Depósitos de niños

Si nos conocemos o si me habéis leído anteriormente, es probable que ya sepáis de mi empeño personal en contra de la corriente que, con gran eco en la esfera pública y política, presiona en favor del adelanto generalizado de la edad de escolarización. No os podéis hacer una idea de la rabia que me da que tanta gente asuma sin rechistar que no se puede educar a un niño de menos de 3 años en casa. Demuestra una falta de imaginación preocupante; con la de cosas que nosotros adultos podemos enseñarles a esas criaturas que acaban de aterrizar en nuestro mundo…

Es posible que en mi empeño haya dejado entrever en alguna ocasión una percepción negativa de las escuelas infantiles. Nada más lejos de mi intención: las guarderías son una herramienta útil y necesaria, y nosotros mismos hemos hecho uso de ellas cuando las circunstancias y nuestra situación personal así lo han requerido. Habrá situaciones y entornos familiares en los que la escolarización temprana sea la única solución positiva para el bebé, y en muchos hogares caerá como una bendición del cielo la gratuidad asociada a esa universalización de la escolarización de 0 a 3. Pero no nos equivoquemos: eso no significa que no exista un amplio margen de mejora para acercar más el concepto de escuela infantil a lo que los protagonistas de esta historia necesitan.

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Efecto mariposa

Quien alimenta con biberón dice sentir la ojeriza del lactivismo; como sufre miradas incómodas y comentarios insultantes la mujer que da el pecho. Quien elige el camino del BLW y los trozos ha de acostumbrarse al escándalo que provoca; como asume con resignación la incomprensión la familia que por uno u otro motivo se acogió al comodín de la batidora tradicional o los purés de tarro.

Sea cual sea el camino escogido, cualquiera que viva la experiencia de criar con un cierto grado de consciencia habrá visto en más de una ocasión cómo sus elecciones son objeto de juicio. No importa si se es de la escuela tradicionalista o de la del apego; igual que nunca llueve a gusto de todos, siempre habrá alguien a quien nuestro proceder parezca de todo punto inoportuno y equivocado, quizá incluso ofensivo.

Ante semejante panorama, y una vez superada la resignación, reclamamos a menudo padres y madres el derecho a decidir cómo criar. «Que cada uno en su casa haga lo que quiera, pero a mí que no vengan a decirme cómo tengo que educar a mis hijas». Yo mismo he ocupado dicha postura a menudo, cansado de comentarios «cuñados», ignorancia y apostillas atrevidas.

Sin embargo, creo que también hay cierto deje de corrección política en esa actitud. Detrás de una petición de respeto mutuo podemos esconder a veces el miedo a manifestar públicamente lo que de verdad pensamos.

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Bodas, niños y ausencias

Algún día haré una reflexión más general sobre ese nuevo fenómeno viral conocido como «niñofobia» —ya os adelanto que yo tiendo a negar su existencia—. Mientras tanto, hoy me gustaría pensar un poco en voz alta sobre uno de esos ámbitos en los que, para consternación y cabreo de otros, algunos no quieren tener niños cerca: las bodas. ¿Son las bodas sin niños una aberración? ¿Un síntoma de un mundo enfermo? Es un asunto complejo; al final, ¿puede haber algo peor que casarte en una boda que no es la que tú quieres? Continúa leyendo Bodas, niños y ausencias

Otra forma de sentir

Aunque mis batallas se cuentan más por derrotas que por victorias, la paternidad me ha enseñado a enfrentarme de una forma nueva a la gestión de emociones propias y ajenas. Nunca fui muy proclive a exteriorizar sentimientos, más allá del evidente enfado silencioso con que cruelmente castigaba a los padres de aquel adolescente difícil de aguantar.

Ser padre me ha descubierto nuevas formas de expresar lo que siento. Me ha obligado a abrir la boca y ponerle voz a palabras que durante muchos años solo he sabido escupir por escrito. Pero mi relación con mis sentimientos no ha evolucionado solo de cara al exterior, sino que también he descubierto maneras nuevas de sentir.

