Un precio relativo

Cuando mi jefe me preguntó por primera vez cuándo tenía pensado reincorporarme tras mi excedencia no tenía muy claro cuánto tiempo nos aguantaríamos mi hija y yo. Ya intuía, sin embargo, que lo que empezó como la solución a un mes de agosto sin guardería probablemente se extendería. «Sé que sea cuando sea, me parecerá demasiado pronto». Un buen puñado de meses brevísimos hechos de días eternos en los que apenas encontraba tiempo para hacer nada ya son historia. Historia familiar, al menos. Y a medida que el final se acerca es hora de hacer balance.

En estos casos hay una pregunta cuya respuesta resume perfectamente la experiencia: si tuviera que volver a tomar esta decisión, ¿repetiría? Y la respuesta es que sí, que una y mil veces, que haría lo que hiciera falta para poder disfrutar otra vez del año que hemos vivido juntos los dos, los tres. Un año «en blanco» desde el punto de vista de una sociedad centrada en la producción y el consumo tiene un precio que hay que estar dispuesto a pagar. Una parte se paga en forma de renuncia laboral; otra, quizá la más inmediata e importante para la mayoría, en metálico. Pero quizá la que menos en cuenta se tiene es la factura personal, la del esfuerzo físico, la del agotamiento mental, la de la soledad… Porque no, una excedencia para cuidar de un niño pequeño no son unas vacaciones.

El precio puede parecer más o menos elevado en función del sistema de valores y prioridades que rija la vida de cada uno. Para mí, en nuestro caso único y particular, es un precio irrisorio si tengo en cuenta todo lo que he comprado a cambio.

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El futuro negro del «yo»

Hace ya algún tiempo —¡ay! las crisis del blog— nuestro amigo Adrián hacía pública su denuncia del despido que había sufrido como consecuencia de su petición de reducción de jornada por cuidado de hijos. Su caso, uno más en un país poco amigo de trabajadores que quieran hacer uso de sus derechos, tuvo mucha repercusión. Fueron varios los medios que ayudaron a darle voz; entre ellos, El País en esta colaboración del propio Adrián.

Como siempre que la triste situación laboral de nuestro entorno pretende llamar nuestra atención, se pudo constatar una vez más una deprimente realidad: el «enemigo» está entre nosotros. Una lectura rápida de los comentarios de cualquier noticia de este tipo es suficiente para hacerse una idea de la clase de sociedad egoísta, envidiosa e individualista en la que vivimos. Los ataques más feroces a quien lucha por sus derechos como trabajador no provienen siquiera de los empresarios a quienes el ejercicio de dichos derechos pudiera perjudicar. Son los propios trabajadores los que claman al cielo ante lo que consideran privilegios de los que ellos no pueden disfrutar. Veamos algunos ejemplos.

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#ElTemaDeLaSemana (tengo miedo)

El día parece no querer llegar nunca pero en algún momento, espero que pronto, las 24 horas de mi jornada quedarán a disposición de nuestra hija. Ya sabéis que dejar de lado el trabajo durante un tiempo no ha sido una decisión exenta de temores, pero eran temores mundanos a factores externos que, en la mayor parte de los casos, no dependen exclusivamente de mí. De un modo u otro sé que los superaremos, que nos organizaremos y nos reinventaremos como siempre hemos hecho, que pasaremos el mal trago inicial y estaremos orgullosos de haber dado el paso. Pero esos temores no están solos.

Hoy me uno por primera vez al carnaval de los Papás Blogueros, dedicado en esta ocasión al miedo, al mío personal, al que no depende de nadie más que de mí. Es miedo a no estar a la altura, a no saber darle a mi hija lo que espera de su padre… Porque, de la noche a la mañana, las escasas dos horas que ahora pasamos juntos muchos días se convertirán en días completos repletos de horas, minutos y segundos. Y he visto en mamá que los días llenos de horas, minutos y segundos pueden hacerse muy largos —«molto longos» que diría Juanito— cuando tu única compañía es una niña que demanda toda tu atención.

Tengo miedo de que no sepamos llevarnos bien, de que las rabietas me superen, de que no sepa consolarla, de que no nos entendamos, de que no entienda por qué ya no están la teta, su teta, ni mamá, su mamá… Puede ser un miedo ridículo, no lo sé; cuando mamá ha tenido que trabajar y la gusanita y yo nos hemos quedado a solas durante horas lo hemos pasado genial, ¿pero sabremos hacerlo así día tras día?

Por otra parte, tengo miedo de no ser suficiente, de no saber satisfacer su inmensa necesidad de atención, sus ganas inabarcables de aprender, de tocar, de hacer… Tengo miedo de llegar tarde otra vez, de que ya se haya adaptado tanto a la guardería que volver a estar sola conmigo le resulte pesado y aburrido. Tengo miedo de haberme dejado convencer de que necesitan la escuela infantil para aprender, de que yo no voy a saber qué enseñarle, porque yo no tengo fichas en casa ni horarios ni asignaturas ni juegos heurísticos…

Tengo miedo, pero no podría tener más ganas.