El colecho o el arte de la guerra

Me encanta el colecho. Adoro llegar el último a la cama y encontrarme a mamá y a la chiquitina desparramadas por el colchón con el resplandor amarillo de la farola de la esquina colándose entre las cortinas como única fuente de luz. Me chifla despertarme por la mañana y ver a mi niña aún dormida,  poniendo morritos o con la mano posada sobre un papo colorado.

Pero. Dormir, lo que se dice dormir, yo como mejor duermo es solo en mi propia cama.

El colecho nos regala momentos preciosos. Nos ha ahorrado infinidad de salidas de la cama y patadas a esquinas de muebles de IKEA con el meñique descalzo de un pie congelado. Nos ha facilitado la vida y la lactancia, y nos ha permitido dormir tranquilos durante más de dos años. No tenemos más que levantar un poco el párpado para echar un vistazo alrededor y comprobar que toda la tribu sigue ahí, durmiendo, respirando.

Pero también nos hemos despertado unos a otros con choques inoportunos o ronquidos altisonantes. Hemos encajado patadas en las costillas y en los riñones y, como quien se acuesta con niños, mojados nos hemos levantado. Y es que los niños, especialmente una vez que aprenden a rodar sobre sí mismos, tienen una capacidad asombrosa para ocupar espacio y defenderlo con uñas y dientes desde lo más profundo de sus sueños.

Nuestra hija, en su esfuerzo por no ceder ni un milímetro de sábana fresca, ha desarrollado toda una batería de posturas con las que estratégicamente reclama su territorio. Estas son sus cinco más mortíferas.

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3 canciones para (no) dormir – Volumen 2

Hace tiempo que os hablé ya de nuestras tres primeras canciones fetiche para dormir a la que por aquel entonces aún debía de ser una bebé, ya grandecita, pero bebé al fin y al cabo. Han llovido siestas y noches desde entonces, pero el sueño sigue siendo uno de los asuntos que más inseguridad me genera y que más me trae de cabeza. ¿Pero por qué no se duermen?

El gusto musical de nuestra hija va evolucionando al mismo ritmo con que ella deja atrás tallas de ropa y números de pie. Le chiflan los coros (su más favorito del mundo mundial es el «O Fortuna» de Carl Orff) y los tambores, y siempre que se acuerda de pedirnos que pongamos música en casa insiste en que pinchemos algo «de esos chicos», refiriéndose a Corvus Corax, un conjunto muy peculiar que hace ya tiempo se coló entre mis debilidades. «Son mis amigos» dice la tía… Menudas películas se monta.

Así pues, también hemos debido actualizar nuestra lista de temas infalibles para acompañar su sueño. Sinceramente, no tengo ni idea de si sirven para algo. En cualquier caso, este es el podio definitivo:

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2 minutos

Sucede cada día entre algo después de las 22:00 y algo antes de las 00:00. O no; no siempre tengo esa suerte. Apenas dura un par de minutos, un puñado de segundos iluminados por la luz cálida naranja de una farola que proyecta sombras mágicas sobre la cortina del dormitorio que compartimos. Cada día entre las 22:00 y las 00:00 vacío la mochila y pongo el punto y final a un nuevo día con ella, con mi hija.

Normalmente es mamá la que se ocupa del turno de noche. Nuestro reparto de tareas actual me hace a mí responsable de la siesta de la tarde. Mientras termino de fregar, de recoger la cocina y de dejarlo todo listo para el día siguiente, ellas completan las rutinas del aseo: lavado de manos y cara, cepillado de dientes, paso por el inodoro, pijama… Los pasos silenciosos de mamá por el pasillo y ese clic tan familiar de un sujetador que se abrocha son todo cuanto necesito escuchar. Ya está dormida.

Empieza entonces nuestro ritual de recogida. Una película en el salón, un libro en la otra habitación, el repaso diario a una actualidad a la que siempre llegamos tarde… De vez en cuando, los tres pitidos agudos que ponen en marcha la yogurtera sobre la encimera de la cocina. Y de pronto, un chasquido metálico y un gruñido desde la habitación del fondo. La casa escucha alerta y los músculos se tensan.

