Pasta con salsa de manzana y chips de verdura

Cuando cocinar se convierte en una obligación diaria no es difícil que terminemos encontrándonos ante algo parecido al bloqueo del escritor. «¿Qué pongo hoy para comer…?». Por fortuna, la cocina nos brinda recursos mucho más socorridos que la pluma a la hora de salir del apuro. Los más sencillos e inmediatos son probablemente los platos comodín, aquellos que admiten que les pongamos encima prácticamente cualquier cosa para obtener un resultado, como mínimo, comestible. Pasta, arroz, pizza, huevos revueltos, empanadillas, croquetas… No le hacen ascos a casi nada.

Eso conlleva un problema menor, como es el hecho de que resulte difícil repetir aquel menú que resultó espontáneamente delicioso y que nos inventamos en diez minutos con los restos que pudimos rescatar del fondo de la nevera un domingo a última hora. Me sucede habitualmente con la pasta, para la que me invento salsas y aliños que, pasado un tiempo, soy incapaz de recordar. Por eso dejo aquí de vez en cuando anotada alguna receta que nos gustó especialmente, por si en uno de esos días de atasco culinario nos sirven para echar mano de ellas y comer algo decente.

La pasta que os propongo hoy bebía de la misma fuente de inspiración que la pizza que tuve que inventarme un día para aquel #amimanera de @Madresfera: mi tierra burgalesa. Aquella reineta de Caderechas se quedó esta vez, eso sí, en manzana roja madrileña, pero la esencia de la combinación de sabores seguía siendo la de esa fruta ácida y dulce pochada despacito con una buena cebolla horcal burgalesa y una zanahoria de la huerta del tío Julio.

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Macarrones integrales con gambones

En casa tenemos varios comodines que utilizamos cuando necesitamos poner en marcha una receta de aprovechamiento para liquidar esos «plingues» que han sobrado de la cena. Empanadillas, croquetas, arroces, pasta… Tenemos dónde elegir. Lo malo es que acabamos convirtiendo la pasta en un recurso de segunda y cuando da la casualidad de que nos sale un plato rico nos cuesta repetirlo más adelante si no partimos del mismo tipo de sobras. Por eso me gusta también de vez en cuando innovar con alguna receta que sí sea reproducible.

Es el caso de este plato de pasta con gambas que os propongo hoy. Lo hice un día por casualidad intentando acabar unos pimientos que empezaban a querer arrugarse en el frigorífico. A mamá le gustó tanto el resultado que tuve que repetir el mejunje unos días después para poder hacerle la foto y registrar aquí la receta. Ya sabéis que de memoria no ando sobrado y, si no apunto aquí mis inventos, dentro de 15 días habrán quedado en un limbo de platos olvidados para desgracia de mamá.

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Guiso de patatas de legumbre

La cocina del aprovechamiento tiene muchas ventajas. No solo es la forma ideal de evitar el desperdicio de comida, también es una buena manera de optimizar el tiempo que pasamos en la cocina y, por qué no, de ahorrar un dinerillo. Como ejemplo, os propongo hoy un guiso de patatas que nos chifla en esta casa —sobre todo a nuestra mamá patatera, amante del tubérculo en todas sus formas—.

La receta solo tiene una particularidad, y es que como base de cocción partiremos del caldo de varias legumbres que hayamos cocido con anterioridad. Veréis que la salsa resultante es de las de toma pan y moja. A cambio, nos ahorramos tener que comprar un caldo de supermercado que probablemente tenga más sal de la necesaria.

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Pizza burgalesa #amimanera

A estas alturas ya deberíais saber que soy enfermizamente tímido y, si no lo sabéis, ya os lo digo yo que me conozco: soy tímido. Aún hoy no me explico qué tipo de enajenación mental transitoria sufrí para que no se me ocurriera otra cosa que proponerle nada más y nada menos que a Madresfera jugar a algo que yo llamé «las recetas encadenadas», siguiendo un poco la idea de lo que se me ocurrió hacer con las sobras de una deliciosa receta de garbanzos de Marujismo que en casa convertimos en una estupenda cena de empanadillas.

El caso es que entre simpáticas conversaciones tuiteras, «jijis» y «jajas», Madresfera recogió el guante con elegancia y lo transformó en una estupenda iniciativa que ojalá vea una gran participación de entre tantos mamás y papás cocinillas como hay en esta red de blogueros. Lo llamó #amimanera y se estrenó la semana pasada con la primera llamada a las cocinas en busca de nuestras recetas de pizza casera. Tendría bemoles que me perdiera yo la primera convocatoria, así que os traigo hoy la receta —aproximada, como siempre— de la que mamá calificó como «la mejor pizza que has hecho hasta ahora en casa».

Si habéis leído alguna de mis anteriores recetas, ya os habréis ido dando cuenta de que básicamente me limito a arrojar infinidad de ingredientes a una cazuela hasta que están cocinados. No es de extrañar, por tanto, que en la foto de los materiales que vamos a necesitar para esta receta me haya olvidado la mitad con la emoción de hacer las fotos de la elaboración paso a paso.

Ingredientes para la pizza burgalesa

Os adelanto también que esta no es una pizza para un día cualquiera. Primero, porque es contundente en abundancia. Segundo, porque contiene muchas elaboraciones que es probable que tengamos que haber preparado el día anterior si no forman parte habitual de nuestra despensa. Pero no adelantemos acontecimientos; vamos con la receta.

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Empanadillas encadenadas

En casa somos fieles seguidores de las recetas de Marujismo. Habitualmente son sencillas que no necesariamente simples—, sanas y resultonas, y nos ayudaron mucho en nuestros comienzos en el «baby led weaning». Es por eso que hoy quiero hacerles un pequeño homenaje con la que, si no me equivoco, podría ser la primera receta encadenada de la historia de la Madresfera. Ahí es nada. También es cierto que esta receta nos salió sin querer por otra parte, como el 95% de las cosas que cocinamos en casa, pero eso no lo sabe nadie. Vamos, pues, con la magia.

