Los hombres de gris o el valor de las palabras

Las palabras no son inocentes. Hacen daño o hacen bien. Se olvidan, pero dejan huella. Acercan, pero también alejan. La elección que de ellas hacemos al hablar no es fruto de la casualidad; a veces es intencionada, a veces no, pero siempre es consecuencia de un complejo mecanismo. Qué palabras empleamos para referirnos a según qué realidades depende de nuestro aprendizaje pasado, del entorno en el que crecemos, de la sociedad en la que vivimos. Depende de valores y principios de los que a menudo no somos siquiera conscientes.

En el ámbito de la maternidad las palabras demuestran con preocupación que nuestra sociedad está a la deriva. Nos hemos olvidado, en cierto modo, de lo que somos. Cada vez más voces críticas reclaman —reclamamos— una humanización del parto, de la crianza, de la educación… Porque, paradójicamente, cuanto más progresamos hacia esa sociedad moderna y avanzada que nos han vendido, menos carácter humano se advierte en esas etapas y momentos que deberían ser tan intrínsecamente nuestros, tan humanos.

¿Por qué hay tantas mamás que se plantean la lactancia «al revés»? ¿Por qué decimos que intentaremos dar el pecho «si puedo»? ¿Por qué partimos de la percepción negativa? Ponemos en duda por defecto nuestra capacidad para llevar a cabo con éxito tareas que son naturalmente nuestras, como dar a luz, como dar el pecho, como criar… ¿Es fruto de siglos de machismo y patriarcado? Puede ser; en parte, seguramente sea así. Es un problema tremendamente complejo, pero me niego a admitir que vivamos en un sistema que hace dudar a tantas mujeres de que van a poder dar a luz por sí mismas, una sociedad que menosprecia la capacidad de los hombres para criar,  un entorno que nos atemoriza de tal manera que muchos acaban sintiéndose obligados a delegar en terceros, a externalizar, esas responsabilidades que les son naturalmente propias.

Como toda externalización, ésta también tiene un coste económico asociado. Una industria láctea millonaria obtiene pingües beneficios de madres a las que convencemos de que no pueden dar el pecho. Las habrá, seguro, pero me resulta difícil de creer que más del 60% de las madres del mundo sean incapaces de amamantar. Un sistema sanitario ya de por sí colapsado impone sobre miles y miles de madres las prácticas abusivas de una violencia obstétrica que se nutre del desconocimiento, del miedo y de la pérdida de confianza. Un sistema educativo obsoleto, caro y, en muchos aspectos, absurdo, toma el control sobre la educación de unos hijos que los padres no se atreven a criar. ¿Cómo hemos llegado a creer ciegamente que nuestros bebés necesitan la estimulación de un profesional para poder llegar a ser adultos funcionalmente sanos? ¿Qué estamos haciendo mal para que nuestros políticos presuman de liderazgo en escolarización de los bebés de menos de 3 años?

Me llama la atención que hayamos aceptado mayoritariamente y tan de buena gana este robo de confianza en nosotros mismos. Quizá un día los hombres de gris, aquellos que llegaron para llevarse nuestro tiempo, nos convenzan también de que no sabemos respirar, de que necesitamos su ayuda para masticar, para caminar. Si nos han convencido de que no sabemos nacer, quizá llegue el día en que nos persuadan de que no sabemos vivir, que no sabemos morir. ¿Dejaremos que llegue ese día?

 

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Asiento reservado

Ya sabéis que mi memoria es un desastre. Además de mala memoria, también puedo tener muy mal humor. Mucho. A veces se me olvidan el buen humor y las maneras correctas y estoy seguro de que a más de uno le he hecho pasar un mal rato de forma inmerecida. Pero me esfuerzo porque no sea así, y aunque mi día en el trabajo haya salido mal, intento llegar con una sonrisa cuando me acerco a la caja del supermercado para pagar la compra vespertina.

Cuánto mejor nos iría si todos, yo el primero, pusiéramos algo más de nuestra parte para hacerles la vida más fácil a los demás. Y es que últimamente, pensando en el ejemplo que les damos a los niños, me ha dado por fijarme mucho en la ingente cantidad de detalles que demuestran el poco respeto que tenemos por los demás, por las cosas que son de todos y por eso que más o menos todos entendemos como «el bien común». Sí, esto va a ser una pataleta en toda regla.

En cualquier ámbito de la vida en sociedad podemos encontrar ejemplos innumerables. Desde que vivo en Madrid, por ejemplo, me asombra la cantidad de mierda —«mierda», con todas las letras— de perro que me encuentro por la calle; o me sorprenden las numerosas ocasiones en las que veo que algún vecino deposita los cartones aceitosos de la pizza que cenó ayer en el pequeño contenedor amarillo comunitario destinado a los plásticos. Y si me pongo a hablar del poco respeto que mostramos por los demás cuando estamos al volante, no acabo. ¿Se os ocurren más?

Como padre, me gustaría que mi hija aprendiera a hacerlo mejor. Mejor que yo, y mejor que todas esas personas que de forma sistemática ignoran los efectos que sus actos despreocupados tienen sobre los demás, como aquel que presume de no usar nunca los intermitentes porque es una pérdida de tiempo.

