Guarrindongada de melocoatún

Hace ya unos añitos desde que David de Jorge, también conocido como Robin Food, se hizo un hueco entre el plantel de los cocineros más televisivos de nuestro país. Si soy sincero, tengo que admitir que nunca he visto ninguno de sus programas. Sin embargo, sí sé que es conocido, entre otras cosas, por sus «guarrindongadas», una aportación simpática que se cuela entre las esferificaciones y otros términos rimbombantes del resto de los chefs de alta cocina para acercar el producto de sus fogones a la realidad de los hogares españoles.

Esas mezclas inconfesables que se comen por la noche en cada casa a la luz de la puerta abierta de la nevera nos sirven a menudo para dar buena cuenta de latillas a medio terminar, chuscos de pan de hace dos días y antojos azucarados que combinan sorprendentemente bien con el embutido más selecto. Y en una cocina como la nuestra donde no se tira nada, hay mucho hueco para las «guarrindongadas».

La de hoy se la debemos a mi madre, que supongo obtendría a la vez la idea de las páginas de cocina de alguna de las revistas del corazón que de vez en cuando caían en sus manos. Contada la receta suena a guarrería, pero es un recurso fresco, rápido y fácil de preparar que bien puede salvarnos una cena y que a mí me encantaba comer en casa. La receta original de mi madre es incluso más inmediata que la que yo os propongo. Ya sabéis que a ella no le gusta mucho cocinar. Yo le he dado una vuelta para tratar de hacer una versión más casera y sana con algo más de elaboración. Al final de la receta os contaré en qué varía. Quedaos vosotros con la que queráis (confieso que a mí me gusta bastante más la versión original de mi madre, todo sea dicho).

La lista de la compra

  • 3 melocotones amarillos que estén empezando a ponerse maduros.
  • 2 latillas de atún al natural.
  • ⅛ de cebolleta pequeña.
  • Un poco de esta lactonesa casera de Javi Recetas o, en su defecto, mayonesa casera. Ambas son igual de fáciles de hacer en casa en vivo y en directo, pero nosotros hacemos siempre lactonesa por aquello de evitar el huevo crudo que no le sienta bien a la pequeña de la casa.

El camino a la perdición

  • Pelamos los melocotones y los abrimos por la mitad haciendo un corte que rodee toda la pieza de fruta hasta el fondo con un cuchillo y girando después las dos mitades con fuerza con la mano.
    Yo he probado a hacer el corte tanto siguiendo el borde de la pipa como girando la fruta 90º para hacerlo por medio de ésta. Ambas técnicas me han funcionado igual de bien. Si se abre la pipa, cosa fácil con este tipo de fruta, podéis quitarla bien con una cucharilla o un cuchillo. Aseguraros de que no queden fragmentos pegados a la carne, eso sí.
  • Picamos la cebolleta en trozos muy pequeños.
  • Escurrimos las latas de atún y desmigamos el contenido. Después lo mezclamos bien con la lactonesa y la cebolleta. La cantidad de lactonesa o mayonesa depende de lo que os guste. Yo no pondría tanto como si fuera una ensaladilla rusa, pero eso ya cada uno.
  • Disponemos con una cuchara una montañita de la mezcla de atún y cebolleta sobre cada una de las mitades del melocotón. ¡Y listo!

El truco final

Esta receta está mucho más rica fresquita que a temperatura ambiente. Lo ideal es tener todos los ingredientes en el frigorífico antes de prepararla. También podéis dejar lista la mezcla y los melocotones y ponerlos un rato a enfriar antes del emplatado final.

La variación de mamá

En mi receta tenemos que pelar 3 melocotones y abrirlos por la mitad, además de preparar una mayonesa o una lactonesa casera en el momento de ir a elaborar la receta. Podéis ahorraros la primera parte del trabajo sustituyendo los melocotones frescos por sus primos en almíbar. Ya vienen pelados y sin hueso, y el hueco que dejan al quitárselo es bastante más generoso que el que os va a quedar a vosotros haciéndolo a mano. Además, el toque dulce adicional del almíbar queda muy rico junto al salado del atún.

