Depósitos de niños

Si nos conocemos o si me habéis leído anteriormente, es probable que ya sepáis de mi empeño personal en contra de la corriente que, con gran eco en la esfera pública y política, presiona en favor del adelanto generalizado de la edad de escolarización. No os podéis hacer una idea de la rabia que me da que tanta gente asuma sin rechistar que no se puede educar a un niño de menos de 3 años en casa. Demuestra una falta de imaginación preocupante; con la de cosas que nosotros adultos podemos enseñarles a esas criaturas que acaban de aterrizar en nuestro mundo…

Es posible que en mi empeño haya dejado entrever en alguna ocasión una percepción negativa de las escuelas infantiles. Nada más lejos de mi intención: las guarderías son una herramienta útil y necesaria, y nosotros mismos hemos hecho uso de ellas cuando las circunstancias y nuestra situación personal así lo han requerido. Habrá situaciones y entornos familiares en los que la escolarización temprana sea la única solución positiva para el bebé, y en muchos hogares caerá como una bendición del cielo la gratuidad asociada a esa universalización de la escolarización de 0 a 3. Pero no nos equivoquemos: eso no significa que no exista un amplio margen de mejora para acercar más el concepto de escuela infantil a lo que los protagonistas de esta historia necesitan.

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El colegio ideal son los padres

«La primavera la sangre altera», especialmente si tienes hijos en edad preescolar y estás inmerso en la vorágine de búsqueda de colegio para el curso que viene. Es fácil construir una lista de características que queremos que cumpla el centro, y muchos blogs de otros padres y madres que han pasado por ahí ayudan a centrar el tiro y a intuir qué cosas nos afectarán más en el futuro y, por tanto, deberíamos valorar más en el presente.

Sin embargo, hay un factor determinante que obviamos por imposible en nuestra búsqueda; un factor que no aparece en ninguno de esos títulos tan search-engine-friendly de «10 cosas que tienes que saber a la hora de elegir un colegio para tus hijos»: los padres.

Podemos visitar el colegio en horario lectivo o fuera de él. Podemos asistir a sus jornadas de puertas abiertas, hablar con la directora, consultar las opiniones registradas por otros progenitores en Internet… Pero nos es imposible saber con qué padres nos tocará compartir tantos años de intensa vida escolar.

Junto a ellos esperaremos en la acera mientras muchos ignoran la prohibición de fumar junto a la escuela. Asistiremos a su lado a eternas reuniones en las que parece no decidirse nunca nada. Recibiremos cadenas de bulos y mensajes fuera de lugar en grupos de WhatsApp que odiaremos por no atrevernos a abandonar. Celebraremos los cumpleaños de sus hijos en el jardín de su casa bebiéndonos la cerveza de su nevera. Si el azar quiere que nuestros retoños hagan buenas migas, quién sabe qué más emprenderemos a su lado, obligados o no. Puede que incluso a algunos de ellos acabemos llamándolos «amigos»

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Había una vez una familia

Había una vez una familia. Podríamos decir que constituía la familia prototípica de españolitos de bien. Papá y mamá trabajaban duro para poder pagar la guardería privada de su hija de 2 años. Fijaos si trabajaban duro que, además, habían recurrido a los servicios de una mujer nicaragüense para que se ocupara de la niña durante el día, la llevara a la escuela, la recogiera y le diera de comer.

Aquella mujer nicaragüense trabajaba en aquella casa madrileña desde las 8 de la mañana hasta las 7 de la tarde, hora en la que por fin papá y mamá podían disfrutar de su hija antes de acostarla. Todos estaban de acuerdo en que era una suerte que aquella mujer nicaragüense no tuviera hijos propios de los que ocuparse. Salvo por ese niño de 7 años que la esperaba en Nicaragua. Pero de aquel niño no iba este cuento.

Había una vez una familia que vivía en un mundo de locos.

Ahora, decidme, ¿de verdad nadie ve nada malditamente retorcido en el modelo que hemos elegido como sociedad para ser padres? Porque el cuento no es tal; es la historia real de una familia de carne y hueso. Una familia que trabaja para malpagar los cuidados de su propia hija a una mujer que malvive desviviéndose para hacer llegar algo de dinero con que sostener la precaria economía de su propia familia allende el Atlántico. Dos familias en dos extremos opuestos de la pirámide neoliberal. Dos familias que ni ven ni crían a sus hijos. ¿Cuándo nos volvimos así de locos?

«Para no haber ido a la guardería»

Si hay una causa que he hecho mía desde que soy padre es la de la educación temprana en casa, particularmente desde que me lancé a la piscina de pasar un año entero con mi hija de año y medio para empezar a descubrir el mundo a su lado. No es una causa contra nadie, ni mucho menos. No tengo nada en contra de las escuelas infantiles, cuya labor admiro profundamente y cuya existencia entiendo como absolutamente imprescindible para el mantenimiento de nuestro estilo de vida actual.

