«Para no haber ido a la guardería»

Si hay una causa que he hecho mía desde que soy padre es la de la educación temprana en casa, particularmente desde que me lancé a la piscina de pasar un año entero con mi hija de año y medio para empezar a descubrir el mundo a su lado. No es una causa contra nadie, ni mucho menos. No tengo nada en contra de las escuelas infantiles, cuya labor admiro profundamente y cuya existencia entiendo como absolutamente imprescindible para el mantenimiento de nuestro estilo de vida actual.

Mi causa se orienta más bien a la defensa de una alternativa real, aquella que deja que sean los progenitores de la criatura los que empiecen a introducirla en el mundo que le va a tocar vivir. ¿Y por qué ese empeño mío? Pues porque de un tiempo a esta parte advierto una percepción cada vez más generalizada de que el único lugar que puede garantizar una formación adecuada a un bebé primero y a un niño después es la escuela infantil.

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La panacea

Ya he dicho alguna vez que mi paternidad me ha cambiado. Apenas llevo unos meses inmerso en su vorágine de novedades desconcertantes, pero no hay espacio de mi vida que haya logrado mantenerse estanco y librarse de la avalancha transformadora que supone esta experiencia. Entre otras cosas, ha cambiado mi forma de leer. Presto mucha más atención a cada palabra escrita en relación con el universo paternofilial y me encanta utilizar las propuestas de terceros como palanca de reflexión. Muchas páginas se leen de otro modo puestas a la luz de la experiencia paternal y son más de las que creía las que hablan directa o indirectamente de esa parte fundamental de nuestra existencia (al menos mientras la visión de Aldous Huxley no se materialice por completo). Luego vengo aquí a desparramar mis divagaciones y torturaros con ellas. Eso también, claro.

Hace algunas semanas aterrizó en mis manos un ejemplar de una de esas revistas para madres y padres que venden —no sé dónde, la verdad— a un precio irrisorio. No sé si alguien las compra. Todas las que he tenido la oportunidad de ojear las he recibido como obsequio de las formas más inverosímiles. Antes de que mamá diera a luz todavía era yo un incauto proyecto de papá primerizo, y las leía con avidez y curiosidad en busca de respuestas. Hoy, con algunos meses de experiencia en la mochila, con muchas lecturas en el bolsillo y con más conversaciones en mi haber, sé que buena parte del contenido de algunas de esas revistas deja mucho que desear.

Los reportajes plagados de errores, medias verdades y mitos de la crianza no sirven más que de excusa para dar espacio a la publicidad de unas marcas que son quienes verdaderamente se benefician de según qué mensajes. Viendo algunos de sus contenidos (con algunos test como «¿Vuestro amor está fuerte y a salvo?» o un infalible «¿Qué estudiará mi hijo?») no puedo evitar pensar en que son una versión avanzada y casposilla de aquella Superpop de nuestra primera adolescencia. No es raro ver que sigan tratando a la madre como si fuera la única responsable del cuidado de los hijos y que la infantilicen como hacen aún tantas revistas femeninas con las mujeres en general. Seguro que hay grandes profesionales detrás haciendo un gran trabajo y sometidos a mucha presión, ojo. Seguro. Pero eso no me consuela como lector cuando veo que se frivolizan temas sensibles sobre los que la población debería recibir información veraz y objetiva. Un motivo más para apoyar proyectos periodísticos rigurosos, por cierto.

El caso es que aquel número de «Mi bebé y yo» —esa era la revista en cuestión, aunque no es la única del estilo— incluía en la sección «Mi educación» un artículo que me llamó la atención. «Guardería: 8 puntos a favor» rezaba el título. Ya venía yo hacía mucho tiempo dándole vueltas al dilema de la escuela infantil, así que me lancé de cabeza a leerlo. Apenas había completado un par de párrafos y ya tenía claro que necesitaba escribir aquí una de mis interminables reflexiones. Hablaré por cierto de «guardería» —como se ha denominado tradicionalmente— y «escuela infantil» —como empieza a conocerse últimamente— indistintamente. Sé que cada término tiene connotaciones diferentes y espero que nadie se sienta ofendido por el uso de uno u otro. El mismo artículo titula con «guardería» a pesar de que el contenido encaje más con la idea que defienden los partidarios del término «escuela infantil».