En lugar de salsa casera, siempre podéis utilizar una mayonesa comprada. Aunque el sabor no tiene nada que ver, también queda bien en la receta, y os evitáis el dolor de cabeza de posibles cortes de la mayonesa casera —que son fáciles de evitar, ojo— o de huevos crudos en mal estado.

Por último, mi madre utilizaba siempre atún en escabeche en lugar de al natural. A mí me gustaba más porque incrementa el juego de sabores del conjunto, pero como la nueva mamá que tengo a mi lado es poco amiga de los vinagres, nuestra versión prescinde del escabeche y se ahorra así un poco del mejunje que traen las latillas y que poco color de aceite de oliva natural tiene.

Helado de plátano con chocolate

Me gusta la fruta madura. Es más, no entiendo que haya a quien os guste comer la fruta aún verdecilla, con ese toque ácido que le pone a uno los pelos de punta. La razón de ser de la fruta es la dulzura y para eso se inventó. Toda fruta que se precie terminará su vida útil en una explosión de dulzor y zumo. Nada que ver con esos mazacotes secos y crujientes que parecéis disfrutar comiendo algunos.

Con todo y con eso, hay un límite de madurez a partir de la cual incluso a mí me da cierto repelús comer un plátano. A veces ni siquiera es que estén particularmente maduros, sino simplemente que han sufrido los inconvenientes de ser una fruta tremendamente práctica para llevar en la mochila por si a la niña le entra hambre. Nos encontramos a menudo con plátanos en estado de «semiespachurrez» que ni siquiera cerrando los ojos soy capaz de comer. ¿Y qué hacemos con ellos? Desde luego no tirarlos. Aquí no se tira nada.

A menudo utilizamos la fruta que ha superado todas las líneas rojas de la blandura para hacer un batido fresquito con leche. Como son frutas ya muy dulces, no necesitamos añadirles azúcar, y dejándolo enfriar un rato en la nevera son un postre ideal para estos días calurosos de verano.

Pero hay otro postre perfecto y que también apetece mucho ahora: los helados. Hacía poco que habíamos probado esta receta de polos caseros de fruta que nos propone Marujismo y entusiasmados con nuestra compra de los moldes andábamos a la caza de nuevas posibilidades. Coincidió que teníamos un último yogur de los que hacemos en casa que teníamos que consumir antes de irnos unos días —como no tienen conservantes «sólo» duran alrededor de una semana—, así que no tardamos en urdir un plan.

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Ensalada de fruta #amimanera

Mucha gente se sorprende cuando se enteran de lo mucho que cocinamos en casa. Que lo hagamos y nos guste no significa que siempre sea fácil. Entre otras muchas cosas, exige una pizca de organización. Eso y no ver «Juego de tronos». Pero sobre todo lo primero. Afortunadamente, me caí de pequeño en una de las marmitas de Panoramix; una que, en lugar de su famosa pócima mágica, contenía un guiso de ingeniería alemana. Organizar me gusta; casi diría que hasta me relaja. Salvo organizar planes grupales a través del correo electrónico, de Facebook o de grupos de WhatsApp. Eso no; eso me pone muy nervioso y me hace repetir muy a menudo mi habitual «qué desastre».

Una pequeña pizarra magnética en la puerta de la nevera es el escenario sobre el que se desarrolla el hilo argumental central de nuestra semana gastronómica: el menú. Después de cada comida borramos el plato que hayamos degustado y lo reemplazamos por lo que tocará dentro de exactamente siete días. Reconozco que casi nunca somos capaces de completar el plan semanal sin modificaciones espontáneas. Es necesario un cierto grado de dolorosa flexibilidad para adaptarnos a imprevistos y planes cambiantes de fin de semana. Y a los antojos y noches de pereza, que también los hay.

