Torre de aprendizaje

Hace unos días os hablé de algunos de los objetos que, para bien o para mal, nos habían sorprendido durante nuestros primeros años de paternidad / maternidad. Deliberadamente dejé uno aparte para dedicarle una entrada específica: la torre de aprendizaje.

Para bien o para mal debía de sorprendernos también este artilugio cuya existencia desconocíamos hasta hace tan solo unos meses. Con ese nombre tan rimbombante nos referimos en realidad a una versión revisada de una práctica simple y antigua: dejar que los niños se suban a una silla para que puedan alcanzar una altura mayor. Ya sabemos que las propuestas pedagógicas como Montessori son dadas a veces a darle nombres bonitos a todo…

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#ElTemaDeLaSemana – Una afición para compartir

Es curioso que sea precisamente una de las aficiones que más he dejado de lado desde que estrenara mi paternidad, pero me encantaría que a nuestra gusanita le gustara la bicicleta como mínimo tanto como a mí. Y cuando hablo de compartir la afición no me refiero solamente a que disfrute montando en bici, sino a que podamos hacerlo juntos.

La falta de amigos ciclistas en mi entorno más cercano me convirtió hace tiempo en un lobo solitario. Acostumbro a salir solo en bicicleta y perderme por caminos que voy descubriendo a medida que los elijo en el último segundo. No obstante, en esas raras ocasiones en las que consigo engañar a algún compañero de kilómetros, disfruto de la compañía y de esas conversaciones sinceras que las dos ruedas propician. Tanto como lo hago de la soledad cuando pedaleo en solitario. Nada me gustaría más que encontrar en mi hija una nueva compañera de ruta, una nueva confidente en esa intimidad que el campo seco y abierto de Castilla y los bosques bajos de la sierra burgalesa ponen a disposición de quien quiera aventurarse a conocerlos.

Antes de ser padres, mamá y yo volvíamos a casa de los ahora abuelos más de la mitad de los fines de semana. Allí es donde aparco yo mi colección de bicicletas para dar rienda suelta a mi afán por pedalear. Unos días tocaba montaña; otros, carretera. Cuando nació nuestra gusanita las escapadas al norte hubieron de reducirse necesariamente por muchos motivos, pero fundamentalmente por lo poco que le agradaban los viajes en coche y por lo poco que dormíamos ninguno de los tres cuando cambiábamos nuestra amplia cama con cuna de colecho por unos colchones más estrechos que alojaban nuestros cuerpos cual sardinas en lata de aceite de oliva virgen extra.

Los fines de semana en casa de los abuelos eran menos y, para colmo, nos levantábamos siempre cansados y deseosos de aferrarnos a las sábanas unos minutos más mientras ellos entretenían a la pequeña insomne. Nunca me pareció que fuera oportuno dejar a mamá sola con el pastel toda la mañana para huir sobre dos ruedas. Ni eso, ni quemar en un viaje a ninguna parte la poca energía que mi cuerpo era capaz de salvaguardar cada noche. Mamá era por aquel entonces la que más tiempo pasaba a diario con nuestra hija, así que sentía la necesidad de estar presente todo el tiempo posible durante los fines de semana o por las tardes en cuanto salía del trabajo.

Con el tiempo, y a medida que la nieta va conociendo a sus abuelos, nos sentimos más cómodos delegando en esa cuadrilla de locos que a veces nos parecen nuestros dos pares de padres. Y así por ejemplo, durante las últimas vacaciones en casa hemos podido aprovechar para leer y salir en bici como hacía casi dos años que no lo hacíamos.

De momento no me planteo tener una bicicleta en condiciones en Madrid. No estoy acostumbrado a tener que montarla en el coche para poder salir al monte con ella. Sin embargo, no paro de darle vueltas a la idea de cómo poder acompañar a mi hija en sus inicios sobre las dos ruedas. Soluciones hay muchas, pero la bicicleta es una de esas aficiones que no son fáciles de mantener cuando vives de alquiler a muchos kilómetros de la que siempre ha sido tu casa. El espacio es limitado y Madrid es una ciudad muy poco práctica para moverse por ella o fuera de ella sobre el sillín. El tiempo corre en mi contra para neutralizar la escapada, pero con ganas y amor estoy seguro de que no me ganarán el sprint final.

