Parecía que sí, parecía que no

No es difícil encontrar por ahí listas de prescindibles e imprescindibles para la crianza. Lo que uno incluye en según qué columna depende en buena medida del estilo personal con que cada familia afronta el día a día con sus hijos. Hay quien estima de primerísima necesidad tener un carro de 1.000€ con buenos amortiguadores y quien de buena gana invertiría esos mismos 1.000€ en 3 ó 4 buenas soluciones de porteo con las que cubrir todas las etapas motoras de su familia.

Este tipo de recomendaciones entrañan un riesgo para los padres primerizos que, como yo, no hayan tenido contacto alguno con el mundo de los bebés hasta el momento de estrenarse en esta aventura. No podemos descartar que terminemos sumando los imprescindibles de todos los demás mientras obviamos la prescindibilidad del resto. Porque, oye, «nunca se sabe».

Nosotros fuimos más de quedarnos cortos que de pasarnos en la compra. Preferimos ir incorporando artilugios a medida que íbamos descubriendo necesidades que habríamos sido incapaces de imaginar desde nuestra perspectiva de no-padres. Casi todo lo que acumulamos por exceso llegó a casa en forma de regalos, herencias y préstamos. Una pena que tantas buenas intenciones caigan en saco roto pudiendo haber cubierto otras necesidades más realistas.

En cualquier caso, nos hemos encontrado con objetos de puericultura que nos han resultado muchísimo más útiles de lo que habríamos imaginado, mientras que otros en los que habíamos depositado más esperanzas han terminado en esa estantería alta del armario en la que acumulamos aquello que no encuentra salida en Wallapop. Continúa leyendo Parecía que sí, parecía que no

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Diálogos de besuguines I

Ayer por la tarde, en uno de nuestros habituales paseos por el barrio, bolsa de pipas en mano, nuestra pequeña cotorra nos hizo doblar el espinazo de la risa a mamá y a mí. Desde que empezó a construir frases apretando palabras unas junto a otras no pasa un día sin que nos arranque como mínimo una sonrisa con alguna de sus salidas y ocurrencias.

No sé qué vida tendrá esta sección que me invento hoy para el blog. Quizá muera con esta primera entrega, quién sabe. En cualquier caso, como el primer lector de este diario soy y seré yo mismo, lo aprovecharé para grabar en él esas palabras que, de otra manera, se llevaría el viento que tan puñetero sopla al doblar cada esquina de nuestra Burgos natal. Cuando mi memoria piscícola haya perdido por el camino el recuerdo de esas risas que un día fueron, siempre podré volver aquí y recordar.

Quedan así inaugurados solemnemente los diálogos de besugos pezqueñines.


 

Los que sois padres sabréis seguramente que casi todos los niños atraviesan una etapa en la que se empeñan en no querer andar. Da igual que la puerta del portal acabe de cerrarse a un centímetro de tus cuartos traseros; ellos ya estarán cansados. Nuestra hija ha adoptado últimamente la costumbre de hacer un giro de 180º repentino y plantarse entre nuestras piernas alzando los brazos al cielo como quien clamara piedad de un ser supremo. Al grito de «¡papá, aúpa!» exige su derecho a ser porteada, y sonríe satisfecha cuando se ve izada hasta su atalaya preferida. Se convierte así cada paseo en una lucha de poder en la que las partes deben jugar sus cartas con habilidad para optimizar la relación entre esfuerzo físico, dolor articular y tiempo de desplazamiento. Y se producen diálogos como este:

—Papá, quiero pipas.
—¡Pero bueno! O sea que, además de que te lleve aúpa, ¿también quieres pipas? ¡Tú lo quieres todo!
—Sí.
—¿Hay algo que no quieras?
—Sí, andar.