Entre los platos que componen el menú es prácticamente obligatorio que al menos dos de las cenas estén constituidas fundamentalmente por pescado una y por algo que podamos denominar «ensalada», la segunda. Normalmente son ensaladas que improvisamos sobre una base de lechuga añadiéndole unos cuantos ingredientes en función de lo que seamos capaces de encontrar entre el frigorífico y la despensa. En verano, sin embargo, es habitual que las lechugas invernales del tío Julio se vean sustituidas por una macedonia de frutas que completamos con diversos mejunjes.

Como el #amimanera de esta semana reclama una ensalada y hay quien defiende que no se puede hablar de tal si el plato no es eso, salado, hemos intentado darle una vuelta a nuestra ensalada de frutas para tratar de adaptarla mejor a la convocatoria madresférica. Si hace falta, me batiré en duelo con cualquiera que ose acusarnos de haber presentado al certamen una macedonia, porque esto no lleva ni azúcar, ni licor, ni zumo, ni almíbar. Como mucho podéis decir que no es sino un plato de fruta con cosas. Vamos allá.

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Zumo de sandía y jengibre

Cuando la gente del sur nos escucha a los castellanos hablar de nuestro pueblo no se hacen a la idea de lo que son los pueblos de las profundidades de Burgos. Nuestras aldeas de 10 habitantes —50 en verano, eso sí— nada tienen que ver con esos núcleos de varios miles de habitantes que abundan de Somosierra para abajo. Son pueblos en los que mueren carreteras comarcales sin arcén ni línea alguna que pisar en un adelantamiento ilegal, en los que las moscas se fríen de calor sobre el trigo en verano y las ovejas se ponen bufanda de lana en invierno. Son pueblos en los que no pasa nada, ni el tiempo.

Por eso tengo que reconocer que he tenido mucha suerte en el sorteo que decidió qué aldea me acogería por la vía política. En un pueblo con más animales que habitantes humanos, aldea sin un solo local comercial, un alcalde de los que no abundan se esfuerza desde hace años por situar su nombre en el mapa. Y lo hace organizando todo tipo de eventos: agrícolas, culturales, festivos… como el taller de cocina vegetariana al que nos apuntamos el verano pasado. Allí aprendimos la receta que os traigo hoy, de la mano de una cocinera que trabaja en uno de los escasos restaurantes vegetarianos que se pueden encontrar en Burgos. No puede ser más sencilla, y es ideal para los veranos abrasadores que nos visitan cada año entre mayo y septiembre en Madrid.

Si no sois amigos del jengibre, animaos a probarla igualmente. A mamá tampoco le gusta nada comerlo tal cual y, sin embargo, este refresco casero le encanta. Podéis ir jugando con la cantidad que añadís hasta encontrar el toque perfecto que os guste.

La lista de la compra

  • Sandía. Es importante que tenga buen color y esa textura esponjosa que tanto gusta. Tened en cuenta que es el ingrediente principal del zumo, así que no conviene arriesgar con una sandía sosa y blanquecina. Nosotros utilizamos ½ kilo de carne para las dos copas que veis en la foto (pesada ya sin la corteza). Podéis variar la cantidad a vuestro gusto, pero veréis que se reduce muchísimo el volumen al batir.
  • Jengibre natural. Con un trozo de unos 3 centímetros es más que suficiente para un par de zumos, a menos que os guste mucho el sabor y queráis darle más intensidad.

El camino a la perdición

  1. Cortamos la sandía en trozos grandes y los ponemos en un vaso de batidora de tamaño adecuado.
  2. Cogemos el trozo de jengibre que vayamos a utilizar y lo rallamos. Tomamos la ralladura resultante en el puño y la estrujamos bien sobre el vaso de batidora. Veréis que sale exprimida una cantidad sorprendente de zumo. El jengibre es muy jugoso pero también tiene una fibra muy dura, por lo que utilizaremos únicamente el zumo para evitar encontrar hebras incómodas en la boca.
  3. Batimos todo bien hasta que quede completamente líquido, dejamos que se enfríe un rato en la nevera y ¡a refrescarnos!