¿Me acompañáis?

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Los libros son para el verano

Hace ya varios días que estrené mi nueva condición de papá a tiempo completo. En un movimiento que sólo el tiempo dirá cuán acertado ha sido, he dejado de lado un trabajo que me gustaba para dedicarle todo mi día a nuestra hija. De repente, después de año y medio de paternidad, me encuentro en una situación completamente nueva. Nunca hasta ahora habíamos pasado tanto tiempo a solas los dos sin mamá de por medio.

Más allá de miedos e incertidumbres, lo que sí tenía claro es que quería aprovechar al máximo cada día que esta aventura me regale a su lado. No tengo aún muchos planes programados, pero me gustaría que fueran unos meses de descubrimiento con ella. Ya que vamos a prescindir de la escuela infantil durante un tiempo, espero ser capaz de enseñarle el mundo en el día a día. Como le digo yo a veces a mamá, me da cierta pena que tantos niños aprendan lo que es un autobús a través de las fichas de la escuela en lugar de subiéndose directamente a uno. Así pues, ya que nos hemos dado esta oportunidad, confío en que sepamos sacarle todo el partido.

Las horas de la mayor parte de los días acaban rellenándose solas entre las actividades rutinarias de aseo y comida y las labores del hogar. Ya era consciente de que no sería capaz de encontrar tanto tiempo libre como la gente me decía con sana envidia, pero aun así es sorprendente cómo vuelan los minutos entre recados mañaneros y tareas en la cocina. Con todo y con eso, y teniendo en cuenta también que mamá disfruta de una estupenda jornada de verano estos días, sí vamos descubriendo huecos que podemos ocupar con las actividades que más nos interesan.

Y lo que más nos interesa a día de hoy es huir del calor. Para eso tenía una localización ya en mente desde mucho antes de acogerme a la excedencia. La conocimos el verano pasado, precisamente en un hábil movimiento de escapatoria de una de las enésimas olas de calor con que nos castigó el estío madrileño: la sala infantil de la biblioteca Mario Vargas Llosa.

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Niños de lonja

Nuestro final de curso se acerca y, como ya sucedió hace un par de meses, esta semana hemos recibido un boletín de nuestra escuela infantil evaluando el desempeño de nuestra hija. Una de las áreas que el informe analiza es la del idioma extranjero que forma parte de su plan curricular desde que entran en la clase de mayores de un año. Entre las tres filas que describen distintas aptitudes del niño con respecto al idioma dos marcas de bolígrafo asoman en la columna que encabeza una decepcionada cara triste. La tercera marca consiguió avanzar una casilla hasta la siguiente columna. Todavía no es la de la felicidad; está presidida por una decepción más neutra dibujada en la mueca plana de un emoticono que deja frío.

Con mi sarcástica exageración habitual, se me ocurrió anunciar en un tuit que la pequeña de casa había suspendido inglés con apenas un año. Creo que nunca una intervención mía en ninguna red social había generado tantas reacciones. Me arrepiento incluso de haberlo expresado así; técnicamente no hemos recibido nota numérica alguna, ni hemos leído la palabra «suspenso» en ningún epígrafe. Ni siquiera hay mención a aquel viejo «necesita mejorar» que con tanta corrección política pretendía evitar frustraciones a los alumnos. Sin embargo, entiendo que el fondo del asunto es el mismo: la escuela está evaluando y puntuando a niños que no han cumplido aún los dos años.