Desde otra altura

Mamá y yo nos llevamos un buen trozo. En la cocina tenemos un pequeño taburete que ella utiliza como escalón cuando no alcanza alguna de las baldas superiores de los armarios. Se me olvida a menudo, pero cuando me acuerdo me hace mucha gracia poner mis ojos a la altura de los suyos y ver lo distinta que es su perspectiva. Tiene que ser un agobio encontrarse en medio de una aglomeración de gente y no ver por encima del hombro del resto, ¿verdad?

Hace un par de días compramos un espejo nuevo para la entrada de casa y en un ataque de bricomanía se me ocurrió colgarlo. Ya sabéis que soy muy Monica Geller y no me gusta tener trastos tirados por casa sin colocar. El caso es que cuando lo vio mamá lo primero que dijo fue que por qué lo había puesto tan alto. A mí me parecía una altura estándar, pero claro, viéndolo desde su punto de vista, parece raro no verse reflejado más que de cuello para arriba.

Entonces me di cuenta de que en casa hay ahora una persona todavía más pequeña. Intentamos adaptar lo que podemos a su altura y dejar a su alcance sus libros, sus juguetes e incluso algo de comida para que ella se sirva cuando tenga hambre. Protegemos los enchufes y las esquinas que pueden suponer un riesgo más elevado para ella. Y, sin embargo, nos esforzamos en todo eso sin pararnos a hacer el ejercicio más importante antes de nada: ponernos a su altura. ¿Habéis probado a recorrer vuestra casa desde la altura de vuestros hijos? ¡Cómo cambia la cosa!

Desde ahí abajo no se ve lo que hay encima de las mesas, ni de la encimera de la cocina, ni de las baldas más altas de las estanterías. ¡Cuánta incertidumbre con la que vivir! No me extraña que nuestra gusanita se ponga tan nerviosa cuando está en la cocina con nosotros mientras preparamos la cena. Le encanta que la cojamos entonces en brazos o que la sentemos en la encimera para ver lo que hacemos. Normal, ¡desde el suelo no ve nada de lo que pasa!

Así que si no habéis hecho la prueba, os recomiendo que busquéis un rato y probéis. Daos una vuelta por casa gateando. Veréis qué distinto es el mundo desde ahí abajo y, seguramente, entenderéis también muchas cosas.

Guarrindongada de melocoatún

Hace ya unos añitos desde que David de Jorge, también conocido como Robin Food, se hizo un hueco entre el plantel de los cocineros más televisivos de nuestro país. Si soy sincero, tengo que admitir que nunca he visto ninguno de sus programas. Sin embargo, sí sé que es conocido, entre otras cosas, por sus «guarrindongadas», una aportación simpática que se cuela entre las esferificaciones y otros términos rimbombantes del resto de los chefs de alta cocina para acercar el producto de sus fogones a la realidad de los hogares españoles.

Esas mezclas inconfesables que se comen por la noche en cada casa a la luz de la puerta abierta de la nevera nos sirven a menudo para dar buena cuenta de latillas a medio terminar, chuscos de pan de hace dos días y antojos azucarados que combinan sorprendentemente bien con el embutido más selecto. Y en una cocina como la nuestra donde no se tira nada, hay mucho hueco para las «guarrindongadas».

La de hoy se la debemos a mi madre, que supongo obtendría a la vez la idea de las páginas de cocina de alguna de las revistas del corazón que de vez en cuando caían en sus manos. Contada la receta suena a guarrería, pero es un recurso fresco, rápido y fácil de preparar que bien puede salvarnos una cena y que a mí me encantaba comer en casa. La receta original de mi madre es incluso más inmediata que la que yo os propongo. Ya sabéis que a ella no le gusta mucho cocinar. Yo le he dado una vuelta para tratar de hacer una versión más casera y sana con algo más de elaboración. Al final de la receta os contaré en qué varía. Quedaos vosotros con la que queráis (confieso que a mí me gusta bastante más la versión original de mi madre, todo sea dicho).

La lista de la compra

  • 3 melocotones amarillos que estén empezando a ponerse maduros.
  • 2 latillas de atún al natural.
  • ⅛ de cebolleta pequeña.
  • Un poco de esta lactonesa casera de Javi Recetas o, en su defecto, mayonesa casera. Ambas son igual de fáciles de hacer en casa en vivo y en directo, pero nosotros hacemos siempre lactonesa por aquello de evitar el huevo crudo que no le sienta bien a la pequeña de la casa.