Lo tiene clarísimo…

 

Stuttgart, niños y otros cuentos de Navidad

Recuerdo una de nuestras primeras escapadas cuando vivíamos en Berlín. Nuestra economía familiar no nos permitía grandes desembolsos, así que nos habíamos propuesto firmemente conocer Alemania en profundidad. Muy en profundidad. Con nuestra maleta y utilizando un portal de viajes compartidos precursor de lo que hoy son en España Blablacar o Amovens, nos plantamos en Magdeburgo. Nos alojábamos en casa de una joven pareja de alemanes que conocimos a través de Couchsurfing, otro fantástico recurso para viajar de otra manera que por aquella época aún utilizábamos a menudo. Charlando con ellos nos reímos mucho de la ocurrencia misma que habíamos tenido de pasar un fin de semana en una ciudad universitaria e industrial que muy probablemente nunca formará parte de ningún circuito turístico. Así somos nosotros: nos gustan los destinos originales.

No debería sorprender a nadie por tanto que mientras algunos de nuestros amigos pasaban su otoño en Cuba, Tailandia, Japón o Nueva York, nosotros decidiéramos —nada más y nada menos— irnos cuatro días a Stuttgart en noviembre. Me resulta tan absurdo tratar de vender Stuttgart como un destino atractivo que no voy ni a intentarlo. Me rindo. Así, sin más. Pero oye, igual que me gusta regodearme en nuestras desgracias viajeras, también tengo derecho a contar cuándo las cosas nos han salido medianamente bien.

No creo que esta entrada convenza a nadie para dejarlo todo y poner rumbo a esta capital alemana, pero sí me va a servir para repasar algunas de las cosas que me llamaron la atención en relación a los viajes con niños y a las diferencias y semejanzas entre la experiencia paternal en Alemania y en nuestro país. Algunas de las cosas que contaré son extrapolables al resto del país; otras, no creo que pasen de lo anecdótico. Os cuento.

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El porteo y El Prado

Ya dije hace no mucho que no soy muy amante del arte moderno —así, en general, sea lo que sea que significa eso de «moderno»—. Soy mucho más de los clásicos, los que estudiábamos siempre en esas clases de Historia del Arte del colegio en las que nunca llegábamos a analizar el siglo XX. Entre los autores que sí son de mi devoción siempre ha estado El Bosco. Me fascinan sus mundos imaginados, los locos detalles que esconden cada uno de sus cuadros. No podía perderme por tanto la exposición temporal que El Prado le dedicaba al pintor flamenco durante este año.

A través de una compañera mía me enteré de que las entradas para la muestra estaban volando, así que nos pusimos manos a la obra y reservamos hora para nuestra visita con casi tres meses de antelación. Así somos nosotros, unos locos de la vida.

1. La sorpresa

El proceso de reserva a través de la web no nos pareció especialmente claro, todo hay que decirlo, pero eso es otra historia. Mientras llegaba la fecha que habíamos elegido para la visita, nos dio por comentárselo a un par de amigos por si estaban tan mal de la cabeza como nosotros y se aventuraban a intentar la expedición con sendas hijas pequeñas.

Estaba yo revisando el PDF de la reserva comprobando la fecha y la hora cuando me encontré con una sorpresa: las condiciones de la entrada incluyen un punto específico para prohibir el acceso con mochilas portabebés. Imaginaos mi cara de asombro. Soy muy dado a enfadarme con este tipo de tonterías y a embarcarme en cruzadas a las que nadie me ha invitado, así que no pude evitarlo: tenía que consultar al museo.

2. Primer intento

Lo primero que hice fue acudir a su página web, en cuya sección de contacto se puede encontrar una preciosa dirección de correo electrónico de «atención al visitante». Por deformación profesional sé que hay gran cantidad de empresas que disponen de una por el estilo a pesar de que nunca nadie atiende las peticiones enviadas a este tipo de buzones, pero aun así me parece una buena forma de reclamar porque me permite explicar detalladamente el motivo de mis quejas y preguntas.

