Diálogos de besuguines IX

Con la excepción de alguna escapada breve de vuelta a Madrid, no hemos hecho todavía ningún trayecto particularmente largo en coche con nuestras hijas. En Semana Santa, por ejemplo, nos limitamos a organizar excursiones de ida y vuelta en el mismo día. Nos sirvieron para ir tanteando el terreno de su resistencia mientras descubríamos juntas algunos de los destinos que teníamos marcados sobre el mapa.

Nuestra mayor no nació siendo una gran viajera. Sus primeros años transcurrieron entre paradas constantes en la próxima salida y vómitos en una bolsa de plástico. Afortunadamente, su relación con el coche fue mejorando progresivamente, y hoy podemos decir que no resulta un problema en ningún caso. La pequeña siempre ha sido más tolerante, y hace ya mucho que viaja detrás tan tranquila aunque ni papá ni mamá vayan sentados junto a ella entre las dos voluminosas sillas a contramarcha.

No podemos ya quejarnos, por tanto; pero tampoco nos gusta estirar la cuerda más de lo necesario. Aunque ambas sepan ya distraerse por su cuenta o con mínima intervención por nuestra parte, sus recursos son aún limitados. Cuando el trayecto se prolonga más allá de la media hora es fácil que empiecen a escucharse las protestas y los «¿cuándo llegamos?».

—¿Cuánto queda?
—Más o menos la mitad.
—¿Como de casa al cole?
—Un poquito más.
—¿Como del cole a casa?

Aquella singular ocurrencia de camino al burgalés Valle de las Caderechas me hizo esbozar una sonrisa al volante. Con sus tres escuetas preguntas dejaba constancia irrefutable nuestra hija de la relatividad del tiempo y el espacio. Porque no se tarda lo mismo en llegar de casa al cole cuando una arrastra aún las legañas que en regresar del cole a casa cuando lo que aprietan son el hambre o el sueño.

Nos desesperan la falta de paciencia de los niños a los que las esperas se les hacen eternas. Pretendemos que entiendan desde los 4 meses que un «papá va a volver enseguida» debería ser tranquilizador a pesar de las horas eternas que ellos experimentan en la guardería. Nos cuesta comprender que sus piernas cortitas viven en una escala diferente, y que caminar una manzana más allá o trepar por una escalinata diseñada para los zancos de un varón adulto puede de verdad resultarles agotador.

Entender que sus tiempos son otros nos ahorrará muchos dolores de cabeza. Si aprendemos, como padres, a ponernos en su lugar, a buen seguro seremos capaces de acompañarlos mucho mejor en esta aventura que es la vida que hemos emprendido juntos.

Stuttgart, niños y otros cuentos de Navidad

Recuerdo una de nuestras primeras escapadas cuando vivíamos en Berlín. Nuestra economía familiar no nos permitía grandes desembolsos, así que nos habíamos propuesto firmemente conocer Alemania en profundidad. Muy en profundidad. Con nuestra maleta y utilizando un portal de viajes compartidos precursor de lo que hoy son en España Blablacar o Amovens, nos plantamos en Magdeburgo. Nos alojábamos en casa de una joven pareja de alemanes que conocimos a través de Couchsurfing, otro fantástico recurso para viajar de otra manera que por aquella época aún utilizábamos a menudo. Charlando con ellos nos reímos mucho de la ocurrencia misma que habíamos tenido de pasar un fin de semana en una ciudad universitaria e industrial que muy probablemente nunca formará parte de ningún circuito turístico. Así somos nosotros: nos gustan los destinos originales.

No debería sorprender a nadie por tanto que mientras algunos de nuestros amigos pasaban su otoño en Cuba, Tailandia, Japón o Nueva York, nosotros decidiéramos —nada más y nada menos— irnos cuatro días a Stuttgart en noviembre. Me resulta tan absurdo tratar de vender Stuttgart como un destino atractivo que no voy ni a intentarlo. Me rindo. Así, sin más. Pero oye, igual que me gusta regodearme en nuestras desgracias viajeras, también tengo derecho a contar cuándo las cosas nos han salido medianamente bien.

No creo que esta entrada convenza a nadie para dejarlo todo y poner rumbo a esta capital alemana, pero sí me va a servir para repasar algunas de las cosas que me llamaron la atención en relación a los viajes con niños y a las diferencias y semejanzas entre la experiencia paternal en Alemania y en nuestro país. Algunas de las cosas que contaré son extrapolables al resto del país; otras, no creo que pasen de lo anecdótico. Os cuento.

