Moderación o abstinencia

Ya me pasaba antes de aparcar el trabajo, pero desde que paso tantas horas a solas con una niña pequeña le doy muchas más vueltas a las cosas. De esas vueltas nacen muchas de mis entradas, como vía de escape para no volverme loco y para sintetizar los argumentos en uno y otro sentido que componen las discusiones con las que mi monologuista interior me tortura. Así llego hoy otra vez aquí, dispuesto a volver a cogérmela con papel de fumar para desesperación vuestra.

Una preocupación un poco cínica

Esta semana se alarmaban los contertulios del Hoy por hoy de la SER. Al parecer, Youtube y otras plataformas similares no deberán dejar de emitir publicidad de bebidas alcohólicas de alta graduación, a diferencia de lo que algunos habían interpretado en un primer momento. Teniendo en cuenta que cada vez son más los niños —no digamos ya los jóvenes— que acceden habitualmente al contenido disponible en ese tipo de canales, se observa ahí una fisura curiosa en el alcance de la regulación de la publicidad de dichas bebidas en nuestro país. Sobre lo que ven nuestros hijos en sus pantallas y la necesidad o no de supervisión por nuestra parte podemos discutir otro día…

Esa preocupación en voz del nutrido grupo de comentaristas me ha dado que pensar: ¿tiene algún sentido acudir armados de prohibiciones a los fabricantes sin revisar antes lo que presencian nuestros hijos cada día a nuestro lado? La experiencia acumulada durante años de cínica lucha contra el tabaquismo hace ver que limitaciones en la publicidad pueden ser positivas de cara a la reducción del consumo. Pero ¿no estamos viendo pajas en ojos ajenos? No soy capaz de imaginarme a un padre fumador tratando de evitar que sus hijos entraran en contacto con anuncios de Marlboro y, sin embargo, es precisamente eso lo que estamos haciendo como sociedad en conjunto. Un poco sinsentido, ¿no os parece?

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«Pájaro Amarillo»

Nuestra pequeña biblioteca a ras de suelo ha crecido bastante en las últimas semanas gracias a alguna compra y a un buen puñado de donaciones (benditos sean los buenos vecinos amigos de los niños). Entre las compras, hay una que destaca muy por encima de todas a los ojos de la dueña última de la biblioteca: «Pájaro Amarillo».

Se trata del segundo título de la colección que la ilustradora Olga de Dios tiene previsto dedicar a cada uno de los personajes de un cuento del que ya os hablé, «Monstruo rosa». Tenemos echado el ojo a la obra «Buscar» de la misma autora que nos recomendó Estrella aquel día, pero en cuanto vimos que el cuento del que os hablo hoy formaba parte de la misma historia que la del entrañable rosado bicho peludo, tuvimos claro que se tenía que venir a casa con nosotros.

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La panacea

Ya he dicho alguna vez que mi paternidad me ha cambiado. Apenas llevo unos meses inmerso en su vorágine de novedades desconcertantes, pero no hay espacio de mi vida que haya logrado mantenerse estanco y librarse de la avalancha transformadora que supone esta experiencia. Entre otras cosas, ha cambiado mi forma de leer. Presto mucha más atención a cada palabra escrita en relación con el universo paternofilial y me encanta utilizar las propuestas de terceros como palanca de reflexión. Muchas páginas se leen de otro modo puestas a la luz de la experiencia paternal y son más de las que creía las que hablan directa o indirectamente de esa parte fundamental de nuestra existencia (al menos mientras la visión de Aldous Huxley no se materialice por completo). Luego vengo aquí a desparramar mis divagaciones y torturaros con ellas. Eso también, claro.

Hace algunas semanas aterrizó en mis manos un ejemplar de una de esas revistas para madres y padres que venden —no sé dónde, la verdad— a un precio irrisorio. No sé si alguien las compra. Todas las que he tenido la oportunidad de ojear las he recibido como obsequio de las formas más inverosímiles. Antes de que mamá diera a luz todavía era yo un incauto proyecto de papá primerizo, y las leía con avidez y curiosidad en busca de respuestas. Hoy, con algunos meses de experiencia en la mochila, con muchas lecturas en el bolsillo y con más conversaciones en mi haber, sé que buena parte del contenido de algunas de esas revistas deja mucho que desear.

