante —mamá— y a mí para que pudiéramos sentar a nuestra bebé.

Llegó la hora de comer antes de lo previsto, y la camarera de dos años y medio sirvió varios platos invisibles sobre la mesa, aconsejándome que fuera sentando ya al bebé en su trona. Pero ya sabemos cómo son los bebés, tan suyos, y la nuestra no estaba en ese momento muy por la labor.

—¡Siéntalo en la trona, que ya está la comida!
—Pues ahora mismo es que creo que no la puedo poner en la trona. Me parece que se quiere dormir y voy a ver si consigo que lo haga aúpa antes de comer. ¿No lo podemos poner en el microondas para que se mantenga caliente mientras tanto?

Siguieron tres segundos de silencio y la cara atónita de aquella pequeña chef y camarera.

—¿Al bebé? ¡No!

Y es que una de las características más curiosas del castellano es la facilidad con la que omitimos sujetos y objetos de la acción. Mientras que otros idiomas como el inglés o el alemán obligan prácticamente siempre a introducir, como mínimo, un pronombre, nosotros hablamos alegremente con verbos cuyos actores pasivos y activos han de adivinarse entre el contexto. Y claro, cuando el contexto es breve y los interlocutores manejan aún una versión preciosamente ingenua de la lengua… suceden estas cosas.

Diálogos de besuguines IV

Entre los muchos aspectos apasionantes del lenguaje hay uno que resulta particularmente maravilloso: el uso de los sentidos figurados, la ironía y el sarcasmo. Creo que en eso es el castellano especialmente rico, al menos comparado con el escaso par de idiomas que conozco. Me da también la impresión de que puede ir en cierta manera ligado a ese carácter castizo y español tan amigo de la retranca.

Es necesario un dominio generoso del idioma para ser capaz de reconocer todos esos giros y usos retorcidos que plagan nuestro discurso. Es fácil comprobarlo conversando con cualquiera que esté aprendiendo nuestra lengua, ya sea un extranjero o un niño pequeño. Nuestra hija, a pesar de haber aprendido relativamente rápido a construir y entender estructuras complejas, nos lo recuerda a diario con sus interminables preguntas acerca de las frases a las que su interpretación literal no otorga ningún sentido.

Hace algún tiempo, por ejemplo, habíamos salido a cenar con unos amigos. Previendo un regreso a casa tardío íbamos equipados con nuestra mochila de porteo. Al despedirnos de aquellos con ella ya montada en la mochila, tuvo lugar el siguiente intercambio entre uno de nuestros amigos y una niña que ya ponía ojillos de empezar a echar de menos su cama:

-Oye, ¡que te estás quedando frita!
-¡Frita no, que no soy una patata!

Lo más habitual es que este tipo de situaciones nos resulten graciosas e inocentes. Sin embargo, también nos sirven para reflexionar sobre la manera que tenemos de dirigirnos a los niños. No es raro ver cómo su gesto se torna serio o asustado en un segundo cuando alguien le gasta una broma sobre cómo va a devorar su comida o a quitarle cualquier objeto con el que esté entretenida. No está aún preparada para entender bromas así, y en más de una ocasión han sido motivo de una buena llorera que seguramente se podría haber evitado.

También yo, como padre, me equivoco a menudo a la hora de hablar con ella. A veces lo hago desde un humor que solo me sirve a mí como desahogo, pero no es difícil que se me escape algún comentario inapropiado cuando la paciencia se me acaba y dejo que la situación me saque de mis casillas. Ya va entendiendo —y odiando— el uso forzado de un «muy bien, hija, muy bien» que se me escapa en momentos de hartura y que nunca puedo devolver a mi boca arrepentido al instante.

En otra ocasión, después de haberse puesto perdida deleitándose con alguna fruta pringosa, y al ir a intentar restregarse contra mi pantalón, no se me ocurrió nada mejor que advertirle «¡sí, hombre! Ahora límpiate en mi pantalón…». Inmediatamente tuvo que preguntarme desconcertada por qué le decía que se limpiara con tan curiosa servilleta.

Tantas son las veces que mamá y yo la dejamos descolocada con según qué expresiones que ya ha aprendido a utilizar como excusa ese «es una forma de hablar» cuando suelta alguna barrabasada sobre la que nos vemos obligados a preguntarle para asegurarnos de qué ha querido decir. Qué cuidado hay que tener.

Diálogos de besuguines III

Ya mencioné en alguna entrada anterior de esta miniserie lo mucho que me interesa el lenguaje. Superada la pereza de las clases, las tareas y el día a día, me encantaba de mi época de estudiante la parte dedicada a los idiomas. Por eso, una de las vivencias colaterales que más estoy disfrutando de mi paternidad está siendo la de redescubrir el lenguaje a través de los ojos y la lengua de quien tiene que asimilarlo desde cero.

Resulta tan gracioso como apasionante descubrir la lógica con que los niños construyen su propia versión de nuestro idioma. Saltándose los vericuetos de las numerosas excepciones que hacen tan particular una lengua como la castellana, ellos atajan con la forma que consideran apropiada a partir de aquellas estructuras con las que ya se sienten más cómodos.

Durante unas cuantas semanas se repitió así un intercambio de frases entre nuestra hija y nosotros cuya forma sintáctica siempre me hizo gracia. Cuando llegaba el momento de almorzar o merendar en algún lugar de camino, era habitual que ella iniciara la conversación con un espontáneo «¡quiero manzana!». Algo tal que así:

—¡Quiero manzana!
—¿Pelada o sin pelar?
—Con pelar, con pelar.

Ni siquiera el ejemplo inmediatamente anterior de la pregunta precedente era capaz de quebrar la lógica aplastante de la lengua infantil. Si cuando comemos la manzana con la piel intacta hablamos de comerla «sin pelar», parece obvio que la versión que ha pasado por la navaja es una manzana «con pelar». ¿No?