Animalario de Madrid

Estoy convencido de que nuestra hija no es ningún caso particular en su amor por los animales. Hay algo mágico en la relación que se establece entre los niños y nuestros compañeros de viaje sobre este planeta nuestro. No sé si es la sorpresa de ver diminutos y enormes seres peludos o emplumados moviéndose junto a ellos, pero a la mayoría de los niños, y a nuestra gusanita en particular, los animales los vuelven locos.

Cuando pasamos algún día en nuestra diminuta aldea castellana, nadie disfruta tanto como ella. Además de la compañía de abuelos y tíos prestos a brindarle todo tipo de atenciones, se encuentra nuestra pequeña con una cantidad tal de animales a su alcance que no sabe ni por dónde empezar. Persigue a los gatos y a los perros; primero con timidez, luego con locura. Se ríe del miedo que le da la cerda gigante que pasea bamboleante su trasero por las calles del fondo. Lleva comida a los gatos del pajar en el que viven los gallos a los que le encanta imitar. Acaricia a los terneros de Saturio en el camino que bordea la ladera de las tenadas. Y se sobresalta entusiasmada cada vez que las burras de la era rebuznan para que nadie en el pueblo olvide que allí arriba siguen, espantando las moscas con sus enormes orejas de conejo.

Verla gozar con los animales es una de las experiencias que más ternura me producen. Me encanta su cara de felicidad, escucharla pegar gritos de alegría y verla bailar en círculo con ese paso tan característico suyo. Descubrir un sentimiento así en los niños es lo único que hace que no rechace de plano la existencia de los zoológicos. Nuestro paso por el de Madrid cuando apenas tenía 8 meses fue legendario. Y la visita a Cabárceno grabó escenas en nuestra retina de padres enamorados que nunca querremos olvidar.

Por todo eso me da mucha pena que sean tantos los niños que apenas pueden acercarse a animales vivos en su vida de ajetreos urbanos. Yo también fui un niño de ciudad, y en mi época ni siquiera eran frecuentes esas visitas a la granja-escuela que hoy en día organizan muchos colegios. Pero incluso contando con dichas excursiones, ¿no es un poco triste que tantos pequeños no hayan visto una vaca en su vida hasta que cumplen 6, 7 u 8 años?

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#ElTemaDeLaSemana – Una afición para compartir

Es curioso que sea precisamente una de las aficiones que más he dejado de lado desde que estrenara mi paternidad, pero me encantaría que a nuestra gusanita le gustara la bicicleta como mínimo tanto como a mí. Y cuando hablo de compartir la afición no me refiero solamente a que disfrute montando en bici, sino a que podamos hacerlo juntos.

La falta de amigos ciclistas en mi entorno más cercano me convirtió hace tiempo en un lobo solitario. Acostumbro a salir solo en bicicleta y perderme por caminos que voy descubriendo a medida que los elijo en el último segundo. No obstante, en esas raras ocasiones en las que consigo engañar a algún compañero de kilómetros, disfruto de la compañía y de esas conversaciones sinceras que las dos ruedas propician. Tanto como lo hago de la soledad cuando pedaleo en solitario. Nada me gustaría más que encontrar en mi hija una nueva compañera de ruta, una nueva confidente en esa intimidad que el campo seco y abierto de Castilla y los bosques bajos de la sierra burgalesa ponen a disposición de quien quiera aventurarse a conocerlos.

Antes de ser padres, mamá y yo volvíamos a casa de los ahora abuelos más de la mitad de los fines de semana. Allí es donde aparco yo mi colección de bicicletas para dar rienda suelta a mi afán por pedalear. Unos días tocaba montaña; otros, carretera. Cuando nació nuestra gusanita las escapadas al norte hubieron de reducirse necesariamente por muchos motivos, pero fundamentalmente por lo poco que le agradaban los viajes en coche y por lo poco que dormíamos ninguno de los tres cuando cambiábamos nuestra amplia cama con cuna de colecho por unos colchones más estrechos que alojaban nuestros cuerpos cual sardinas en lata de aceite de oliva virgen extra.