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A contramarcha #yoviajoseguro

Hoy me toca una entrada peliaguda. Forma parte de la campaña que, con motivo de la Semana Europea de la Movilidad, ponen en marcha desde Ni un peque más en peligro para concienciar sobre la diferencia vital entre los sistemas de retención infantil (SRI) a contramarcha y los que más acostumbramos a ver en nuestro país a favor de la marcha. Y digo que es peliaguda porque en este, como en tantos otros asuntos del mundo paternal / maternal, es difícil defender una opción sin hacer que los partidarios o usuarios de la alternativa se sientan ofendidos o atacados.

Esta entrada no va de quién es mejor padre. No se trata de menospreciar ni atacar. No se buscan culpables ni ganadores del premio al «Padre del año». No. Se trata de informar para salvar vidas. En concreto, esas vidas que a los padres son las que más nos importan: las de nuestros hijos.

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¿Salimos a comer?

Incluso si no fuera una necesidad biológica básica, comer sería una de mis actividades favoritas. No tengo un paladar especialmente exquisito pero me gusta probar de todo y en casa nos encanta salir a comer, siempre dentro de un orden presupuestario razonable. Los primeros meses de paternidad vinieron acompañados de una cierta reducción en el número de salidas. Las cenas fuera de casa estaban prohibidas si no queríamos desatar el Apocalipsis en la Tierra a la hora de volver a casa, así que nos limitábamos a comer por ahí a mediodía.

Durante un tiempo intentábamos buscar restaurantes que fueran adecuados para niños, huyendo de la comida rápida y tratando de encontrar siempre una trona a nuestra disposición. Con el paso de los meses hemos ido descubriendo que el concepto de restaurante familiar o local baby-friendly no es entendido igual por todas las partes, así que cada vez nos limitamos menos en ese sentido y acudimos a restaurantes «normales» aunque tengamos que apañarnos como sea para que la niña esté entretenida y pueda sentarse a la mesa.

En general diría que no abundan los restaurantes pensados especialmente para familias con hijos pequeños, ni siquiera en una ciudad tan grande como Madrid. En alguna ocasión hemos encontrado propuestas que intentaban hacer un acercamiento a esa idea de negocio, pero el resultado no suele gustarnos. Muchas veces se entiende el ir a comer con niños con la idea de poder comer tranquilo sin los niños, que es justo todo lo contrario de lo que a nosotros nos gusta hacer. Hemos visto restaurantes que ofrecen un espacio separado para padres e hijos, con los clásicos menús infantiles de croquetas, calamares, patatas fritas y espaguetis para que los padres se queden con la tranquilidad de que los niños «algo habrán comido seguro». Nosotros lo que buscamos son lugares que piensen en el bienestar de la familia en su conjunto, donde podamos sentarnos todos a la misma mesa, compartir la misma comida y no sentir que nos miran mal si nos tenemos que levantar cada dos por tres a dar un paseo por el comedor con una niña que no puede aguantar una sentada de dos horas en una mesa de adultos.

Mientras recorríamos las profundidades de la montaña vizcaína en nuestra última escapada familiar nos encontramos por casualidad con un restaurante que nos llamó particularmente la atención en ese sentido, pero de manera positiva. Se trata del Huri Barrena, un pequeño local en el pueblo de Otxandio, cerca de donde nos alojábamos. Nos costó tres intentos conseguir mesa para comer. No dan cenas de lunes a jueves y los días festivos y fines de semana debe de estar siempre hasta arriba. Y no me extraña.

El libro de visitas que tienen disponible junto a la barra rebosa opiniones agradecidas acerca de una comida fabulosa y un trato atentísimo, pero a nosotros nos gustaría destacar otro aspecto de nuestra experiencia allí. Desde que entramos por la puerta trataron a nuestra hija como a una comensal más, atendiendo obviamente las necesidades particulares de una niña pequeñita, pero prestándole siempre tanta atención como a cualquiera de nosotros. Nos preguntaron directamente si queríamos usar una trona —con su edad y tamaño ya hay casos en los que podría sentarse en una silla normal— y le pusieron plato, vaso y cubierto directamente, cosa que creo es la primera vez que nos pasa.

Gracias a lo exitosa que ha resultado nuestra experiencia con el baby led weaning, nuestra hija come prácticamente de todo y por su cuenta. Entiendo que la mayoría de la gente no esté acostumbrada a ver a una niña tan pequeña devorar un trozo de rabo de toro o un buen plato de alubias pintas con morcilla, y supongo que es normal que siempre seamos nosotros los que tenemos que reclamar que le pongan plato, pan y cubierto como a los demás. Por eso nos sorprendió encontrarnos de pronto un restaurante en el que la tenían en cuenta desde el principio.

