3 canciones para (no) dormir – Volumen 2

Hace tiempo que os hablé ya de nuestras tres primeras canciones fetiche para dormir a la que por aquel entonces aún debía de ser una bebé, ya grandecita, pero bebé al fin y al cabo. Han llovido siestas y noches desde entonces, pero el sueño sigue siendo uno de los asuntos que más inseguridad me genera y que más me trae de cabeza. ¿Pero por qué no se duermen?

El gusto musical de nuestra hija va evolucionando al mismo ritmo con que ella deja atrás tallas de ropa y números de pie. Le chiflan los coros (su más favorito del mundo mundial es el «O Fortuna» de Carl Orff) y los tambores, y siempre que se acuerda de pedirnos que pongamos música en casa insiste en que pinchemos algo «de esos chicos», refiriéndose a Corvus Corax, un conjunto muy peculiar que hace ya tiempo se coló entre mis debilidades. «Son mis amigos» dice la tía… Menudas películas se monta.

Así pues, también hemos debido actualizar nuestra lista de temas infalibles para acompañar su sueño. Sinceramente, no tengo ni idea de si sirven para algo. En cualquier caso, este es el podio definitivo:

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Festivales y niños, capítulo 2

El otro día hablaba del festival musical favorito de esta familia, el Demandafolk. Terminaba la entrada confesando que no hemos sido capaces de reunir el valor suficiente para intentar la aventura de acampar allí con nuestra niña de menos de dos años. A cambio, eso sí, nos buscamos una alternativa similar que facilitara la logística familiar para no pasar un verano sin música. Y la encontramos no muy lejos de allí, en el también burgalés pueblo de Villangómez.

Desde hace 6 años ya, también en agosto, se celebra en esta pequeña localidad castellana el Pollogómez Folk. Igual que sucede en el Demandafolk, festival con el que está hermanado, el Pollogómez pretende poner en valor el modelo de crecimiento rural sostenible de un pueblo que hasta entonces era quizá tan sólo conocido en la provincia por la fuerza de su industria avícola.

Lo que nos gusta

  • A diferencia del evento del que os hablaba el otro día, todos los actos del Pollogómez tienen lugar a lo largo de un único día, por lo que no es necesario acarrear tantos bártulos ni organizar pernoctaciones campestres. Eso facilita mucho las cosas para los que vamos con niños pequeños y fue uno de los principales motivos que nos animaron a probar el festival este año. Lo único que tenemos que pensar es si vamos a quedarnos a comer allí para pasar el día entero. Si no creemos que vayan a aguantar tanto tiempo, siempre podemos acercarnos a Villangómez a media tarde a la hora en que estén programadas las primeras actuaciones musicales.
  • Si tenemos intención de comer en el pueblo, también aquí podemos dar buena cuenta del menú casero a precios populares que la organización pone a la venta para los visitantes. No sé si todos los años repetirán como hace el Demandafolk con su caldereta de cordero, pero este año pudimos comer un guiso de ternera con arroz a mediodía y, como no podía ser de otra manera, unos buenos pollos asados a la brasa para cenar.
  • La vía de acceso es relativamente buena, y aunque los últimos kilómetros sean de carretera provincial, podemos acercarnos bastante utilizando la autovía A-1 que une Madrid y Burgos.
  • Antes de los conciertos de la tarde, todo el pueblo se moviliza para organizar actividades para entretener a los más pequeños: talleres de oficios artesanos (trabajo del cuero, elaboración de jabón casero…), pintura libre de murales, exhibiciones caninas o automovilísticas, etc. Este año, además, el festival se inició con un encuentro de muralismo que decoró con algunas pinturas fabulosas muchas de las fachadas vacías del pueblo, una forma estupenda de animar a los visitantes a recorrer sus calles buscando las obras de un buen puñado de artistas urbanos de primer nivel.
  • La sesión musical empieza con una actuación dirigida al público más familiar. Eso no significa que los conciertos posteriores sean para adultos, pero la presencia este año— por poner un ejemplo— de Pepín abriendo el programa vespertino es garantía de diversión para mayores y niños por igual. Tengo que reconocer que nunca me había divertido tanto con un espectáculo infantil, volviendo un poco a lo que comentaba en la primera parte de esta serie acerca de cómo la música y el ocio para adultos no tienen por qué ser incompatibles con nuestros hijos pequeños.

