«Para no haber ido a la guardería»

Si hay una causa que he hecho mía desde que soy padre es la de la educación temprana en casa, particularmente desde que me lancé a la piscina de pasar un año entero con mi hija de año y medio para empezar a descubrir el mundo a su lado. No es una causa contra nadie, ni mucho menos. No tengo nada en contra de las escuelas infantiles, cuya labor admiro profundamente y cuya existencia entiendo como absolutamente imprescindible para el mantenimiento de nuestro estilo de vida actual.

Mi causa se orienta más bien a la defensa de una alternativa real, aquella que deja que sean los progenitores de la criatura los que empiecen a introducirla en el mundo que le va a tocar vivir. ¿Y por qué ese empeño mío? Pues porque de un tiempo a esta parte advierto una percepción cada vez más generalizada de que el único lugar que puede garantizar una formación adecuada a un bebé primero y a un niño después es la escuela infantil.

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Torre de aprendizaje

Hace unos días os hablé de algunos de los objetos que, para bien o para mal, nos habían sorprendido durante nuestros primeros años de paternidad / maternidad. Deliberadamente dejé uno aparte para dedicarle una entrada específica: la torre de aprendizaje.

Para bien o para mal debía de sorprendernos también este artilugio cuya existencia desconocíamos hasta hace tan solo unos meses. Con ese nombre tan rimbombante nos referimos en realidad a una versión revisada de una práctica simple y antigua: dejar que los niños se suban a una silla para que puedan alcanzar una altura mayor. Ya sabemos que las propuestas pedagógicas como Montessori son dadas a veces a darle nombres bonitos a todo…

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El niño que nunca fue al colegio

Aún nos queda un cierto margen de tiempo para devanarnos los sesos con la difícil decisión de escoger un colegio para nuestra hija. Mientras llega ese momento, vamos prestando atención a lo que nos cuentan amigos y conocidos que ya han pasado por ahí. Y lloramos. También nos llegan noticias de Austria, desde donde la familia de uno de mis mejores amigos nos empezó a hablar del porteo o del baby-led weaning cuando nosotros aún no sabíamos ni cómo cambiar un pañal. Y yo, ávido de material con el que torturarme, me retuerzo de envidia agarrándome a aquellos aspectos de la crianza en los que opino que allí al norte nos llevan algo más de ventaja.

Fueron ellos quienes nos hicieron llegar este vídeo de un tal André Stern, un curioso francés cuya fama en el ámbito educativo se debe al hecho de que nunca durante su infancia pisó una sola institución formativa como alumno. La charla que imparte está en alemán, pero no os será difícil encontrar multitud de intervenciones suyas en inglés o incluso alguna entrevista en castellano.

No hace falta rebuscar mucho en el cajón de argumentos para darse cuenta de que algo así no es adecuado —ni posible— para todo el mundo. Ni siquiera para la mayoría, diría. Sin embargo, el testimonio del hijo del pedagogo e investigador Arno Stern, debería hacernos reflexionar a todos. Primero y sobre todo por un hecho evidente: el fruto de una infancia alejada de la escolarización no tiene por qué ser necesariamente un adulto desempleado, asocial y analfabeto como la propia presentadora de la charla sugiere.

Si os interesa la pedagogía y os cuestionáis cuál es el método o el sistema educativo ideal para nuestros hijos, os recomiendo que busquéis a los Stern, padre e hijo, y echéis un vistazo a lo que proponen. Insisto, como ellos, en que no se trata de oponerse a la escolarización —André se manifiesta en contra del home-schooling, de hecho—, pero plantean cosas muy interesantes sobre las que merece la pena reflexionar. Os resumo algunas de las tesis que defiende en su charla. Dan que pensar.

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Gracias, hijo. Toma un caramelo.

Una aplicación para los padres

Es conocido el tópico de que los homosexuales son un público interesante para muchas marcas. Presupone el tópico que tienen un poder adquisitivo elevado —como si la orientación sexual tuviera algo que ver con el dinero— y que normalmente llevan una menor carga de obligaciones familiares a los hombros —como si una pareja de gays o lesbianas no pudiera tener una familia normal y con hijos—. No sé qué base real tendrá este lugar común.

Desde que entré a formar parte del equipo de casados y con hijos de ese partido «solteros contra casados» que a veces parece la vida he detectado, no obstante, otro grupo de población que constituye un suculento objeto de deseo para las marcas: los padres primerizos. Podría hablar de padres en general pero creo que los primerizos somos especialmente vulnerables. En este caso el poder adquisitivo no es el factor determinante. Con independencia de los ingresos que tenga cada familia, lo que está claro es que buena parte del dinero empieza a chorrear por el colador lleno de agujeros en que puede llegar a convertirse la vida familiar. Lo importante aquí es otra cosa: la inocencia y la inexperiencia. Somos la víctima perfecta para todo tipo de vendedores de motos y ungüentos curalotodo. Llenos de dudas, ávidos de soluciones rápidas y fáciles… cualquier invento nos parece útil si es capaz de darnos 5 minutos más de vida un día a la semana.

