Diálogos de besuguines V

Sostenía yo a nuestra bebé de un par de semanas de vida en el sofá mientras jugaba con la mayor al restaurante imaginario que había dispuesto con sus manos mágicas entre nosotros. Una de las sillas de su escritorio chiquitín de IKEA hacía las veces de mesa; la otra, era la trona que nos había acercado a mi acompañante —mamá— y a mí para que pudiéramos sentar a nuestra bebé.

Llegó la hora de comer antes de lo previsto, y la camarera de dos años y medio sirvió varios platos invisibles sobre la mesa, aconsejándome que fuera sentando ya al bebé en su trona. Pero ya sabemos cómo son los bebés, tan suyos, y la nuestra no estaba en ese momento muy por la labor.

—¡Siéntalo en la trona, que ya está la comida!
—Pues ahora mismo es que creo que no la puedo poner en la trona. Me parece que se quiere dormir y voy a ver si consigo que lo haga aúpa antes de comer. ¿No lo podemos poner en el microondas para que se mantenga caliente mientras tanto?

Siguieron tres segundos de silencio y la cara atónita de aquella pequeña chef y camarera.

—¿Al bebé? ¡No!

Y es que una de las características más curiosas del castellano es la facilidad con la que omitimos sujetos y objetos de la acción. Mientras que otros idiomas como el inglés o el alemán obligan prácticamente siempre a introducir, como mínimo, un pronombre, nosotros hablamos alegremente con verbos cuyos actores pasivos y activos han de adivinarse entre el contexto. Y claro, cuando el contexto es breve y los interlocutores manejan aún una versión preciosamente ingenua de la lengua… suceden estas cosas.

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Diálogos de besuguines IV

Entre los muchos aspectos apasionantes del lenguaje hay uno que resulta particularmente maravilloso: el uso de los sentidos figurados, la ironía y el sarcasmo. Creo que en eso es el castellano especialmente rico, al menos comparado con el escaso par de idiomas que conozco. Me da también la impresión de que puede ir en cierta manera ligado a ese carácter castizo y español tan amigo de la retranca.

Es necesario un dominio generoso del idioma para ser capaz de reconocer todos esos giros y usos retorcidos que plagan nuestro discurso. Es fácil comprobarlo conversando con cualquiera que esté aprendiendo nuestra lengua, ya sea un extranjero o un niño pequeño. Nuestra hija, a pesar de haber aprendido relativamente rápido a construir y entender estructuras complejas, nos lo recuerda a diario con sus interminables preguntas acerca de las frases a las que su interpretación literal no otorga ningún sentido.

Hace algún tiempo, por ejemplo, habíamos salido a cenar con unos amigos. Previendo un regreso a casa tardío íbamos equipados con nuestra mochila de porteo. Al despedirnos de aquellos con ella ya montada en la mochila, tuvo lugar el siguiente intercambio entre uno de nuestros amigos y una niña que ya ponía ojillos de empezar a echar de menos su cama:

-Oye, ¡que te estás quedando frita!
-¡Frita no, que no soy una patata!

Lo más habitual es que este tipo de situaciones nos resulten graciosas e inocentes. Sin embargo, también nos sirven para reflexionar sobre la manera que tenemos de dirigirnos a los niños. No es raro ver cómo su gesto se torna serio o asustado en un segundo cuando alguien le gasta una broma sobre cómo va a devorar su comida o a quitarle cualquier objeto con el que esté entretenida. No está aún preparada para entender bromas así, y en más de una ocasión han sido motivo de una buena llorera que seguramente se podría haber evitado.

También yo, como padre, me equivoco a menudo a la hora de hablar con ella. A veces lo hago desde un humor que solo me sirve a mí como desahogo, pero no es difícil que se me escape algún comentario inapropiado cuando la paciencia se me acaba y dejo que la situación me saque de mis casillas. Ya va entendiendo —y odiando— el uso forzado de un «muy bien, hija, muy bien» que se me escapa en momentos de hartura y que nunca puedo devolver a mi boca arrepentido al instante.

En otra ocasión, después de haberse puesto perdida deleitándose con alguna fruta pringosa, y al ir a intentar restregarse contra mi pantalón, no se me ocurrió nada mejor que advertirle «¡sí, hombre! Ahora límpiate en mi pantalón…». Inmediatamente tuvo que preguntarme desconcertada por qué le decía que se limpiara con tan curiosa servilleta.

Tantas son las veces que mamá y yo la dejamos descolocada con según qué expresiones que ya ha aprendido a utilizar como excusa ese «es una forma de hablar» cuando suelta alguna barrabasada sobre la que nos vemos obligados a preguntarle para asegurarnos de qué ha querido decir. Qué cuidado hay que tener.