Los fines de semana en casa de los abuelos eran menos y, para colmo, nos levantábamos siempre cansados y deseosos de aferrarnos a las sábanas unos minutos más mientras ellos entretenían a la pequeña insomne. Nunca me pareció que fuera oportuno dejar a mamá sola con el pastel toda la mañana para huir sobre dos ruedas. Ni eso, ni quemar en un viaje a ninguna parte la poca energía que mi cuerpo era capaz de salvaguardar cada noche. Mamá era por aquel entonces la que más tiempo pasaba a diario con nuestra hija, así que sentía la necesidad de estar presente todo el tiempo posible durante los fines de semana o por las tardes en cuanto salía del trabajo.

Con el tiempo, y a medida que la nieta va conociendo a sus abuelos, nos sentimos más cómodos delegando en esa cuadrilla de locos que a veces nos parecen nuestros dos pares de padres. Y así por ejemplo, durante las últimas vacaciones en casa hemos podido aprovechar para leer y salir en bici como hacía casi dos años que no lo hacíamos.

De momento no me planteo tener una bicicleta en condiciones en Madrid. No estoy acostumbrado a tener que montarla en el coche para poder salir al monte con ella. Sin embargo, no paro de darle vueltas a la idea de cómo poder acompañar a mi hija en sus inicios sobre las dos ruedas. Soluciones hay muchas, pero la bicicleta es una de esas aficiones que no son fáciles de mantener cuando vives de alquiler a muchos kilómetros de la que siempre ha sido tu casa. El espacio es limitado y Madrid es una ciudad muy poco práctica para moverse por ella o fuera de ella sobre el sillín. El tiempo corre en mi contra para neutralizar la escapada, pero con ganas y amor estoy seguro de que no me ganarán el sprint final.

El porteo y El Prado

Ya dije hace no mucho que no soy muy amante del arte moderno —así, en general, sea lo que sea que significa eso de «moderno»—. Soy mucho más de los clásicos, los que estudiábamos siempre en esas clases de Historia del Arte del colegio en las que nunca llegábamos a analizar el siglo XX. Entre los autores que sí son de mi devoción siempre ha estado El Bosco. Me fascinan sus mundos imaginados, los locos detalles que esconden cada uno de sus cuadros. No podía perderme por tanto la exposición temporal que El Prado le dedicaba al pintor flamenco durante este año.

A través de una compañera mía me enteré de que las entradas para la muestra estaban volando, así que nos pusimos manos a la obra y reservamos hora para nuestra visita con casi tres meses de antelación. Así somos nosotros, unos locos de la vida.

1. La sorpresa

El proceso de reserva a través de la web no nos pareció especialmente claro, todo hay que decirlo, pero eso es otra historia. Mientras llegaba la fecha que habíamos elegido para la visita, nos dio por comentárselo a un par de amigos por si estaban tan mal de la cabeza como nosotros y se aventuraban a intentar la expedición con sendas hijas pequeñas.

Estaba yo revisando el PDF de la reserva comprobando la fecha y la hora cuando me encontré con una sorpresa: las condiciones de la entrada incluyen un punto específico para prohibir el acceso con mochilas portabebés. Imaginaos mi cara de asombro. Soy muy dado a enfadarme con este tipo de tonterías y a embarcarme en cruzadas a las que nadie me ha invitado, así que no pude evitarlo: tenía que consultar al museo.

2. Primer intento

Lo primero que hice fue acudir a su página web, en cuya sección de contacto se puede encontrar una preciosa dirección de correo electrónico de «atención al visitante». Por deformación profesional sé que hay gran cantidad de empresas que disponen de una por el estilo a pesar de que nunca nadie atiende las peticiones enviadas a este tipo de buzones, pero aun así me parece una buena forma de reclamar porque me permite explicar detalladamente el motivo de mis quejas y preguntas.

