Las recetas son para el verano

Si el verano pasado en casa fue el de los polos (de plátano y cacao, de sandía, de mango o de salmorejo, entre otros), el de 2017 ha sido el de los helados de fruta. Esta vez los hemos presentado en casa como algo puntual: el desayuno de uno de los pocos sábados que teníamos despejados para disfrutar los tres juntos en la cocina, una merienda sorpresa en alguno de esos días de San Porquesí… Casualidad o no, nos hemos librado de los berrinches que ya vivimos el año pasado cuando a nuestra hija se le antojaba tomar helado de postre y no quedaba ningún polo en el congelador.

A diferencia de algunos de los polos que elaborábamos el año pasado, los helados de esta segunda edición del verano cocinillas tienen como base única la fruta triturada. Prescindiendo del zumo y cambiando el orden de las elaboraciones conseguimos helados más cremosos en lugar de polos helados con la pulpa distribuida desigualmente. Solo necesitamos una cosa: fruta troceada congelada previamente.

Podemos congelar fruta a propósito o podemos aprovechar simplemente esas piezas que han madurado más de la cuenta y que es difícil comer al natural sin ponerse hecho un cristo. Hay que ver la velocidad a la que evolucionan los plátanos en el frutero con el calor de estos meses… En casa, los helados se han convertido en una receta más de aprovechamiento para que no se pierda nada.

Estos han sido nuestros preferidos del verano:

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Diálogos de besuguines III

Ya mencioné en alguna entrada anterior de esta miniserie lo mucho que me interesa el lenguaje. Superada la pereza de las clases, las tareas y el día a día, me encantaba de mi época de estudiante la parte dedicada a los idiomas. Por eso, una de las vivencias colaterales que más estoy disfrutando de mi paternidad está siendo la de redescubrir el lenguaje a través de los ojos y la lengua de quien tiene que asimilarlo desde cero.

Resulta tan gracioso como apasionante descubrir la lógica con que los niños construyen su propia versión de nuestro idioma. Saltándose los vericuetos de las numerosas excepciones que hacen tan particular una lengua como la castellana, ellos atajan con la forma que consideran apropiada a partir de aquellas estructuras con las que ya se sienten más cómodos.

Durante unas cuantas semanas se repitió así un intercambio de frases entre nuestra hija y nosotros cuya forma sintáctica siempre me hizo gracia. Cuando llegaba el momento de almorzar o merendar en algún lugar de camino, era habitual que ella iniciara la conversación con un espontáneo «¡quiero manzana!». Algo tal que así:

—¡Quiero manzana!
—¿Pelada o sin pelar?
—Con pelar, con pelar.

Ni siquiera el ejemplo inmediatamente anterior de la pregunta precedente era capaz de quebrar la lógica aplastante de la lengua infantil. Si cuando comemos la manzana con la piel intacta hablamos de comerla «sin pelar», parece obvio que la versión que ha pasado por la navaja es una manzana «con pelar». ¿No?

Parecía que sí, parecía que no

No es difícil encontrar por ahí listas de prescindibles e imprescindibles para la crianza. Lo que uno incluye en según qué columna depende en buena medida del estilo personal con que cada familia afronta el día a día con sus hijos. Hay quien estima de primerísima necesidad tener un carro de 1.000€ con buenos amortiguadores y quien de buena gana invertiría esos mismos 1.000€ en 3 ó 4 buenas soluciones de porteo con las que cubrir todas las etapas motoras de su familia.

Este tipo de recomendaciones entrañan un riesgo para los padres primerizos que, como yo, no hayan tenido contacto alguno con el mundo de los bebés hasta el momento de estrenarse en esta aventura. No podemos descartar que terminemos sumando los imprescindibles de todos los demás mientras obviamos la prescindibilidad del resto. Porque, oye, «nunca se sabe».