La receta nace a partir de estos garbanzos con espinacas que nos gustaron un montón. Y eso que carecen del ingrediente fundamental de cualquier plato de legumbre que se precie: una buena morcilla de Burgos. Pero el caso es que nos gustaron y, como a la gusanita le encantan los garbanzos, reservamos una buena cantidad para que se diera el festín que quisiera. Seguramente se nos fue un poco la mano con el optimismo, así que nos vimos de repente con un generoso plato sobrante para el que a los papás ya no nos quedaba hueco ni apretando fuerte con la cuchara —cosa rara en mí, todo hay que decirlo—. Como en esta casa nos hemos criado en la cultura de la reutilización, somos expertos en la cocina del aprovechamiento, y decidimos que el plato de garbanzos pasaría a formar parte de las empanadillas que teníamos previsto cenar aquel día.

La lista de la compra

  • Las sobras del plato de garbanzos con espinacas de la receta anterior. Pero que sobre al menos medio plato, ¿no? Que os conozco y os veo haciendo esto con un garbanzo.
  • El resto de la bolsa de espinacas que os debería haber sobrado de la receta de Marujismo si le habéis hecho el debido caso.
  • Un paquete de obleas para empanadillas, o lo que quiera que uséis para hacer empanadillas en vuestra casa. A nosotros nos gustan las de tamaño grande (La Cocinera tiene, por ejemplo, dos tamaños) porque en las chiquitinas casi no cabe relleno.
  • 1 cebolleta.
  • 1 zanahoria grande, o 2 si son pequeñas.
  • 1/2 pimiento rojo.
  • 1 latilla de caballa en aceite.
  • 1 latilla de atún en aceite o al natural.
  • Los restos de un bote de tomate frito que no sabíais en qué gastar.
  • Aceite de oliva (si puede ser; si no, pues del que uséis en casa, siempre que no sea el aceite del coche).
  • Sal y especias a tutiplén (las especias, no la sal).

El camino a la perdición

  1. Picamos en «brunoise» sí, lo he buscado en Google la cebolleta.
  2. Mientras terminamos de picarla, habremos puesto a calentar en una sartén amplia un par de cucharadas de aceite. A mí me gusta sofreír las cosas despacito, así que suelo ir añadiendo las verduras a medida que las voy teniendo cortadas. Ponemos por tanto la cebolla a pochar a fuego flojito (al 2 en una cocina de 6 niveles como la nuestra, por ejemplo).
  3. Hacemos lo mismo con la zanahoria y el pimiento y lo vamos añadiendo a la sartén según lo vayamos picando. Dejamos que se vaya haciendo todo despacito hasta que la cebolleta vaya quedando transparente. Según el aceite que hayáis echado y lo rayada que esté vuestra sartén, removed de vez en cuando si hace falta, ¿eh?
  4. Si para este momento ya os habéis aburrido, podéis echar un poco de sal y alguna especia que se os antoje. También se puede sazonar después, qué más da. Yo soy muy de especiar los platos según me van dando prontos, así que no os voy a reñir por eso.
  5. Mientras se sofríen las verduras, poned a cocer las espinacas siguiendo las instrucciones del fabricante. Ya sabéis que no hay que cocer de más las verduras, pero allá cada uno. En cuanto estén listas, escurridlas y reservadlas.
  6. Cuando las verduras estén bien pasaditas a vuestro gusto, quitad el aceite de la lata de caballa y añadid el pescado a la sartén, removiéndolo para que se reparta bien. En función de cuántas empanadillas queráis hacer, le vendrá bien añadir otra latilla más, que es lo que nos pasó a nosotros. Para darle más gracia, lo combinamos con una de atún, así tampoco abusamos con las latas de este segundo pescado, que los peces grandes empiezan a ser polémicos por aquello de los metales pesados.
  7. Vamos removiendo todo junto y añadimos las espinacas, las sobras de garbanzos y los restos de tomate frito. Yo suelo echar un poco de agua al tomate para apurar bien el bote, así que le podemos subir un poco el fuego a la sartén para evaporar el exceso de líquido y que no nos chorreen las empanadillas.

El truco final

Cuando veamos que el relleno va tomando la consistencia adecuada, empezamos a rellenar las empanadillas con cuidado. La forma tradicional de terminarlas es friéndolas en abundante aceite caliente; eso nunca falla. Sin embargo, si queréis evitaros un poco de fritanga, os recomiendo darle una oportunidad a las empanadillas al horno. Basta con pintarlas por fuera con huevo batido y pasarlas un rato por el horno; muchas veces casi no hace falta ni darles la vuelta. El resultado de la masa es completamente distinto, pero está muy bueno también.

Hasta ahora nunca habíamos intentado hacer la masa de las empanadillas nosotros mismos, pero la semana pasada nos pusimos un día manos a la obra con esta receta de borekas de berenjena de Cocinando entre olivos y no nos pareció especialmente difícil —sí laborioso, porque terminamos de amasar obleas pasada la medianoche—. Tendremos que hacer la prueba para ver si este tipo de masa, además de al horno, también se puede preparar frita. Desde luego el resultado es inmejorable.


 

P.D.: efectivamente: soy tan cutre que ni siquiera tengo una foto del plato para acompañar la receta. Ese soy yo: el papá que llega tarde y pone recetas cutres. Pero oye, si a estas alturas de la vida no sabéis cómo son unas empanadillas, creo que podréis seguir viviendo sin ver la foto. ¡Que os guste!