Nuestra hija ya empieza a dormirse sola a menudo durante sus despertares nocturnos. Sin embargo, cuando no lo consigue y aún estamos despidiéndonos del día, soy un padre feliz. Descalzo para no hacer ruido salgo disparado hacia ella y la cojo en brazos con la misma urgencia que debí de sentir hace ya más de dos años en aquel frío paritorio de hospital. Mis manos se estiran tratando de apretar su diminuto cuerpo caliente contra mi pecho, sintiéndola relajarse al instante en contacto conmigo, la cabeza descansando sobre mi hombro reflejada en ese espejo que trae a la habitación la luz de aquella farola naranja. El último abrazo del día. A veces me olvido de no permitir que sea también el primero.

Y durante dos minutos que ojalá no terminaran nunca no me importa nada más. Contemplo su cara, su paz infinita ajena al mundo que heredará. Escucho su respiración rítmica, esperando el áspero suspiro que me pide que la tumbe de nuevo. La miro, y la quiero, y la beso con los ojos, y le pido perdón por no haber sabido esperar, por haberla hecho llorar.

Cada día entre algo después de las 22:00 y algo antes de las 00:00, todo cobra sentido.

#ElTemaDeLaSemana – Una afición para compartir

Es curioso que sea precisamente una de las aficiones que más he dejado de lado desde que estrenara mi paternidad, pero me encantaría que a nuestra gusanita le gustara la bicicleta como mínimo tanto como a mí. Y cuando hablo de compartir la afición no me refiero solamente a que disfrute montando en bici, sino a que podamos hacerlo juntos.

La falta de amigos ciclistas en mi entorno más cercano me convirtió hace tiempo en un lobo solitario. Acostumbro a salir solo en bicicleta y perderme por caminos que voy descubriendo a medida que los elijo en el último segundo. No obstante, en esas raras ocasiones en las que consigo engañar a algún compañero de kilómetros, disfruto de la compañía y de esas conversaciones sinceras que las dos ruedas propician. Tanto como lo hago de la soledad cuando pedaleo en solitario. Nada me gustaría más que encontrar en mi hija una nueva compañera de ruta, una nueva confidente en esa intimidad que el campo seco y abierto de Castilla y los bosques bajos de la sierra burgalesa ponen a disposición de quien quiera aventurarse a conocerlos.

Antes de ser padres, mamá y yo volvíamos a casa de los ahora abuelos más de la mitad de los fines de semana. Allí es donde aparco yo mi colección de bicicletas para dar rienda suelta a mi afán por pedalear. Unos días tocaba montaña; otros, carretera. Cuando nació nuestra gusanita las escapadas al norte hubieron de reducirse necesariamente por muchos motivos, pero fundamentalmente por lo poco que le agradaban los viajes en coche y por lo poco que dormíamos ninguno de los tres cuando cambiábamos nuestra amplia cama con cuna de colecho por unos colchones más estrechos que alojaban nuestros cuerpos cual sardinas en lata de aceite de oliva virgen extra.

Los fines de semana en casa de los abuelos eran menos y, para colmo, nos levantábamos siempre cansados y deseosos de aferrarnos a las sábanas unos minutos más mientras ellos entretenían a la pequeña insomne. Nunca me pareció que fuera oportuno dejar a mamá sola con el pastel toda la mañana para huir sobre dos ruedas. Ni eso, ni quemar en un viaje a ninguna parte la poca energía que mi cuerpo era capaz de salvaguardar cada noche. Mamá era por aquel entonces la que más tiempo pasaba a diario con nuestra hija, así que sentía la necesidad de estar presente todo el tiempo posible durante los fines de semana o por las tardes en cuanto salía del trabajo.

Con el tiempo, y a medida que la nieta va conociendo a sus abuelos, nos sentimos más cómodos delegando en esa cuadrilla de locos que a veces nos parecen nuestros dos pares de padres. Y así por ejemplo, durante las últimas vacaciones en casa hemos podido aprovechar para leer y salir en bici como hacía casi dos años que no lo hacíamos.

De momento no me planteo tener una bicicleta en condiciones en Madrid. No estoy acostumbrado a tener que montarla en el coche para poder salir al monte con ella. Sin embargo, no paro de darle vueltas a la idea de cómo poder acompañar a mi hija en sus inicios sobre las dos ruedas. Soluciones hay muchas, pero la bicicleta es una de esas aficiones que no son fáciles de mantener cuando vives de alquiler a muchos kilómetros de la que siempre ha sido tu casa. El espacio es limitado y Madrid es una ciudad muy poco práctica para moverse por ella o fuera de ella sobre el sillín. El tiempo corre en mi contra para neutralizar la escapada, pero con ganas y amor estoy seguro de que no me ganarán el sprint final.