No quiero ser dramático —«pues será la primera vez», diréis los que me leéis más a menudo—. Simplemente me cuesta entender la necesidad de enfocar así los primeros años de nuestros hijos. Nuestra gusanita tiene compañeros de clase que pasan en la escuela hasta 12 horas al día desde que apenas tenían unos meses. Comprendo que esos padres sientan, ya no una necesidad, sino el ansia viva de saber qué hace su hijo, qué ha aprendido, cómo se desenvuelve… Si estuviera yo en su lugar y hubiera en el aseo de mi trabajo un agujerito por el que espiar lo que sucede en la guardería de mi hija, mis compañeros pensarían que sufro de algún tipo de afección intestinal que cursara con diarrea crónica. Voy más allá: si un niño pasa tantísimas horas más en la escuela que con sus padres, supongo que es mucho más probable que cualquier tipo de alteración en el desarrollo físico o cognitivo sea detectada primero por quienes más tiempo pasan con él: el personal de la escuela.

A un niño de un año el contenido del informe le viene a importar lo mismo que la cotización del dólar canadiense. Mi hija no va a sentir que ha fracasado, ni se va a poner nerviosa por no haber obtenido tres caritas sonrientes en Inglés. A nosotros como padres tampoco nos afecta mucho; somos de la opinión de que cada niño tiene su ritmo y, con la obvia salvedad de aquellos que presenten problemas en su desarrollo, todos irán completando etapas tarde o temprano. No nos preocupa lo más mínimo quién fue el primer bebé de la clase en ponerse de pie, en caminar o en empezar a nombrarse a sí mismo. A lo mejor somos unos «dejaos», no lo sé.

No obstante nuestra dejadez, creo que sería más positivo enfocar este tipo de documentos como una descripción más neutra. Si el personal está preparado para evaluar hitos en el uso del lenguaje por parte de los niños —por ejemplo—, entiendo que podrían llamar la atención de los padres en caso de que detectaran cualquier anomalía. No es necesario dar pie al espíritu competitivo que tristemente ha sido siempre imperante en los corrillos de parque y conversaciones de vecinos con sobrinos.

Las formas son importantes y se pueden contar las cosas utilizando muchos enfoques. No hay necesidad de puntuar; me da igual si es con números, con frases rimbombantes o con emoticonos de WhatsApp. En un momento como este en el que se está sometiendo a debate público el exceso de deberes que sufren los niños españoles, deberíamos quizá plantearnos también por qué empezamos desde tan pronto a presionar a las familias con el ritmo al que deben evolucionar sus hijos. ¿Cuántas consultas preocupadas al pediatra se ahorrarían si no añadiéramos estrés adicional a los padres tabulando y clasificando las aptitudes de sus hijos cada dos meses? Que son niños, por favor, no pescado de lonja.

 

Por una vez se murió un pez

No hace falta tener un oído especialmente fino para darse cuenta de que muchos padres y madres comparten un mismo sentimiento de hartazgo: el cansancio que les produce —nos produce— tener que escuchar comentarios constantes acerca de cómo estamos criando a nuestros hijos de la manera equivocada. Dónde si no en España iba a tener sentido el término «cuñadismo», en un país de opinadores profesionales —yo el primero— que habitan una constante tertulia en la que todos somos expertos en la materia. A lo mejor es que, como dice el otro, «tenemos la piel muy fina», pero a menudo nos cuesta vislumbrar la tenue línea que separa, a un lado, los motivos por los que alguien decide actuar de determinada manera en su casa y, al otro, un ataque en toda regla a quien no ha optado por la misma solución. Yo por si acaso entono desde ya el mea culpa porque seguro que más de una y de dos veces he abierto la boca más de lo que debía.

Todo esta introducción viene al hilo de un tipo de comentarios que últimamente me resultan especialmente molestos. Los agrupo bajo el epígrafe «por una vez no pasa nada», y se construyen con un mecanismo muy simple: un opinador cualquiera toma alguna de tus decisiones de crianza al azar, le da la vuelta y te endiña un «por una vez que [inserte aquí su propuesta de mosca cojonera favorita] no pasa nada».