Con mucha educación —o eso me parecía a mí— le planteé al museo mis dudas: ¿a qué tipo de mochilas se referían? Quizá la norma estuviera pensada para mochilas de porteo de montaña, que son extremadamente voluminosas y con estructuras metálicas que fácilmente pueden golpear a otros visitantes o incluso las obras de arte.

Por otra parte, si el museo ofrece como alternativa sillas de paseo de forma gratuita, ¿no resultaría mucho menos molesto para todos poder utilizar una mochila de porteo ergonómica en el pecho? Son mochilas que, en la mayor parte de los casos, consisten únicamente en un conjunto de telas. No ocupan apenas espacio y permiten llevar al niño pegado al adulto sin peligro para nadie.

Y empezó la espera…

3. Segundo intento

Pasaron los días y la respuesta no llegaba, así que decidí proceder al siguiente paso: Twitter. Una vez más, soy consciente de que no todos los organismos utilizan las redes sociales como sus usuarios y clientes esperan, pero aun así proseguí con la esperanza de obtener una respuesta más inmediata. Inicié la consulta a @museodelprado. En este caso la respuesta sí llegó. No de forma tan rápida como cabría esperar, pero al menos llegó.

El tipo de respuesta, eso sí, es de las que me exasperan. Si ya estoy dando una descripción detallada de mi problema, querida empresa cuyo cliente soy yo, no espero una respuesta estándar por defecto con un texto copiado de las condiciones sobre las que yo ya te estoy consultando. Cuando me responden así, siento que me tratan de tonto, así que insistí en que no estaban contestando mis preguntas y reiteré mis dudas aportando incluso fotografías para que vieran a lo que me refería.

Y hasta ahí llegó la conversación en Twitter, porque la cuenta oficial del museo decidió que ya había hecho suficiente y que lo que tenía yo que hacer era resolverlo todo a través del canal de ayuda de la página web. Vuelta al principio, por tanto.

4. ¿La respuesta?

Varias semanas después, recibí con sorpresa por fin un correo que pretendía resolver mi consulta inicial. Mira tú por dónde, volvían a pegarme el texto de las condiciones que yo ya conocía, como si no se hubieran leído ni una línea de mi pregunta. Por supuesto, no respondían a ninguna de las cuestiones que yo les planteaba. Con bastante poca fe ya, traté de continuar el hilo a través del correo electrónico. De eso hace ya tres meses. Todavía sigo esperando…

Entre idas y venidas llegó por fin el día de nuestra visita. Habíamos tratado de resolver una consulta con el museo con casi tres meses de antelación y seguíamos igual que al principio. Desde luego, la atención que recibimos nosotros no dice mucho a favor del servicio de atención al visitante de uno de los principales museos no ya madrileños, sino de toda España. ¿Con cuánto tiempo hay que organizar una visita al Prado para poder resolver las dudas a tiempo? ¿Y si parte de la logística de un viaje dependiera de ello? Un desastre.

5. La entrada

Nuestra idea inicial había sido intentar que la visita al museo coincidiera con la siesta de la niña, para lo que contábamos con poder portearla en la mochila durante la misma. Siendo los gafes que somos, nuestras previsiones se torcieron por completo. Para cuando llegó agosto, la siesta se había desplazado a otra franja horaria, así que tuvimos que entrar al museo ya comidos y dormidos.

A pesar de todo, allá que nos dirigimos. Hicimos la breve cola para la recogida de entradas y pasamos por taquilla con la peque en la mochila sin que nadie hiciera el más mínimo comentario. Presentamos las entradas en la puerta sin ningún problema. Incluso pasamos dos controles de seguridad sin mención alguna a la mochila de porteo. Bien es cierto que el primer guarda de seguridad estaba prestando más atención a la pantalla del móvil que al monitor del escáner, y que la segunda tenía más curiosidad por la anécdota de la vecina que le estaba contando una trabajadora del museo que por cómo llevábamos a la niña. Así que llegamos hasta dentro con nuestra navaja de la fruta y nuestra mochila de porteo.