Lo que menos nos gusta

  • Aunque con 6 años de experiencia ya se podría decir que es este un festival veterano, se nota todavía que todo se mueve gracias a voluntarios que cuentan con unos recursos bastante limitados. A la hora de la comida, por ejemplo, se apreciaba una falta de coordinación preocupante, y quizá las prisas o la falta de experiencia hicieran también que el guiso y el arroz no fueran precisamente para chuparse los dedos esta vez.
  • Desde un punto de vista estrictamente musical, resulta obvio repasando el cartel del festival que se trata de un evento menor. Aunque este año contaban ya con un grupo extranjero entre los participantes, lo normal es que el cartel se nutra de formaciones españolas y de la región. No sé cuál será la ambición de crecimiento del Pollogómez limitados como están por el espacio libre que les concede la plaza principal del pueblo, pero hay margen de mejora en este aspecto y en la calidad del sonido en directo.
  • La página web del festival y su capacidad de respuesta en redes sociales dejan todavía mucho que desear. Es difícil encontrar la programación completa del festival y en el mismo pueblo se echan de menos algunas indicaciones para los que venimos de fuera.

Nuestra experiencia

No podemos decir que el Pollogómez nos gustara tanto como el Demandafolk, pero sí nos pareció un lugar perfecto en el que disfrutar del sábado con toda la familia. Quizá pasar allí todo el día desde primera hora sea excesivo para los más pequeños, especialmente si el tiempo no acompaña y el sol de agosto castiga demasiado la plaza central del pueblo. No obstante, no se puede pedir mucho más a un festival gratuito y popular. La música vuelve a ser una excusa para revitalizar las zonas rurales de nuestra provincia y, siempre que podamos, allí estaremos nosotros en familia para acompañar este tipo de iniciativas.

Festivales y niños, capítulo 1

Tengo la firme convicción de que cuanto antes permitamos que nuestros hijos se acerquen al arte y la cultura en cualquiera de sus manifestaciones, más fácil será que continúen disfrutando con ellos por su cuenta en el futuro. Por eso, entre otras cosas, no entendía el otro día la política del Prado con respecto al porteo. También por eso, y también entre otras cosas, evitamos en casa esas histriónicas canciones infantiles en las que una hiriente y agudísima voz martillea un estribillo simplón y repetitivo una vez tras otra. Que las cantamos mamá y yo en la cocina y nos partimos los tres de risa, ojo, pero eso no quita para que pensemos que la buena música «para adultos» ha de ser necesariamente también buena música para niños.

Hace pocos días me comentaba con satisfacción un amigo músico que la Comunidad de Madrid había modificado la normativa que regulaba el acceso a los recintos musicales al público menor de edad. Ya lo había escuchado antes y, sin conocer los detalles del cambio normativo, supongo que en general es una muy buena noticia que se permita a los más pequeños acercarse un poco más a esa música que hasta ahora estaba reservada a los mayores. Bien es cierto que no creo que según que conciertos sean el lugar más edificante para un niño. Es más, actitudes y vicios poco ejemplares aparte, he vivido actuaciones en las que hasta su integridad física habría corrido peligro. Eso por no hablar de lo que yo siempre he considerado un exceso de volumen en la música de conciertos y locales nocturnos variados de nuestro país (¿de verdad es normal tener que volver a casa con pitido para dos días en los oídos después de una velada musical? No me gustaría que mi hija heredara de su infancia unos tímpanos dañados).

