Porteamos; conclusiones después de 3 años

A lo largo de las tres entradas anteriores os he contado cómo ha sido nuestra experiencia con el porteo desde el punto de vista de las herramientas: fulares, mochilas, complementos… Me queda, por tanto, cerrar con una reflexión acerca de lo que nos parece y ha parecido esta forma de transporte y, casi diría, de vida.

Lo intuíamos ya antes de tener a nuestra primera hija en brazos: portear nos encanta. Llevar a nuestras pequeñas tan cerca nos ha proporcionado momentos preciosos y anécdotas graciosas; nos da un gustirrinín de amor inigualable. Sin embargo, también nos ha traído dolores de espalda y de cabeza, y somos conscientes de que no siempre es la mejor alternativa. Hemos atravesado crisis de porteo y hemos experimentado cómo un carro puede salvarte la vida. Por eso, después de largos meses en los que era imposible mantener a nuestra hija mayor tumbada o sentada más de 5 minutos, hemos tratado de ir abriéndole hueco a una silla de paseo sin la que, después de tres años de porteo, hoy no sabríamos cómo sobrevivir.

Cada familia deberá encontrar el punto de equilibrio entre uno y otro método que mejor se adapte a sus circunstancias. Negar, en cambio, en redondo las ventajas de cada uno de los sistemas no dejaría de ser un pequeño sinsentido. Suficientemente compleja es la logística de un hogar familiar en nuestro modelo de sociedad y ciudad de hoy en día como para dejar de lado porque sí cualquier herramienta que pueda ayudar.

Así hemos sentido nosotros el porteo:

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Porteamos; los complementos

Así como la compra de una silla de paseo puede llevar aparejada la adquisición de un bolso a juego, unos guantes de paseo para el frío, una burbuja para la lluvia o un saco, también el mercado del porteo ofrece algunos complementos más o menos interesantes para hacer más versátil o más apañada la experiencia. Nosotros hemos probado algunos. Esto es lo que nos han parecido.

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Porteamos; la etapa toddler

Pasado el primer año y medio de vida de nuestra hija mayor sufrimos nuestra mayor «crisis de porteo». El verano llegó sin piedad y, solo de pensar en salir a la calle cargados con esa cantidad de kilos encima, nos derretíamos. Hacía ya algún tiempo que nuestra mochila Boba hacía mella en hombros, espalda y cadera durante las sesiones más largas de porteo, y hasta tal punto nos daba pereza sudar y sufrir que empezamos a portear más en brazos que en mochila.

Vislumbrábamos ya el final de una etapa que sabíamos echaríamos mucho de menos, pero no veíamos otra salida. Leyendo este año a Un papá como Vader se me saltaban las lágrimas solo de pensar en no volver a disfrutar de esa cercanía con nuestra hija. Pero decidimos intentarlo. Sabíamos que eran cada vez más las opciones para el porteo de niños grandes y casi todas las marcas empezaban a contar en sus catálogos con mochilas para el segmento toddler. Nos apetecía recuperar el hábito y, en cuanto el calor aflojó, dimos el paso. Hoy os cuento el segundo capítulo de la serie «Porteamos».

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Porteamos; la etapa bebé

Igual que al colecho, al porteo llegamos de la forma más natural. Llevar a nuestras hijas bien cerca de nosotros era lo que nos pedía el cuerpo. A eso se sumó el hecho de que ninguna de las dos haya aguantado nunca mucho tiempo a gusto en el carro, así que las distintas formas de porteo —siempre ergonómico, por favor— se convirtieron pronto en la única solución de desplazamiento que nos evitaba a todos dolores de cabeza.

Con el tiempo todas hemos sabido adaptarnos a las necesidades familiares de cada momento, y pasados un par de años supimos llegar a un compromiso razonable en el uso de la silla de paseo y la mochila de porteo. También nosotros como padres aprendimos que una y otra tienen sus ventajas, y somos de la opinión de que salimos ganando si aprovechamos lo mejor de cada sistema en lugar de aferrarnos de forma tozuda a una única alternativa.

Mientras nuestra hija mayor fue bebé probamos varios sistemas portabebé buscando la opción ideal para cada momento del año y cada etapa de su desarrollo. Estas son todas las fases que recorrimos con ella:

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Parecía que sí, parecía que no

No es difícil encontrar por ahí listas de prescindibles e imprescindibles para la crianza. Lo que uno incluye en según qué columna depende en buena medida del estilo personal con que cada familia afronta el día a día con sus hijos. Hay quien estima de primerísima necesidad tener un carro de 1.000€ con buenos amortiguadores y quien de buena gana invertiría esos mismos 1.000€ en 3 ó 4 buenas soluciones de porteo con las que cubrir todas las etapas motoras de su familia.

Este tipo de recomendaciones entrañan un riesgo para los padres primerizos que, como yo, no hayan tenido contacto alguno con el mundo de los bebés hasta el momento de estrenarse en esta aventura. No podemos descartar que terminemos sumando los imprescindibles de todos los demás mientras obviamos la prescindibilidad del resto. Porque, oye, «nunca se sabe».