No me deja dormir

Es muy probable que me arrepienta de haber escrito esta entrada pero hace tiempo que vengo dándole vueltas y estoy seguro de que poner por escrito mis ideas me ayudará a ordenar las peregrinas disquisiciones que me persiguen desde hace algunas semanas. ¿Desahogo? Puede que haya algo de eso. ¿Dudas? Muchas.

Hoy voy a hablar del sueño infantil. Id cogiendo piedras. Continúa leyendo No me deja dormir

¿Quién eres tú y dónde está papá?

Qué atrevida es la ignorancia. Aunque no me guste, tengo que reconocer que entiendo a todos nuestros amigos sin hijos, vecinos, compañeros de trabajo, etc. que se sorprenden cuando les contamos que no hay una única forma de criar a un hijo. Para muchos de ellos alternativas como el colecho o el «baby lead weaning» son poco menos que ciencia ficción. Pero los entiendo. Porque para mí también lo eran hace no mucho.

Antes de embarcarnos en el proyecto de la que ya es nuestra nueva familia, yo era el más absoluto ignorante en lo que se refiere a los bebés. No sabía absolutamente nada de lactancia, desconocía por completo la edad a la que los niños empiezan a andar, a hablar, Palabras como «body», «muselina», «cuco» o «pelele» me eran tan familiares como los fermiones de la física de partículas.

Ese desconocimiento me llevaba a concebir ideas tan peregrinas como la de que yo no iba a cambiar. Tenía claro que tendríamos que hacer algunos ajustes en nuestra rutina, pero no alcanzaba siquiera a vislumbrar la avalancha que se nos venía encima. Y vaya si hemos cambiado, vaya si he cambiado.

Alguien como yo, que se lee de cabo a rabo el manual de instrucciones de cualquier artilugio nuevo que llega a casa antes de estrenarlo, tenía que documentarse adecuadamente sobre cómo se hace eso de ser padre. Nunca antes había leído tanto acerca de nada que fuera a hacer: ni cuando tuve que diseñar mi Erasmus en el extranjero, ni cuando mamá y yo organizamos a mano cada detalle de nuestra boda de andar por casa, ni cuando decidí entrenar para un triatlón en una de esas venadas mías. Todo tipo de manuales, blogs y libros de crianza pasaron por mis manos.

Y ahí empezó mi transformación. Intuía yo que no iba a ser muy fiel a la forma tradicional de hacer las cosas; ese no es mi estilo. Los pobres abuelos de la gusanita han tenido que aprender a aceptar que no le quisiera poner pendientes, que toma y tomará el pecho hasta que a ella y a su madre les parezca oportuno, que el fular elástico, la bandolera y la mochila de porteo son tan buenas alternativas como esa silla que cada día usábamos menos, o que saltarse el paso por las papillas puede ser divertidísimo si logramos no llevarnos las manos a la cabeza cada vez que coge un trozo enorme de pan para llevárselo a la boca.

Mamá y yo éramos unos ilusos inocentes. Nos reímos ahora recordando cómo teníamos la intención de dejar que todo el mundo hiciera el ruido que hiciera falta en casa aunque la bebé estuviera durmiendo. «Tendrá que acostumbrarse a que en casa hay ruido, ¿no?». Qué benditos. Ahora, después de un año «maldurmiendo», seríamos capaces de arrancarle a alguien la cabeza si despertara a la gusanita cuando ya está en la cama.

Estábamos convencidos de que podríamos ir a cualquier parte con ella, como si tuviera ella que adaptarse a nuestra vida de adultos y no al revés. Y es verdad que seguimos sacando adelante infinidad de planes en la ciudad, pero no tenemos la menor duda de que somos nosostros quienes debemos adaptar esos planes a sus ritmos y necesidades. Habernos dado cuenta de lo práctico que es el porteo nos ha ayudado mucho en ese camino; nosotros, que tanta ilusión teníamos en comprarnos esas manoplas tan monas que lleva todo el mundo en el manillar del carrito cuando hace frío.

