«Con la lactancia hemos topado»

Si hay un ámbito en el que el feminismo se encuentra cada día más polarizado es en el de la maternidad. Ya he comentado alguna vez lo mucho que me llama la atención. Una misma mujer por una misma decisión puede ser al mismo tiempo objeto de alabanzas y víctima de una crucifixión por parte de otras congéneres que pretenden enarbolar la bandera feminista. Cuando uno como padre trata de involucrarse en esa lucha y aportar su pequeñísimo granito de arena, no siempre resulta fácil posicionarse.

Parece lógico, de entrada, que el feminismo defienda que cada mujer pueda hacer con su cuerpo lo que le plazca. Sin embargo, las corrientes de uno y otro extremo hacen uso de esta máxima de un modo interesado. Si una congénere utiliza su cuerpo serrano de una forma que no satisfaga su forma de entender la lucha, concluyen entonces que se trata de una decisión fruto de esa herencia inconsciente que una educación patriarcal ha dejado como un poso en todos nosotros. No es, por tanto, de extrañar, que incluso figuras públicas reconocidamente activas en el movimiento feminista muestren las contradicciones internas que sufren cuando a cada opción personal se le puede dar la vuelta.

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Un mundo —no tan— feliz

Si la primera de mis lecturas vacacionales me llevó a la España de los años 60, la segunda no iba a quedarse corta en el desplazamiento. «Un mundo feliz» era una de esas novelas que se empeñaban en resistir en mi lista de libros pendientes. Siempre había otro que la adelantaba por uno u otro carril. Fue una de las lecturas recomendadas en la asignatura de Filosofía de uno de mis últimos cursos antes de la universidad. Teresa —así se llamaba aquella magnífica profesora— nos propuso una lista de entre cuyos títulos fue «Ensayo sobre la ceguera» el que fue a caer en mis manos. Aldous Huxley tendría que esperar.

La novela nos traslada a un futuro distópico. Las sociedades humanas han alcanzado un estado de aparente perfección y lo han hecho, paradójicamente, prescindiendo de gran parte de las atribuciones que nos hacen precisamente ser más humanos. Renunciando a la libertad, al libre albedrío, a los sentimientos y a muchos otros aspectos de nuestra naturaleza, se erradican también las fricciones, los conflictos y, en definitiva, la infelicidad que llega a través de la frustración.

«Un mundo feliz» es una novela breve y de fácil lectura. Aunque el estilo narrativo no me convenció mucho, os recomiendo que la descubráis por vosotros mismos si no la habéis leído todavía. Igual que otros ejercicios similares sobre inhumanos futuros aberrantes de la Humanidad —¿habéis visto la película «Equilibrium»?— da pie a reflexiones muy interesantes.

Yo me limitaré a comentar aquí algunas de las referencias que se hacen en el libro a la maternidad, un fenómeno que ha desaparecido por completo del mundo civilizado que nos presenta Huxley. La ciencia y la tecnología han reemplazado los vientres maternos y las gestaciones intrauterinas por complejas incubadoras en las que los fetos son sometidos a estímulos de condicionamiento desde el momento mismo de su concepción artificial. Todo vestigio relacionado con la maternidad natural —la lactancia, el parto, las figuras materna y paterna…— son evitados con disgusto por parte de una sociedad que considera sucia y repugnante la manera en la que sus antepasados venían al mundo.

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Preguntemos, preguntemos

En algún momento cuando los termómetros madrileños respiren aliviados olvidándose de pintar un 3 en la cifra de las decenas una de mis compañeras de trabajo dará a luz. Nos llevamos bien, compartimos la fruta de media mañana a menudo y hasta comíamos fuera los jueves cuando todavía teníamos que dedicar una hora y media a la pausa de mediodía. Nos apetece hacerle un regalo, es normal, pero ¿qué?

El resto de mis compañeros han decidido que el hecho de ser padre me sitúa automáticamente como la voz autorizada y mejor cualificada para aportar sugerencias. Todavía no se han dado cuenta de que soy la última persona del universo conocido a la que uno debería dirigirse para resolver cualquier tipo de duda relacionada con la paternidad. Si ya de por sí soy un ignorante en la mayor parte de los temas, desde que me convertí en padre no tengo la más remota idea de qué es lo que se le debe regalar a una pareja de papás primerizos.

