Porque hay abuelos

No puedo negar que haberme convertido en padre me ha cambiado la vida. Hay quien lucha por esquivar una alteración así, pero a mí no me ha importado dejarme llevar por esa avalancha inevitable. Entre las muchas cosas que mi paternidad ha transformado se encuentra la relación con mis padres y los padres de mamá. De un día para otro ella y yo dejamos de ser aquellos hijos —yerno y nuera— independientes que iban y venían a su antojo. De repente éramos el nexo de unión entre unos recién estrenados abuelos y una deseadísima nieta.

Haber trepado un peldaño más en la escalera genealógica de la vida me ha permitido acercarme de otra forma a la relación con mis padres, entenderlos más y desde un ángulo completamente nuevo. A cambio, también esta transformación ha sido fuente de inevitables fricciones. Nos habíamos olvidado ya de lo que suponía tener que dar explicaciones o convivir tanto tiempo bajo un mismo techo. Y quizá nunca hasta ahora habíamos sido tan exigentes con el comportamiento de unos padres que nos lo han dado todo.

Y aunque las fricciones se manifiesten en forma de un rostro demasiado habituado a las malas caras, tenemos que reconocer su esfuerzo y estarles agradecidos.

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«Para no haber ido a la guardería»

Si hay una causa que he hecho mía desde que soy padre es la de la educación temprana en casa, particularmente desde que me lancé a la piscina de pasar un año entero con mi hija de año y medio para empezar a descubrir el mundo a su lado. No es una causa contra nadie, ni mucho menos. No tengo nada en contra de las escuelas infantiles, cuya labor admiro profundamente y cuya existencia entiendo como absolutamente imprescindible para el mantenimiento de nuestro estilo de vida actual.

Mi causa se orienta más bien a la defensa de una alternativa real, aquella que deja que sean los progenitores de la criatura los que empiecen a introducirla en el mundo que le va a tocar vivir. ¿Y por qué ese empeño mío? Pues porque de un tiempo a esta parte advierto una percepción cada vez más generalizada de que el único lugar que puede garantizar una formación adecuada a un bebé primero y a un niño después es la escuela infantil.

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A papá

No soy amigo de «días de» institucionalizados a ritmo de anuncio de perfume. Llego por eso casi a propósito tarde —cómo si no— al del padre, al del mío. Pero como más vale tarde que nunca, también a él quiero decirle ahora lo que tanto me ha costado decirle a la cara durante años: que lo quiero, como quiero a mamá.

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