El truco final

Terminaré con varios «briconsejos»:

  • Es un refresco que gusta más frío que templado, así que es buena idea utilizar una sandía que haya estado en el frigorífico e, incluso así, dejar enfriar el zumo un rato antes de consumirlo si veis que le falta un poco.
  • Como no es un ingrediente muy habitual en las cocinas españolas, podéis congelar el jengibre sin ningún problema. Nosotros lo troceamos en piezas de 3 ó 4 centímetros y son las que vamos sacando de la bolsa a medida que las vamos necesitando. No hace falta descongelarlo para rallarlo en esta receta, así que podemos improvisarla perfectamente cualquier día si tenemos una pequeña reserva en el congelador.
  • Si utilizáis lentillas, intentad no ponéroslas justo después de haber manipulado jengibre con las manos desnudas aunque os las hayáis lavado. Pica. Esto también es aplicable a la cebolla y el ajo. Vuestros ojos os lo agradecerán.

Tortilla de cebolla al curry

Si hay uno que se pueda considerar el plato estrella de mi padre es sin duda la tortilla de cebolla. Y cuando digo «de cebolla» es «de cebolla», no «con cebolla». Desconozco de dónde sacó la receta mi padre pero me gusta creer que se trata de un secreto milenario que pasó de generación en generación sobreviviendo a guerras mundiales, cruzadas católicas en Tierra Santa e invasiones de pueblos extranjeros venidos de más allá del frío. Cuando yo heredé la receta, la pervertí con algún truco que aprendí de David, el maestro tortillero con el que compartía residencia durante mi Erasmus, y le di un toque exótico con las especias que nunca faltan en mi cocina y que mis padres nunca sabían cuándo utilizar.

Así nació nuestra tortilla de cebolla al curry, plato que yo consideraba extremadamente original hasta que Sem de Y yo con estas barbas destrozó mi ilusión de un plumazo (pero que conste que tengo pruebas gráficas de que hace ya mucho tiempo que venimos preparándola en casa). En cualquier caso, como cada maestrillo tiene su librillo, yo os cuento cómo la hacemos nosotros. Es un saber que hay que compartir para que esta receta milenaria cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos no caiga en el olvido. O lo que sea.

La lista de la compra

  • Un par de cebollas grandes o tres pequeñas. Para la tortilla pequeña de la foto utilizamos unos 360g de cebolla, por si os sirve de referencia.
  • 4 huevos medianos, quizá 5 si son muy pequeños o 3 si son muy grandes. Nosotros pusimos huevos de las gallinas del pueblo de la tía, que son algo más pequeños que los de talla M de supermercado.
  • Aceite de girasol.
  • Sal.
  • Curry.

El camino a la perdición

  1. Cortamos la cebolla en trozos del tamaño que os guste para una tortilla de patata normal —una tortilla de patata «normal» lleva cebolla; es intrínseco a su naturaleza. Si no lleva cebolla, no se llama «tortilla de patata», se llama «huevo con cosas»—. Nosotros lo picamos en pedazos de más o menos 1cm de ancho, que no llegue a ser una «brunoise» picadita.

    Cebolla picada en la sartén
    3 cebollas pequeñas pochándose despacito
  2. Ponemos un buen chorro de aceite en nuestra sartén de las tortillas (¿alguien no tiene una sartén de las tortillas en casa?) y cuando esté bien caliente incorporamos la cebolla. Para que tenga el sabor dulce que nos gusta, dejamos que se vaya friendo despacito con el fuego medio-bajo, hasta que tome un color tostadito pero sin llegar a ser cebolla caramelizada. Nosotros le ponemos un poco de sal.
  3. Mientras se va pochando la cebolla, cogemos los huevos y separamos las claras de las yemas. Viendo uno de los miles de «realities» de cocina a los que somos adictos, descubrí que es mucho más fácil hacerlo con las manos que pasando el huevo de una cáscara a otra como hacía yo hasta aquel momento. Si vais dejando que la clara se cuele entre los dedos, en un minuto lo tenéis listo. Si, además, tenéis los dedos tan torcidos como yo, puede que el hueco extra os ayude a lograrlo en un tiempo récord de 30 segundos.