Esta reflexión nace del mal rato que me llevé hace no mucho cuando volvíamos los tres juntos a casa en metro. Entiendo como un fracaso de nuestra sociedad el hecho de que sea necesario regular, reservar y señalizar específicamente la cesión de ciertos asientos en el transporte público a las personas enfermas, ancianas o con movilidad reducida. Pero desde el momento en que la barriga de mamá empezó a ser claramente visible, soy consciente de que no sólo es necesario hacerlo, sino que, para colmo además, a menudo es incluso insuficiente.

Desde mi humilde punto de vista es algo de sentido común que mi culo es capaz de sostenerse perfectamente de pie si mi asiento puede ayudar a una persona mayor o puede aliviar el peso de las piernas hinchadas a una embarazada; embarazada que, además, probablemente haya visto cómo su centro de gravedad se ha desplazado y le dificulta los equilibrios forzados cuando el autobús toma una curva, por poner un ejemplo. Está claro que no todo el mundo piensa igual. Mamá ya se llevó sus buenos malos ratos durante su embarazo, pero eso le corresponde a ella contarlo. Yo me quedo con dos ejemplos que me han tocado a mí como padre.

Sin comerlo ni beberlo, hace no mucho que me vi enfrascado en una discusión acerca de si la red de metro de Madrid necesita más ascensores o no. Poniéndome en el lugar de quien los necesita, yo defendía que sí. Soy de la opinión de que queda aún mucho por hacer en aras de una mejor accesibilidad del transporte público y de la ciudad en general. Eso, unido a que nos gusta portear, hace que nunca llevemos la silla de paseo cuando vamos al centro. ¿Cuántas veces créeis que nos han cedido el asiento reservado en el metro llevando un bebé en brazos?

Recuerdo una ocasión en la que el metro estaba especialmente lleno. Entramos y nos quedamos de pie entre la puerta y el asiento reservado. En él iba sentada una joven junto a la que viajaban dos señoras de mediana edad. Durante todo el trayecto las tres fueron haciéndole monerías a nuestra gusanita, que no pierde oportunidad de llamar la atención de cuantos nos rodean. A ninguna se le ocurrió que en un metro rebosante de pasajeros el lugar ideal para una niña de menos de un año no es en los brazos de su padre de pie junto a la puerta. En ocasiones así, nos parapetamos con brazos y codos para protegerla de empujones y achuchones, pero poco podríamos hacer por su seguridad si el tren pega un frenazo o algo peor. Seguro que todos esos pasajeros considerados preferirían que incrustáramos la silla de paseo en sus riñones para hacerles el viaje mucho más agradable.

«Más tonto eres tú», diréis. Desde luego, podría haberme dirigido a aquella chica para hacerle ver que estaba ocupando un asiento reservado para casos como el nuestro. Sin embargo, tengo varios problemas con eso: el primero, que soy tremendamente tímido, y me resulta muy violento tener que llamarle la atención a alguien sobre algo que, incluso sin ninguna mala intención, debería ser un poco recriminable. El segundo es que no siempre tengo ganas de enfrentarme a malos ratos como el que nos llevamos en una de las escasas ocasiones en las que se nos ocurrió abrir la boca.

La situación era idéntica a la anterior: una chica joven ocupando el asiento reservado y nosotros con un bebé en brazos —bastante más pequeñita por aquel entonces—. Con mi mejor cara y armado de buena educación me dirigí a ella:

—Perdona, ¿me dejas que nos sentemos, por favor?
—A mí también me duele la regla y no digo nada, ¿eh?

Y se levantó. Con todas las malas pulgas que pudo disponer sobre su cara.

¿Fue mala suerte? Desde luego, y me sentí mal por ella, a pesar de su mala respuesta, si es que de verdad lo estaba pasando mal. ¿Cuál es el problema? Que ni ella, ni los otros 7 pasajeros que iban sentados en esa sección de metro mostraron la más mínima intención de abandonar el asiento que con sangre, sudor y lágrimas habían logrado conquistar en el vagón. No debería hacer falta reservar un asiento para padres con bebés en brazos; debería ser algo tan de sentido común que cualquiera se levantara para cederlo, y así esa chica quizá no habría tenido que verse violentada mientras pasaba un mal momento. Pero no siempre es así. «No siempre» porque también hemos vivido el caso contrario, cuando varias personas se han ofrecido simultáneamente a cedernos su asiento, incluso dos asientos para que los tres pudiéramos sentarnos juntos.

En el mundo ideal de Jasmín y Aladdín no haría falta legislar así. Sería un mundo empático y solidario. Por desgracia, el nuestro no lo es. Es más, estoy seguro de que a mucha gente le parecerá una soberana gilipollez todo esto que estoy diciendo; a ver por qué van ellos a tener que ponerse de pie porque yo haya querido tener una hija y llevarla en brazos, ¿verdad? Qué pena me da vivir en la misma sociedad que la gente que piensa así… No queda otra que aguantar, tratar de aportar en positivo en la medida de lo posible, y esperar que el mundo que reciban nuestros hijos sea un poquito mejor, más humano, más comprensivo… Y que ellos sean parte de ese cambio. Hasta entonces, yo seguiré levantándome en el metro. Y si me da vergüenza porque no estoy seguro de si una mujer está embarazada o de si un caballero canoso es «suficientemente anciano» como para merecer mi asiento, no es necesario ni preguntar. Te levantas discretamente y ya está. Seguro que a alguien le haces el día un poco más feliz.