Con mucha educación —o eso me parecía a mí— le planteé al museo mis dudas: ¿a qué tipo de mochilas se referían? Quizá la norma estuviera pensada para mochilas de porteo de montaña, que son extremadamente voluminosas y con estructuras metálicas que fácilmente pueden golpear a otros visitantes o incluso las obras de arte.

Por otra parte, si el museo ofrece como alternativa sillas de paseo de forma gratuita, ¿no resultaría mucho menos molesto para todos poder utilizar una mochila de porteo ergonómica en el pecho? Son mochilas que, en la mayor parte de los casos, consisten únicamente en un conjunto de telas. No ocupan apenas espacio y permiten llevar al niño pegado al adulto sin peligro para nadie.

Y empezó la espera…

3. Segundo intento

Pasaron los días y la respuesta no llegaba, así que decidí proceder al siguiente paso: Twitter. Una vez más, soy consciente de que no todos los organismos utilizan las redes sociales como sus usuarios y clientes esperan, pero aun así proseguí con la esperanza de obtener una respuesta más inmediata. Inicié la consulta a @museodelprado. En este caso la respuesta sí llegó. No de forma tan rápida como cabría esperar, pero al menos llegó.

El tipo de respuesta, eso sí, es de las que me exasperan. Si ya estoy dando una descripción detallada de mi problema, querida empresa cuyo cliente soy yo, no espero una respuesta estándar por defecto con un texto copiado de las condiciones sobre las que yo ya te estoy consultando. Cuando me responden así, siento que me tratan de tonto, así que insistí en que no estaban contestando mis preguntas y reiteré mis dudas aportando incluso fotografías para que vieran a lo que me refería.

Y hasta ahí llegó la conversación en Twitter, porque la cuenta oficial del museo decidió que ya había hecho suficiente y que lo que tenía yo que hacer era resolverlo todo a través del canal de ayuda de la página web. Vuelta al principio, por tanto.

4. ¿La respuesta?

Varias semanas después, recibí con sorpresa por fin un correo que pretendía resolver mi consulta inicial. Mira tú por dónde, volvían a pegarme el texto de las condiciones que yo ya conocía, como si no se hubieran leído ni una línea de mi pregunta. Por supuesto, no respondían a ninguna de las cuestiones que yo les planteaba. Con bastante poca fe ya, traté de continuar el hilo a través del correo electrónico. De eso hace ya tres meses. Todavía sigo esperando…

Entre idas y venidas llegó por fin el día de nuestra visita. Habíamos tratado de resolver una consulta con el museo con casi tres meses de antelación y seguíamos igual que al principio. Desde luego, la atención que recibimos nosotros no dice mucho a favor del servicio de atención al visitante de uno de los principales museos no ya madrileños, sino de toda España. ¿Con cuánto tiempo hay que organizar una visita al Prado para poder resolver las dudas a tiempo? ¿Y si parte de la logística de un viaje dependiera de ello? Un desastre.

5. La entrada

Nuestra idea inicial había sido intentar que la visita al museo coincidiera con la siesta de la niña, para lo que contábamos con poder portearla en la mochila durante la misma. Siendo los gafes que somos, nuestras previsiones se torcieron por completo. Para cuando llegó agosto, la siesta se había desplazado a otra franja horaria, así que tuvimos que entrar al museo ya comidos y dormidos.

A pesar de todo, allá que nos dirigimos. Hicimos la breve cola para la recogida de entradas y pasamos por taquilla con la peque en la mochila sin que nadie hiciera el más mínimo comentario. Presentamos las entradas en la puerta sin ningún problema. Incluso pasamos dos controles de seguridad sin mención alguna a la mochila de porteo. Bien es cierto que el primer guarda de seguridad estaba prestando más atención a la pantalla del móvil que al monitor del escáner, y que la segunda tenía más curiosidad por la anécdota de la vecina que le estaba contando una trabajadora del museo que por cómo llevábamos a la niña. Así que llegamos hasta dentro con nuestra navaja de la fruta y nuestra mochila de porteo.