    Claras batidas hasta formar una espuma
    Las claras batidas hasta formar una espuma. Reservamos las yemas aparte
  4. Ponemos las claras en un bol amplio y las batimos hasta que se hayan convertido en una espuma. No queremos montarlas ni llegar al punto de nieve; en cuanto no veamos parte líquida y sea todo una espuma blanquecina, podemos parar. Este punto le da un toque esponjoso a la tortilla de cebolla que nos gusta mucho.
  5. Cuando la cebolla haya cogido el tono dorado que nos gusta, la sacamos de la sartén y le escurrimos bien el aceite para que no quede un interior excesivamente grasiento.

    Cebolla pochada
    Dejamos que la cebolla alcance un tono doradito sin llegar a caramelizarse del todo
  6. Incorporamos a la espuma de las claras las yemas que teníamos apartadas, la cebolla, una pizca de sal y otra pizca de curry. Lo mezclamos todo bien sin llegar a batir para que no se desinfle la espuma.

    Claras batidas, yema, cebolla pochada, sal y curry
    El curry y las yemas colorean la mezcla
  7. Recalentamos bien la sartén que habíamos usado para la cebolla untada con un poco de aceite sobrante y solo nos queda terminar la tortilla con mucho cuidado como si fuera una tortilla de patata normal. Podéis darle el punto que queráis. No pasa nada si se pasa un poco más; aunque os guste la tortilla poco cuajada, la textura que hemos conseguido con las claras le da un punto esponjoso que queda bien incluso si dejamos que se cocine un poco más de lo habitual.

El truco final

El truco final de hoy es una confesión: no sé hacer tortillas. Mis tortillas francesas acaban a menudo en revuelto espontáneo; no digamos las de patata… Mi truco final es tener al lado a una experta tortillera como mamá, así que el paso 7 y definitivo es siempre obra suya en esta casa. Fijaos si es buena, que hasta con fiebre y anginas termina la tortilla, aunque le quede un poquito arrugada como le pasó ayer.

Sé que esto será una decepción para mi legión de seguidores, pero este ataque de sinceridad debería servir para demostrar que no escondo mis múltiples defectos y que todo lo que os cuento de nuestra cocina es real como la vida misma.

Lo importante no es ser buen cocinero; lo importante es vivir con alguien que sepa cocinar.

Puedes congelar el tiempo

Cualquiera se encontraba con una explosión de rayos gamma en la década de los 60, como bien os podría contar Bruce Banner. Pero claro, el uso llevó al abuso, se pusieron morados —y verdes— con ellos y acabaron haciendo un par de películas tan lamentables que hubo que limitar el acceso a ese tipo de experimentos. Y claro, no es fácil conseguir los superpoderes que uno quiere sin explosiones de rayos gamma. Así pues, mientras continúo buscando una forma asequible de adquirir la capacidad de congelar el tiempo, lo único que puedo congelar es lo que cabe en los tres cajones inferiores del frigorífico de casa.

¿Y qué congelamos? Pues me resulta curioso analizar la evolución que ha sufrido el contenido de nuestro congelador desde que salimos de casa de nuestros padres hace ya unos pocos años. Nada queda ya de aquellas pizzas precocinadas a las que les añadíamos ingredientes por encima para no comer esas bases huérfanas de toda gracia que escondían las coloridas cajas de Dr. Oetker. Ni de esas croquetas cuyo envasado anunciaba «como las de tu madre» pero de rebozado «blandurrio» y más llenas de aire que de jamón. Ni siquiera hay rastro alguno de las cubiteras de hielo que nunca podían faltar por lo que pudiera pasar.