Algunos son tan brutos que no merecen ni la más mínima atención, al menos desde mi punto de vista. Sería el caso de clásicos como el «porque no le abroches el cinturón para ir hasta allí no va a pasar nada». Obviamente, lo más probable es que no pase nada. Pero, lamentablemente, la vida no se reduce a una mera cuestión estadística. Basta con que te cruces al volante con quien piensa de vez en cuando que «por otra copa no pasa nada» para que la historia termine en tragedia. Y una vez que pasa algo, ve a buscar al filósofo del «no pasa nada». Sin llegar a ese extremo, también incluyo en este grupo a esos familiares simpáticos a los que les parece muy gracioso darle a probar alcohol o tabaco a un niño porque «porque lo pruebe una vez no le va a pasar nada». ¿Hace falta comentar?

El problema y mi fastidio se acrecientan cuando se trata de acciones no tan directamente dañinas o peligrosas, y pongo un ejemplo que a mí al menos me resulta claro y sangrante: los dulces industriales. Bajo mi punto de vista, la salud de mi hija es responsabilidad mía hasta que pase a serlo suya. Llegará un día en que ella decida si quiere comprar más boletos para el sorteo de un cáncer de pulmón, o si le compensa mantener un estilo de vida más fácil y proclive a una enfermedad cardiovascular. Como decía un compañero mío de clase «tú mismo con tu organismo». Nuestra responsabilidad será entregarle un cuerpo todo lo sano que nos sea posible; a partir de ahí, daremos un elegante paso al lado y dejaremos que siga su propio camino.

Vuelvo pues al ejemplo: los dulces. En casa hemos decidido que los dulces industriales, galletas incluidas, no formen parte de la dieta diaria de nuestra hija. Somos conscientes de que es prácticamente imposible erradicarlos, no estamos locos, pero nos gustaría intentar que no se acostumbre a consumirlos de manera habitual. Si el panadero le da una galleta o si celebran un cumpleaños en la guardería y llevan bollos para todos los niños, no vamos a convertir nuestra decisión en una prohibición que a buen seguro resultaría contraproducente.

Sin embargo, hay quien, aun siendo plenamente consciente de que a nosotros no nos gusta, insiste machaconamente en que le demos galletas a la niña. «Hombre, porque se coma una galleta no va a pasar nada». Y claro que no va a pasar nada por una galleta pero ¿a partir de qué número de galleta empieza a pasar algo? ¿A partir de la segunda? ¿A partir del momento en que le gusten y decida que quiere desayunar una cada día? Y me daría lo mismo si no fuera a pasar nada aunque comiera doscientas galletas al día durante el resto de su vida. Si nosotros hemos decidido que no queremos que sea así mientras sea pequeña, ¿por qué demonios le fastidia tanto a la gente respetarlo? No es una galleta, es el hecho de que te dé absolutamente igual lo que yo he elegido para mi hija e insistas en ofrecerle precisamente lo único que te hemos pedido que no le ofrezcas.

Yo no soy vegetariano ni me gustaría serlo, pero no por ello me paso el día dándoles la murga para que coman carne a los veganos que conozco. Es una decisión nuestra, una decisión, además, muy informada, y como tal deberían respetarla los demás. No entiendo esa obsesión por que coma precisamente aquello que no queremos darle cuando resulta que es una niña que devora absolutamente de todo con fruición. Algo se me debe de escapar porque no entiendo que el ofrecimiento de una galleta resulte mucho más satisfactorio que el de una fruta cualquiera que también le pirra.

