Conflictos en diferido

De momento, no podemos quejarnos de nuestros «terribles dos». Nuestra hija da muestras cada día de estar tomándose con mucha calma su «adoslescencia» y, para alivio de mi psiquiatra, da muestras de una madurez sorprendente cuando nos toca enfrentarnos a sus ocasionales rabietas. Nunca sabremos qué parte del mérito es suyo y cuánto influye nuestra manera de enfrentarnos a sus arranques de frustración, pero lo cierto es que normalmente nos encontramos una respuesta bastante razonable cuando tratamos de ayudarla en esos momentos de angustia y desconcierto.

Y cierto desconcierto es también lo que siento yo cuando me toca lidiar con un tipo particular de berrinches. Son aquellos para los que no existe una salida óptima. Haga lo que haga, estoy perdido. Si trato de mantenerme firme en una posición que no le gusta, la situación amenaza con entrar en barrena. Se genera una espiral de gritos encadenados que puede evolucionar hasta el punto absurdo de que la pobre se olvide hasta de por qué había empezado a llorar. Si en cambio cedo y le ofrezco una salida satisfactoria que sofoque el incendio, sé que con toda probabilidad el fuego se reproducirá poco después en forma de conflicto en diferido.

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La niña que hablaba demasiado

Antes de que nuestra hija campara a sus anchas entre mamá y un servidor, no tenía yo ni la más remota idea de a qué edad aproximada adquieren los niños cada nueva capacidad. No sabía cuándo empezaban a gatear, a ponerse de pie, a caminar… No digamos ya asuntos más complejos como la edad hasta la que «debían» tomar el pecho o el biberón. Y, para qué nos vamos a engañar, sé que dentro de no mucho habré vuelto a olvidarlo y volveré a ser un cenutrio feliz.

De un tiempo a esta parte nos han llegado con frecuencia comentarios relativos a lo mucho y bien que habla nuestra muchachita para la edad que tiene. No es raro que el sorprendido elogio «hay que ver lo que habla esta niña» venga rematado por un incordioso «para no ir a la guardería», pero eso es harina de otro costal. La cuestión aquí es que no sé qué pensar. Por un lado, un espasmo de orgullo de padre recorre mi sistema nervioso amenazando con desplegar una magnífica cola de pavo real asomándome del culo. Por otro, mi sociópata interior murmura desde su cueva que eso se lo dirán a todas… Continúa leyendo La niña que hablaba demasiado