El camino a la perdición

  • Pelamos los melocotones y los abrimos por la mitad haciendo un corte que rodee toda la pieza de fruta hasta el fondo con un cuchillo y girando después las dos mitades con fuerza con la mano.
    Yo he probado a hacer el corte tanto siguiendo el borde de la pipa como girando la fruta 90º para hacerlo por medio de ésta. Ambas técnicas me han funcionado igual de bien. Si se abre la pipa, cosa fácil con este tipo de fruta, podéis quitarla bien con una cucharilla o un cuchillo. Aseguraros de que no queden fragmentos pegados a la carne, eso sí.
  • Picamos la cebolleta en trozos muy pequeños.
  • Escurrimos las latas de atún y desmigamos el contenido. Después lo mezclamos bien con la lactonesa y la cebolleta. La cantidad de lactonesa o mayonesa depende de lo que os guste. Yo no pondría tanto como si fuera una ensaladilla rusa, pero eso ya cada uno.
  • Disponemos con una cuchara una montañita de la mezcla de atún y cebolleta sobre cada una de las mitades del melocotón. ¡Y listo!

El truco final

Esta receta está mucho más rica fresquita que a temperatura ambiente. Lo ideal es tener todos los ingredientes en el frigorífico antes de prepararla. También podéis dejar lista la mezcla y los melocotones y ponerlos un rato a enfriar antes del emplatado final.

La variación de mamá

En mi receta tenemos que pelar 3 melocotones y abrirlos por la mitad, además de preparar una mayonesa o una lactonesa casera en el momento de ir a elaborar la receta. Podéis ahorraros la primera parte del trabajo sustituyendo los melocotones frescos por sus primos en almíbar. Ya vienen pelados y sin hueso, y el hueco que dejan al quitárselo es bastante más generoso que el que os va a quedar a vosotros haciéndolo a mano. Además, el toque dulce adicional del almíbar queda muy rico junto al salado del atún.

En lugar de salsa casera, siempre podéis utilizar una mayonesa comprada. Aunque el sabor no tiene nada que ver, también queda bien en la receta, y os evitáis el dolor de cabeza de posibles cortes de la mayonesa casera —que son fáciles de evitar, ojo— o de huevos crudos en mal estado.

Por último, mi madre utilizaba siempre atún en escabeche en lugar de al natural. A mí me gustaba más porque incrementa el juego de sabores del conjunto, pero como la nueva mamá que tengo a mi lado es poco amiga de los vinagres, nuestra versión prescinde del escabeche y se ahorra así un poco del mejunje que traen las latillas y que poco color de aceite de oliva natural tiene.

Ensalada de fruta #amimanera

Mucha gente se sorprende cuando se enteran de lo mucho que cocinamos en casa. Que lo hagamos y nos guste no significa que siempre sea fácil. Entre otras muchas cosas, exige una pizca de organización. Eso y no ver «Juego de tronos». Pero sobre todo lo primero. Afortunadamente, me caí de pequeño en una de las marmitas de Panoramix; una que, en lugar de su famosa pócima mágica, contenía un guiso de ingeniería alemana. Organizar me gusta; casi diría que hasta me relaja. Salvo organizar planes grupales a través del correo electrónico, de Facebook o de grupos de WhatsApp. Eso no; eso me pone muy nervioso y me hace repetir muy a menudo mi habitual «qué desastre».

Una pequeña pizarra magnética en la puerta de la nevera es el escenario sobre el que se desarrolla el hilo argumental central de nuestra semana gastronómica: el menú. Después de cada comida borramos el plato que hayamos degustado y lo reemplazamos por lo que tocará dentro de exactamente siete días. Reconozco que casi nunca somos capaces de completar el plan semanal sin modificaciones espontáneas. Es necesario un cierto grado de dolorosa flexibilidad para adaptarnos a imprevistos y planes cambiantes de fin de semana. Y a los antojos y noches de pereza, que también los hay.

Entre los platos que componen el menú es prácticamente obligatorio que al menos dos de las cenas estén constituidas fundamentalmente por pescado una y por algo que podamos denominar «ensalada», la segunda. Normalmente son ensaladas que improvisamos sobre una base de lechuga añadiéndole unos cuantos ingredientes en función de lo que seamos capaces de encontrar entre el frigorífico y la despensa. En verano, sin embargo, es habitual que las lechugas invernales del tío Julio se vean sustituidas por una macedonia de frutas que completamos con diversos mejunjes.