Uno de los argumentos del museo para prohibir la entrada con mochilas es que cuentan con sillas de paseo gratuitas a disposición de los visitantes, así que nos decidimos a probarla por si un milagro hacía que la niña aguantara el recorrido en la silla. La solicitamos en la consigna y nos encontramos con otra sorpresa: solamente había una silla —¿cuántos visitantes decís que tiene el Museo del Prado cada día?—. Nos la dieron y, mira tú por dónde, no pudimos avanzar ni un metro con ella. Los ejes de las dos ruedas delanteras estaban rotos y se bloqueaban en perpendicular a la dirección de la marcha. Estupendo. La silla se quedó en la consigna.

6. La visita

Una vez dentro, la aventura fue mal desde el principio. El sistema de reserva con hora evita grandes aglomeraciones, pero aun así nuestra hija se agobiaba y aburría a partes iguales. Era nuestra primera visita similar con ella. Hasta ese día nos habíamos limitado a pequeñas exposiciones gratuitas de las que podíamos salir corriendo en cualquier momento. Supongo que pagamos la novatada.

La llevamos todo el rato alternando entre la Tonga, la mochila y los brazos, y no tardó en empezar a reclamar de forma constante la teta que tanto la tranquiliza cuando se pone nerviosa o se aburre. Hacia la mitad de la exposición ya teníamos claro que no veríamos la mitad restante. Para colmo, un tufillo familiar empezó a emanar desde la zona del pañal, por lo que seguir como si nada mezclándonos en los grupos de visitantes dejaba de ser una opción. Una vez visto el tríptico «El Jardín de las Delicias», nos dimos por vencidos y pusimos fin al recorrido saltándonos las obras que nos quedaban aún. Lección aprendida.

Conclusión

La experiencia nos sirvió para reforzar nuestra percepción del absurdo que encierra la prohibición que da motivo a esta historia. Es una falta total de sentido común preferir que los papás entremos al museo con una silla de paseo. En una exhibición especial como la del Bosco hay que hacer cola para acercarse a prácticamente todos y cada uno de los cuadros, o al menos para los más importantes del artista. Intentar aproximarse a las obras con una silla de paseo me parece una locura; es una molestia y un riesgo para el resto de los visitantes y una fuente segura de tropiezos y atropellos de tobillos.

Visitar un museo lleno de gente es precisamente una de esas circunstancias en las que el porteo pone de manifiesto su máxima idoneidad. Si porteamos en el pecho no hay ningún riesgo de golpear involuntariamente a otros visitantes o a cualquiera de las obras. Es más, si no podemos portear en el pecho, ¿podríamos acaso llevar un niño en brazos? Porque no alcanzo a entender qué diferencia ven entre una postura y otra. Sinceramente, no se me ocurre ninguna manera de que un niño pequeño cause menos molestias al resto de visitantes que llevándolo bien pegado al pecho en cualquier tipo de portabebés.

Entiendo perfectamente que no se puedan llevar mochilas durante la visita, o que la prohibición se refiriera a esas enormes mochilas de montaña con su estructura metálica. No entiendo en absoluto que se prohíban el resto de las mochilas de porteo, ni mucho menos que uno de los museos más importantes del mundo demuestre semejante falta de respeto a los visitantes ignorando sus consultas por cualquiera de los medios de contacto que pone a su disposición. Abandonar una conversación con un cliente cuando ésta se complica dice muy poco del departamento de atención al visitante del Museo del Prado.

Si la prohibición no se pone en práctica como hemos visto —y lo mismo me han contado algunos otros papás que hicieron la prueba—, ¿qué sentido tiene mantenerla en las normas escritas que se envían junto con la entrada? Y si no son capaces de argumentar para defenderla, ni tampoco de explicar los detalles exactos de la prohibición, ¿no será que estamos ante una norma que no tiene hoy el más mínimo sentido? Pongámonos al día. La experiencia logística de la visita es también fundamental para el que pretende ser uno de los mejores museos del mundo.