Diálogos de besuguines III

Ya mencioné en alguna entrada anterior de esta miniserie lo mucho que me interesa el lenguaje. Superada la pereza de las clases, las tareas y el día a día, me encantaba de mi época de estudiante la parte dedicada a los idiomas. Por eso, una de las vivencias colaterales que más estoy disfrutando de mi paternidad está siendo la de redescubrir el lenguaje a través de los ojos y la lengua de quien tiene que asimilarlo desde cero.

Resulta tan gracioso como apasionante descubrir la lógica con que los niños construyen su propia versión de nuestro idioma. Saltándose los vericuetos de las numerosas excepciones que hacen tan particular una lengua como la castellana, ellos atajan con la forma que consideran apropiada a partir de aquellas estructuras con las que ya se sienten más cómodos.

Durante unas cuantas semanas se repitió así un intercambio de frases entre nuestra hija y nosotros cuya forma sintáctica siempre me hizo gracia. Cuando llegaba el momento de almorzar o merendar en algún lugar de camino, era habitual que ella iniciara la conversación con un espontáneo «¡quiero manzana!». Algo tal que así:

—¡Quiero manzana!
—¿Pelada o sin pelar?
—Con pelar, con pelar.

Ni siquiera el ejemplo inmediatamente anterior de la pregunta precedente era capaz de quebrar la lógica aplastante de la lengua infantil. Si cuando comemos la manzana con la piel intacta hablamos de comerla «sin pelar», parece obvio que la versión que ha pasado por la navaja es una manzana «con pelar». ¿No?

Hasta mañana

Esta noche no puedo mirarte. Tampoco puedo dejar de hacerlo. Después de las semanas tan malas que hemos pasado tú y yo peleando por unos ojos que nunca querían cerrarse, quién me iba a decir a mí que llegaría de repente el día en que no querría soltarte. Así, sin avisar. Y eso que llevaba un año avisándome.

Hoy te he tenido que decir conteniendo un borbotón de lágrimas que mañana ya no estaré entre mamá y tú cuando te despiertes, y te he tenido que repetir una vez tras otra que nunca olvides que te quiero, que te quiero, que te quiero. Y cuando esos ojos enormes se han apagado, ya no había dique que contuviera la catarata en los míos.

Hasta mañana, hija mía. Acuérdate de que te quiero.

Diálogos de besuguines II

Una de los aspectos más interesantes del viaje en el que nos embarcamos al convertirnos en padres es todo lo que aprendemos de nuestros hijos. Porque sí, si uno escucha con atención ellos también tienen mucho que contarnos. Nos hablan de la inocencia, de lo que podríamos ser o haber sido si no prestáramos tanta atención a la opinión de los demás, a la publicidad o al sesgo cultural que susurra desde lo más profundo de nuestro subconsciente.

La semana pasada nuestra gusanita contrajo una exótica fiebre tropical: la fiebre por la plastilina. Se podía pasar horas jugando sin parar moldeando bolitas, cortando pedazos informes y apilando masas de color que nunca recuperarán su aspecto original. Como dice mamá, es una actividad agradecida para nosotros. A diferencia de otras que son más pesadas de aguantar durante horas, jugando con plastilina al menos nos entretenemos también nosotros dando forma a todo tipo de bichos y objetos.

Así andaban ellas jugando en el salón cuando a mamá se le ocurrió elogiar mis pobres dotes para la escultura admirando uno de los animalejos que había moldeado durante la mañana:

—Menudo artista es papá.
—Artista no, mamá. Artisto.

Nuestra hija no entiende de epicenos ni de sustantivos comunes en cuanto al género. Para ella en el parque hay niños y niñas, y en la radio hablan chicos y chicas, y todos tenemos abuelos y abuelas. Y si hay artistas, necesariamente debe de haber «artistos». Y punto.

Para un extremista del idioma como yo resulta complicado acostumbrarse al desdoblamiento que propugna el feminismo. Sin embargo, cuando hablo con mi hija, me pliego a su sencilla lógica idiomática, y me escucho habitualmente a mí mismo hablando de los «niños y niñas» con los que vamos a jugar. A ver con qué cara le explico yo si no que las niñas también son «niños».

Diálogos de besuguines I

Ayer por la tarde, en uno de nuestros habituales paseos por el barrio, bolsa de pipas en mano, nuestra pequeña cotorra nos hizo doblar el espinazo de la risa a mamá y a mí. Desde que empezó a construir frases apretando palabras unas junto a otras no pasa un día sin que nos arranque como mínimo una sonrisa con alguna de sus salidas y ocurrencias.

No sé qué vida tendrá esta sección que me invento hoy para el blog. Quizá muera con esta primera entrega, quién sabe. En cualquier caso, como el primer lector de este diario soy y seré yo mismo, lo aprovecharé para grabar en él esas palabras que, de otra manera, se llevaría el viento que tan puñetero sopla al doblar cada esquina de nuestra Burgos natal. Cuando mi memoria piscícola haya perdido por el camino el recuerdo de esas risas que un día fueron, siempre podré volver aquí y recordar.

