Un precio relativo

Cuando mi jefe me preguntó por primera vez cuándo tenía pensado reincorporarme tras mi excedencia no tenía muy claro cuánto tiempo nos aguantaríamos mi hija y yo. Ya intuía, sin embargo, que lo que empezó como la solución a un mes de agosto sin guardería probablemente se extendería. «Sé que sea cuando sea, me parecerá demasiado pronto». Un buen puñado de meses brevísimos hechos de días eternos en los que apenas encontraba tiempo para hacer nada ya son historia. Historia familiar, al menos. Y a medida que el final se acerca es hora de hacer balance.

En estos casos hay una pregunta cuya respuesta resume perfectamente la experiencia: si tuviera que volver a tomar esta decisión, ¿repetiría? Y la respuesta es que sí, que una y mil veces, que haría lo que hiciera falta para poder disfrutar otra vez del año que hemos vivido juntos los dos, los tres. Un año «en blanco» desde el punto de vista de una sociedad centrada en la producción y el consumo tiene un precio que hay que estar dispuesto a pagar. Una parte se paga en forma de renuncia laboral; otra, quizá la más inmediata e importante para la mayoría, en metálico. Pero quizá la que menos en cuenta se tiene es la factura personal, la del esfuerzo físico, la del agotamiento mental, la de la soledad… Porque no, una excedencia para cuidar de un niño pequeño no son unas vacaciones.

El precio puede parecer más o menos elevado en función del sistema de valores y prioridades que rija la vida de cada uno. Para mí, en nuestro caso único y particular, es un precio irrisorio si tengo en cuenta todo lo que he comprado a cambio.

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Diálogos de besuguines II

Una de los aspectos más interesantes del viaje en el que nos embarcamos al convertirnos en padres es todo lo que aprendemos de nuestros hijos. Porque sí, si uno escucha con atención ellos también tienen mucho que contarnos. Nos hablan de la inocencia, de lo que podríamos ser o haber sido si no prestáramos tanta atención a la opinión de los demás, a la publicidad o al sesgo cultural que susurra desde lo más profundo de nuestro subconsciente.

La semana pasada nuestra gusanita contrajo una exótica fiebre tropical: la fiebre por la plastilina. Se podía pasar horas jugando sin parar moldeando bolitas, cortando pedazos informes y apilando masas de color que nunca recuperarán su aspecto original. Como dice mamá, es una actividad agradecida para nosotros. A diferencia de otras que son más pesadas de aguantar durante horas, jugando con plastilina al menos nos entretenemos también nosotros dando forma a todo tipo de bichos y objetos.

Así andaban ellas jugando en el salón cuando a mamá se le ocurrió elogiar mis pobres dotes para la escultura admirando uno de los animalejos que había moldeado durante la mañana:

—Menudo artista es papá.
—Artista no, mamá. Artisto.

Nuestra hija no entiende de epicenos ni de sustantivos comunes en cuanto al género. Para ella en el parque hay niños y niñas, y en la radio hablan chicos y chicas, y todos tenemos abuelos y abuelas. Y si hay artistas, necesariamente debe de haber «artistos». Y punto.

Para un extremista del idioma como yo resulta complicado acostumbrarse al desdoblamiento que propugna el feminismo. Sin embargo, cuando hablo con mi hija, me pliego a su sencilla lógica idiomática, y me escucho habitualmente a mí mismo hablando de los «niños y niñas» con los que vamos a jugar. A ver con qué cara le explico yo si no que las niñas también son «niños».

¿Y los niños azules?

El primer paso para superar un problema es reconocer su existencia. Yo tengo uno: soy machista. Me cubro de ínfulas feministas cuando defiendo el derecho de mi hija a ser tratada en igualdad de condiciones que el resto de los niños y, sin embargo, soy consciente de que aún me queda mucho camino por recorrer.

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¿Iguales e intransferibles?

