Diálogos de besuguines III

Ya mencioné en alguna entrada anterior de esta miniserie lo mucho que me interesa el lenguaje. Superada la pereza de las clases, las tareas y el día a día, me encantaba de mi época de estudiante la parte dedicada a los idiomas. Por eso, una de las vivencias colaterales que más estoy disfrutando de mi paternidad está siendo la de redescubrir el lenguaje a través de los ojos y la lengua de quien tiene que asimilarlo desde cero.

Resulta tan gracioso como apasionante descubrir la lógica con que los niños construyen su propia versión de nuestro idioma. Saltándose los vericuetos de las numerosas excepciones que hacen tan particular una lengua como la castellana, ellos atajan con la forma que consideran apropiada a partir de aquellas estructuras con las que ya se sienten más cómodos.

Durante unas cuantas semanas se repitió así un intercambio de frases entre nuestra hija y nosotros cuya forma sintáctica siempre me hizo gracia. Cuando llegaba el momento de almorzar o merendar en algún lugar de camino, era habitual que ella iniciara la conversación con un espontáneo «¡quiero manzana!». Algo tal que así:

—¡Quiero manzana!
—¿Pelada o sin pelar?
—Con pelar, con pelar.

Ni siquiera el ejemplo inmediatamente anterior de la pregunta precedente era capaz de quebrar la lógica aplastante de la lengua infantil. Si cuando comemos la manzana con la piel intacta hablamos de comerla «sin pelar», parece obvio que la versión que ha pasado por la navaja es una manzana «con pelar». ¿No?

Hasta mañana

Esta noche no puedo mirarte. Tampoco puedo dejar de hacerlo. Después de las semanas tan malas que hemos pasado tú y yo peleando por unos ojos que nunca querían cerrarse, quién me iba a decir a mí que llegaría de repente el día en que no querría soltarte. Así, sin avisar. Y eso que llevaba un año avisándome.

Hoy te he tenido que decir conteniendo un borbotón de lágrimas que mañana ya no estaré entre mamá y tú cuando te despiertes, y te he tenido que repetir una vez tras otra que nunca olvides que te quiero, que te quiero, que te quiero. Y cuando esos ojos enormes se han apagado, ya no había dique que contuviera la catarata en los míos.

Hasta mañana, hija mía. Acuérdate de que te quiero.

Diálogos de besuguines II

Una de los aspectos más interesantes del viaje en el que nos embarcamos al convertirnos en padres es todo lo que aprendemos de nuestros hijos. Porque sí, si uno escucha con atención ellos también tienen mucho que contarnos. Nos hablan de la inocencia, de lo que podríamos ser o haber sido si no prestáramos tanta atención a la opinión de los demás, a la publicidad o al sesgo cultural que susurra desde lo más profundo de nuestro subconsciente.

La semana pasada nuestra gusanita contrajo una exótica fiebre tropical: la fiebre por la plastilina. Se podía pasar horas jugando sin parar moldeando bolitas, cortando pedazos informes y apilando masas de color que nunca recuperarán su aspecto original. Como dice mamá, es una actividad agradecida para nosotros. A diferencia de otras que son más pesadas de aguantar durante horas, jugando con plastilina al menos nos entretenemos también nosotros dando forma a todo tipo de bichos y objetos.

Así andaban ellas jugando en el salón cuando a mamá se le ocurrió elogiar mis pobres dotes para la escultura admirando uno de los animalejos que había moldeado durante la mañana:

—Menudo artista es papá.
—Artista no, mamá. Artisto.

Nuestra hija no entiende de epicenos ni de sustantivos comunes en cuanto al género. Para ella en el parque hay niños y niñas, y en la radio hablan chicos y chicas, y todos tenemos abuelos y abuelas. Y si hay artistas, necesariamente debe de haber «artistos». Y punto.

Para un extremista del idioma como yo resulta complicado acostumbrarse al desdoblamiento que propugna el feminismo. Sin embargo, cuando hablo con mi hija, me pliego a su sencilla lógica idiomática, y me escucho habitualmente a mí mismo hablando de los «niños y niñas» con los que vamos a jugar. A ver con qué cara le explico yo si no que las niñas también son «niños».

Diálogos de besuguines I

Ayer por la tarde, en uno de nuestros habituales paseos por el barrio, bolsa de pipas en mano, nuestra pequeña cotorra nos hizo doblar el espinazo de la risa a mamá y a mí. Desde que empezó a construir frases apretando palabras unas junto a otras no pasa un día sin que nos arranque como mínimo una sonrisa con alguna de sus salidas y ocurrencias.

No sé qué vida tendrá esta sección que me invento hoy para el blog. Quizá muera con esta primera entrega, quién sabe. En cualquier caso, como el primer lector de este diario soy y seré yo mismo, lo aprovecharé para grabar en él esas palabras que, de otra manera, se llevaría el viento que tan puñetero sopla al doblar cada esquina de nuestra Burgos natal. Cuando mi memoria piscícola haya perdido por el camino el recuerdo de esas risas que un día fueron, siempre podré volver aquí y recordar.

