Vinagreta de pesto

El reparto de las tareas de cocina en casa sigue normalmente uno de los siguientes dos criterios:

  1. Cocina quien esté libre porque ha conseguido zafarse de la presa de las niñas.
  2. Cocina la persona especialista en el tipo de plato de que se trate.

Cuando seguimos cualquiera de las recetas con las que solemos enriquecer nuestra cocina, mamá o yo nos ponemos a los fogones indistintamente. Tiramos en ese caso del primer criterio. Sin embargo, hay preparaciones en las que uno de los dos tiene mejor mano que el otro. Es lo bueno de ser un equipo complementario…

Mamá, por ejemplo, es la responsable de todos los arroces que llegan a nuestra mesa. Paellas, arroces caldosos, risottos… Nadie como ella les tiene cogido el punto. Para los platos más especiados, como unas legumbres con verdura que necesitan un poco de gracia o un aliño arriesgado para una ensalada, suelo ser yo quien decide.

De uno de los últimos experimentos nació una vinagreta que a mamá le encantó. Se convirtió en una receta de aprovechamiento a la que recurrir cuando nos sobra un poco de albahaca de cualquier otra preparación. El resto de ingredientes los tenemos siempre en la despensa, así que podemos improvisarla en cualquier momento.

La lista de la compra

  • ¼ vaso de aceite de oliva virgen extra.
  • 20 ml de vinagre de manzana.
  • 20 – 30 g de hojas de albahaca.
  • 5 dátiles (no es necesario que sean medjool, aunque son más fáciles de triturar).
  • 1 rodaja de queso de oveja curado.
  • ¼ de cucharadita de eneldo seco.
  • ¼ de cucharadita de sal de apio.

La sal de apio tradicional se elabora con semillas de apio. En casa, sin embargo, tenemos siempre un tarro de esta alternativa casera de Mercado Calabajío que utiliza en su lugar las hojas. Con un ramo de apio horneado en una o dos tandas tienes sal suficiente para un montón de tiempo. Guardándola en un tarro hermético bien cerrado es un recurso maravilloso para salar carnes, pescados y todo tipo de platos.

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