Los reportajes plagados de errores, medias verdades y mitos de la crianza no sirven más que de excusa para dar espacio a la publicidad de unas marcas que son quienes verdaderamente se benefician de según qué mensajes. Viendo algunos de sus contenidos (con algunos test como «¿Vuestro amor está fuerte y a salvo?» o un infalible «¿Qué estudiará mi hijo?») no puedo evitar pensar en que son una versión avanzada y casposilla de aquella Superpop de nuestra primera adolescencia. No es raro ver que sigan tratando a la madre como si fuera la única responsable del cuidado de los hijos y que la infantilicen como hacen aún tantas revistas femeninas con las mujeres en general. Seguro que hay grandes profesionales detrás haciendo un gran trabajo y sometidos a mucha presión, ojo. Seguro. Pero eso no me consuela como lector cuando veo que se frivolizan temas sensibles sobre los que la población debería recibir información veraz y objetiva. Un motivo más para apoyar proyectos periodísticos rigurosos, por cierto.

El caso es que aquel número de «Mi bebé y yo» —esa era la revista en cuestión, aunque no es la única del estilo— incluía en la sección «Mi educación» un artículo que me llamó la atención. «Guardería: 8 puntos a favor» rezaba el título. Ya venía yo hacía mucho tiempo dándole vueltas al dilema de la escuela infantil, así que me lancé de cabeza a leerlo. Apenas había completado un par de párrafos y ya tenía claro que necesitaba escribir aquí una de mis interminables reflexiones. Hablaré por cierto de «guardería» —como se ha denominado tradicionalmente— y «escuela infantil» —como empieza a conocerse últimamente— indistintamente. Sé que cada término tiene connotaciones diferentes y espero que nadie se sienta ofendido por el uso de uno u otro. El mismo artículo titula con «guardería» a pesar de que el contenido encaje más con la idea que defienden los partidarios del término «escuela infantil».

¿Me acompañáis?

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Animalario de Madrid

Estoy convencido de que nuestra hija no es ningún caso particular en su amor por los animales. Hay algo mágico en la relación que se establece entre los niños y nuestros compañeros de viaje sobre este planeta nuestro. No sé si es la sorpresa de ver diminutos y enormes seres peludos o emplumados moviéndose junto a ellos, pero a la mayoría de los niños, y a nuestra gusanita en particular, los animales los vuelven locos.

Cuando pasamos algún día en nuestra diminuta aldea castellana, nadie disfruta tanto como ella. Además de la compañía de abuelos y tíos prestos a brindarle todo tipo de atenciones, se encuentra nuestra pequeña con una cantidad tal de animales a su alcance que no sabe ni por dónde empezar. Persigue a los gatos y a los perros; primero con timidez, luego con locura. Se ríe del miedo que le da la cerda gigante que pasea bamboleante su trasero por las calles del fondo. Lleva comida a los gatos del pajar en el que viven los gallos a los que le encanta imitar. Acaricia a los terneros de Saturio en el camino que bordea la ladera de las tenadas. Y se sobresalta entusiasmada cada vez que las burras de la era rebuznan para que nadie en el pueblo olvide que allí arriba siguen, espantando las moscas con sus enormes orejas de conejo.

Verla gozar con los animales es una de las experiencias que más ternura me producen. Me encanta su cara de felicidad, escucharla pegar gritos de alegría y verla bailar en círculo con ese paso tan característico suyo. Descubrir un sentimiento así en los niños es lo único que hace que no rechace de plano la existencia de los zoológicos. Nuestro paso por el de Madrid cuando apenas tenía 8 meses fue legendario. Y la visita a Cabárceno grabó escenas en nuestra retina de padres enamorados que nunca querremos olvidar.

Por todo eso me da mucha pena que sean tantos los niños que apenas pueden acercarse a animales vivos en su vida de ajetreos urbanos. Yo también fui un niño de ciudad, y en mi época ni siquiera eran frecuentes esas visitas a la granja-escuela que hoy en día organizan muchos colegios. Pero incluso contando con dichas excursiones, ¿no es un poco triste que tantos pequeños no hayan visto una vaca en su vida hasta que cumplen 6, 7 u 8 años?

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«El monstruo de colores»

Hace unos días os contaba cómo habían llegado a nuestra pequeña biblioteca particular dos libros «monstruosos» que le encantan a la lectora más joven de esta casa. El «Monstruo rosa» llegó de la mano de un colega de profesión: «El monstruo de colores», de la editorial Flamboyant. Por la edad del público objetivo, seguimos disfrutando de libros con poco texto pero ricos en ilustraciones de las que cuentan infinitas historias.

