Niñofobia

Probablemente esta no sea la clásica entrada sobre niñofobia que cabría esperar en un blog de paternidad. Quienes hayáis pasado por aquí con anterioridad sabréis ya que soy un padre agonías. Si, además, leéis de forma habitual a otros progenitores del género, os habréis topado a buen seguro más de dos y tres veces con encendidas referencias al término de moda reciente.

Las redes sociales tejidas alrededor de la experiencia de tener hijos bullen periódicamente con la última queja airada ante malas miradas y peores palabras. Son varios los casos que han logrado cierto alcance viral después de que familias con hijos fueran rechazadas en restaurantes, museos o medios de transporte. ¿Estamos ante una epidemia de odio al menor? Yo tengo reticencia a aceptar que de verdad se trate de semejante fenómeno.

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Stuttgart, niños y otros cuentos de Navidad

Recuerdo una de nuestras primeras escapadas cuando vivíamos en Berlín. Nuestra economía familiar no nos permitía grandes desembolsos, así que nos habíamos propuesto firmemente conocer Alemania en profundidad. Muy en profundidad. Con nuestra maleta y utilizando un portal de viajes compartidos precursor de lo que hoy son en España Blablacar o Amovens, nos plantamos en Magdeburgo. Nos alojábamos en casa de una joven pareja de alemanes que conocimos a través de Couchsurfing, otro fantástico recurso para viajar de otra manera que por aquella época aún utilizábamos a menudo. Charlando con ellos nos reímos mucho de la ocurrencia misma que habíamos tenido de pasar un fin de semana en una ciudad universitaria e industrial que muy probablemente nunca formará parte de ningún circuito turístico. Así somos nosotros: nos gustan los destinos originales.

No debería sorprender a nadie por tanto que mientras algunos de nuestros amigos pasaban su otoño en Cuba, Tailandia, Japón o Nueva York, nosotros decidiéramos —nada más y nada menos— irnos cuatro días a Stuttgart en noviembre. Me resulta tan absurdo tratar de vender Stuttgart como un destino atractivo que no voy ni a intentarlo. Me rindo. Así, sin más. Pero oye, igual que me gusta regodearme en nuestras desgracias viajeras, también tengo derecho a contar cuándo las cosas nos han salido medianamente bien.

No creo que esta entrada convenza a nadie para dejarlo todo y poner rumbo a esta capital alemana, pero sí me va a servir para repasar algunas de las cosas que me llamaron la atención en relación a los viajes con niños y a las diferencias y semejanzas entre la experiencia paternal en Alemania y en nuestro país. Algunas de las cosas que contaré son extrapolables al resto del país; otras, no creo que pasen de lo anecdótico. Os cuento.

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¿Salimos a comer?

Incluso si no fuera una necesidad biológica básica, comer sería una de mis actividades favoritas. No tengo un paladar especialmente exquisito pero me gusta probar de todo y en casa nos encanta salir a comer, siempre dentro de un orden presupuestario razonable. Los primeros meses de paternidad vinieron acompañados de una cierta reducción en el número de salidas. Las cenas fuera de casa estaban prohibidas si no queríamos desatar el Apocalipsis en la Tierra a la hora de volver a casa, así que nos limitábamos a comer por ahí a mediodía.

Durante un tiempo intentábamos buscar restaurantes que fueran adecuados para niños, huyendo de la comida rápida y tratando de encontrar siempre una trona a nuestra disposición. Con el paso de los meses hemos ido descubriendo que el concepto de restaurante familiar o local baby-friendly no es entendido igual por todas las partes, así que cada vez nos limitamos menos en ese sentido y acudimos a restaurantes «normales» aunque tengamos que apañarnos como sea para que la niña esté entretenida y pueda sentarse a la mesa.

En general diría que no abundan los restaurantes pensados especialmente para familias con hijos pequeños, ni siquiera en una ciudad tan grande como Madrid. En alguna ocasión hemos encontrado propuestas que intentaban hacer un acercamiento a esa idea de negocio, pero el resultado no suele gustarnos. Muchas veces se entiende el ir a comer con niños con la idea de poder comer tranquilo sin los niños, que es justo todo lo contrario de lo que a nosotros nos gusta hacer. Hemos visto restaurantes que ofrecen un espacio separado para padres e hijos, con los clásicos menús infantiles de croquetas, calamares, patatas fritas y espaguetis para que los padres se queden con la tranquilidad de que los niños «algo habrán comido seguro». Nosotros lo que buscamos son lugares que piensen en el bienestar de la familia en su conjunto, donde podamos sentarnos todos a la misma mesa, compartir la misma comida y no sentir que nos miran mal si nos tenemos que levantar cada dos por tres a dar un paseo por el comedor con una niña que no puede aguantar una sentada de dos horas en una mesa de adultos.

Mientras recorríamos las profundidades de la montaña vizcaína en nuestra última escapada familiar nos encontramos por casualidad con un restaurante que nos llamó particularmente la atención en ese sentido, pero de manera positiva. Se trata del Huri Barrena, un pequeño local en el pueblo de Otxandio, cerca de donde nos alojábamos. Nos costó tres intentos conseguir mesa para comer. No dan cenas de lunes a jueves y los días festivos y fines de semana debe de estar siempre hasta arriba. Y no me extraña.

El libro de visitas que tienen disponible junto a la barra rebosa opiniones agradecidas acerca de una comida fabulosa y un trato atentísimo, pero a nosotros nos gustaría destacar otro aspecto de nuestra experiencia allí. Desde que entramos por la puerta trataron a nuestra hija como a una comensal más, atendiendo obviamente las necesidades particulares de una niña pequeñita, pero prestándole siempre tanta atención como a cualquiera de nosotros. Nos preguntaron directamente si queríamos usar una trona —con su edad y tamaño ya hay casos en los que podría sentarse en una silla normal— y le pusieron plato, vaso y cubierto directamente, cosa que creo es la primera vez que nos pasa.

Gracias a lo exitosa que ha resultado nuestra experiencia con el baby led weaning, nuestra hija come prácticamente de todo y por su cuenta. Entiendo que la mayoría de la gente no esté acostumbrada a ver a una niña tan pequeña devorar un trozo de rabo de toro o un buen plato de alubias pintas con morcilla, y supongo que es normal que siempre seamos nosotros los que tenemos que reclamar que le pongan plato, pan y cubierto como a los demás. Por eso nos sorprendió encontrarnos de pronto un restaurante en el que la tenían en cuenta desde el principio.

Aquel jueves contamos al menos otras tres familias con niños pequeños comiendo en el Huri Barrena. Compartían espacio con cuadrillas de obreros y grupos de amigos, y todos degustamos satisfechos un menú del día casero de principio a fin, riquísimo y por un precio casi ridículo. No es un restaurante para niños; es un restaurante que acostumbra a tratar con ellos y que sabe cómo hacerlo. No hace falta más. A nuestra hija le chiflaron las alubias del primer plato, devoró las anchoas a la plancha del segundo y se relamió con el yogur del postre que elegimos de entre la larga lista de deliciosos dulces hechos en casa que incluía el menú. Desde mi punto de vista, es así como aprenden a comer los niños, no apartándolos en una mesa separada con un menú especial que busque el éxito fácil y alejarlos de la mesa familiar. Ojalá sigamos encontrándonos muchos más lugares así.