Padres en la era de la (des)información

Cuando mamá y yo éramos pequeños, la inercia definía buena parte de las decisiones familiares. Los niños iban al cole del barrio o, en un alarde de arriesgada excentricidad, a aquel en el que hubiera estudiado uno de los dos progenitores. No había por qué complicarse más. Dos o tres años antes, aquellos mismos niños habrían nacido en el hospital que correspondiera al domicilio familiar. ¿Por qué iba nadie a querer cambiar de hospital para dar a luz? Puede que nos tocaran un pediatra o un médico de familia avinagrados y amigos de remedios «de vieja», pero a quién se le iba a ocurrir pedir un cambio de facultativo o contradecir la doctrina del doctor…

Esa misma mamá y yo llevamos año y medio dándole vueltas a la elección de un centro escolar para nuestra hija mayor. Empezamos a visitar los colegios del distrito un año antes de que se inaugurara siquiera nuestro plazo de inscripción. Hicimos preguntas durante visitas guiadas en horario lectivo y fuera de él; si no lo hubiéramos tenido tan claro habríamos construido una de nuestras tablas comparativas con opiniones, votaciones y clasificaciones. Algunos de nuestros mejores amigos se plantean incluso mudarse de casa y de barrio en busca de una escuela mejor para sus pequeños.

La voz del pediatra de turno hace tiempo que dejó de ser la única autorizada a la que prestan oído los padres. Ya no son el doctor, el maestro y el cura del pueblo los que imponen respeto absoluto a su dictamen. En nuestro grupo de crianza de los viernes se habla, se alaba y se critica la postura de los médicos, y son muchas las familias que eligen cambiar de pediatra si perciben consejos obsoletos o sienten miedo a una bronca ridícula que les hace sentirse obligados a mentir.

«La generación más preparada de la Historia»

Los padres de nuestra generación somos seguramente los que más información hemos tenido a nuestro alcance. Eso nos obliga a ser conscientes de la responsabilidad que semejante disponibilidad esconde. Al mismo tiempo, ser los padres más sobreinformados de la Historia, constituye también un riesgo evidente para nuestro propio bienestar y nuestra salud mental. No es fácil encontrar el equilibrio en la era de Internet, las redes sociales y los libros de ayuda.

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La rabia, el apego y los límites

Aunque haya quien sugiere lo contrario, creo que no es descabellado decir que con un mínimo de interés podemos intuir que la paternidad y la maternidad no son un camino de rosas. Claro que se idealiza la experiencia desde las redes sociales; claro que mucha gente esconde en las conversaciones triviales del trabajo sus noches sin dormir, sus horas de gritos en casa, sus dudas y sus culpas… Pero hace falta mucha inocencia para no ser consciente antes de la llegada de los hijos a casa de que habrá momentos malos y rachas difíciles.

A pesar del aparente carácter tranquilo de aquella bebé que fue nuestra primera hija, yo barruntaba ya cuál sería nuestra estrategia a la hora de afrontar sus ataques de rabia. Del mismo modo, vuelvo una y otra vez sobre la incertidumbre que sufro pensando en cómo reaccionaré cuando la niña que hoy es ceda el paso a una preadolescente inconformista que la adelante sin intermitente.

De lo que no tenía ni la menor idea es de que, además de sus emociones, la paternidad me obligaría de forma tan sorprendente a aprender a gestionar las mías. Porque sí, amigos, ser padre te pone delante de un espejo que te descubre una parte de ti que ni siquiera imaginabas. Ser padre es una experiencia tan extrema que te hace ser consciente de taras que arrastrabas desde mucho antes de iniciar esta nueva etapa. Y con una gestión emocional tarada, ¿cómo vamos a enseñar a nuestras hijas a manejarse en su tormenta interior?

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Calendario de desarrollo normal

No estamos siendo justos con nuestros bebés. La consulta de pediatría está jalonada por carteles exigiéndoles que a los 3 meses se hayan encontrado los pies; que a los 4 y medio se mantengan más o menos sentados; y que a los 6 muestren interés por la comida y se lancen en ataque suicida a por las viandas que llenan nuestro plato. ¿Pero qué pasa con los padres? ¿Es que no se espera nada de nuestro desarrollo como tales?

Quizá aún no hayan llegado impresas hasta vuestro centro de salud, así que os dejo aquí una pequeña guía que el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad ha desarrollado de la mano de la Organización Mundial de la Salud para que padres y madres españolas podamos corroborar que nuestra evolución psicomotriz tiene lugar dentro de unos márgenes que podamos considerar normales.

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Paciencia

—Espera, déjame que me lave los dientes y ahora juego contigo.

—Espera, cariño, que tengo que comer y ahora cuando termine te leo el cuento.

—Espera, chiquitina, que tengo que coger a tu hermana que está llorando.

—Espera, hija, que se me quema la comida y ahora te doy un papel para pintar.

—Espera, mi amor, que tenemos que ir a comprar un par de cosas antes de jugar.

—Espera un poco, que todavía no es la hora de merendar.

—Espera, que tengo que recoger la cocina antes de ir contigo.

—Espera, que no sé qué me está diciendo mamá y si me hablas tú, no la oigo.

—Espera, cariño, que ya falta poco para llegar.

—Espera, hija, que todavía no hemos pedido la comida al camarero.