Como el #amimanera de esta semana reclama una ensalada y hay quien defiende que no se puede hablar de tal si el plato no es eso, salado, hemos intentado darle una vuelta a nuestra ensalada de frutas para tratar de adaptarla mejor a la convocatoria madresférica. Si hace falta, me batiré en duelo con cualquiera que ose acusarnos de haber presentado al certamen una macedonia, porque esto no lleva ni azúcar, ni licor, ni zumo, ni almíbar. Como mucho podéis decir que no es sino un plato de fruta con cosas. Vamos allá.

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BLW, papá también aprende

Es mucho lo que se ha escrito ya sobre el baby led weaning o BLW, como se conoce en inglés a la alimentación complementaria dirigida por el bebé. Ya os he contado en más de una ocasión que, antes de tener la suerte de ver nacer a mi hija, sabía yo tanto acerca del funcionamiento de un bebé como del mantenimiento de una central termonuclear. Me sorprendió enormemente, por tanto, enterarme de que niños tan pequeños son capaces de manejar alimentos mucho más allá de las tradicionales «tres pes»: purés, papillas y potitos.

Se ha escrito mucho sobre el método, ya digo, así que dejaré que cada uno acuda a las fuentes que considere más oportunas para informarse sobre las bondades y maldades de este método que algunos consideran revolucionario y que otros entendemos como natural. Podéis bucear en la Madresfera en busca del relato de otros padres que os contarán cómo sus hijos empezaron a comer —o no— mientras trataban de aplicar con más o menos éxito la filosofía que propone el BLW.

No os voy a contar lo que nuestra hija aprendió o dejó de aprender, ni os voy a dar consejos sobre cómo sobrevivir al apocalipsis de las manchas, a los comentarios cansinos de terceros, o a los bebés escupidores. Os voy a contar lo que a mí me ha aportado, y me sigue aportando, cada día que comemos juntos los dos:

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La burbuja

Una vida activa en redes sociales entraña un peligro evidente que en demasiadas ocasiones nos empeñamos en obviar: vivimos en una burbuja. El día a día físico nos pone —un poquito— en contacto con personas de otros ámbitos, con gente afín a otras opiniones, pero cuando nos sumergimos en la maraña social de Internet tendemos a establecer lazos con aquellos que tienen gustos, intereses y pareceres similares a los nuestros. Nos sentimos cómodos y a gusto así, recibiendo «megustas» en cada tuit de pataleta social y en ese chiste sobre el líder del partido político más alejado de nuestra papeleta electoral. Y olvidamos que existe todo un mundo más allá, un universo paralelo de gente que vive a nuestro lado, pero que entiende la realidad e interpreta sus necesidades de forma diametralmente opuesta a la nuestra.

Nunca había sido tan consciente de la existencia de esos universos paralelos como el día en que mamá y yo compartimos una noche de cena y concierto con los amigos del trabajo de mi hermana. La tía de nuestra gusanita trabaja en una gran empresa de auditoría, de esas de traje y corbata para los hombres aunque el sol les apriete los pescuezos con la sequedad aplastante del verano madrileño. Nos encontramos en un irlandés cerca de una de las colmenas de oficinas de Azca. Y empezó el baño de realidad. Entre auditores, abogados y registradores de la propiedad aprendimos que existían jóvenes de nuestra edad que sólo acudían a fiestas nocturnas que les garantizaran que un aparcacoches les ahorraría rayones en su Mercedes de 60.000€ después de 3 ó 4 gin-tonics a 15€ la copa; conocimos —como las meigas, haberlas, haylas— mujeres florero de apenas 30 años que desconocen lo que cuesta un café porque su marido lo paga todo con la tarjeta —«black» o no, nunca lo sabremos— de ese bufete de abogados cuyo nombre descuelga un apellido compuesto tras otro cual dinastía élfica del «Simarillion»; nos dimos cuenta, en definitiva, de que nuestra vida no tenía nada que ver con la de todos esos jóvenes oscuramente trajeados que no nos habrían tocado ni con un puntero láser atado al extremo de un palo si nos hubieran visto en cualquiera de las sentadas del 15M que a nosotros nos ponían «la gallina de piel».

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