Mi causa se orienta más bien a la defensa de una alternativa real, aquella que deja que sean los progenitores de la criatura los que empiecen a introducirla en el mundo que le va a tocar vivir. ¿Y por qué ese empeño mío? Pues porque de un tiempo a esta parte advierto una percepción cada vez más generalizada de que el único lugar que puede garantizar una formación adecuada a un bebé primero y a un niño después es la escuela infantil.

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La panacea

Ya he dicho alguna vez que mi paternidad me ha cambiado. Apenas llevo unos meses inmerso en su vorágine de novedades desconcertantes, pero no hay espacio de mi vida que haya logrado mantenerse estanco y librarse de la avalancha transformadora que supone esta experiencia. Entre otras cosas, ha cambiado mi forma de leer. Presto mucha más atención a cada palabra escrita en relación con el universo paternofilial y me encanta utilizar las propuestas de terceros como palanca de reflexión. Muchas páginas se leen de otro modo puestas a la luz de la experiencia paternal y son más de las que creía las que hablan directa o indirectamente de esa parte fundamental de nuestra existencia (al menos mientras la visión de Aldous Huxley no se materialice por completo). Luego vengo aquí a desparramar mis divagaciones y torturaros con ellas. Eso también, claro.

Hace algunas semanas aterrizó en mis manos un ejemplar de una de esas revistas para madres y padres que venden —no sé dónde, la verdad— a un precio irrisorio. No sé si alguien las compra. Todas las que he tenido la oportunidad de ojear las he recibido como obsequio de las formas más inverosímiles. Antes de que mamá diera a luz todavía era yo un incauto proyecto de papá primerizo, y las leía con avidez y curiosidad en busca de respuestas. Hoy, con algunos meses de experiencia en la mochila, con muchas lecturas en el bolsillo y con más conversaciones en mi haber, sé que buena parte del contenido de algunas de esas revistas deja mucho que desear.

Los reportajes plagados de errores, medias verdades y mitos de la crianza no sirven más que de excusa para dar espacio a la publicidad de unas marcas que son quienes verdaderamente se benefician de según qué mensajes. Viendo algunos de sus contenidos (con algunos test como «¿Vuestro amor está fuerte y a salvo?» o un infalible «¿Qué estudiará mi hijo?») no puedo evitar pensar en que son una versión avanzada y casposilla de aquella Superpop de nuestra primera adolescencia. No es raro ver que sigan tratando a la madre como si fuera la única responsable del cuidado de los hijos y que la infantilicen como hacen aún tantas revistas femeninas con las mujeres en general. Seguro que hay grandes profesionales detrás haciendo un gran trabajo y sometidos a mucha presión, ojo. Seguro. Pero eso no me consuela como lector cuando veo que se frivolizan temas sensibles sobre los que la población debería recibir información veraz y objetiva. Un motivo más para apoyar proyectos periodísticos rigurosos, por cierto.

El caso es que aquel número de «Mi bebé y yo» —esa era la revista en cuestión, aunque no es la única del estilo— incluía en la sección «Mi educación» un artículo que me llamó la atención. «Guardería: 8 puntos a favor» rezaba el título. Ya venía yo hacía mucho tiempo dándole vueltas al dilema de la escuela infantil, así que me lancé de cabeza a leerlo. Apenas había completado un par de párrafos y ya tenía claro que necesitaba escribir aquí una de mis interminables reflexiones. Hablaré por cierto de «guardería» —como se ha denominado tradicionalmente— y «escuela infantil» —como empieza a conocerse últimamente— indistintamente. Sé que cada término tiene connotaciones diferentes y espero que nadie se sienta ofendido por el uso de uno u otro. El mismo artículo titula con «guardería» a pesar de que el contenido encaje más con la idea que defienden los partidarios del término «escuela infantil».

¿Me acompañáis?

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Los libros son para el verano

Hace ya varios días que estrené mi nueva condición de papá a tiempo completo. En un movimiento que sólo el tiempo dirá cuán acertado ha sido, he dejado de lado un trabajo que me gustaba para dedicarle todo mi día a nuestra hija. De repente, después de año y medio de paternidad, me encuentro en una situación completamente nueva. Nunca hasta ahora habíamos pasado tanto tiempo a solas los dos sin mamá de por medio.

Más allá de miedos e incertidumbres, lo que sí tenía claro es que quería aprovechar al máximo cada día que esta aventura me regale a su lado. No tengo aún muchos planes programados, pero me gustaría que fueran unos meses de descubrimiento con ella. Ya que vamos a prescindir de la escuela infantil durante un tiempo, espero ser capaz de enseñarle el mundo en el día a día. Como le digo yo a veces a mamá, me da cierta pena que tantos niños aprendan lo que es un autobús a través de las fichas de la escuela en lugar de subiéndose directamente a uno. Así pues, ya que nos hemos dado esta oportunidad, confío en que sepamos sacarle todo el partido.