Durante aquellas últimas semanas interminables de embarazo teníamos miedo de poner en práctica el colecho desde el principio. Con el temor de arrollar a la gusanita en la cama, nos liamos la manta a la cabeza, y tras una búsqueda infructuosa en todas las tiendas de puericultura de Madrid, nos lanzamos a comprar una cuna artesanal de madera en Alemania, sabedores de que el colecho es mucho más habitual al norte de los Pirineos. Y la cuna sirvió, sí: como mesilla de noche.

Ahora que la gusanita empieza a meterse en el capullo del que saldrá una niña maravillosa, me doy cuenta también de que el papá que soy ahora seguramente no habría elegido la misma escuela infantil que el papá que tuvo que seleccionar una para aquella «diminúscula» bebé de un mes. No puedo evitar sentirme estafado por aquel papá pero, una vez más, llego tarde. Tarde como me llegó a mí el aviso de mi yo del futuro de que estaba eligiendo la carrera equivocada.

Así pues, por más rabia que me dé, por más pataletas que deje caer aquí, no me queda más remedio que entender las opiniones inoportunas y la ignorancia ajena. Porque yo antes estaba ahí y la ignorancia me era propia. Solo espero haber sabido mantener la boca cerrada. Y si no, aunque no sirva de nada, perdonadme; no era yo, todavía no era papá porque llegué tarde.

Los mandamientos de Estivill

La semana pasada la ya de por sí agitada Madresfera se vio sacudida por una, cómo no, polémica intervención de Eduard Estivill en el diario Qué. Vaya de antemano que no es santo de mi devoción, pero el contenido de la entrevista me dejó poco menos que anonadado.

Quizá me esté dejando llevar por la opinión negativa que su propuesta educativa me merece, pero me parece que hace falta ser bastante cínico para afirmar cosas como que su método solo tiene detractores en las redes sociales recordemos que la primera edición de su “Duérmete, niño” es de 1996, mientras que Facebook no llegó a nuestros ordenadores hasta 2005 ó 2006. Punto y aparte merecería su altivo “No conozco a las personas que me indica” cuando se le pregunta por Carlos González y Rosa Jové, a quienes pretende negar cualquier presencia en el ámbito científico.

En cualquier caso, lo más sangrante de la entrevista es el momento en el que afirma sin ruborizarse imagino, porque no estaba allí para verle la cara que en ningún momento hay que dejar llorar a los niños para dormir como así lo explica en su libro, y que quien lo ha leído lo ha entendido así. Parece ser que los padres españoles tenemos un serio problema de comprensión lectora cuando tan extendida estaba la percepción contraria de que su método se basa precisamente en eso: en dejar llorar a los niños.

Podéis leer en esta excelente entrada de Mama i miu la experiencia de una de las muchas mamás que hoy se arrepienten de haber aplicado el método de Estivill, y que demuestra sin lugar a dudas la relación entre este y el “dejar llorar” a los niños. Opiniones aparte sobre lo que él denomina “tratamiento”, sería de agradecer que al menos tuviera el detalle de no insultar la inteligencia de sus lectores.

A pesar de que tengo muchas cosas mejores que hacer y, sobre todo, que leer, he querido revisar con atención su polémico libro para hablar con conocimiento de causa. Es un libro que duele leer, que desprecia el sufrimiento de niños y padres por igual y que destila un tono tan repugnante que más de una vez me ha dejado con ganas de no continuar leyendo. Con un discurso que suena a teletienda —«[el “tratamiento”] funciona en un 96% de los casos»— pretende dar un manual de instrucciones precisas que en repetidas ocasiones llama a seguir con fe y exactitud militar—«Si seguís al pie de la letra las “instrucciones”, en menos de una semana tendréis a un nuevo dormilón en casa.»—, como si los niños fueran estanterías Kallax de IKEA fabricadas con molde.

Mención especial merecen las expresiones que utiliza a lo largo de todo el libro para referirse a la astucia de unos niños que, desde su más tierna infancia, tratan de manipular a sus padres como demonios. Perlas como el clásico «No tienen un pelo de tontos», «Logrará salirse con la suya», «El niño es muy listo y puede inventárselas de mil colores», o «Jamás cedáis si intenta sabotear vuestros intentos de educarle» son solo una muestra. Me pregunto qué clase de niños habrá conocido el doctor Estivill durante su vida.

Intentando obviar los fragmentos en los que literalmente habla de dejarlos llorar esos los podéis ver muy bien documentados en el blog de Mama i miu, estos son algunos extractos del libro que me han llamado poderosamente la atención:

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