A mí no

En una vida que ya me parece imposible, antes de nuestra primera hija, era habitual que mamá y yo cenáramos los viernes en casa de los —ahora— abuelos maternos. No sé muy bien por qué, también la televisión formaba parte del convite. Y digo que no sé muy bien por qué porque nunca fueron una familia de comer con la tele cuando mamá y el tío eran pequeños. Sea como fuere, eran viernes de «Hermano mayor» en Cuatro, y tampoco faltaban a la mesa los comentarios clásicos que uno puede esperar ante un panorama como el que presentaba el programa.

Afortunadamente, entre el repertorio de tópicos nunca habitó el de la torta a tiempo. Sin embargo, sí desprendían nuestros argumentos a buen seguro un cierto tufillo a condescendiente superioridad. «Eso a mí no me pasaría»; «eso es que no lo han parado a tiempo»; «eso es que siempre le han dado lo que quería»…

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Nos vamos al Salón de Gourmets

La semana que viene se celebra en Madrid la 32ª edición de Salón de Gourmets, cita —por lo visto— imprescindible para el sector profesional de la alimentación de calidad. Alguien que seguramente esté durmiendo menos horas de las que su cerebro requiere para pensar con claridad ha pensado que quien escribe puede tener algo interesante que contar de la mano de Diana de Marujismo, y nos han reservado un hueco en el stand de Aneto para que hagamos nuestra pequeña aportación.

Así pues, el próximo miércoles 9 de mayo a las 17:30 y sin saber muy bien cómo ni por qué, allí estaremos. Nuestro objetivo es sencillo: compartir con quien quiera acercarse a charlar con nosotros nuestra experiencia a la hora de hacer del hogar la base de la alimentación saludable de nuestros hijos. Sin ninguna pretensión de aleccionar y sin más intención que la de proponer alternativas fundamentadas en lo que hemos vivido en casa en primera persona.

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Padres en la era de la (des)información

Cuando mamá y yo éramos pequeños, la inercia definía buena parte de las decisiones familiares. Los niños iban al cole del barrio o, en un alarde de arriesgada excentricidad, a aquel en el que hubiera estudiado uno de los dos progenitores. No había por qué complicarse más. Dos o tres años antes, aquellos mismos niños habrían nacido en el hospital que correspondiera al domicilio familiar. ¿Por qué iba nadie a querer cambiar de hospital para dar a luz? Puede que nos tocaran un pediatra o un médico de familia avinagrados y amigos de remedios «de vieja», pero a quién se le iba a ocurrir pedir un cambio de facultativo o contradecir la doctrina del doctor…

Esa misma mamá y yo llevamos año y medio dándole vueltas a la elección de un centro escolar para nuestra hija mayor. Empezamos a visitar los colegios del distrito un año antes de que se inaugurara siquiera nuestro plazo de inscripción. Hicimos preguntas durante visitas guiadas en horario lectivo y fuera de él; si no lo hubiéramos tenido tan claro habríamos construido una de nuestras tablas comparativas con opiniones, votaciones y clasificaciones. Algunos de nuestros mejores amigos se plantean incluso mudarse de casa y de barrio en busca de una escuela mejor para sus pequeños.

La voz del pediatra de turno hace tiempo que dejó de ser la única autorizada a la que prestan oído los padres. Ya no son el doctor, el maestro y el cura del pueblo los que imponen respeto absoluto a su dictamen. En nuestro grupo de crianza de los viernes se habla, se alaba y se critica la postura de los médicos, y son muchas las familias que eligen cambiar de pediatra si perciben consejos obsoletos o sienten miedo a una bronca ridícula que les hace sentirse obligados a mentir.

«La generación más preparada de la Historia»

Los padres de nuestra generación somos seguramente los que más información hemos tenido a nuestro alcance. Eso nos obliga a ser conscientes de la responsabilidad que semejante disponibilidad esconde. Al mismo tiempo, ser los padres más sobreinformados de la Historia, constituye también un riesgo evidente para nuestro propio bienestar y nuestra salud mental. No es fácil encontrar el equilibrio en la era de Internet, las redes sociales y los libros de ayuda.

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La rabia, el apego y los límites

Aunque haya quien sugiere lo contrario, creo que no es descabellado decir que con un mínimo de interés podemos intuir que la paternidad y la maternidad no son un camino de rosas. Claro que se idealiza la experiencia desde las redes sociales; claro que mucha gente esconde en las conversaciones triviales del trabajo sus noches sin dormir, sus horas de gritos en casa, sus dudas y sus culpas… Pero hace falta mucha inocencia para no ser consciente antes de la llegada de los hijos a casa de que habrá momentos malos y rachas difíciles.

A pesar del aparente carácter tranquilo de aquella bebé que fue nuestra primera hija, yo barruntaba ya cuál sería nuestra estrategia a la hora de afrontar sus ataques de rabia. Del mismo modo, vuelvo una y otra vez sobre la incertidumbre que sufro pensando en cómo reaccionaré cuando la niña que hoy es ceda el paso a una preadolescente inconformista que la adelante sin intermitente.