Hay conciertos y conciertos, es obvio. No es lo mismo colarse en la gira de Depeche Mode en el Estadio Olímpico de Berlín rodeado de energúmenos alemanes en diversos grados de embriaguez que un unplugged íntimo en un café del burgalés Paseo de los Cubos. Nada tiene que ver un concierto de ska con sus cachis de calimocho volando por encima de una masa de cabezas entrechocadas en una carpa de plástico del recinto ferial  con una de aquellas convocatorias veraniegas del Tablero de Música que tan oportunamente organizaba la Universidad de Burgos en los jardines de la Facultad de Derecho. Lo que está claro, en cualquier caso, es que es habitual encontrar una gran diferencia entre los conciertos pensados para un público adulto y aquellos orientados específicamente a los niños y a hundir en la miseria a sus padres.

Por eso me gustaría destacar hoy un par de eventos musicales a los que hemos asistido y que nos parece combinan a la perfección el ambiente familiar con el buen gusto musical. Son festivales en los que uno puede alejarse tranquilamente de los altavoces para bailar con los más pequeños y en los que, en general, llegar inconsciente por consumo de drogas o bebidas alcohólicas al primer cabeza de cartel no es el objetivo primordial de la mayor parte del público. Que sí, también conocemos festivales en los que tendría uno la sensación de que ese sea el caso pero, aun a riesgo de parecer que somos unos remilgados, no es ahí adonde nos gustaría llevar a nuestros hijos a conocer la música con la que disfrutamos.

Los dos festivales que voy a recomendar tienen lugar en nuestra provincia de Burgos, qué le vamos a hacer. De vez en cuando propongo alternativas de ocio en Madrid, pero seguimos yendo habitualmente a la que sigue siendo nuestra casa a disfrutar en familia del fin de semana. No obstante, también desde la capital del reino nos hemos acercado a bailar en ellos al ritmo del fresco burgalés, así que son planes perfectamente viables desde otros puntos del país.

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«Arrugas en la piel»

Desde abril y hasta finales del próximo mes de mayo se celebra en el centro cultural Fernán Gómez la novena edición del ciclo de artes escénicas «Rompiendo el cascarón», orientado fundamentalmente al público más joven de la capital —pero joven, joven—. Como nuestra compleja rutina nocturna nos impidió disfrutar de la Noche de los Teatros madrileña, aprovechamos la mañana del sábado para descubrir este ciclo de la mano de unos amigos mucho más duchos que nosotros en la escena teatral de la ciudad. Seguro que el papá en prácticas no tarda en dejar una reseña en condiciones sobre la obra.

Ya os he contado en alguna ocasión cómo es mi particular relación con las artes escénicas, pero eso no impide que pueda disfrutar mucho de obras como esta «Arrugas en la piel» a la que asistimos. Me cuesta más el teatro convencional para adultos, no tanto así otras propuestas más innovadoras como las obras para bebés, que apelan más directamente a las sensaciones y prescinden de diálogos sesudos e interpretaciones histriónicas. Este tipo de teatro más cercano me llega; el primero… pues depende.

«Arrugas en la piel» recorre una vida, la de su protagonista, a través de las marcas que el paso del tiempo han imprimido en su piel. Y lo hace acompañando el relato con la suave voz de la actriz protagonista, la música en directo de una flauta travesera y un arpa, y el contacto directo que proponen a los niños con elementos vivos de la escenografía que les permiten «tocar» la obra. Unas frías gotas de agua salpicada o los pedacitos de fruta que de buena gana aceptaron todos cuando la representación iba camino de su ecuador los sorprendieron, y ayudaron a que se mantuvieran alerta para descubrir cuál sería el próximo elemento que se acercaría a acariciarles la carita.

El espectáculo tiene lugar en una sala pequeñita, perfecta para un grupo reducido de niños y papás sentados en círculo en el suelo alrededor del escenario. Los pequeños se lo pasaron en grande, siguiendo embelesados los movimientos de la única actriz de la obra, levantándose también de vez en cuando para explorar los objetos de los que esta se servía para relatar el origen de sus arrugas. En los 30 ó 40 minutos que duró la representación no hubo una sola protesta, señal inequívoca de lo entretenidos que estaban todos aquellos chiquitines de apenas un puñadito de años en el mejor de los casos.

