El colegio ideal son los padres

«La primavera la sangre altera», especialmente si tienes hijos en edad preescolar y estás inmerso en la vorágine de búsqueda de colegio para el curso que viene. Es fácil construir una lista de características que queremos que cumpla el centro, y muchos blogs de otros padres y madres que han pasado por ahí ayudan a centrar el tiro y a intuir qué cosas nos afectarán más en el futuro y, por tanto, deberíamos valorar más en el presente.

Sin embargo, hay un factor determinante que obviamos por imposible en nuestra búsqueda; un factor que no aparece en ninguno de esos títulos tan search-engine-friendly de «10 cosas que tienes que saber a la hora de elegir un colegio para tus hijos»: los padres.

Podemos visitar el colegio en horario lectivo o fuera de él. Podemos asistir a sus jornadas de puertas abiertas, hablar con la directora, consultar las opiniones registradas por otros progenitores en Internet… Pero nos es imposible saber con qué padres nos tocará compartir tantos años de intensa vida escolar.

Junto a ellos esperaremos en la acera mientras muchos ignoran la prohibición de fumar junto a la escuela. Asistiremos a su lado a eternas reuniones en las que parece no decidirse nunca nada. Recibiremos cadenas de bulos y mensajes fuera de lugar en grupos de WhatsApp que odiaremos por no atrevernos a abandonar. Celebraremos los cumpleaños de sus hijos en el jardín de su casa bebiéndonos la cerveza de su nevera. Si el azar quiere que nuestros retoños hagan buenas migas, quién sabe qué más emprenderemos a su lado, obligados o no. Puede que incluso a algunos de ellos acabemos llamándolos «amigos»

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Había una vez una familia

Había una vez una familia. Podríamos decir que constituía la familia prototípica de españolitos de bien. Papá y mamá trabajaban duro para poder pagar la guardería privada de su hija de 2 años. Fijaos si trabajaban duro que, además, habían recurrido a los servicios de una mujer nicaragüense para que se ocupara de la niña durante el día, la llevara a la escuela, la recogiera y le diera de comer.

Aquella mujer nicaragüense trabajaba en aquella casa madrileña desde las 8 de la mañana hasta las 7 de la tarde, hora en la que por fin papá y mamá podían disfrutar de su hija antes de acostarla. Todos estaban de acuerdo en que era una suerte que aquella mujer nicaragüense no tuviera hijos propios de los que ocuparse. Salvo por ese niño de 7 años que la esperaba en Nicaragua. Pero de aquel niño no iba este cuento.

Había una vez una familia que vivía en un mundo de locos.

Ahora, decidme, ¿de verdad nadie ve nada malditamente retorcido en el modelo que hemos elegido como sociedad para ser padres? Porque el cuento no es tal; es la historia real de una familia de carne y hueso. Una familia que trabaja para malpagar los cuidados de su propia hija a una mujer que malvive desviviéndose para hacer llegar algo de dinero con que sostener la precaria economía de su propia familia allende el Atlántico. Dos familias en dos extremos opuestos de la pirámide neoliberal. Dos familias que ni ven ni crían a sus hijos. ¿Cuándo nos volvimos así de locos?

Queridos Reyes Magos

Hace tiempo que es Navidad en El Corte Inglés; los polvorones acechan a la vuelta de cada esquina; y los anuncios de Loterías auguran desde aquel mayo caluroso una vida de desgracias para aquel que ose no comprar el décimo en sus vacaciones en Villajumilla de la Jarana. ¿Habéis escrito ya la carta a los Reyes?

En casa jugamos aún con la exigua ventaja que nos concede la inocente edad de nuestra hija. Haber conseguido controlar su exposición a las marcas y franquicias de animación, y el hecho de que nadie más que nosotros se haya ocupado de construir sus expectativas navideñas nos lo sigue poniendo relativamente fácil. Nuestro angelito no ha pedido nada más que dos puzles y no ha visto un solo catálogo de juguetes.

Ahora bien, ¿qué pasa si al resto de los Reyes Magos les parece que ese par de rompecabezas y los cuatro cuentos que hemos incorporado nosotros a la lista son poca cosa? ¿Tenemos derecho los padres de un niño a imponer qué se les regala, en qué cantidad o por parte de quién? Nuestro entorno familiar es relativamente razonable ante peticiones así, pero nos gusta adelantarnos y tratamos de hablar las cosas con ellos antes de encontrarnos con el desastre. Pero ¿qué nos queda cuando el entorno prefiere obviar la opinión de los padres?

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Porque hay abuelos

No puedo negar que haberme convertido en padre me ha cambiado la vida. Hay quien lucha por esquivar una alteración así, pero a mí no me ha importado dejarme llevar por esa avalancha inevitable. Entre las muchas cosas que mi paternidad ha transformado se encuentra la relación con mis padres y los padres de mamá. De un día para otro ella y yo dejamos de ser aquellos hijos —yerno y nuera— independientes que iban y venían a su antojo. De repente éramos el nexo de unión entre unos recién estrenados abuelos y una deseadísima nieta.

Haber trepado un peldaño más en la escalera genealógica de la vida me ha permitido acercarme de otra forma a la relación con mis padres, entenderlos más y desde un ángulo completamente nuevo. A cambio, también esta transformación ha sido fuente de inevitables fricciones. Nos habíamos olvidado ya de lo que suponía tener que dar explicaciones o convivir tanto tiempo bajo un mismo techo. Y quizá nunca hasta ahora habíamos sido tan exigentes con el comportamiento de unos padres que nos lo han dado todo.

Y aunque las fricciones se manifiesten en forma de un rostro demasiado habituado a las malas caras, tenemos que reconocer su esfuerzo y estarles agradecidos.

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«Para no haber ido a la guardería»

Si hay una causa que he hecho mía desde que soy padre es la de la educación temprana en casa, particularmente desde que me lancé a la piscina de pasar un año entero con mi hija de año y medio para empezar a descubrir el mundo a su lado. No es una causa contra nadie, ni mucho menos. No tengo nada en contra de las escuelas infantiles, cuya labor admiro profundamente y cuya existencia entiendo como absolutamente imprescindible para el mantenimiento de nuestro estilo de vida actual.

Mi causa se orienta más bien a la defensa de una alternativa real, aquella que deja que sean los progenitores de la criatura los que empiecen a introducirla en el mundo que le va a tocar vivir. ¿Y por qué ese empeño mío? Pues porque de un tiempo a esta parte advierto una percepción cada vez más generalizada de que el único lugar que puede garantizar una formación adecuada a un bebé primero y a un niño después es la escuela infantil.

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A papá

No soy amigo de «días de» institucionalizados a ritmo de anuncio de perfume. Llego por eso casi a propósito tarde —cómo si no— al del padre, al del mío. Pero como más vale tarde que nunca, también a él quiero decirle ahora lo que tanto me ha costado decirle a la cara durante años: que lo quiero, como quiero a mamá.

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