Nunca había compartido tanto tiempo con padres de mi generación, ni había tenido tanto contacto con bebés y niños pequeños. Nunca había leído tanto acerca de ningún otro tema. Y, sin embargo, nunca he sabido menos que ahora cuál es el regalo ideal para una futura pareja de padres. Las conversaciones con otros papás y nuestra propia experiencia me han enseñado que hay tantas formas de entender las cosas como familias —a veces incluso más, cuando papá y mamá no interpretan la realidad de la misma manera—. No es difícil, por tanto, que un regalo nuestro no encaje en las necesidades o gustos de esos padres ni aunque tratemos de apretarlo a martillazos.

Doy por hecho que la mayor parte de los regalos nacen de la ilusión y el cariño. Otro puñado de ellos los trae la cigüeña del compromiso. Pero hasta donde mi alma inocente y pura alcanza a ver, ninguno es elegido con oscuras intenciones. Los regalos desacertados se deben seguramente más al desconocimiento que a otra cosa pero eso no significa que no debamos poner un poco de prudencia en nuestra elección para evitar molestar a alguien o, como mínimo, para no tirar el dinero.

En el mejor de los casos, y aunque nos tomemos los desaciertos con cariño, humor y resignación, es una pena que la ilusión de tantos que nos quieren termine en el fondo de un armario haciendo compañía a esas palas de ping-pong que te compraste porque costaban 1€ en Decathlon y que todavía no has sacado ni del envase.

Que la ilusión acabe cubierta de polvo da pena, pero tirar el dinero le da aún más rabia al tacaño pragmático que pasa por mi cuenta bancaria el día 30 de cada mes. Me da mucha vergüenza tener que descambiar un regalo —ya sabéis que yo soy más la Monica Geller que la Rachel Green de esta familia—, pero también me la produce tener que responder al clásico «¿qué quieres?». Soy más de dejar la magia de los regalos en manos del factor sorpresa. Sin embargo, aunque nuestra educación puritana nos lleve a menudo a insistir en que no queremos nada, no me parece mal ser prácticos y darle al asunto un enfoque similar al de las cada vez más populares listas de boda. Seamos realistas: ninguna pareja joven quiere un jarrón de plata y nácar de 300€ para decorar su salón de IKEA. No nos debería dar vergüenza sugerir tres o cuatro cosas en las que no nos importaría gastar un dinero que, de otra forma, alguien va a invertir igualmente en un regalo, sea con o sin nuestra ayuda.

Mientras me debato en busca de la respuesta definitiva que darles a mis compañeros de oficina, lo único que tengo claro es que hay unas cuantas cosas que yo preferiría no regalarle a nuestra embarazada de turno. He aprendido que algunas son innecesarias o demasiado caras para el uso práctico real que después les damos. Otras, son tan personales que no me gustaría imponérselas a ninguna mamá.

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La burbuja

Una vida activa en redes sociales entraña un peligro evidente que en demasiadas ocasiones nos empeñamos en obviar: vivimos en una burbuja. El día a día físico nos pone —un poquito— en contacto con personas de otros ámbitos, con gente afín a otras opiniones, pero cuando nos sumergimos en la maraña social de Internet tendemos a establecer lazos con aquellos que tienen gustos, intereses y pareceres similares a los nuestros. Nos sentimos cómodos y a gusto así, recibiendo «megustas» en cada tuit de pataleta social y en ese chiste sobre el líder del partido político más alejado de nuestra papeleta electoral. Y olvidamos que existe todo un mundo más allá, un universo paralelo de gente que vive a nuestro lado, pero que entiende la realidad e interpreta sus necesidades de forma diametralmente opuesta a la nuestra.

