«Alphabet»

Tenemos aún varios meses de margen antes de entrar de lleno en la vorágine de la elección de colegio para nuestra hija mayor. Sin embargo, la sensación de urgencia nos acompaña ya desde hace tiempo, y la conversación sobre el futuro educativo de las niñas aflora a menudo entre mamá y yo.

Admito que en este aspecto soy pesimista. Tengo que esforzarme por ser positivo y quedarme con la parte buena —que seguro que la tiene— de lo que quiera que logremos encontrar. Pero no me resulta fácil. Me cuesta arrancar de mi retina las imágenes de cualquiera de los reportajes que ponen sobre la mesa el desastroso panorama del sistema educativo que hemos montado entre todos. No es agradable dejar la educación de tus hijas en manos de un sistema tradicional y tradicionalista después de escuchar en la voz de neurólogos, pedagogos y psicólogos cómo hemos convertido la principal etapa formativa de nuestras vidas en una absurda carrera de borregos.

El último documental que hemos visto en casa relacionado con el tema ha sido «Alphabet», un largometraje austriaco de 2013 que continuó abriéndonos los ojos y, al mismo tiempo, hundiéndonos en la miseria. Me llama la atención que un producto sobre los niños de hoy en día y la educación dé ganas de llorar. Sí, se ha avanzado mucho en alfabetización; la educación universal y gratuita nos acerca más a la igualdad real de oportunidades. Pero, ¿por qué hemos dejado que los sistemas educativos de todo el mundo se hayan convertido en fábricas de corte uniforme y producción en masa?

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Maternidad subrogada

Me meto con esta entrada en un jardín que no me corresponde. No tiene mucha pinta de que alguna vez vaya a encontrarme en cualquiera de las partes que componen una maternidad subrogada y, por pura estadística, lo más probable es que tampoco nadie de mi entorno más cercano vaya a vivir nunca ninguna de las versiones de esa experiencia.

El debate sobre la maternidad subrogada ha ganado protagonismo en los últimos tiempos en nuestro país y, como ciudadano interesado por la política y por el debate, necesito reflexionar y poner por escrito algunos argumentos que me ayuden a encontrar mi postura. Lo hago sobre todo porque es una realidad de la que me siento tan alejado que ni siquiera me había planteado qué opinar. Buscando eso, opinión, pero también información, me he topado con una discusión tan agria y llevada a extremos tan carnales que creo que necesito tomar distancia y buscar razón en ambos bandos.

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«Con la lactancia hemos topado»

Si hay un ámbito en el que el feminismo se encuentra cada día más polarizado es en el de la maternidad. Ya he comentado alguna vez lo mucho que me llama la atención. Una misma mujer por una misma decisión puede ser al mismo tiempo objeto de alabanzas y víctima de una crucifixión por parte de otras congéneres que pretenden enarbolar la bandera feminista. Cuando uno como padre trata de involucrarse en esa lucha y aportar su pequeñísimo granito de arena, no siempre resulta fácil posicionarse.

Parece lógico, de entrada, que el feminismo defienda que cada mujer pueda hacer con su cuerpo lo que le plazca. Sin embargo, las corrientes de uno y otro extremo hacen uso de esta máxima de un modo interesado. Si una congénere utiliza su cuerpo serrano de una forma que no satisfaga su forma de entender la lucha, concluyen entonces que se trata de una decisión fruto de esa herencia inconsciente que una educación patriarcal ha dejado como un poso en todos nosotros. No es, por tanto, de extrañar, que incluso figuras públicas reconocidamente activas en el movimiento feminista muestren las contradicciones internas que sufren cuando a cada opción personal se le puede dar la vuelta.

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Moderación o abstinencia

Ya me pasaba antes de aparcar el trabajo, pero desde que paso tantas horas a solas con una niña pequeña le doy muchas más vueltas a las cosas. De esas vueltas nacen muchas de mis entradas, como vía de escape para no volverme loco y para sintetizar los argumentos en uno y otro sentido que componen las discusiones con las que mi monologuista interior me tortura. Así llego hoy otra vez aquí, dispuesto a volver a cogérmela con papel de fumar para desesperación vuestra.

Una preocupación un poco cínica

Esta semana se alarmaban los contertulios del Hoy por hoy de la SER. Al parecer, Youtube y otras plataformas similares no deberán dejar de emitir publicidad de bebidas alcohólicas de alta graduación, a diferencia de lo que algunos habían interpretado en un primer momento. Teniendo en cuenta que cada vez son más los niños —no digamos ya los jóvenes— que acceden habitualmente al contenido disponible en ese tipo de canales, se observa ahí una fisura curiosa en el alcance de la regulación de la publicidad de dichas bebidas en nuestro país. Sobre lo que ven nuestros hijos en sus pantallas y la necesidad o no de supervisión por nuestra parte podemos discutir otro día…

Esa preocupación en voz del nutrido grupo de comentaristas me ha dado que pensar: ¿tiene algún sentido acudir armados de prohibiciones a los fabricantes sin revisar antes lo que presencian nuestros hijos cada día a nuestro lado? La experiencia acumulada durante años de cínica lucha contra el tabaquismo hace ver que limitaciones en la publicidad pueden ser positivas de cara a la reducción del consumo. Pero ¿no estamos viendo pajas en ojos ajenos? No soy capaz de imaginarme a un padre fumador tratando de evitar que sus hijos entraran en contacto con anuncios de Marlboro y, sin embargo, es precisamente eso lo que estamos haciendo como sociedad en conjunto. Un poco sinsentido, ¿no os parece?