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Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, con pañales pequeños

Hacía ya mucho que mamá y yo veníamos dándole vueltas a la idea de pasarnos a los pañales de tela. De vez en cuando nos daba la venada y consultábamos un blog tras otro sopesando pros y contras. Tantas vueltas le dimos, que la idea se mareó, y para cuando quisimos darnos cuenta, nuestra hija mayor ya hacía sus cositas en el inodoro de los mayores.

Con el nacimiento de la segunda retomamos la discusión mucho más en serio. Éramos conscientes de que dar el paso nos convertiría otra vez en el objetivo de comentarios de todo tipo, igual que nos ha sucedido cada vez que hemos optado por evaluar y probar alternativas a la forma de hacer las cosas «como se ha hecho siempre» —o, al menos, somo se ha hecho siempre en los últimos 40 años—. Los argumentos eran en este caso obvios: que nos íbamos a pasar el día lavando; que eso tiene que oler muy mal; que ya son ganas de complicarnos… Nosotros mismos los habíamos sopesado de uno en uno antes de tomar una decisión de la que no estábamos completamente convencidos.

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Había una vez una familia

Había una vez una familia. Podríamos decir que constituía la familia prototípica de españolitos de bien. Papá y mamá trabajaban duro para poder pagar la guardería privada de su hija de 2 años. Fijaos si trabajaban duro que, además, habían recurrido a los servicios de una mujer nicaragüense para que se ocupara de la niña durante el día, la llevara a la escuela, la recogiera y le diera de comer.

Aquella mujer nicaragüense trabajaba en aquella casa madrileña desde las 8 de la mañana hasta las 7 de la tarde, hora en la que por fin papá y mamá podían disfrutar de su hija antes de acostarla. Todos estaban de acuerdo en que era una suerte que aquella mujer nicaragüense no tuviera hijos propios de los que ocuparse. Salvo por ese niño de 7 años que la esperaba en Nicaragua. Pero de aquel niño no iba este cuento.

Había una vez una familia que vivía en un mundo de locos.

Ahora, decidme, ¿de verdad nadie ve nada malditamente retorcido en el modelo que hemos elegido como sociedad para ser padres? Porque el cuento no es tal; es la historia real de una familia de carne y hueso. Una familia que trabaja para malpagar los cuidados de su propia hija a una mujer que malvive desviviéndose para hacer llegar algo de dinero con que sostener la precaria economía de su propia familia allende el Atlántico. Dos familias en dos extremos opuestos de la pirámide neoliberal. Dos familias que ni ven ni crían a sus hijos. ¿Cuándo nos volvimos así de locos?

«Alphabet»

Tenemos aún varios meses de margen antes de entrar de lleno en la vorágine de la elección de colegio para nuestra hija mayor. Sin embargo, la sensación de urgencia nos acompaña ya desde hace tiempo, y la conversación sobre el futuro educativo de las niñas aflora a menudo entre mamá y yo.

Admito que en este aspecto soy pesimista. Tengo que esforzarme por ser positivo y quedarme con la parte buena —que seguro que la tiene— de lo que quiera que logremos encontrar. Pero no me resulta fácil. Me cuesta arrancar de mi retina las imágenes de cualquiera de los reportajes que ponen sobre la mesa el desastroso panorama del sistema educativo que hemos montado entre todos. No es agradable dejar la educación de tus hijas en manos de un sistema tradicional y tradicionalista después de escuchar en la voz de neurólogos, pedagogos y psicólogos cómo hemos convertido la principal etapa formativa de nuestras vidas en una absurda carrera de borregos.

El último documental que hemos visto en casa relacionado con el tema ha sido «Alphabet», un largometraje austriaco de 2013 que continuó abriéndonos los ojos y, al mismo tiempo, hundiéndonos en la miseria. Me llama la atención que un producto sobre los niños de hoy en día y la educación dé ganas de llorar. Sí, se ha avanzado mucho en alfabetización; la educación universal y gratuita nos acerca más a la igualdad real de oportunidades. Pero, ¿por qué hemos dejado que los sistemas educativos de todo el mundo se hayan convertido en fábricas de corte uniforme y producción en masa?

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