Quedan así inaugurados solemnemente los diálogos de besugos pezqueñines.


 

Los que sois padres sabréis seguramente que casi todos los niños atraviesan una etapa en la que se empeñan en no querer andar. Da igual que la puerta del portal acabe de cerrarse a un centímetro de tus cuartos traseros; ellos ya estarán cansados. Nuestra hija ha adoptado últimamente la costumbre de hacer un giro de 180º repentino y plantarse entre nuestras piernas alzando los brazos al cielo como quien clamara piedad de un ser supremo. Al grito de «¡papá, aúpa!» exige su derecho a ser porteada, y sonríe satisfecha cuando se ve izada hasta su atalaya preferida. Se convierte así cada paseo en una lucha de poder en la que las partes deben jugar sus cartas con habilidad para optimizar la relación entre esfuerzo físico, dolor articular y tiempo de desplazamiento. Y se producen diálogos como este:

—Papá, quiero pipas.
—¡Pero bueno! O sea que, además de que te lleve aúpa, ¿también quieres pipas? ¡Tú lo quieres todo!
—Sí.
—¿Hay algo que no quieras?
—Sí, andar.

Lo tiene clarísimo…

 

#MaMaCumple1Año

Si me habéis leído aquí o en alguna red social de forma más o menos habitual, sabréis que no soy el padre más implicado en las actividades de Madresfera; tampoco de entre los Papás bloguerosSe unen la falta de tiempo y la vergüenza para evitar que forme parte de cualquier sarao en el que mi cara colorada por el rubor se pasee entre tantas mamás y papás lanzados a conocerse y hacer comunidad. ¡Con el buen ambiente que han conseguido que se respire entre todos!

Eso no impide que, de vez en cuando y cuando consigo enterarme a tiempo, haga alguna más que humilde aportación. Propuse, por ejemplo, unas pocas recetas en aquella serie de #amimanera de la que fui en parte culpable. También me uní a algunos de los movimientos que considero necesitan todas las voces que puedan reunir para lanzar un testimonio fuerte, razonado y bien informado a causas que así lo merecen. Fue el caso de la campaña de información acerca de los sistemas de retención infantil a contramarcha, o de una de las muchas actividades promovidas por los Papás blogueros en favor de una paternidad igualitaria y corresponsable.

Hoy me quiero hacer eco de la última gran iniciativa nacida del pequeño grupo de entusiastas mentes pensantes que se esconden detrás de la cabecera rosada de Madresfera: el primer número en papel de su revista Madresfera Magazine. Será un número redondo con el resumen de su primer año de vida, como esa revisión de los 12 meses en el pediatra de la que cada padre espera salir con una satisfecha y orgullosa sonrisa de oreja a oreja. No faltará por supuesto el nuevo contenido, con un dossier central dedicado al parto en casa, un asunto tratado de forma tan pésima y superficial habitualmente en nuestro país que solo por eso ya merece la pena echarle un vistazo a la próxima revista.

Dejando al lado el increíble mérito que tiene todo el trabajo que consigue que la Madresfera y su revista sigan rodando, y obviando todo el buen rollo que esta comunidad ha colado en nuestra casa desde las pantallas de nuestros cachivaches, hay motivos más que suficientes para apoyar un proyecto como éste. Cualquier familia que haya hecho un mínimo esfuerzo por informarse adecuadamente sobre los temas que le preocupen de maternidad, paternidad, crianza, salud infantil, etc. debería ser consciente del mal trato que le brindan las cabeceras habituales de los quioscos a este ámbito informativo.

Muchas de las revistas especializadas en el mundo del bebé están plagadas de lugares comunes, datos anticuados, recomendaciones obsoletas y tópicos que, en el peor de los casos, rozan, si no sobrepasan, los límites del machismo más casposo. Nunca he entendido cómo pueden salir adelante tantos títulos del papel cuché al precio con que llegan a nuestros quioscos. Sin embargo, entre esas revistas de bebés que muchos distribuidores sitúan en la sección femenina de sus estanterías, no es raro que tres cuartas partes del contenido sean reportajes y páginas publicitarias. Y ya sabemos que de conflictos de intereses no andamos precisamente escasos en el mundo del cuidado de los hijos (falsos mitos sobre lactancia materna, estudios adulterados sobre el valor nutricional y la salubridad de los alimentos, análisis comparativos nefastos de sistemas de retención infantil…).