Nunca había sido tan consciente de la existencia de esos universos paralelos como el día en que mamá y yo compartimos una noche de cena y concierto con los amigos del trabajo de mi hermana. La tía de nuestra gusanita trabaja en una gran empresa de auditoría, de esas de traje y corbata para los hombres aunque el sol les apriete los pescuezos con la sequedad aplastante del verano madrileño. Nos encontramos en un irlandés cerca de una de las colmenas de oficinas de Azca. Y empezó el baño de realidad. Entre auditores, abogados y registradores de la propiedad aprendimos que existían jóvenes de nuestra edad que sólo acudían a fiestas nocturnas que les garantizaran que un aparcacoches les ahorraría rayones en su Mercedes de 60.000€ después de 3 ó 4 gin-tonics a 15€ la copa; conocimos —como las meigas, haberlas, haylas— mujeres florero de apenas 30 años que desconocen lo que cuesta un café porque su marido lo paga todo con la tarjeta —«black» o no, nunca lo sabremos— de ese bufete de abogados cuyo nombre descuelga un apellido compuesto tras otro cual dinastía élfica del «Simarillion»; nos dimos cuenta, en definitiva, de que nuestra vida no tenía nada que ver con la de todos esos jóvenes oscuramente trajeados que no nos habrían tocado ni con un puntero láser atado al extremo de un palo si nos hubieran visto en cualquiera de las sentadas del 15M que a nosotros nos ponían «la gallina de piel».

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Los hombres de gris o el valor de las palabras

Las palabras no son inocentes. Hacen daño o hacen bien. Se olvidan, pero dejan huella. Acercan, pero también alejan. La elección que de ellas hacemos al hablar no es fruto de la casualidad; a veces es intencionada, a veces no, pero siempre es consecuencia de un complejo mecanismo. Qué palabras empleamos para referirnos a según qué realidades depende de nuestro aprendizaje pasado, del entorno en el que crecemos, de la sociedad en la que vivimos. Depende de valores y principios de los que a menudo no somos siquiera conscientes.

En el ámbito de la maternidad las palabras demuestran con preocupación que nuestra sociedad está a la deriva. Nos hemos olvidado, en cierto modo, de lo que somos. Cada vez más voces críticas reclaman —reclamamos— una humanización del parto, de la crianza, de la educación… Porque, paradójicamente, cuanto más progresamos hacia esa sociedad moderna y avanzada que nos han vendido, menos carácter humano se advierte en esas etapas y momentos que deberían ser tan intrínsecamente nuestros, tan humanos.

¿Por qué hay tantas mamás que se plantean la lactancia «al revés»? ¿Por qué decimos que intentaremos dar el pecho «si puedo»? ¿Por qué partimos de la percepción negativa? Ponemos en duda por defecto nuestra capacidad para llevar a cabo con éxito tareas que son naturalmente nuestras, como dar a luz, como dar el pecho, como criar… ¿Es fruto de siglos de machismo y patriarcado? Puede ser; en parte, seguramente sea así. Es un problema tremendamente complejo, pero me niego a admitir que vivamos en un sistema que hace dudar a tantas mujeres de que van a poder dar a luz por sí mismas, una sociedad que menosprecia la capacidad de los hombres para criar,  un entorno que nos atemoriza de tal manera que muchos acaban sintiéndose obligados a delegar en terceros, a externalizar, esas responsabilidades que les son naturalmente propias.

Como toda externalización, ésta también tiene un coste económico asociado. Una industria láctea millonaria obtiene pingües beneficios de madres a las que convencemos de que no pueden dar el pecho. Las habrá, seguro, pero me resulta difícil de creer que más del 60% de las madres del mundo sean incapaces de amamantar. Un sistema sanitario ya de por sí colapsado impone sobre miles y miles de madres las prácticas abusivas de una violencia obstétrica que se nutre del desconocimiento, del miedo y de la pérdida de confianza. Un sistema educativo obsoleto, caro y, en muchos aspectos, absurdo, toma el control sobre la educación de unos hijos que los padres no se atreven a criar. ¿Cómo hemos llegado a creer ciegamente que nuestros bebés necesitan la estimulación de un profesional para poder llegar a ser adultos funcionalmente sanos? ¿Qué estamos haciendo mal para que nuestros políticos presuman de liderazgo en escolarización de los bebés de menos de 3 años?

Me llama la atención que hayamos aceptado mayoritariamente y tan de buena gana este robo de confianza en nosotros mismos. Quizá un día los hombres de gris, aquellos que llegaron para llevarse nuestro tiempo, nos convenzan también de que no sabemos respirar, de que necesitamos su ayuda para masticar, para caminar. Si nos han convencido de que no sabemos nacer, quizá llegue el día en que nos persuadan de que no sabemos vivir, que no sabemos morir. ¿Dejaremos que llegue ese día?