Nosotros fuimos más de quedarnos cortos que de pasarnos en la compra. Preferimos ir incorporando artilugios a medida que íbamos descubriendo necesidades que habríamos sido incapaces de imaginar desde nuestra perspectiva de no-padres. Casi todo lo que acumulamos por exceso llegó a casa en forma de regalos, herencias y préstamos. Una pena que tantas buenas intenciones caigan en saco roto pudiendo haber cubierto otras necesidades más realistas.

En cualquier caso, nos hemos encontrado con objetos de puericultura que nos han resultado muchísimo más útiles de lo que habríamos imaginado, mientras que otros en los que habíamos depositado más esperanzas han terminado en esa estantería alta del armario en la que acumulamos aquello que no encuentra salida en Wallapop. Continúa leyendo Parecía que sí, parecía que no

Diálogos de besuguines I

Ayer por la tarde, en uno de nuestros habituales paseos por el barrio, bolsa de pipas en mano, nuestra pequeña cotorra nos hizo doblar el espinazo de la risa a mamá y a mí. Desde que empezó a construir frases apretando palabras unas junto a otras no pasa un día sin que nos arranque como mínimo una sonrisa con alguna de sus salidas y ocurrencias.

No sé qué vida tendrá esta sección que me invento hoy para el blog. Quizá muera con esta primera entrega, quién sabe. En cualquier caso, como el primer lector de este diario soy y seré yo mismo, lo aprovecharé para grabar en él esas palabras que, de otra manera, se llevaría el viento que tan puñetero sopla al doblar cada esquina de nuestra Burgos natal. Cuando mi memoria piscícola haya perdido por el camino el recuerdo de esas risas que un día fueron, siempre podré volver aquí y recordar.

Quedan así inaugurados solemnemente los diálogos de besugos pezqueñines.


 

Los que sois padres sabréis seguramente que casi todos los niños atraviesan una etapa en la que se empeñan en no querer andar. Da igual que la puerta del portal acabe de cerrarse a un centímetro de tus cuartos traseros; ellos ya estarán cansados. Nuestra hija ha adoptado últimamente la costumbre de hacer un giro de 180º repentino y plantarse entre nuestras piernas alzando los brazos al cielo como quien clamara piedad de un ser supremo. Al grito de «¡papá, aúpa!» exige su derecho a ser porteada, y sonríe satisfecha cuando se ve izada hasta su atalaya preferida. Se convierte así cada paseo en una lucha de poder en la que las partes deben jugar sus cartas con habilidad para optimizar la relación entre esfuerzo físico, dolor articular y tiempo de desplazamiento. Y se producen diálogos como este:

—Papá, quiero pipas.
—¡Pero bueno! O sea que, además de que te lleve aúpa, ¿también quieres pipas? ¡Tú lo quieres todo!
—Sí.
—¿Hay algo que no quieras?
—Sí, andar.

Lo tiene clarísimo…

 

Stuttgart, niños y otros cuentos de Navidad

Recuerdo una de nuestras primeras escapadas cuando vivíamos en Berlín. Nuestra economía familiar no nos permitía grandes desembolsos, así que nos habíamos propuesto firmemente conocer Alemania en profundidad. Muy en profundidad. Con nuestra maleta y utilizando un portal de viajes compartidos precursor de lo que hoy son en España Blablacar o Amovens, nos plantamos en Magdeburgo. Nos alojábamos en casa de una joven pareja de alemanes que conocimos a través de Couchsurfing, otro fantástico recurso para viajar de otra manera que por aquella época aún utilizábamos a menudo. Charlando con ellos nos reímos mucho de la ocurrencia misma que habíamos tenido de pasar un fin de semana en una ciudad universitaria e industrial que muy probablemente nunca formará parte de ningún circuito turístico. Así somos nosotros: nos gustan los destinos originales.

No debería sorprender a nadie por tanto que mientras algunos de nuestros amigos pasaban su otoño en Cuba, Tailandia, Japón o Nueva York, nosotros decidiéramos —nada más y nada menos— irnos cuatro días a Stuttgart en noviembre. Me resulta tan absurdo tratar de vender Stuttgart como un destino atractivo que no voy ni a intentarlo. Me rindo. Así, sin más. Pero oye, igual que me gusta regodearme en nuestras desgracias viajeras, también tengo derecho a contar cuándo las cosas nos han salido medianamente bien.

No creo que esta entrada convenza a nadie para dejarlo todo y poner rumbo a esta capital alemana, pero sí me va a servir para repasar algunas de las cosas que me llamaron la atención en relación a los viajes con niños y a las diferencias y semejanzas entre la experiencia paternal en Alemania y en nuestro país. Algunas de las cosas que contaré son extrapolables al resto del país; otras, no creo que pasen de lo anecdótico. Os cuento.

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