¿Salimos a comer?

Incluso si no fuera una necesidad biológica básica, comer sería una de mis actividades favoritas. No tengo un paladar especialmente exquisito pero me gusta probar de todo y en casa nos encanta salir a comer, siempre dentro de un orden presupuestario razonable. Los primeros meses de paternidad vinieron acompañados de una cierta reducción en el número de salidas. Las cenas fuera de casa estaban prohibidas si no queríamos desatar el Apocalipsis en la Tierra a la hora de volver a casa, así que nos limitábamos a comer por ahí a mediodía.

Durante un tiempo intentábamos buscar restaurantes que fueran adecuados para niños, huyendo de la comida rápida y tratando de encontrar siempre una trona a nuestra disposición. Con el paso de los meses hemos ido descubriendo que el concepto de restaurante familiar o local baby-friendly no es entendido igual por todas las partes, así que cada vez nos limitamos menos en ese sentido y acudimos a restaurantes «normales» aunque tengamos que apañarnos como sea para que la niña esté entretenida y pueda sentarse a la mesa.

En general diría que no abundan los restaurantes pensados especialmente para familias con hijos pequeños, ni siquiera en una ciudad tan grande como Madrid. En alguna ocasión hemos encontrado propuestas que intentaban hacer un acercamiento a esa idea de negocio, pero el resultado no suele gustarnos. Muchas veces se entiende el ir a comer con niños con la idea de poder comer tranquilo sin los niños, que es justo todo lo contrario de lo que a nosotros nos gusta hacer. Hemos visto restaurantes que ofrecen un espacio separado para padres e hijos, con los clásicos menús infantiles de croquetas, calamares, patatas fritas y espaguetis para que los padres se queden con la tranquilidad de que los niños «algo habrán comido seguro». Nosotros lo que buscamos son lugares que piensen en el bienestar de la familia en su conjunto, donde podamos sentarnos todos a la misma mesa, compartir la misma comida y no sentir que nos miran mal si nos tenemos que levantar cada dos por tres a dar un paseo por el comedor con una niña que no puede aguantar una sentada de dos horas en una mesa de adultos.

Mientras recorríamos las profundidades de la montaña vizcaína en nuestra última escapada familiar nos encontramos por casualidad con un restaurante que nos llamó particularmente la atención en ese sentido, pero de manera positiva. Se trata del Huri Barrena, un pequeño local en el pueblo de Otxandio, cerca de donde nos alojábamos. Nos costó tres intentos conseguir mesa para comer. No dan cenas de lunes a jueves y los días festivos y fines de semana debe de estar siempre hasta arriba. Y no me extraña.

El libro de visitas que tienen disponible junto a la barra rebosa opiniones agradecidas acerca de una comida fabulosa y un trato atentísimo, pero a nosotros nos gustaría destacar otro aspecto de nuestra experiencia allí. Desde que entramos por la puerta trataron a nuestra hija como a una comensal más, atendiendo obviamente las necesidades particulares de una niña pequeñita, pero prestándole siempre tanta atención como a cualquiera de nosotros. Nos preguntaron directamente si queríamos usar una trona —con su edad y tamaño ya hay casos en los que podría sentarse en una silla normal— y le pusieron plato, vaso y cubierto directamente, cosa que creo es la primera vez que nos pasa.

Gracias a lo exitosa que ha resultado nuestra experiencia con el baby led weaning, nuestra hija come prácticamente de todo y por su cuenta. Entiendo que la mayoría de la gente no esté acostumbrada a ver a una niña tan pequeña devorar un trozo de rabo de toro o un buen plato de alubias pintas con morcilla, y supongo que es normal que siempre seamos nosotros los que tenemos que reclamar que le pongan plato, pan y cubierto como a los demás. Por eso nos sorprendió encontrarnos de pronto un restaurante en el que la tenían en cuenta desde el principio.