Lactancia materna, artificial o mixta. Porteo ergonómico, no ergonómico o silla de paseo. Sistemas de retención a favor o en contra de la marcha. Dejar llorar o acudir al instante. Baby-led weaning o papillas. Son innumerables los temas que generan enfrentamiento y división entre los padres. Algunos dan pie a discusiones muy encendidas que nunca llevan a ninguna parte y, sin embargo, siempre podemos irnos a casa y seguir con nuestra vida o desviar la vista de esa pantalla en la que un infumable hilo de Twitter nos está sacando de nuestras casillas.

¿Siempre? Quizá no, porque hay un ámbito de la vida familiar cuyo devenir no depende exclusivamente de nosotros. Estoy hablando de los permisos. Las bajas maternales y paternales, los permisos remunerados o no, las excedencias… nos encontramos ante un tema harto complejo que reúne en la misma discusión aspectos relacionados fuertemente con la igualdad y con la conciliación. Se mezclan argumentos y razones procedentes de la Medicina, del parecer personal de cada uno, del feminismo visto desde ángulos contrapuestos, del ámbito laboral y legislativo… Imposible, por tanto, que la solución sea única y sencilla.

En las últimas semanas dos noticias relacionadas con este asunto han causado revuelo entre quienes nos preocupamos por este problema —porque sí, es un problema—. El hecho de que nos preocupe e indigne en uno u otro sentido me parece de entrada una señal positiva; un signo de que queremos ver más allá de la vida de hormiguitas productivas que nos han querido vender; una ventana a la esperanza de que nuestra sociedad entienda que nuestros hijos nos necesitan y que su vida no puede ser únicamente asunto de mamá.

El primero en hacer saltar los resortes de parte de la población de padres fue el pediatra Carlos González. Partidario de eso que algunos llaman la «crianza con apego», es a menudo criticado desde círculos feministas que entienden que trata de imponer un modelo de madre y mujer que ya debería haber quedado atrás. En esta ocasión sus declaraciones en una conferencia para el Congreso de Enfermería de León levantaron ampollas cuando sugirió que la madre debía ser la principal responsable del cuidado del bebé durante los tres primeros años, dejando de lado su carrera profesional o cualquier otra ocupación que tuviera.

La segunda noticia llegaba desde un Congreso que aún no había alumbrado Gobierno alguno. Como consecuencia de una iniciativa de Unidos Podemos, la cámara aprobó una proposición para extender hasta las 16 semanas el permiso de paternidad, igualándolo así con el de la madre y haciéndolos ambos personales, intransferibles y remunerados al 100%. No es la primera vez que se aprueban iniciativas similares y, de hecho, desde hace ya 6 años la ley prevé un incremento en la duración del permiso de paternidad que aún no se ha puesto en práctica debido a las dificultades presupuestarias —y a la poca prioridad que nuestros políticos le han concedido a este tema hasta ahora, obviamente—. Veremos por tanto en qué queda la nueva proposición y si hay motivo para que los partidarios de una u otra forma de entender los permisos se lleven las manos a la cabeza.

Ambas propuestas se encuentran en extremos opuestos en cuanto a su forma de entender la conciliación familiar y laboral y, sin embargo, comparten una característica común. Una que, desde mi punto de vista, constituye un error habitual. Y es que ambos caminos pretenden imponer una solución rígida a millones de familias que han optado por modelos de crianza, de trabajo y, en definitiva, de vida completamente diferentes unos de otros. Como consecuencia se genera un triste enfrentamiento entre padres y madres que, en el fondo, queremos lo mismo: una forma de compatibilizar las facetas laboral y familiar de nuestra vida que nos permita dar a nuestros hijos lo que nosotros consideramos mejor para ellos.

No sé vosotros, pero yo soy incapaz de proponer una solución ideal para todas las partes. Si evitamos quedarnos en los titulares y ponemos todos los argumentos sobre la mesa, veréis que no es tarea sencilla.

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«Cinco horas con Mario». Y tres días con sus hijos.