Por todo eso merece la pena poner un granito de arena para apoyar un proyecto periodístico serio como éste, con reportajes completos, bien documentados y apoyados en voces autorizadas de verdad. No sé cuál será el modelo de negocio definitivo al que llegará el periodismo del siglo XXI. Lo que está claro es que si queremos contenido de calidad, independiente y veraz, tenemos que echar una mano. ¿Os animáis? Aquí tenéis toda la información sobre el proyecto y cómo sumaros a su campaña de crowd-funding.

Desde otra altura

Mamá y yo nos llevamos un buen trozo. En la cocina tenemos un pequeño taburete que ella utiliza como escalón cuando no alcanza alguna de las baldas superiores de los armarios. Se me olvida a menudo, pero cuando me acuerdo me hace mucha gracia poner mis ojos a la altura de los suyos y ver lo distinta que es su perspectiva. Tiene que ser un agobio encontrarse en medio de una aglomeración de gente y no ver por encima del hombro del resto, ¿verdad?

Hace un par de días compramos un espejo nuevo para la entrada de casa y en un ataque de bricomanía se me ocurrió colgarlo. Ya sabéis que soy muy Monica Geller y no me gusta tener trastos tirados por casa sin colocar. El caso es que cuando lo vio mamá lo primero que dijo fue que por qué lo había puesto tan alto. A mí me parecía una altura estándar, pero claro, viéndolo desde su punto de vista, parece raro no verse reflejado más que de cuello para arriba.

Entonces me di cuenta de que en casa hay ahora una persona todavía más pequeña. Intentamos adaptar lo que podemos a su altura y dejar a su alcance sus libros, sus juguetes e incluso algo de comida para que ella se sirva cuando tenga hambre. Protegemos los enchufes y las esquinas que pueden suponer un riesgo más elevado para ella. Y, sin embargo, nos esforzamos en todo eso sin pararnos a hacer el ejercicio más importante antes de nada: ponernos a su altura. ¿Habéis probado a recorrer vuestra casa desde la altura de vuestros hijos? ¡Cómo cambia la cosa!

Desde ahí abajo no se ve lo que hay encima de las mesas, ni de la encimera de la cocina, ni de las baldas más altas de las estanterías. ¡Cuánta incertidumbre con la que vivir! No me extraña que nuestra gusanita se ponga tan nerviosa cuando está en la cocina con nosotros mientras preparamos la cena. Le encanta que la cojamos entonces en brazos o que la sentemos en la encimera para ver lo que hacemos. Normal, ¡desde el suelo no ve nada de lo que pasa!

Así que si no habéis hecho la prueba, os recomiendo que busquéis un rato y probéis. Daos una vuelta por casa gateando. Veréis qué distinto es el mundo desde ahí abajo y, seguramente, entenderéis también muchas cosas.

#ElTemaDeLaSemana (tengo miedo)

El día parece no querer llegar nunca pero en algún momento, espero que pronto, las 24 horas de mi jornada quedarán a disposición de nuestra hija. Ya sabéis que dejar de lado el trabajo durante un tiempo no ha sido una decisión exenta de temores, pero eran temores mundanos a factores externos que, en la mayor parte de los casos, no dependen exclusivamente de mí. De un modo u otro sé que los superaremos, que nos organizaremos y nos reinventaremos como siempre hemos hecho, que pasaremos el mal trago inicial y estaremos orgullosos de haber dado el paso. Pero esos temores no están solos.

Hoy me uno por primera vez al carnaval de los Papás Blogueros, dedicado en esta ocasión al miedo, al mío personal, al que no depende de nadie más que de mí. Es miedo a no estar a la altura, a no saber darle a mi hija lo que espera de su padre… Porque, de la noche a la mañana, las escasas dos horas que ahora pasamos juntos muchos días se convertirán en días completos repletos de horas, minutos y segundos. Y he visto en mamá que los días llenos de horas, minutos y segundos pueden hacerse muy largos —«molto longos» que diría Juanito— cuando tu única compañía es una niña que demanda toda tu atención.

Tengo miedo de que no sepamos llevarnos bien, de que las rabietas me superen, de que no sepa consolarla, de que no nos entendamos, de que no entienda por qué ya no están la teta, su teta, ni mamá, su mamá… Puede ser un miedo ridículo, no lo sé; cuando mamá ha tenido que trabajar y la gusanita y yo nos hemos quedado a solas durante horas lo hemos pasado genial, ¿pero sabremos hacerlo así día tras día?

Por otra parte, tengo miedo de no ser suficiente, de no saber satisfacer su inmensa necesidad de atención, sus ganas inabarcables de aprender, de tocar, de hacer… Tengo miedo de llegar tarde otra vez, de que ya se haya adaptado tanto a la guardería que volver a estar sola conmigo le resulte pesado y aburrido. Tengo miedo de haberme dejado convencer de que necesitan la escuela infantil para aprender, de que yo no voy a saber qué enseñarle, porque yo no tengo fichas en casa ni horarios ni asignaturas ni juegos heurísticos…

Tengo miedo, pero no podría tener más ganas.