Nuestro día a día ha cambiado, y con él han debido hacerlo los productos que necesitamos tener a mano. Unas veces por accidente, otras por consejo de terceros y otras por experiencia, hemos descubierto que podemos congelar cosas que nunca se nos habrían pasado por la cabeza. Algunas nos ayudan a ser más eficientes en la cocina sin dejar de comer sano; otras nos salvan la vida cuando llega esa tarde de domingo en la que tienes tantas ganas de cocinar como de que te arranquen las uñas con una espátula oxidada. Lo que sí está claro es que cada vez congelamos menos variedad de platos preparados (caseros o comprados) y más elementos listos para utilizar en la cocina como parte de otra receta.

He aquí algunas ideas:

Especias verdes

No sé a vosotros, pero a nosotros siempre se nos acababan poniendo pochos los ramilletes de cilantro o de perejil fresco. Y no será porque yo no le ponga especias a todo lo que se cruza en mi camino (hasta a nuestra gusanita le pongo especias por la mañana aprovechando que soy yo quien la asea y la viste para el cole). Pero no había manera, ni poniéndolo en un vaso con agua, ni al sol, ni a la sombra.

Hasta que un día un compañero de trabajo me comentó que él en casa congelaba el perejil fresco en una bolsa y lo iba sacando según lo necesitaba. ¡Y bingo! Desde entonces utilizamos esta técnica para condimentos como el perejil que nos traemos de la huerta del tío Julio, el cilantro o la albahaca. Tengo que reconocer que cuando descongelas las hojas se quedan lacias y tristes, pero conservan prácticamente todo su sabor si lo que vas a hacer con ellas es cocinar y no decorar el plato con el que te vas a presentar a la fase final del proceso de selección de MasterChef.

Suero de leche

Esto ya os lo he contado, pero no por eso quería dejar de incluirlo en esta lista. Tener un par de recipientes con suero de leche en el frigorífico siempre nos viene bien para ese plato de macarrones de emergencia que construimos con pasta seca y los restos de cuatro verduras que habitan la planta baja de nuestra nevera. El sabor de la pasta cocida en suero nos gusta más y aprovechamos, además, todos los subproductos de ese queso casero que tanto nos gusta.

Caldos

Todavía tenemos que optimizar la organización de nuestro menú semanal para poder tener siempre a punto un caldo casero cuando lo necesitamos pero, si nos sobra de alguna elaboración anterior, siempre guardamos el caldo restante para platos futuros. No importa si no conservamos el suficiente como para completar la cocción de un arroz; todo el caldo que añadamos será positivo por mucho que luego nos veamos obligados a completarlo con un poco de agua.

El caldo que más habitualmente preparamos es el de pescado, que después utilizamos en arroces y sopas sobre todo, pero también hemos trabajado con pollo y verduras cuando algún plato lo pedía o en aquellas ocasiones en las que teníamos mucha verdura de la huerta acumulada.

Salsas sobrantes

Llamadme exagerado si queréis —porque lo soy—, pero he contemplado con horror y lágrimas surcando mi rostro cómo compañeros de trabajo tiraban al contenedor de restos orgánicos que hay en la cocina toda la salsa que les sobraba del plato que les hubiera tocado ese día. Yo soy un talibán del aprovechamiento de la comida; antes que tirar la salsa me la como a cucharadas si no tengo pan para untar. De hecho, a menudo utilizo una cuchara para comer platos que todo el mundo degusta con tenedor solo por el hecho de poder aprovechar mejor la salsa. Si aun así sobra, ¡guardadla, por amor de dos!