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«Monstruo rosa»

A pesar de mi aversión crónica a los saraos en sociedad hace unos meses recibí una invitación de Madresfera que picó mi curiosidad. El Corte Inglés organizó una sesión de trabajo —en concreto, un focus group, para los modernos— con un grupo de padres para rebuscar en nuestra forma de vivir y entender la paternidad a la caza de alguna clave que les permitiera enfocar su nueva campaña de vuelta al cole. Soy cliente esporádico de la marca, admiro su servicio de atención al cliente y, habitualmente, detesto su comunicación publicitaria. Sin embargo, por deformación profesional pudo más el ansia curiosa que el rechazo del tipo vergonzoso que soy, así que me animé a conocer este tipo de dinámicas que nunca viene mal tener a mano en el ámbito en el que me muevo profesionalmente. La experiencia fue increíblemente enriquecedora y, sin ningún ánimo pretencioso, algunos de los resultados me han hecho mucha gracia.

Mi historia personal con el departamento de atención al cliente de El Corte Inglés habla de un trato siempre exquisito. En este caso, su deferencia con nosotros no lo fue menos. Además de la agradable merienda que disfrutamos aquella cálida tarde de lunes, nos fuimos a casa con una tarjeta regalo en el bolsillo a la que no tardaríamos en encontrar utilidad en casa.

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#ElTemaDeLaSemana – Una afición para compartir

Es curioso que sea precisamente una de las aficiones que más he dejado de lado desde que estrenara mi paternidad, pero me encantaría que a nuestra gusanita le gustara la bicicleta como mínimo tanto como a mí. Y cuando hablo de compartir la afición no me refiero solamente a que disfrute montando en bici, sino a que podamos hacerlo juntos.

La falta de amigos ciclistas en mi entorno más cercano me convirtió hace tiempo en un lobo solitario. Acostumbro a salir solo en bicicleta y perderme por caminos que voy descubriendo a medida que los elijo en el último segundo. No obstante, en esas raras ocasiones en las que consigo engañar a algún compañero de kilómetros, disfruto de la compañía y de esas conversaciones sinceras que las dos ruedas propician. Tanto como lo hago de la soledad cuando pedaleo en solitario. Nada me gustaría más que encontrar en mi hija una nueva compañera de ruta, una nueva confidente en esa intimidad que el campo seco y abierto de Castilla y los bosques bajos de la sierra burgalesa ponen a disposición de quien quiera aventurarse a conocerlos.

Antes de ser padres, mamá y yo volvíamos a casa de los ahora abuelos más de la mitad de los fines de semana. Allí es donde aparco yo mi colección de bicicletas para dar rienda suelta a mi afán por pedalear. Unos días tocaba montaña; otros, carretera. Cuando nació nuestra gusanita las escapadas al norte hubieron de reducirse necesariamente por muchos motivos, pero fundamentalmente por lo poco que le agradaban los viajes en coche y por lo poco que dormíamos ninguno de los tres cuando cambiábamos nuestra amplia cama con cuna de colecho por unos colchones más estrechos que alojaban nuestros cuerpos cual sardinas en lata de aceite de oliva virgen extra.

Los fines de semana en casa de los abuelos eran menos y, para colmo, nos levantábamos siempre cansados y deseosos de aferrarnos a las sábanas unos minutos más mientras ellos entretenían a la pequeña insomne. Nunca me pareció que fuera oportuno dejar a mamá sola con el pastel toda la mañana para huir sobre dos ruedas. Ni eso, ni quemar en un viaje a ninguna parte la poca energía que mi cuerpo era capaz de salvaguardar cada noche. Mamá era por aquel entonces la que más tiempo pasaba a diario con nuestra hija, así que sentía la necesidad de estar presente todo el tiempo posible durante los fines de semana o por las tardes en cuanto salía del trabajo.

Con el tiempo, y a medida que la nieta va conociendo a sus abuelos, nos sentimos más cómodos delegando en esa cuadrilla de locos que a veces nos parecen nuestros dos pares de padres. Y así por ejemplo, durante las últimas vacaciones en casa hemos podido aprovechar para leer y salir en bici como hacía casi dos años que no lo hacíamos.

De momento no me planteo tener una bicicleta en condiciones en Madrid. No estoy acostumbrado a tener que montarla en el coche para poder salir al monte con ella. Sin embargo, no paro de darle vueltas a la idea de cómo poder acompañar a mi hija en sus inicios sobre las dos ruedas. Soluciones hay muchas, pero la bicicleta es una de esas aficiones que no son fáciles de mantener cuando vives de alquiler a muchos kilómetros de la que siempre ha sido tu casa. El espacio es limitado y Madrid es una ciudad muy poco práctica para moverse por ella o fuera de ella sobre el sillín. El tiempo corre en mi contra para neutralizar la escapada, pero con ganas y amor estoy seguro de que no me ganarán el sprint final.