Aquel jueves contamos al menos otras tres familias con niños pequeños comiendo en el Huri Barrena. Compartían espacio con cuadrillas de obreros y grupos de amigos, y todos degustamos satisfechos un menú del día casero de principio a fin, riquísimo y por un precio casi ridículo. No es un restaurante para niños; es un restaurante que acostumbra a tratar con ellos y que sabe cómo hacerlo. No hace falta más. A nuestra hija le chiflaron las alubias del primer plato, devoró las anchoas a la plancha del segundo y se relamió con el yogur del postre que elegimos de entre la larga lista de deliciosos dulces hechos en casa que incluía el menú. Desde mi punto de vista, es así como aprenden a comer los niños, no apartándolos en una mesa separada con un menú especial que busque el éxito fácil y alejarlos de la mesa familiar. Ojalá sigamos encontrándonos muchos más lugares así.

Los libros son para el verano

Hace ya varios días que estrené mi nueva condición de papá a tiempo completo. En un movimiento que sólo el tiempo dirá cuán acertado ha sido, he dejado de lado un trabajo que me gustaba para dedicarle todo mi día a nuestra hija. De repente, después de año y medio de paternidad, me encuentro en una situación completamente nueva. Nunca hasta ahora habíamos pasado tanto tiempo a solas los dos sin mamá de por medio.

Más allá de miedos e incertidumbres, lo que sí tenía claro es que quería aprovechar al máximo cada día que esta aventura me regale a su lado. No tengo aún muchos planes programados, pero me gustaría que fueran unos meses de descubrimiento con ella. Ya que vamos a prescindir de la escuela infantil durante un tiempo, espero ser capaz de enseñarle el mundo en el día a día. Como le digo yo a veces a mamá, me da cierta pena que tantos niños aprendan lo que es un autobús a través de las fichas de la escuela en lugar de subiéndose directamente a uno. Así pues, ya que nos hemos dado esta oportunidad, confío en que sepamos sacarle todo el partido.

Las horas de la mayor parte de los días acaban rellenándose solas entre las actividades rutinarias de aseo y comida y las labores del hogar. Ya era consciente de que no sería capaz de encontrar tanto tiempo libre como la gente me decía con sana envidia, pero aun así es sorprendente cómo vuelan los minutos entre recados mañaneros y tareas en la cocina. Con todo y con eso, y teniendo en cuenta también que mamá disfruta de una estupenda jornada de verano estos días, sí vamos descubriendo huecos que podemos ocupar con las actividades que más nos interesan.

Y lo que más nos interesa a día de hoy es huir del calor. Para eso tenía una localización ya en mente desde mucho antes de acogerme a la excedencia. La conocimos el verano pasado, precisamente en un hábil movimiento de escapatoria de una de las enésimas olas de calor con que nos castigó el estío madrileño: la sala infantil de la biblioteca Mario Vargas Llosa.

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«La máquina de los abrazos»

No sé cuánto exageramos cuando decimos que «hay libros que te cambian la vida». Podría citar algunos de los que han cambiado la mía, otros me los guardo para mí. Esta semana hemos sumado uno nuevo a la lista. Su efecto será seguramente efímero como el de esos caramelos que apenas amagan con atenuar el dolor durante cualquiera de nuestros frecuentes ataques de anginas de los últimos meses, pero aun así nos encanta.

Llevábamos intentado visitar la Feria del Libro desde un mes antes de que abriera siquiera la primera caseta. Así de chulos somos nosotros. Y, sin embargo, no fue hasta la mañana del último día de feria que conseguimos por fin darnos un paseo entre las hojas de sus libros. Por la página de la sombra, eso sí. No habíamos hecho los deberes y llegamos sin ningún plan de compra. Dejamos que la vista y la intuición marcaran el camino y nos llevamos a casa cuatro tesoros: un atlas ilustrado del que nos enamoramos, dos re-ediciones de novelas de nuestra infancia a las que les teníamos ganas papá y mamá, y un cuento para ella, la pequeña de la casa.