Nosotros fuimos más de quedarnos cortos que de pasarnos en la compra. Preferimos ir incorporando artilugios a medida que íbamos descubriendo necesidades que habríamos sido incapaces de imaginar desde nuestra perspectiva de no-padres. Casi todo lo que acumulamos por exceso llegó a casa en forma de regalos, herencias y préstamos. Una pena que tantas buenas intenciones caigan en saco roto pudiendo haber cubierto otras necesidades más realistas.

En cualquier caso, nos hemos encontrado con objetos de puericultura que nos han resultado muchísimo más útiles de lo que habríamos imaginado, mientras que otros en los que habíamos depositado más esperanzas han terminado en esa estantería alta del armario en la que acumulamos aquello que no encuentra salida en Wallapop. Continúa leyendo Parecía que sí, parecía que no

Guarrindongada de melocoatún

Hace ya unos añitos desde que David de Jorge, también conocido como Robin Food, se hizo un hueco entre el plantel de los cocineros más televisivos de nuestro país. Si soy sincero, tengo que admitir que nunca he visto ninguno de sus programas. Sin embargo, sí sé que es conocido, entre otras cosas, por sus «guarrindongadas», una aportación simpática que se cuela entre las esferificaciones y otros términos rimbombantes del resto de los chefs de alta cocina para acercar el producto de sus fogones a la realidad de los hogares españoles.

Esas mezclas inconfesables que se comen por la noche en cada casa a la luz de la puerta abierta de la nevera nos sirven a menudo para dar buena cuenta de latillas a medio terminar, chuscos de pan de hace dos días y antojos azucarados que combinan sorprendentemente bien con el embutido más selecto. Y en una cocina como la nuestra donde no se tira nada, hay mucho hueco para las «guarrindongadas».

La de hoy se la debemos a mi madre, que supongo obtendría a la vez la idea de las páginas de cocina de alguna de las revistas del corazón que de vez en cuando caían en sus manos. Contada la receta suena a guarrería, pero es un recurso fresco, rápido y fácil de preparar que bien puede salvarnos una cena y que a mí me encantaba comer en casa. La receta original de mi madre es incluso más inmediata que la que yo os propongo. Ya sabéis que a ella no le gusta mucho cocinar. Yo le he dado una vuelta para tratar de hacer una versión más casera y sana con algo más de elaboración. Al final de la receta os contaré en qué varía. Quedaos vosotros con la que queráis (confieso que a mí me gusta bastante más la versión original de mi madre, todo sea dicho).

La lista de la compra

  • 3 melocotones amarillos que estén empezando a ponerse maduros.
  • 2 latillas de atún al natural.
  • ⅛ de cebolleta pequeña.
  • Un poco de esta lactonesa casera de Javi Recetas o, en su defecto, mayonesa casera. Ambas son igual de fáciles de hacer en casa en vivo y en directo, pero nosotros hacemos siempre lactonesa por aquello de evitar el huevo crudo que no le sienta bien a la pequeña de la casa.

El camino a la perdición

  • Pelamos los melocotones y los abrimos por la mitad haciendo un corte que rodee toda la pieza de fruta hasta el fondo con un cuchillo y girando después las dos mitades con fuerza con la mano.
    Yo he probado a hacer el corte tanto siguiendo el borde de la pipa como girando la fruta 90º para hacerlo por medio de ésta. Ambas técnicas me han funcionado igual de bien. Si se abre la pipa, cosa fácil con este tipo de fruta, podéis quitarla bien con una cucharilla o un cuchillo. Aseguraros de que no queden fragmentos pegados a la carne, eso sí.
  • Picamos la cebolleta en trozos muy pequeños.
  • Escurrimos las latas de atún y desmigamos el contenido. Después lo mezclamos bien con la lactonesa y la cebolleta. La cantidad de lactonesa o mayonesa depende de lo que os guste. Yo no pondría tanto como si fuera una ensaladilla rusa, pero eso ya cada uno.
  • Disponemos con una cuchara una montañita de la mezcla de atún y cebolleta sobre cada una de las mitades del melocotón. ¡Y listo!