Aquel jueves contamos al menos otras tres familias con niños pequeños comiendo en el Huri Barrena. Compartían espacio con cuadrillas de obreros y grupos de amigos, y todos degustamos satisfechos un menú del día casero de principio a fin, riquísimo y por un precio casi ridículo. No es un restaurante para niños; es un restaurante que acostumbra a tratar con ellos y que sabe cómo hacerlo. No hace falta más. A nuestra hija le chiflaron las alubias del primer plato, devoró las anchoas a la plancha del segundo y se relamió con el yogur del postre que elegimos de entre la larga lista de deliciosos dulces hechos en casa que incluía el menú. Desde mi punto de vista, es así como aprenden a comer los niños, no apartándolos en una mesa separada con un menú especial que busque el éxito fácil y alejarlos de la mesa familiar. Ojalá sigamos encontrándonos muchos más lugares así.

Mi más sincera admiración

Yo antes de ser padre era un tío organizado. Alguna vez alguien me dijo que debería haber nacido en algún lugar entre el punto más al sur de Baviera y el más septentrional de Schleswig-Holstein, de tan cuadriculada como es mi forma de ser. En uno de mis trabajos anteriores me conocían por mis listas de tareas con 3 estados posibles de completitud, y durante esas etapas de despiste existencial que habitualmente atravieso no es raro que acabara pensando que podría dedicarme a algún tipo de profesión que girara en torno a la organización de eventos o similares.

Hasta que nació ella.

Hemos tardado cerca de año y medio en hacer una salida de más de tres días que no fuera a casa de los abuelos. Las malas noches y el poco cariño que la pequeña sentía por los viajes en coche nos habían desanimado hasta ahora. Armados de valor, este año nos decidimos por fin a aventurarnos lejos de hogares conocidos y, tras darle muchísimas vueltas, terminamos escogiendo el País Vasco como destino para nuestra primera semana de vacaciones familiares.

Debo confesar que no soy lector habitual de blogs especializados en viajes con niños, aunque tengo varios en mi lista de favoritos por si en algún momento decido echar mano de ellos. Sin conocer siquiera los detalles de su logística, tengo que admitir que no puedo sentir más admiración —y seguramente envidia— por sus protagonistas. Continúa leyendo Mi más sincera admiración

¿Por qué llega tarde papá?

Hace años que soy de la opinión de que nunca llega el momento perfecto para tener hijos —o para tener “el hijo”, que viene a ser la tendencia más habitual hoy en día—. No se iluminan las nubes, ni aparece un foco en el cielo de Gotham señalando el momento. Siempre queda algo pendiente: ese viaje a la costa este de Australia, ese último verano loco de festivales, ese puesto de trabajo definitivo que nunca termina de materializarse…

Como el niño que pide cinco minutos más antes de levantarse, yo le pedía a mamá un año más, un último intento de volver a vivir en el extranjero, un verano más para hacer por fin ese viaje en caravana por Nueva Zelanda. Qué iluso. Nada de eso llegó. En su lugar, lo que llegaron fueron mis 30 años, y luego mis 31. Y una rodilla que ya no me deja salir a correr, eso también.

No puedo describir cómo ni cuándo, pero de repente un día supe que no debía seguir esperando. Y no quiero decir con esto que no tenga sentido en vuestras vidas; cada uno es cada uno y sus “cadaunadas”. No lo tenía en mi caso único y particular. Quería ser un padre joven, y las cuentas cada vez estaban más cerca de apuntar a que viviría la adolescencia de mis hijos con más de 50 años. Un padre de 30 años puede ser joven para los estándares actuales, pero me agobiaba recordar las palabras de mamá diciendo cómo siempre se acordaba de haber vivido de niña el 30 cumpleaños de su madre. Que vale, ella es la responsable de tener buena memoria en casa, pero incluso así.

No puedo decir que me arrepienta de haber esperado tanto. Mis últimos años han sido enormemente felices. No puedo decir que no me alegre de haber dado la vuelta a Islandia con la tienda de campaña, o de haber recorrido la Costa Oeste estadounidense con mi querida hermanita. Pero ahora que veo las cosas desde el otro lado, sé que también habría sido el papá más feliz del mundo si me hubiera lanzado antes. Es posible que las cuentas entonces no hubieran cuadrado; 900€ al mes en Madrid dan de sí para pocas alegrías. Pero siempre hay algo que se empeña en no cuadrar.

Hace unos días compartí este artículo sobre lo duro que puede ser querer tener hijos y llegar tarde para conseguirlo. Es increíble que la ciencia nos permita prolongar unos años nuestra edad fértil, pero eso no debería hacernos olvidar que nuestro cuerpo no siempre está de acuerdo. Y cuando algo hace clic en tu interior y llega a tu vida esa necesidad, pasar por años de sufrimiento para conseguirlo —o ni siquiera eso— puede dar un vuelco radical a nuestro orden de prioridades.

Es normal que mientras vivimos cambien los aspectos de la vida a los que damos más importancia. Lo malo es que, a veces, las nuevas prioridades llegan tarde. Como yo, que también llego tarde.