Como decía, es sólo un ejemplo. Son muchas las decisiones que tenemos que tomar los padres por nuestros hijos y, a menudo, no resultan cómodas. La opción popular y más fácil no siempre es la más sana o la que más se ajusta a nuestra situación o a nuestra forma de ver las cosas. Actuar de manera consistente delante de los niños tampoco resulta siempre sencillo. Intentamos darles una buena educación y unas pautas con las que ellos empezarán a tomar sus propias decisiones mucho antes de lo que imaginamos, y las constantes injerencias de personas del entorno a quienes ellos también prestan atención no hacen sino ponérnoslo mucho más difícil a los padres. Dejemos de cuestionar a los demás porque no hacemos sino poner en tela de juicio delante de sus hijos aquellas decisiones que los padres han tomado por ellos.

Un poquito más de respeto porque, a veces, sí pasa.

#ElTemaDeLaSemana (tengo miedo)

El día parece no querer llegar nunca pero en algún momento, espero que pronto, las 24 horas de mi jornada quedarán a disposición de nuestra hija. Ya sabéis que dejar de lado el trabajo durante un tiempo no ha sido una decisión exenta de temores, pero eran temores mundanos a factores externos que, en la mayor parte de los casos, no dependen exclusivamente de mí. De un modo u otro sé que los superaremos, que nos organizaremos y nos reinventaremos como siempre hemos hecho, que pasaremos el mal trago inicial y estaremos orgullosos de haber dado el paso. Pero esos temores no están solos.

Hoy me uno por primera vez al carnaval de los Papás Blogueros, dedicado en esta ocasión al miedo, al mío personal, al que no depende de nadie más que de mí. Es miedo a no estar a la altura, a no saber darle a mi hija lo que espera de su padre… Porque, de la noche a la mañana, las escasas dos horas que ahora pasamos juntos muchos días se convertirán en días completos repletos de horas, minutos y segundos. Y he visto en mamá que los días llenos de horas, minutos y segundos pueden hacerse muy largos —«molto longos» que diría Juanito— cuando tu única compañía es una niña que demanda toda tu atención.

Tengo miedo de que no sepamos llevarnos bien, de que las rabietas me superen, de que no sepa consolarla, de que no nos entendamos, de que no entienda por qué ya no están la teta, su teta, ni mamá, su mamá… Puede ser un miedo ridículo, no lo sé; cuando mamá ha tenido que trabajar y la gusanita y yo nos hemos quedado a solas durante horas lo hemos pasado genial, ¿pero sabremos hacerlo así día tras día?

Por otra parte, tengo miedo de no ser suficiente, de no saber satisfacer su inmensa necesidad de atención, sus ganas inabarcables de aprender, de tocar, de hacer… Tengo miedo de llegar tarde otra vez, de que ya se haya adaptado tanto a la guardería que volver a estar sola conmigo le resulte pesado y aburrido. Tengo miedo de haberme dejado convencer de que necesitan la escuela infantil para aprender, de que yo no voy a saber qué enseñarle, porque yo no tengo fichas en casa ni horarios ni asignaturas ni juegos heurísticos…

Tengo miedo, pero no podría tener más ganas.

¿Cuestión de prioridades?

Según el último estudio «Guardería y Familia» de Edenred, hasta un 69% de los hombres querría dejar su trabajo para dedicarse al cuidado de los hijos. Si me fijo en mi entorno más cercano, tengo que reconocer que la cifra me asombra. Si tantos papás estamos deseando pasar más tiempo criando a nuestros hijos, ¿por qué es tan difícil encontrar padres que lo hayan conseguido? ¿Por qué hay tan pocos padres que hayan podido hacerlo?

Siempre he sido muy celoso de la separación —y la combinación— de mis vidas personal y laboral. Por eso, desde que soy padre, me apasiona leer y debatir sobre conciliación, porque la situación al respecto en este país supone un bofetón de realidad que se planta de repente en tu vida llevándoselo todo por delante desde el mismo momento en que nace tu primer hijo.