«La máquina de los abrazos» es un breve relato ilustrado que ha traído a mi vida un nuevo momento favorito del día: el del cuento. Nos costaba horrores atrapar el interés de nuestra gusanita en cualquiera de sus libros. A una lombriz le sobrarían dedos para contar las ocasiones en las que papá hubiera conseguido terminar de leer cualquier cuento de más de cuatro páginas con su chiquitina. Hasta que «la máquina» llegó a casa.

«La máquina de los abrazos» no cuenta una gran historia pero deja que papá se invente decenas de ellas, una por cada instancia de ese gesto que su hija pequeña empieza a conocer. En cada una descubrimos personajes nuevos que, por algún motivo que sólo ella y yo sabemos, necesitan un abrazo. Y así, hoja tras hoja, ambos sentados en el suelo con las piernas cruzadas, ella acurrucada en el regazo de papá con el libro sobre sus «diminúsculas» rodillas, acompañamos al protagonista del cuento en su cruzada por hacer del suyo un mundo más feliz.

Le habríamos puesto una nota redonda al cuento si el combustible que el protagonista consume para recargar sus exhaustos brazos hubiera sido una bandeja de fruta fresca en lugar de una pizza y un refresco, pero se lo perdonamos por haber conseguido hipnotizar así a nuestra gusanita. Leemos este cuento de la editorial Andana por la mañana, por la tarde y por la noche, y en cada ocasión es diferente de la anterior. Y no me canso de imaginar al niño que nos regala el ilustrador Scott Campbell manos a la obra, rodeando con sus mágicos brazos a todo aquel y todo aquello que se ponga a tiro. Me muero de amor y me da la risa —todo agitado, no mezclado— cada vez que veo su carita de concentración.

¡Qué alegría le da a uno cuando acierta con un libro!

Hamburguesa con lactonesa #amimanera

La segunda convocatoria del #amimanera de Madresfera es un llamamiento a todos los que disfrutamos de una buena hamburguesa cocinada en casa. No es uno de los habituales en nuestro menú, quizá porque preferimos una buena carne a la brasa en cualquiera de los innumerables restaurantes especializados en este clásico de la comida rápida que han florecido en Madrid en los últimos años. El resultado de la sartén o el horno de casa no siempre nos satisface tanto, aunque, no obstante, de vez en cuando nos animamos con algún experimento como el que os propongo hoy.

La lista de la compra

Para un par de hamburguesas:

  • Algo menos de 300g de carne picada de ternera. Antes de que nuestra vida se convirtiera en el caos desatado que es hoy, éramos una gente práctica y eficiente que compraba bandejas de carne picada de supermercado con el resto de la compra semanal. Puedo deciros por experiencia que la diferencia entre eso y una buena pieza de ternera picada directamente en la carnicería es abismal. Sin pararnos a leer la lista de ingredientes pintorescos que incluye la carne envasada y que, ¡oh, sorpresa!, no son carne, solo el sabor ya merece la pena el esfuerzo de pasar por la carnicería del barrio.
  • 2 panecillos. Algún día tendremos suficiente soltura como para hacer nosotros los bollos de la hamburguesa. Hasta que llegue ese día, nos conformamos con comprar algún pan molón de tamaño adecuado que encontremos en la panadería.
  • Aceite de girasol y de oliva.
  • Queso de Mahón o cualquier otro que os guste poner en las hamburguesas y que se derrita con facilidad. Nuestra quesera de confianza en el mercado nos recomendó específicamente este por lo bien que funde, y es cierto que las lonchas se derriten sobre la carne como si fueran mantequilla en una sartén.
  • Rúcula.
  • ½ vaso de leche entera.
  • Leche de coco.
  • Un huevo.
  • Un puñado de pan rallado y otro de harina normal.
  • Un diente de ajo mediano.
  • Semillas de cilantro.
  • 4 ó 5 dátiles naturales.
  • 4 ó 5 nueces peladas.
  • Curry.
  • Sal.
  • Vinagre.