No debería, por tanto, sorprendernos que también en el mercado de las aplicaciones móviles seamos precisamente los padres los destinatarios de decenas de herramientas que pretenden hacernos la vida más fácil. Es el caso de KidzAward, aplicación que conocí gracias al espacio «Estartapeando» que en el «Hora 25» de la cadena SER presenta diariamente todo tipo de proyectos emprendedores de nuestro país. Bajo el título de «Estartapeando: hay que portarse bien», una de las creadoras de la plataforma Kidz in mind hizo un breve recorrido por las bondades de su último producto. Podéis escuchar la entrevista completa desde este enlace.

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«El monstruo de colores»

Hace unos días os contaba cómo habían llegado a nuestra pequeña biblioteca particular dos libros «monstruosos» que le encantan a la lectora más joven de esta casa. El «Monstruo rosa» llegó de la mano de un colega de profesión: «El monstruo de colores», de la editorial Flamboyant. Por la edad del público objetivo, seguimos disfrutando de libros con poco texto pero ricos en ilustraciones de las que cuentan infinitas historias.

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«Monstruo rosa»

A pesar de mi aversión crónica a los saraos en sociedad hace unos meses recibí una invitación de Madresfera que picó mi curiosidad. El Corte Inglés organizó una sesión de trabajo —en concreto, un focus group, para los modernos— con un grupo de padres para rebuscar en nuestra forma de vivir y entender la paternidad a la caza de alguna clave que les permitiera enfocar su nueva campaña de vuelta al cole. Soy cliente esporádico de la marca, admiro su servicio de atención al cliente y, habitualmente, detesto su comunicación publicitaria. Sin embargo, por deformación profesional pudo más el ansia curiosa que el rechazo del tipo vergonzoso que soy, así que me animé a conocer este tipo de dinámicas que nunca viene mal tener a mano en el ámbito en el que me muevo profesionalmente. La experiencia fue increíblemente enriquecedora y, sin ningún ánimo pretencioso, algunos de los resultados me han hecho mucha gracia.

Mi historia personal con el departamento de atención al cliente de El Corte Inglés habla de un trato siempre exquisito. En este caso, su deferencia con nosotros no lo fue menos. Además de la agradable merienda que disfrutamos aquella cálida tarde de lunes, nos fuimos a casa con una tarjeta regalo en el bolsillo a la que no tardaríamos en encontrar utilidad en casa.

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Los libros son para el verano

Hace ya varios días que estrené mi nueva condición de papá a tiempo completo. En un movimiento que sólo el tiempo dirá cuán acertado ha sido, he dejado de lado un trabajo que me gustaba para dedicarle todo mi día a nuestra hija. De repente, después de año y medio de paternidad, me encuentro en una situación completamente nueva. Nunca hasta ahora habíamos pasado tanto tiempo a solas los dos sin mamá de por medio.

Más allá de miedos e incertidumbres, lo que sí tenía claro es que quería aprovechar al máximo cada día que esta aventura me regale a su lado. No tengo aún muchos planes programados, pero me gustaría que fueran unos meses de descubrimiento con ella. Ya que vamos a prescindir de la escuela infantil durante un tiempo, espero ser capaz de enseñarle el mundo en el día a día. Como le digo yo a veces a mamá, me da cierta pena que tantos niños aprendan lo que es un autobús a través de las fichas de la escuela en lugar de subiéndose directamente a uno. Así pues, ya que nos hemos dado esta oportunidad, confío en que sepamos sacarle todo el partido.

Las horas de la mayor parte de los días acaban rellenándose solas entre las actividades rutinarias de aseo y comida y las labores del hogar. Ya era consciente de que no sería capaz de encontrar tanto tiempo libre como la gente me decía con sana envidia, pero aun así es sorprendente cómo vuelan los minutos entre recados mañaneros y tareas en la cocina. Con todo y con eso, y teniendo en cuenta también que mamá disfruta de una estupenda jornada de verano estos días, sí vamos descubriendo huecos que podemos ocupar con las actividades que más nos interesan.

Y lo que más nos interesa a día de hoy es huir del calor. Para eso tenía una localización ya en mente desde mucho antes de acogerme a la excedencia. La conocimos el verano pasado, precisamente en un hábil movimiento de escapatoria de una de las enésimas olas de calor con que nos castigó el estío madrileño: la sala infantil de la biblioteca Mario Vargas Llosa.

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