Quedan así inaugurados solemnemente los diálogos de besugos pezqueñines.


 

Los que sois padres sabréis seguramente que casi todos los niños atraviesan una etapa en la que se empeñan en no querer andar. Da igual que la puerta del portal acabe de cerrarse a un centímetro de tus cuartos traseros; ellos ya estarán cansados. Nuestra hija ha adoptado últimamente la costumbre de hacer un giro de 180º repentino y plantarse entre nuestras piernas alzando los brazos al cielo como quien clamara piedad de un ser supremo. Al grito de «¡papá, aúpa!» exige su derecho a ser porteada, y sonríe satisfecha cuando se ve izada hasta su atalaya preferida. Se convierte así cada paseo en una lucha de poder en la que las partes deben jugar sus cartas con habilidad para optimizar la relación entre esfuerzo físico, dolor articular y tiempo de desplazamiento. Y se producen diálogos como este:

—Papá, quiero pipas.
—¡Pero bueno! O sea que, además de que te lleve aúpa, ¿también quieres pipas? ¡Tú lo quieres todo!
—Sí.
—¿Hay algo que no quieras?
—Sí, andar.

Lo tiene clarísimo…

 

#MaMaCumple1Año

Si me habéis leído aquí o en alguna red social de forma más o menos habitual, sabréis que no soy el padre más implicado en las actividades de Madresfera; tampoco de entre los Papás bloguerosSe unen la falta de tiempo y la vergüenza para evitar que forme parte de cualquier sarao en el que mi cara colorada por el rubor se pasee entre tantas mamás y papás lanzados a conocerse y hacer comunidad. ¡Con el buen ambiente que han conseguido que se respire entre todos!

Eso no impide que, de vez en cuando y cuando consigo enterarme a tiempo, haga alguna más que humilde aportación. Propuse, por ejemplo, unas pocas recetas en aquella serie de #amimanera de la que fui en parte culpable. También me uní a algunos de los movimientos que considero necesitan todas las voces que puedan reunir para lanzar un testimonio fuerte, razonado y bien informado a causas que así lo merecen. Fue el caso de la campaña de información acerca de los sistemas de retención infantil a contramarcha, o de una de las muchas actividades promovidas por los Papás blogueros en favor de una paternidad igualitaria y corresponsable.

Hoy me quiero hacer eco de la última gran iniciativa nacida del pequeño grupo de entusiastas mentes pensantes que se esconden detrás de la cabecera rosada de Madresfera: el primer número en papel de su revista Madresfera Magazine. Será un número redondo con el resumen de su primer año de vida, como esa revisión de los 12 meses en el pediatra de la que cada padre espera salir con una satisfecha y orgullosa sonrisa de oreja a oreja. No faltará por supuesto el nuevo contenido, con un dossier central dedicado al parto en casa, un asunto tratado de forma tan pésima y superficial habitualmente en nuestro país que solo por eso ya merece la pena echarle un vistazo a la próxima revista.

Dejando al lado el increíble mérito que tiene todo el trabajo que consigue que la Madresfera y su revista sigan rodando, y obviando todo el buen rollo que esta comunidad ha colado en nuestra casa desde las pantallas de nuestros cachivaches, hay motivos más que suficientes para apoyar un proyecto como éste. Cualquier familia que haya hecho un mínimo esfuerzo por informarse adecuadamente sobre los temas que le preocupen de maternidad, paternidad, crianza, salud infantil, etc. debería ser consciente del mal trato que le brindan las cabeceras habituales de los quioscos a este ámbito informativo.

Muchas de las revistas especializadas en el mundo del bebé están plagadas de lugares comunes, datos anticuados, recomendaciones obsoletas y tópicos que, en el peor de los casos, rozan, si no sobrepasan, los límites del machismo más casposo. Nunca he entendido cómo pueden salir adelante tantos títulos del papel cuché al precio con que llegan a nuestros quioscos. Sin embargo, entre esas revistas de bebés que muchos distribuidores sitúan en la sección femenina de sus estanterías, no es raro que tres cuartas partes del contenido sean reportajes y páginas publicitarias. Y ya sabemos que de conflictos de intereses no andamos precisamente escasos en el mundo del cuidado de los hijos (falsos mitos sobre lactancia materna, estudios adulterados sobre el valor nutricional y la salubridad de los alimentos, análisis comparativos nefastos de sistemas de retención infantil…).

Por todo eso merece la pena poner un granito de arena para apoyar un proyecto periodístico serio como éste, con reportajes completos, bien documentados y apoyados en voces autorizadas de verdad. No sé cuál será el modelo de negocio definitivo al que llegará el periodismo del siglo XXI. Lo que está claro es que si queremos contenido de calidad, independiente y veraz, tenemos que echar una mano. ¿Os animáis? Aquí tenéis toda la información sobre el proyecto y cómo sumaros a su campaña de crowd-funding.