Ingredientes para una hamburguesa con lactonesa de curry

El camino a la perdición

  1. Lo primero que me gusta hacer con los platos que llevan carne picada es ponerla a marinar con algunas especias mientras trabajo en el resto de elaboraciones. Si habéis comprado una carne buena no merece la pena disfrazar mucho el sabor con otros sabores fuertes, así que nosotros en este caso nos limitamos a mezclarla bien en un bol con el huevo batido, el diente de ajo picado muy fino, un par de pizcas de sal y el pan rallado. A mí me gusta apretarlo todo bien con un tenedor para que la masa vaya cogiendo consistencia y sea fácil de moldear después. Manías que tiene uno.
  2. Mientras la carne va reposando, preparamos la lactonesa que usaremos como base de la salsa siguiendo una receta tan fácil como esta de Javirecetas (¿hay algo que no esté en Javirecetas?). Una vez haya ligado correctamente con la batidora, añadimos un poco de leche de coco (la mitad o un tercio de la cantidad que hayamos usado de leche de vaca), una cucharadita de curry y los dátiles y nueces picados también fino. Incorporamos para terminar las semillas de cilantro machacadas en el mortero.
    Seguramente sea una burrada culinaria que solo hacen en los restaurantes indios para turistas de Madrid, pero me gusta añadir leche de coco a las salsas de curry que preparamos. Mi espíritu científico me obligó a probar a elaborar la lactonesa sustituyendo directamente la leche de vaca por la de coco, pero fue un rotundo fracaso; por eso añadimos solo una pequeña cantidad de coco al final, para evitar licuar demasiado una salsa que debería ser cremosa.
    Sea como fuere, mezclamos con un tenedor los productos que hemos añadido a la crema y lo reservamos en el frigorífico para que mantenga mejor la consistencia.
  3. Recuperamos la carne que habíamos dejado reposando y la repartimos entre dos hamburguesas del tamaño que nos pida el pan que vayamos a utilizar. Las pasamos muy poco por harina y en una sartén buena, bien caliente y con un poco de aceite las sellamos rápidamente con el fuego fuerte por ambos lados y por los laterales.
  4. Si os gusta más la carne frita, podéis freír las hamburguesas por completo. Nosotros hemos descubierto que preferimos pasarlas después por el horno a unos 180º. El tiempo dependerá del grosor que le hayáis dado y del punto que os guste en la carne.
  5. Mientras se termina de hornear la hamburguesa, cortamos el queso de Mahón en lonchas finitas que se vayan a derretir bien sobre la carne caliente y vamos preparando los ingredientes sobre la mesa para montar la hamburguesa en cuanto terminemos con el horno. Yo es que me pongo muy nervioso si hay comida caliente sobre la mesa y no puedo empezar a comer; ya sabéis que estoy fatal.
  6. Podéis añadir unos aros de cebolla al natural o de puerro frito para darle un toque crujiente adicional si os gusta. A mamá no le entusiasma mucho la cebolla cruda ni el puerro si no está bien camuflado, así que hoy prescindimos de ellos.
  7. Montamos la hamburguesa poniendo un poco de salsa sobre el pan, a continuación el filete de carne, sobre el que dispondremos directamente el queso para que funda, y coronada con un puñado de rúcula sobre la que ya sí añadimos el resto de la lactonesa antes de cerrar con la tapa superior.

Hamburguesas listas para pasar por la sartén

¡Y listo! Ya tenemos nuestra hamburguesa que combina el toque mediterráneo del cilantro, el queso balear, las nueces y los dátiles con el sabor exótico de esta lactonesa de curry que se nos ocurrió probar para esta receta. Rico, rico.