Personalmente, creo que lo de menos fue la historia que servía de hilo conductor. La puesta en escena hipnotizó a todos por igual, con el delicioso acompañamiento en directo de las dos intérpretes y los suaves movimientos de la protagonista. Fue una delicia disfrutar de esa media hora de relajación y dejarse llevar por la melodía mientras admirábamos encantados las caritas y las travesuras de nuestras hijas. El azar quiso, además, que fuéramos a sentarnos junto al arpa que se alzaba majestuosa en uno de los laterales del escenario. Nunca había tenido una tan cerca, y me encantó descubrir su hermosa complejidad, el movimiento mecánico de los pedales y su efecto sobre las cuerdas que hábilmente pulsaba la arpista.

Podéis consultar toda la programación del ciclo en la página web del Fernán Gómez. Merece la pena acercarse al menos un día con los niños, sin duda.

 

Sábados de títeres en el Retiro

El sábado acudimos con nuestra gusanita a la que era su segunda obra de teatro. Unos amigos, también papás, nos habían invitado a acompañarlos a alguna de las representaciones de títeres que cada sábado y domingo tienen lugar en el pequeño auditorio del Retiro —podéis consultar toda la programación en la web de la asociación que organiza las obras, Titirilandia—. Quizá haya quien piense que no parece el mejor momento para llevar a un bebé a ver títeres en Madrid, pero somos así de aventureros, qué le vamos a hacer.

Tengo que reconocer que las artes escénicas no son una de mis debilidades. Me gusta poco el teatro tradicional con su característico histrionismo, y soy poco aficionado a los musicales, con la honrosa salvedad de «Los Miserables», que me gustó más que un «El Rey León» del que salí con sentimientos encontrados. Otros géneros musicales como el ballet, la ópera o los conciertos sí son más de mi agrado, acostumbrados como estábamos en casa de mis padres a que la música clásica nos acompañara tan a menudo. Pero qué le voy a hacer, «no está hecha la miel para la boca del asno», y tan asno soy, que debo confesar que hasta me quedé dormido la única vez que fui a ver el Cirque du Soleil. Diré en mi defensa que asistí mientras sufría un ataque de «jet lag» monumental. Y mamá también se durmió, chincha.

Aunque en muchos aspectos empezamos a parecernos, en éste ha salido la gusanita más a su madre que a mí. Es tan «bailonga» que se pone a dar saltos y palmas en la trona hasta con las cortinillas musicales de la radio de la cocina, así que cualquier espectáculo acompañado por música es prácticamente garantía de éxito con ella. Y eso es precisamente lo que más me gustó a mí de la obra  «Pin8» que disfrutamos el sábado: la ambientación musical en directo. Mientras se desarrollaba la acción en el centro del escenario, un par de músicos acompañaban la obra con una banda sonora preciosa de voz, guitarra y percusión.

La obra en sí no me llamó particularmente la atención, pero yo no era su objetivo. La multitud de niños que llenaban las gradas sí la siguió con interés y con ganas de participar. Baste decir que apenas se oyeron protestas de alguno de los bebés más chiquitines, y casi ningún niño sintió la necesidad de echar a correr despegando el culete del asiento, clavados en él como estaban mientras no perdían detalle de lo que se estaba desarrollando en el escenario.

Nuestra gusanita se lo pasó mejor contemplando al resto de niños que atendiendo a los títeres que tenía delante, pero estamos acostumbrados. Quizá sean obras más orientadas a niños de algo más de edad que la nuestra, que aun así se entretuvo perfectamente durante la hora que duró el espectáculo. La sesión tuvo un final redondo con el baile abierto y espontáneo que se organiza en el cemento que hace las veces de platea, y allá que nos fuimos a mover las caderas al ritmo de las palmas con el sencillo estribillo que habíamos aprendido mientras nos contaban la historia de la marioneta Pin8.

En definitiva, me parece una ocasión bonita para pasar un rato en el parque con niños. Es gratuito, es al aire libre y mezcla música y teatro a partes iguales. Si, además, tienes la suerte de disfrutar de un día radiante como fue el sábado, te encuentras con un plan redondo de lo más sencillo.