Una salsa de tomate de cualquier cosa se pueda aprovechar perfectamente para guisar algo más al día siguiente, incluso el exceso de caldo de una alubiada que pusimos en la olla con más agua de la que debíamos. Hace no mucho congelamos un «tupper» con el caldo que nos quedó de unas alubias pintas con chorizo. Lo reutilizamos poco después para guisar unas patatas y el resultado no podría haber estado mejor. Os diría que relamí el plato en casa de gusto, si no fuera porque eso no es nada excepcional en mi caso —o sí, ¿quién sabe?—.

Tiempo empanado

Incluyo en esta categoría cosas empanadas como las croquetas y otras sin empanar como gnocchi o empanadillas. Es muy raro que en casa comamos este tipo de cosas el mismo día que las elaboramos; normalmente esperamos a que nos dé una venada de sábado por la mañana y, aprovechando que la inquilina más joven de la cama es aficionada a madrugar, dedicamos unas cuantas horas a trabajar en este tipo de preparados que, sin ser particularmente difíciles, sí son laboriosos y pringosos para la cocina. Como no hace falta descongelarlos para echarlos a la cazuela, son ideales para preparar algo rápido, rico y elaborado un día que nos apetezca comer algo chulo y no tengamos tiempo o ganas de cocinar. O para ese día en que el Wolfsburgo le mete un 2-0 al Madrid y necesitas cenar croquetas caseras para enderezar el rumbo de tu vida antes de irte a la cama, también para ese día.

Masa

Esta categoría estamos todavía trabajándola, pero poco a poco empezamos a congelar pelotas de masa de harina. La de la pizza solemos hacerla en directo cuando toca, pero sí hemos congelado por ejemplo la que utilizamos para hacer estas deliciosas borekas de berenjena. Iremos experimentando con más a medida que profundicemos en el mundo panadero que estamos descubriendo.

Recortes y raspas

Los caldos caseros no crecen en los árboles ni en las baldas del supermercado, por mucho que lleven el letrero «casero» bien grande en la cara anterior del tetrabrik. Congelamos la parte que se descarta de los espárragos verdes, el trozo verde de los puerros, el tuétano del brócoli, recortes de tocino del jamón que nos regalan en el trabajo por Navidad, raspas y cabezas de pescado… Todo eso que tanta gente tira es un punto de partida ideal para un caldo de rechupete que no lleva más «E-» en su nombre que las tres de «rEchupEtE».

Tiempo picado

A veces nos cuesta encontrar el momento de echar mano de esta última categoría y acabamos haciéndolo todo cada día, pero de vez en cuando congelamos una buena bolsa de cebolla, zanahoria o pimiento picados, o un trozo generoso de calabaza del pueblo troceada y lista para cualquier puré. No es nada del otro mundo, pero ahorra unos minutos al comienzo de ese sofrito para el que queremos picar 2 ó 3 verduras finitas y que esté listo cuanto antes.

Jengibre natural

El jengibre es un producto que no acostumbramos a incorporar a menudo a nuestros platos, así que cuando compramos un trozo en la frutería suele durarnos bastante. Hace un par de años nos enseñaron que se puede congelar sin problemas, así que lo partimos en trozos del tamaño que solemos necesitar y lo guardamos en una bolsa de congelación normal y corriente. De vez en cuando vamos sacando un trocito y lo aplicamos rallado y exprimido para darles un toque exótico a las lentejas o para preparar un refresco de sandía y jengibre que en verano «quita el sentío».

 

No es que nuestro congelador sea especialmente pequeño, pero llegó un punto en que teníamos tantas cosas que no sabíamos qué era qué, cuánto tiempo llevaba ahí o si ya tenía hijos que iban a la universidad. Decidimos que sería buena idea ir apuntando las entradas y salidas para llevar un control de lo que había, lo que, además, nos ayuda a la hora de programar el menú semanal para ir dándole uso a ese «tupper» de setas de carrerilla salteadas que nos dio la abuela la primavera pasada.