—Espera, que te tengo que vestir antes de seguir jugando.

—Espera, que tengo que preparar la mochila para poder salir a la calle.

—Espera a mañana, hija, que ya es hora de ir a la cama y hay que madrugar.

—Espera un poco, que tengo que ir al baño y ahora sacamos la plastilina.

—Espera, que estoy mirando cuál es la mejor manera de llegar a la tienda.

—Espera, que te tienes que lavar los dientes y el morro antes de ir a jugar.

—Espera, que primero nos tenemos que duchar.

—Espera.


 

Y aún tengo los santos bemoles de espetarle a mi hija de 3 años que no tiene paciencia y que tiene que aprender a esperar. ¡Pero qué estoy diciendo! Si la pobre se pasa el día esperándome… Lo dije un día y lo repito una vez más: los niños no necesitan que introduzcamos frustraciones artificiales en su aprendizaje diario; la vida normal ya está repleta de lecciones al respecto.

Había una vez una familia

Había una vez una familia. Podríamos decir que constituía la familia prototípica de españolitos de bien. Papá y mamá trabajaban duro para poder pagar la guardería privada de su hija de 2 años. Fijaos si trabajaban duro que, además, habían recurrido a los servicios de una mujer nicaragüense para que se ocupara de la niña durante el día, la llevara a la escuela, la recogiera y le diera de comer.

Aquella mujer nicaragüense trabajaba en aquella casa madrileña desde las 8 de la mañana hasta las 7 de la tarde, hora en la que por fin papá y mamá podían disfrutar de su hija antes de acostarla. Todos estaban de acuerdo en que era una suerte que aquella mujer nicaragüense no tuviera hijos propios de los que ocuparse. Salvo por ese niño de 7 años que la esperaba en Nicaragua. Pero de aquel niño no iba este cuento.

Había una vez una familia que vivía en un mundo de locos.

Ahora, decidme, ¿de verdad nadie ve nada malditamente retorcido en el modelo que hemos elegido como sociedad para ser padres? Porque el cuento no es tal; es la historia real de una familia de carne y hueso. Una familia que trabaja para malpagar los cuidados de su propia hija a una mujer que malvive desviviéndose para hacer llegar algo de dinero con que sostener la precaria economía de su propia familia allende el Atlántico. Dos familias en dos extremos opuestos de la pirámide neoliberal. Dos familias que ni ven ni crían a sus hijos. ¿Cuándo nos volvimos así de locos?

Un buen lugar para nacer

Cada nuevo episodio de alerta por contaminación nos aleja un poco más de esta Madrid a la que nunca quisimos venir, pero mientras el divorcio no sea definitivo, tenemos que reconocer que la vida en la gran ciudad tiene algunas ventajas. Quien como nosotros viene «de provincias» quizá no se haya siquiera planteado que en la capital uno pueda elegir libremente en qué hospital quiere que lo atiendan. ¿Qué va uno a elegir si hay un único centro hospitalario en su ciudad?

Esa libre elección incluye la posibilidad de decidir dónde intentarás que nazcan tus hijos. Supongo que para mucha gente no hay motivo alguno por el que modificar la designación del hospital que nos toca por defecto, de la misma manera que muchas familias no sienten la necesidad de plantearse si todas las maniobras e intervenciones que los sanitarios efectuaron a lo largo de su parto debieron haber ocurrido de aquella manera. Pero cuando te informas y te das cuenta de que muchas de las cosas que se consideran normales no deberían serlo tanto, la elección del lugar en el que traer a tus hijos al mundo pasa a tener un peso fundamental entre las decisiones importantes que debes tomar durante el embarazo.

Después de que las limitaciones de nuestra situación nos permitieran darle menos vueltas de las que nos habría gustado, nuestra segunda hija terminó naciendo en el Hospital Universitario de Torrejón. La suerte —hay quien dice que la luna— estuvo de nuestro lado y mamá pudo disfrutar —sí, disfrutar— un parto que poco tuvo que ver con el que ahora siente que sufrió hace ya casi tres años. El hospital de Torrejón atrae cada vez a más familias que buscan un lugar en el que, como mínimo, se las escuche. Por eso, por si alguien baraja esta opción entre las múltiples alternativas disponibles en Madrid, os cuento los aspectos más y menos positivos de nuestra experiencia —personal e intransferible— en ese centro. Empiezo hoy con el lado bueno de las cosas.

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Maternidad subrogada

Me meto con esta entrada en un jardín que no me corresponde. No tiene mucha pinta de que alguna vez vaya a encontrarme en cualquiera de las partes que componen una maternidad subrogada y, por pura estadística, lo más probable es que tampoco nadie de mi entorno más cercano vaya a vivir nunca ninguna de las versiones de esa experiencia.

El debate sobre la maternidad subrogada ha ganado protagonismo en los últimos tiempos en nuestro país y, como ciudadano interesado por la política y por el debate, necesito reflexionar y poner por escrito algunos argumentos que me ayuden a encontrar mi postura. Lo hago sobre todo porque es una realidad de la que me siento tan alejado que ni siquiera me había planteado qué opinar. Buscando eso, opinión, pero también información, me he topado con una discusión tan agria y llevada a extremos tan carnales que creo que necesito tomar distancia y buscar razón en ambos bandos.

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