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Un precio relativo

Cuando mi jefe me preguntó por primera vez cuándo tenía pensado reincorporarme tras mi excedencia no tenía muy claro cuánto tiempo nos aguantaríamos mi hija y yo. Ya intuía, sin embargo, que lo que empezó como la solución a un mes de agosto sin guardería probablemente se extendería. «Sé que sea cuando sea, me parecerá demasiado pronto». Un buen puñado de meses brevísimos hechos de días eternos en los que apenas encontraba tiempo para hacer nada ya son historia. Historia familiar, al menos. Y a medida que el final se acerca es hora de hacer balance.

En estos casos hay una pregunta cuya respuesta resume perfectamente la experiencia: si tuviera que volver a tomar esta decisión, ¿repetiría? Y la respuesta es que sí, que una y mil veces, que haría lo que hiciera falta para poder disfrutar otra vez del año que hemos vivido juntos los dos, los tres. Un año «en blanco» desde el punto de vista de una sociedad centrada en la producción y el consumo tiene un precio que hay que estar dispuesto a pagar. Una parte se paga en forma de renuncia laboral; otra, quizá la más inmediata e importante para la mayoría, en metálico. Pero quizá la que menos en cuenta se tiene es la factura personal, la del esfuerzo físico, la del agotamiento mental, la de la soledad… Porque no, una excedencia para cuidar de un niño pequeño no son unas vacaciones.

El precio puede parecer más o menos elevado en función del sistema de valores y prioridades que rija la vida de cada uno. Para mí, en nuestro caso único y particular, es un precio irrisorio si tengo en cuenta todo lo que he comprado a cambio.

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Política de no intervención

Hablamos y discutimos muy a menudo acerca de cierto tipo de límites: los que debemos o no imponer a nuestros hijos para garantizar que un día lleguen a ser adultos sanos y socialmente capaces. Sólo el tiempo juzgará con razón si los que nosotros le enseñamos a nuestra hija son adecuados o no. Mientras tanto, cada día me devano los sesos tratando de dilucidar dónde trazar la línea que bordea otro tipo de límites: los míos como padre de parque.

Y es que, ¡ay, amigos!, qué difícil es saber cuándo uno debe intervenir en las variopintas situaciones que el parque infantil nos depara. Por un lado están los niños, menores de 3 años en su mayoría a las horas a las que nosotros frecuentamos el área infantil. Niños que no saben compartir, que ignoran por completo la existencia de una virtud conocida por los expertos como «paciencia», y que dan por sentado que el resto de seres animados han sido creados para cumplir sus expectativas. Por otra parte están las madres —y dos padres—, las abuelas —y tres abuelos—, cuya visión de lo que es mejor para un crío no siempre coincide con la nuestra. Veamos algunos ejemplos que le han resultado problemáticos últimamente a este padre mojigato.

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Diálogos de besuguines II

Una de los aspectos más interesantes del viaje en el que nos embarcamos al convertirnos en padres es todo lo que aprendemos de nuestros hijos. Porque sí, si uno escucha con atención ellos también tienen mucho que contarnos. Nos hablan de la inocencia, de lo que podríamos ser o haber sido si no prestáramos tanta atención a la opinión de los demás, a la publicidad o al sesgo cultural que susurra desde lo más profundo de nuestro subconsciente.

La semana pasada nuestra gusanita contrajo una exótica fiebre tropical: la fiebre por la plastilina. Se podía pasar horas jugando sin parar moldeando bolitas, cortando pedazos informes y apilando masas de color que nunca recuperarán su aspecto original. Como dice mamá, es una actividad agradecida para nosotros. A diferencia de otras que son más pesadas de aguantar durante horas, jugando con plastilina al menos nos entretenemos también nosotros dando forma a todo tipo de bichos y objetos.

Así andaban ellas jugando en el salón cuando a mamá se le ocurrió elogiar mis pobres dotes para la escultura admirando uno de los animalejos que había moldeado durante la mañana:

—Menudo artista es papá.
—Artista no, mamá. Artisto.

Nuestra hija no entiende de epicenos ni de sustantivos comunes en cuanto al género. Para ella en el parque hay niños y niñas, y en la radio hablan chicos y chicas, y todos tenemos abuelos y abuelas. Y si hay artistas, necesariamente debe de haber «artistos». Y punto.

Para un extremista del idioma como yo resulta complicado acostumbrarse al desdoblamiento que propugna el feminismo. Sin embargo, cuando hablo con mi hija, me pliego a su sencilla lógica idiomática, y me escucho habitualmente a mí mismo hablando de los «niños y niñas» con los que vamos a jugar. A ver con qué cara le explico yo si no que las niñas también son «niños».