Con el tiempo descubrimos que separar el contenido por cajones a la hora de apuntarlo nos ahorra aperturas innecesarias del congelador, con el consiguiente ahorro de energía que eso supone. Desde entonces tenemos en un imán de la nevera 3 hojitas que se corresponden con cada uno de los 3 cajones, lo que facilita enormemente la peligrosa tarea de sumergirte en el frío en busca de una rama de perejil. Además, etiquetamos cada recipiente con un trozo de cinta de carrocero en el que escribimos con un rotulador gordo qué contiene el envase. Se acabó el rebuscar en el hielo más allá del Muro.

Mira, al final resulta que casi somos capaces de congelar un poquito de tiempo.

¿Qué hago yo con este suero?

¿Alguna vez habéis elaborado queso en casa y os habéis preguntado qué podéis hacer con el suero resultante? ¿No? Pues ya está; podéis dejar de leer aquí mismo. ¿A que ha sido fácil?

El primer paso en el proceso básico de elaboración del queso produce como resultado algún tipo de cuajada. A continuación, se corta en dados cuyo tamaño depende del tipo de queso que estemos tratando y se enmolda. Mientras hacemos todo esto, la cuajada irá liberando un líquido más o menos blanquecino como subproducto: es el suero de leche. Supongo que hay gente que lo retira y se deshace de él, pero a nosotros nos parece mucho mejor aprovecharlo en casa y sacarle así todo el rendimiento a la leche que hayamos comprado ese día para fabricar queso.

El suero de leche tiene infinidad de nutrientes y se le atribuyen todo tipo de efectos positivos sobre el organismo, pero dejaré que vuestro nutricionista de referencia os confirme o no ese extremo; a mí no me corresponde. Lo que es innegable es que el suero es parte integral de la leche que consumimos habitualmente y que la industria alimentaria lo utiliza constantemente en la elaboración de todo tipo de preparados. Es una pena, por tanto, que nosotros en casa lo tiremos, ¿no?

Si se ha desprendido mucha parte de la cuajada durante el corte, el suero habrá quedado más espeso. En ese caso, podemos aprovecharlo todavía para obtener algo de requesón casero; está que quita el hipo y lo podéis utilizar en toda clase de postres. O coméroslo a cucharadas, que es lo que terminamos haciendo en casa casi siempre, obviamente.

Una vez veamos que el suero parece más o menos limpio, podemos hacer varias cosas con él. A mí me gusta para merendar un vaso directamente —a mamá no tanto—, aunque hay que tener en cuenta que es algo que pone en marcha el sistema digestivo que da gusto… Como lo habitual es que nos encontremos con una gran cantidad de líquido de repente después de una tarde elaborando derivados lácteos —estamos hablando de varios litros posiblemente—, nuestra solución más frecuente es congelarlo. Repartimos el suero en recipientes limpios que cierren bien y, una vez frío, lo metemos al congelador. Tened en cuenta que, si utilizáis leche poco grasa —de vaca, por ejemplo— en lugar de una más densa como la de cabra, la cantidad de suero que obtendréis para un mismo queso será mucho mayor, obviamente.

«¿Y qué hacemos después con él?», os preguntaréis. Pues normalmente lo utilizamos para cocer pastas, arroces, o cualquier tipo de sémolas y semillas (quinoa, por ejemplo, que está muy de moda). La diferencia entre cocerlo con agua del grifo y cocerlo con suero es inmensa; la pasta queda tan rica que dan ganas de comérsela sin nada más. Conviene sacar el suero de la nevera un rato antes de cocinar para que vaya descongelándose pero, si tenéis prisa, veréis que se derrite enseguida si lo ponéis al fuego en la cazuela.

Como curiosidad diré que antes de saber todo esto ya había tenido yo la ocurrencia de cocer a veces la pasta en leche en lugar de en agua (o agua y leche a partes iguales). El resultado es también bueno, aunque no es la mejor forma de optimizar el consumo de leche, desde luego, a menos que aprovechemos el líquido restante para añadirlo como parte de la salsa, por ejemplo.

¿Hacemos queso? ¡Viva el queso!