Uno de los argumentos del museo para prohibir la entrada con mochilas es que cuentan con sillas de paseo gratuitas a disposición de los visitantes, así que nos decidimos a probarla por si un milagro hacía que la niña aguantara el recorrido en la silla. La solicitamos en la consigna y nos encontramos con otra sorpresa: solamente había una silla —¿cuántos visitantes decís que tiene el Museo del Prado cada día?—. Nos la dieron y, mira tú por dónde, no pudimos avanzar ni un metro con ella. Los ejes de las dos ruedas delanteras estaban rotos y se bloqueaban en perpendicular a la dirección de la marcha. Estupendo. La silla se quedó en la consigna.

6. La visita

Una vez dentro, la aventura fue mal desde el principio. El sistema de reserva con hora evita grandes aglomeraciones, pero aun así nuestra hija se agobiaba y aburría a partes iguales. Era nuestra primera visita similar con ella. Hasta ese día nos habíamos limitado a pequeñas exposiciones gratuitas de las que podíamos salir corriendo en cualquier momento. Supongo que pagamos la novatada.

La llevamos todo el rato alternando entre la Tonga, la mochila y los brazos, y no tardó en empezar a reclamar de forma constante la teta que tanto la tranquiliza cuando se pone nerviosa o se aburre. Hacia la mitad de la exposición ya teníamos claro que no veríamos la mitad restante. Para colmo, un tufillo familiar empezó a emanar desde la zona del pañal, por lo que seguir como si nada mezclándonos en los grupos de visitantes dejaba de ser una opción. Una vez visto el tríptico «El Jardín de las Delicias», nos dimos por vencidos y pusimos fin al recorrido saltándonos las obras que nos quedaban aún. Lección aprendida.

Conclusión

La experiencia nos sirvió para reforzar nuestra percepción del absurdo que encierra la prohibición que da motivo a esta historia. Es una falta total de sentido común preferir que los papás entremos al museo con una silla de paseo. En una exhibición especial como la del Bosco hay que hacer cola para acercarse a prácticamente todos y cada uno de los cuadros, o al menos para los más importantes del artista. Intentar aproximarse a las obras con una silla de paseo me parece una locura; es una molestia y un riesgo para el resto de los visitantes y una fuente segura de tropiezos y atropellos de tobillos.

Visitar un museo lleno de gente es precisamente una de esas circunstancias en las que el porteo pone de manifiesto su máxima idoneidad. Si porteamos en el pecho no hay ningún riesgo de golpear involuntariamente a otros visitantes o a cualquiera de las obras. Es más, si no podemos portear en el pecho, ¿podríamos acaso llevar un niño en brazos? Porque no alcanzo a entender qué diferencia ven entre una postura y otra. Sinceramente, no se me ocurre ninguna manera de que un niño pequeño cause menos molestias al resto de visitantes que llevándolo bien pegado al pecho en cualquier tipo de portabebés.

Entiendo perfectamente que no se puedan llevar mochilas durante la visita, o que la prohibición se refiriera a esas enormes mochilas de montaña con su estructura metálica. No entiendo en absoluto que se prohíban el resto de las mochilas de porteo, ni mucho menos que uno de los museos más importantes del mundo demuestre semejante falta de respeto a los visitantes ignorando sus consultas por cualquiera de los medios de contacto que pone a su disposición. Abandonar una conversación con un cliente cuando ésta se complica dice muy poco del departamento de atención al visitante del Museo del Prado.

Si la prohibición no se pone en práctica como hemos visto —y lo mismo me han contado algunos otros papás que hicieron la prueba—, ¿qué sentido tiene mantenerla en las normas escritas que se envían junto con la entrada? Y si no son capaces de argumentar para defenderla, ni tampoco de explicar los detalles exactos de la prohibición, ¿no será que estamos ante una norma que no tiene hoy el más mínimo sentido? Pongámonos al día. La experiencia logística de la visita es también fundamental para el que pretende ser uno de los mejores museos del mundo.