De todos los autores clásicos de la literatura universal que estudiábamos en el colegio el único que de verdad llegó alguna vez a engancharme fue Delibes. Había leído algunos de sus crudos relatos de realidad castellana y, sin embargo, no era consciente de lo que me estaba perdiendo sin haber puesto pie en el camino que recorren sus cinco horas con Mario sin moverse de una sola habitación.

Hace ya unas cuantas semanas mamá y yo decidimos pasar una de sus semanas de vacaciones en el pueblo, una pequeña aldea burgalesa en la que muere la carretera y danzan los tábanos al son que ladran los perros del pastor. Esos siete días nos sirvieron para descansar merced a unos brazos que se multiplicaban a nuestro alrededor para disfrutar de una incansable gusanita que no podría ser más feliz en parque alguno de Madrid.

El descanso puede adoptar formas inverosímiles. Se tradujo, por ejemplo, en kilómetros de caminos de concentración acumulados en las piernas sobre una bicicleta de montaña a la que había echado mucho de menos. Y llegó, también, en forma de horas de plácida lectura en el sofá de la gloria protegidos de un sol que ya no encontraba cereales que tostar en la tierra y que se empeñaba en agarrarse a nuestra piel con cada paseo entre las zarzamoras y las tenadas de la colina.

«Cinco horas con Mario» ha sido uno de los libros que más recuerdo haber disfrutado en mucho tiempo. Me sorprendió enormemente que un monólogo tan aparentemente pesado, tan pretendidamente atropellado, pudiera revelarse tan ágil y absorbente. No podía alejarme de la perorata de la desvelada Carmen, viuda de un Mario que nunca supo darle la vida que ella habría querido encontrar con él.

El estilo me cautivó y el contenido me enamoró con su reiterativo y exhaustivo repaso de las múltiples realidades de una sociedad española que poco a poco quería modernizarse. Entre los incansables párrafos de una protagonista cuyo nombre siempre olvidamos encontré numerosas referencias a la crianza, la maternidad y la educación en la década de los 60 en España. Cincuenta años después, muchas cosas han cambiado y, sin embargo, otras se empeñan en resistir en una sociedad que, en algunos aspectos, se niega a aceptar que se puede ser padres de otra manera.

No pretendo hacer un comentario de texto de un libro que recomiendo mucho, pero sí me gustaría analizar algunos de los pasajes que menciono. Me pareció un ejercicio interesante descubrir cómo hemos evolucionado, en qué nos parecemos a los padres de entonces y en qué los hemos dejado atrás. El interés de este esfuerzo fue aún mayor cuando encontré la siguiente lectura que abordaría en aquella semana de vacaciones, una cuyo autor propone un futuro en el que la maternidad ha dejado de existir. ¿Adivináis cuál? Os hablaré también del asunto.

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#padresigualitarios

Ser padre revoluciona tu forma de interpretar la realidad; te hace ganar conciencia de problemas que hasta ese momento habías esquivado con la habilidad de un Neo cuyas aspiraciones se limitaban en muchos casos a evitar complicaciones y vivir despreocupado. Las ganas de regalarle a nuestros hijos un mundo mejor, más justo y cuidado, nos llevan a mojarnos más, a esforzarnos por participar y ser parte activa del cambio que queremos.

Antes de ser papá leía a menudo sobre machismo y feminismo, sobre desigualdad de género y estereotipos. Sin embargo, acompañar a una nueva señorita en sus primeros meses en esta nuestra sociedad me ha hecho darme cuenta de lo profundas que son las raíces de este problema tan complejo.