Conciliar no es fácil. Ni siquiera es fácil llegar a un acuerdo sobre qué es y qué implica la conciliación —¿os suena Carolina Bescansa?—, lo que ya de por sí dificulta mucho cualquier avance legislativo en esta materia. He asistido a discusiones muy encendidas sobre cómo deberían adaptarse los horarios de trabajos y escuelas, sobre cómo habría que organizar las bajas maternal y paternal, o sobre si las guarderías son solución o no a un problema que muchos padres trabajadores sufrimos cada día.

Por eso, porque cada paso es más difícil que el anterior, deberíamos ser conscientes de las herramientas que ya tenemos a nuestra disposición y de que, con un poco —o más bien «un mucho»— de esfuerzo podemos hacer al menos un pequeño acercamiento a esa utopía de la conciliación. Nuestro caso no es ejemplo de nada; no creo que en este ámbito pueda haberlos. Cada familia es única y cada situación, particular. Las circunstancias que rodean cada nacimiento en el seno de un hogar difieren enormemente de las del resto, así que no hay medidas universales que podamos aplicar aquí y allá. Sin embargo, sí me gustaría aportar mi pequeño granito de arena para animar a otros papás —y en este caso me dirijo en especial a los papás, no tanto a las mamás— a dar un paso al frente en el arduo camino de la conciliación.

¿Y por qué siento que hay que animar a otros papás? Pues porque me da la sensación de que todavía encontramos demasiados motivos que nos roban el valor necesario para dar el paso y hacer uso de algunas de las —pocas— opciones que tenemos para conciliar. Hace unas semanas empecé a negociar con mi empresa mi excedencia para quedarme con mi gusanita y me topé con cierta pena con una sorpresa: de entre los cerca de 300 empleados que trabajamos allí ninguno hasta ahora ha solicitado ni un solo día de excedencia por cuidado de los hijos. En el departamento de Recursos Humanos ni siquiera conocían las diferencias entre ésta y una excedencia común de carácter voluntario.

Es cierto que trabajo en un sector que tradicionalmente ha empleado de forma muy mayoritaria a hombres. Es algo de lo que me gustaría hablar en otro momento pero, triste o no, la realidad es esa. Esa alarmante desviación por sexo conduce a una segunda nota preocupante, como es el hecho de que en una empresa constituida fundamentalmente por hombres apenas nadie se plantee solicitar una reducción de jornada o iniciar un periodo de excedencia.

Sé que en el caso de muchas familias es inviable salir adelante sin dos salarios a fin de mes. Tan solo los gastos imprescindibles de la hipoteca o el alquiler y las facturas de los servicios básicos del hogar y la compra se llevan por delante la mayor parte de los ingresos de muchos hogares. Sin embargo, a veces, si de verdad se quiere, se puede. Quizá nos dé miedo enfrentar las decisiones que deberemos tomar, pero renunciando a algunos gastos o repriorizando elementos de nuestro estilo de vida podemos encontrar un resquicio para la esperanza. Y ahí es donde campañas como la reciente #padresigualitarios de los Papás Blogueros son fundamentales para animar a más y más padres a encontrar la valentía de demostrar en público que quieren hacer las cosas —que se pueden hacer las cosas y que ya están haciendo las cosas— de otra manera.

Cuando la cuestión de la conciliación cae sobre la mesa de la cocina en la oficina y hablamos sobre el tema, me llama la atención la aparente contradicción en la que caemos. Mientras nos mostramos deseosos de poder pasar más tiempo en casa como ese 69% de los papás que mencionaba el estudio, pocos contemplan una reducción de jornada o unos meses de excedencia como una vía para acercarse al cumplimiento de ese deseo. Hace no tanto que yo estaba ahí, lo confieso, y por eso puedo contar lo que me frenaba, lo que me daba miedo —y aún hoy me lo da—, antes de que el deseo de ver crecer a mi hija arrasara con ello y me empujara a dar el paso.

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