Torre de aprendizaje

Hace unos días os hablé de algunos de los objetos que, para bien o para mal, nos habían sorprendido durante nuestros primeros años de paternidad / maternidad. Deliberadamente dejé uno aparte para dedicarle una entrada específica: la torre de aprendizaje.

Para bien o para mal debía de sorprendernos también este artilugio cuya existencia desconocíamos hasta hace tan solo unos meses. Con ese nombre tan rimbombante nos referimos en realidad a una versión revisada de una práctica simple y antigua: dejar que los niños se suban a una silla para que puedan alcanzar una altura mayor. Ya sabemos que las propuestas pedagógicas como Montessori son dadas a veces a darle nombres bonitos a todo…

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Si papá no leyera tanto

Debería dejar de leer. Si no leyera tanto, no habría conocido el «método Estivill». Si leyera menos, no habría entrado en contacto con pedagogías alternativas ni sería consciente de que se pueden hacer las cosas de otra manera. Si me limitara a aceptar las circunstancias como nos vienen dadas, no tendría una impresión tan clara de que los periodos de adaptación de las escuelas infantiles «de toda la vida» no son sino la versión extendida de las instrucciones del doctor Estivill.

O quizá sí, quién sabe. Porque yo ya sabía que no quería que mi hija llorara. Ya sabía que no quería dejarla en la guardería. Lo que no sé es por qué tanta gente se resiste a darse cuenta de que algo está muy mal cuando la educación de nuestros hijos empieza tantas veces en un mar de lágrimas y en abrazos aterrorizados con cada vuelta a casa. ¿De verdad os parece normal? ¿De verdad no somos capaces de encontrar una forma mejor de organizarnos? ¿De verdad no podemos hacerles más fácil la entrada en la escuela? No me lo creo.