La paternidad —y la maternidad— está plagada de eso que los entendidos llaman «ideología de género». Una cultura que, nos guste o no, sigue atribuyendo roles distintos a hombres y mujeres, insiste en relegar a un segundo plano a muchos padres a la hora de participar en la crianza de sus hijos. Y los padres lo permitimos. Lo permitimos cuando aceptamos con pasividad que sean ellas, las mamás, las que deban tomar siempre la iniciativa que los estereotipos les atribuyen; lo permitimos, y lo fomentamos, cuando damos vida a esas actitudes machistas que hemos heredado y de las que a veces seguimos participando. Eso ya es de por sí negativo, en tanto en cuanto que constituye un primer modelo negativo de desigualdad para nuestros hijos; hijos que, además, se ven a menudo marcados desde su nacimiento para comportarse como se supone que un niño o una niña debe hacerlo en función de su género.

Pero volvamos al papel del papá. Hablamos de una situación compleja que se puede abordar desde muchas ópticas. Una es la concepción tradicional que, tristemente, alimentan aún hoy muchos jóvenes de que es a la mujer a quien corresponde ocuparse de los hijos. No hace falta esforzarse mucho para escuchar comentarios socarrones tildando de «calzonazos» al que rehúsa unas cañas o un partido de fútbol después del trabajo porque quiere volver con sus hijos —ay, los límites del humor…—. Y recalco «quiere» porque yo quiero estar con mi hija; no vuelvo con ella porque tenga que echarle una mano a mamá. Desempeñar mi papel de padre es algo inherente a mi vida desde el momento en que me convertí en uno; no es algo que deba o no deba hacer como una obligación ajena; es parte de mí y quiero que así sea.

En el lado opuesto queda la óptica del feminismo. Para desgracia de una lucha por la igualdad que necesitaría unidad para avanzar, el movimiento está tan fragmentado como los frentes populares de Judea de «La vida de Brian». Un mismo hecho como, por ejemplo, la lactancia materna es contemplado por una parte del feminismo como un privilegio de la mujer que le debe servir para empoderarse —qué de moda está esta palabra—, mientras que otra parte lo percibe como una forma de esclavitud impuesta por una sociedad patriarcal que relega a las mujeres al cuidado del hogar. Algunas mamás defienden su lactancia como algo propio y exclusivo, negándole al padre cualquier papel en ella. Es innegable que solo ellas pueden dar el pecho, pero un padre implicado tiene decenas de formas de contribuir a que la lactancia siga adelante con éxito, o al menos así lo veo yo. Es solo un ejemplo.

Es nuestro deber como padres actuar en igualdad en casa, aunque es difícil —imposible, de hecho— entender esa igualdad como un reparto idéntico de tareas. Yo no puedo dar a luz ni dar el pecho, mal que me pese, y odio planchar con todas mis fuerzas; a mamá le da mucha pereza fregar. ¿Corresponsabilidad significa entonces que debamos ambos planchar a partes iguales? Los dos cocinamos y barremos, los dos cambiamos pañales, los dos jugamos con la gusanita, los dos hacemos la compra, los dos ponemos y quitamos la mesa… ¿Y sabéis cuándo es cuando más lo disfrutamos? ¡Cuando, además, lo podemos hacer juntos!

Yo no ayudo a mamá en casa; no le echo una mano con la lavadora ni me limito a cocinar mi plato estrella los domingos. No le sostengo a la gusanita un momento para que vaya al baño, ni la entretengo media hora para que haga la cena. No, me niego. La casa y la niña son cosa de ambos, y ambos podemos y debemos sacarlos adelante a partes «iguales». «Iguales» entrecomillado porque la igualdad bien entendida no consiste en repartir todo al 50%, sino en que cada uno contribuya en la medida de sus posibilidades.

Conseguir que la mentalidad de esta sociedad cambie costará mucho. Hay quien habla de que deberá pasar aún una generación entera; a mí me parece que son incluso optimistas. Lo que no podemos hacer es sentarnos a esperar que la sociedad cambie por sí sola como un ente con vida propia. Nosotros somos la sociedad. Esta «padresfera» implicada y activa es un primer paso importante para visibilizar la necesidad de un cambio, pero un paso pequeño en una larga travesía llena de obstáculos. Cuanto antes nos pongamos en camino, antes llegaremos.