El truco final

Esta receta está mucho más rica fresquita que a temperatura ambiente. Lo ideal es tener todos los ingredientes en el frigorífico antes de prepararla. También podéis dejar lista la mezcla y los melocotones y ponerlos un rato a enfriar antes del emplatado final.

La variación de mamá

En mi receta tenemos que pelar 3 melocotones y abrirlos por la mitad, además de preparar una mayonesa o una lactonesa casera en el momento de ir a elaborar la receta. Podéis ahorraros la primera parte del trabajo sustituyendo los melocotones frescos por sus primos en almíbar. Ya vienen pelados y sin hueso, y el hueco que dejan al quitárselo es bastante más generoso que el que os va a quedar a vosotros haciéndolo a mano. Además, el toque dulce adicional del almíbar queda muy rico junto al salado del atún.

En lugar de salsa casera, siempre podéis utilizar una mayonesa comprada. Aunque el sabor no tiene nada que ver, también queda bien en la receta, y os evitáis el dolor de cabeza de posibles cortes de la mayonesa casera —que son fáciles de evitar, ojo— o de huevos crudos en mal estado.

Por último, mi madre utilizaba siempre atún en escabeche en lugar de al natural. A mí me gustaba más porque incrementa el juego de sabores del conjunto, pero como la nueva mamá que tengo a mi lado es poco amiga de los vinagres, nuestra versión prescinde del escabeche y se ahorra así un poco del mejunje que traen las latillas y que poco color de aceite de oliva natural tiene.

Ensalada de fruta #amimanera

Mucha gente se sorprende cuando se enteran de lo mucho que cocinamos en casa. Que lo hagamos y nos guste no significa que siempre sea fácil. Entre otras muchas cosas, exige una pizca de organización. Eso y no ver «Juego de tronos». Pero sobre todo lo primero. Afortunadamente, me caí de pequeño en una de las marmitas de Panoramix; una que, en lugar de su famosa pócima mágica, contenía un guiso de ingeniería alemana. Organizar me gusta; casi diría que hasta me relaja. Salvo organizar planes grupales a través del correo electrónico, de Facebook o de grupos de WhatsApp. Eso no; eso me pone muy nervioso y me hace repetir muy a menudo mi habitual «qué desastre».

Una pequeña pizarra magnética en la puerta de la nevera es el escenario sobre el que se desarrolla el hilo argumental central de nuestra semana gastronómica: el menú. Después de cada comida borramos el plato que hayamos degustado y lo reemplazamos por lo que tocará dentro de exactamente siete días. Reconozco que casi nunca somos capaces de completar el plan semanal sin modificaciones espontáneas. Es necesario un cierto grado de dolorosa flexibilidad para adaptarnos a imprevistos y planes cambiantes de fin de semana. Y a los antojos y noches de pereza, que también los hay.

Entre los platos que componen el menú es prácticamente obligatorio que al menos dos de las cenas estén constituidas fundamentalmente por pescado una y por algo que podamos denominar «ensalada», la segunda. Normalmente son ensaladas que improvisamos sobre una base de lechuga añadiéndole unos cuantos ingredientes en función de lo que seamos capaces de encontrar entre el frigorífico y la despensa. En verano, sin embargo, es habitual que las lechugas invernales del tío Julio se vean sustituidas por una macedonia de frutas que completamos con diversos mejunjes.

Como el #amimanera de esta semana reclama una ensalada y hay quien defiende que no se puede hablar de tal si el plato no es eso, salado, hemos intentado darle una vuelta a nuestra ensalada de frutas para tratar de adaptarla mejor a la convocatoria madresférica. Si hace falta, me batiré en duelo con cualquiera que ose acusarnos de haber presentado al certamen una macedonia, porque esto no lleva ni azúcar, ni licor, ni zumo, ni almíbar. Como mucho podéis decir que no es sino un plato de fruta con cosas. Vamos allá.

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