Las horas de la mayor parte de los días acaban rellenándose solas entre las actividades rutinarias de aseo y comida y las labores del hogar. Ya era consciente de que no sería capaz de encontrar tanto tiempo libre como la gente me decía con sana envidia, pero aun así es sorprendente cómo vuelan los minutos entre recados mañaneros y tareas en la cocina. Con todo y con eso, y teniendo en cuenta también que mamá disfruta de una estupenda jornada de verano estos días, sí vamos descubriendo huecos que podemos ocupar con las actividades que más nos interesan.

Y lo que más nos interesa a día de hoy es huir del calor. Para eso tenía una localización ya en mente desde mucho antes de acogerme a la excedencia. La conocimos el verano pasado, precisamente en un hábil movimiento de escapatoria de una de las enésimas olas de calor con que nos castigó el estío madrileño: la sala infantil de la biblioteca Mario Vargas Llosa.

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Niños de lonja

Nuestro final de curso se acerca y, como ya sucedió hace un par de meses, esta semana hemos recibido un boletín de nuestra escuela infantil evaluando el desempeño de nuestra hija. Una de las áreas que el informe analiza es la del idioma extranjero que forma parte de su plan curricular desde que entran en la clase de mayores de un año. Entre las tres filas que describen distintas aptitudes del niño con respecto al idioma dos marcas de bolígrafo asoman en la columna que encabeza una decepcionada cara triste. La tercera marca consiguió avanzar una casilla hasta la siguiente columna. Todavía no es la de la felicidad; está presidida por una decepción más neutra dibujada en la mueca plana de un emoticono que deja frío.

Con mi sarcástica exageración habitual, se me ocurrió anunciar en un tuit que la pequeña de casa había suspendido inglés con apenas un año. Creo que nunca una intervención mía en ninguna red social había generado tantas reacciones. Me arrepiento incluso de haberlo expresado así; técnicamente no hemos recibido nota numérica alguna, ni hemos leído la palabra «suspenso» en ningún epígrafe. Ni siquiera hay mención a aquel viejo «necesita mejorar» que con tanta corrección política pretendía evitar frustraciones a los alumnos. Sin embargo, entiendo que el fondo del asunto es el mismo: la escuela está evaluando y puntuando a niños que no han cumplido aún los dos años.

No quiero ser dramático —«pues será la primera vez», diréis los que me leéis más a menudo—. Simplemente me cuesta entender la necesidad de enfocar así los primeros años de nuestros hijos. Nuestra gusanita tiene compañeros de clase que pasan en la escuela hasta 12 horas al día desde que apenas tenían unos meses. Comprendo que esos padres sientan, ya no una necesidad, sino el ansia viva de saber qué hace su hijo, qué ha aprendido, cómo se desenvuelve… Si estuviera yo en su lugar y hubiera en el aseo de mi trabajo un agujerito por el que espiar lo que sucede en la guardería de mi hija, mis compañeros pensarían que sufro de algún tipo de afección intestinal que cursara con diarrea crónica. Voy más allá: si un niño pasa tantísimas horas más en la escuela que con sus padres, supongo que es mucho más probable que cualquier tipo de alteración en el desarrollo físico o cognitivo sea detectada primero por quienes más tiempo pasan con él: el personal de la escuela.

A un niño de un año el contenido del informe le viene a importar lo mismo que la cotización del dólar canadiense. Mi hija no va a sentir que ha fracasado, ni se va a poner nerviosa por no haber obtenido tres caritas sonrientes en Inglés. A nosotros como padres tampoco nos afecta mucho; somos de la opinión de que cada niño tiene su ritmo y, con la obvia salvedad de aquellos que presenten problemas en su desarrollo, todos irán completando etapas tarde o temprano. No nos preocupa lo más mínimo quién fue el primer bebé de la clase en ponerse de pie, en caminar o en empezar a nombrarse a sí mismo. A lo mejor somos unos «dejaos», no lo sé.

No obstante nuestra dejadez, creo que sería más positivo enfocar este tipo de documentos como una descripción más neutra. Si el personal está preparado para evaluar hitos en el uso del lenguaje por parte de los niños —por ejemplo—, entiendo que podrían llamar la atención de los padres en caso de que detectaran cualquier anomalía. No es necesario dar pie al espíritu competitivo que tristemente ha sido siempre imperante en los corrillos de parque y conversaciones de vecinos con sobrinos.

Las formas son importantes y se pueden contar las cosas utilizando muchos enfoques. No hay necesidad de puntuar; me da igual si es con números, con frases rimbombantes o con emoticonos de WhatsApp. En un momento como este en el que se está sometiendo a debate público el exceso de deberes que sufren los niños españoles, deberíamos quizá plantearnos también por qué empezamos desde tan pronto a presionar a las familias con el ritmo al que deben evolucionar sus hijos. ¿Cuántas consultas preocupadas al pediatra se ahorrarían si no añadiéramos estrés adicional a los padres tabulando y clasificando las aptitudes de sus hijos cada dos meses? Que son niños, por favor, no pescado de lonja.