De lo que no tenía ni la menor idea es de que, además de sus emociones, la paternidad me obligaría de forma tan sorprendente a aprender a gestionar las mías. Porque sí, amigos, ser padre te pone delante de un espejo que te descubre una parte de ti que ni siquiera imaginabas. Ser padre es una experiencia tan extrema que te hace ser consciente de taras que arrastrabas desde mucho antes de iniciar esta nueva etapa. Y con una gestión emocional tarada, ¿cómo vamos a enseñar a nuestras hijas a manejarse en su tormenta interior?

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El colegio ideal son los padres

«La primavera la sangre altera», especialmente si tienes hijos en edad preescolar y estás inmerso en la vorágine de búsqueda de colegio para el curso que viene. Es fácil construir una lista de características que queremos que cumpla el centro, y muchos blogs de otros padres y madres que han pasado por ahí ayudan a centrar el tiro y a intuir qué cosas nos afectarán más en el futuro y, por tanto, deberíamos valorar más en el presente.

Sin embargo, hay un factor determinante que obviamos por imposible en nuestra búsqueda; un factor que no aparece en ninguno de esos títulos tan search-engine-friendly de «10 cosas que tienes que saber a la hora de elegir un colegio para tus hijos»: los padres.

Podemos visitar el colegio en horario lectivo o fuera de él. Podemos asistir a sus jornadas de puertas abiertas, hablar con la directora, consultar las opiniones registradas por otros progenitores en Internet… Pero nos es imposible saber con qué padres nos tocará compartir tantos años de intensa vida escolar.

Junto a ellos esperaremos en la acera mientras muchos ignoran la prohibición de fumar junto a la escuela. Asistiremos a su lado a eternas reuniones en las que parece no decidirse nunca nada. Recibiremos cadenas de bulos y mensajes fuera de lugar en grupos de WhatsApp que odiaremos por no atrevernos a abandonar. Celebraremos los cumpleaños de sus hijos en el jardín de su casa bebiéndonos la cerveza de su nevera. Si el azar quiere que nuestros retoños hagan buenas migas, quién sabe qué más emprenderemos a su lado, obligados o no. Puede que incluso a algunos de ellos acabemos llamándolos «amigos»

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Calendario de desarrollo normal

No estamos siendo justos con nuestros bebés. La consulta de pediatría está jalonada por carteles exigiéndoles que a los 3 meses se hayan encontrado los pies; que a los 4 y medio se mantengan más o menos sentados; y que a los 6 muestren interés por la comida y se lancen en ataque suicida a por las viandas que llenan nuestro plato. ¿Pero qué pasa con los padres? ¿Es que no se espera nada de nuestro desarrollo como tales?

Quizá aún no hayan llegado impresas hasta vuestro centro de salud, así que os dejo aquí una pequeña guía que el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad ha desarrollado de la mano de la Organización Mundial de la Salud para que padres y madres españolas podamos corroborar que nuestra evolución psicomotriz tiene lugar dentro de unos márgenes que podamos considerar normales.

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Paciencia

—Espera, déjame que me lave los dientes y ahora juego contigo.

—Espera, cariño, que tengo que comer y ahora cuando termine te leo el cuento.

—Espera, chiquitina, que tengo que coger a tu hermana que está llorando.

—Espera, hija, que se me quema la comida y ahora te doy un papel para pintar.

—Espera, mi amor, que tenemos que ir a comprar un par de cosas antes de jugar.

—Espera un poco, que todavía no es la hora de merendar.

—Espera, que tengo que recoger la cocina antes de ir contigo.

—Espera, que no sé qué me está diciendo mamá y si me hablas tú, no la oigo.

—Espera, cariño, que ya falta poco para llegar.

—Espera, hija, que todavía no hemos pedido la comida al camarero.

—Espera, que te tengo que vestir antes de seguir jugando.

—Espera, que tengo que preparar la mochila para poder salir a la calle.

—Espera a mañana, hija, que ya es hora de ir a la cama y hay que madrugar.

—Espera un poco, que tengo que ir al baño y ahora sacamos la plastilina.

—Espera, que estoy mirando cuál es la mejor manera de llegar a la tienda.

—Espera, que te tienes que lavar los dientes y el morro antes de ir a jugar.

—Espera, que primero nos tenemos que duchar.

—Espera.


 

Y aún tengo los santos bemoles de espetarle a mi hija de 3 años que no tiene paciencia y que tiene que aprender a esperar. ¡Pero qué estoy diciendo! Si la pobre se pasa el día esperándome… Lo dije un día y lo repito una vez más: los niños no necesitan que introduzcamos frustraciones artificiales en su aprendizaje diario; la vida normal ya está repleta de lecciones al respecto.