Brócoli al horno

Nada tan injusto como el odio al brócoli. La propia palabra ha quedado ya imbuida de connotaciones que la convierten en el paradigma de lo asqueroso, lo maloliente y lo poco apetecible. El pobre, culpable tan solo de ser primo de la coliflor y el hedor con que esta puebla los pasillos de casa cuando se la recuece sin contemplaciones.

Es cierto que esta verdura presenta un sabor fuerte y una textura peculiar. Estamos acostumbrados a que nos la sirvan descolorida, «blandurria» y sin gracia ninguna. La culpa es nuestra por desgraciarlo en la cocina.

Afortunadamente, en casa hemos aprendido desde bien pequeños a apreciar brecol, coliflor y romanescu, cada uno con sus matices y peculiaridades. Nuestras hijas pueden devorar un plato de brócoli al vapor con entusiasmo; si, además, le añadimos un sofrito de ajo por encima… cabe incluso la posibilidad de que esa cena sea la protagonista en nuestra rutina final de «lo mejor de tu día».

Con esta receta vamos un paso más allá. El brócoli quedará ligeramente crujiente, acompañado de una mezcla de toques salados y sabor a monte. Lejos queda la imagen de esos arbolitos blandos de rancho de comedor penitenciario. En esta casa vuelan del plato. ¿Vamos?

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Bertorella al horno con cebolla

Nunca había oído hablar de la bertorella. Fue mamá la que la introdujo en nuestro catálogo familiar de pescados habituales recordando aquellas cenas en las que la abuela debió de ganarse su paladar cocinando este pez tan poco frecuente en el mercado. No es fácil encontrarlo, así que siempre que avistamos sus ribetes rosados entre las escamas relucientes de hielo de la pescadería nos la llevamos a casa con nosotros.

La bertorella es un pescado muy suave, similar a la merluza en el color y la textura de la carne, aunque el pez entero es muy diferente y se distingue de aquella con facilidad. Admite multitud de tipos de preparación, y para mi gusto, resulta más sabrosa que una merluza a la que soy muy poco aficionado.

En casa de la abuela no es raro que caiga enharinada en rodajas y pasada brevemente por la sartén para que no pierda nada de su jugosidad. Nosotros nos arriesgamos hoy con una versión muy sencilla al horno que nos sirve como excusa para ilustrar un truco que aplicamos a menudo cuando horneamos cebolla en juliana.

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Falso wok de verdura y gambas

El día en que nos tengamos que mudar de casa para dar cabida a todos los trastos que hemos acumulado en la cocina no debe de andar muy lejos. Hay uno, sin embargo, que no terminamos de animarnos a incorporar a nuestro equipamiento culinario: un wok. Aunque los venden adaptados para su uso en vitrocerámica, no estamos muy convencidos de que el efecto sea el que pretende este tipo tan particular de sartén, pensada originalmente para usar sobre un fuego muy fuerte con una llama grande que permita saltear los alimentos sin parar. No; no nos animamos.

A cambio, hacemos intentos «cutresalchicheros» de llegar a resultados parecidos por caminos alternativos. Es el caso de la receta de horno y cazuela que os cuento hoy, y que hace un acercamiento blasfemo a un sabor que quiere recordar el de algunos platos asiáticos de restaurante chino malo de la periferia de Madrid. A nosotros nos gusta; hay que querernos así.

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Pasta con salsa de manzana y chips de verdura

Cuando cocinar se convierte en una obligación diaria no es difícil que terminemos encontrándonos ante algo parecido al bloqueo del escritor. «¿Qué pongo hoy para comer…?». Por fortuna, la cocina nos brinda recursos mucho más socorridos que la pluma a la hora de salir del apuro. Los más sencillos e inmediatos son probablemente los platos comodín, aquellos que admiten que les pongamos encima prácticamente cualquier cosa para obtener un resultado, como mínimo, comestible. Pasta, arroz, pizza, huevos revueltos, empanadillas, croquetas… No le hacen ascos a casi nada.

Eso conlleva un problema menor, como es el hecho de que resulte difícil repetir aquel menú que resultó espontáneamente delicioso y que nos inventamos en diez minutos con los restos que pudimos rescatar del fondo de la nevera un domingo a última hora. Me sucede habitualmente con la pasta, para la que me invento salsas y aliños que, pasado un tiempo, soy incapaz de recordar. Por eso dejo aquí de vez en cuando anotada alguna receta que nos gustó especialmente, por si en uno de esos días de atasco culinario nos sirven para echar mano de ellas y comer algo decente.

La pasta que os propongo hoy bebía de la misma fuente de inspiración que la pizza que tuve que inventarme un día para aquel #amimanera de @Madresfera: mi tierra burgalesa. Aquella reineta de Caderechas se quedó esta vez, eso sí, en manzana roja madrileña, pero la esencia de la combinación de sabores seguía siendo la de esa fruta ácida y dulce pochada despacito con una buena cebolla horcal burgalesa y una zanahoria de la huerta del tío Julio.

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