La cuadrilla

No hizo falta que mi camino se desviara hacia una oficina en las afueras para que empezara a echarlos de menos. El verano se plantó un día colándose entre las ramas del pino y de los plátanos que nos cobijaban cada mañana en el parque de siempre. Y con él llegaron las vacaciones; las escapadas al pueblo con los abuelos; los campamentos de verano para bebés que tienen que acostumbrarse al ritmo de las clases de cara a un septiembre que cada año llega para cambiarlo todo…

De repente las 10 de la mañana dejaron de ser el momento de llegar al parque y encontrarnos a Katrina. El colorido tupper de fruta meticulosamente pelada y cortada por su abuela cayó en un olvido gris para dar paso a mi hora de comer un puñado de frutos secos delante del ordenador. De los tomates cherry que tan generosamente compartía con nosotros solo queda el recuerdo de las salpicaduras chorreantes de pepitas sobre alguno de mis pantalones.

De un día para otro empezaron a desdibujarse en mi memoria de pez esos papos preocupados de Alba. Alba, cuyas caras de susto siempre me hicieron tanta gracia, imposible expresar más con menos. Nos conocimos cuando se pasaba el día sentada sobre la arena, limpiándose las manos con un «pis pas», como decía su abuela, mi abuela favorita del parque. No llegamos a despedirnos, pero me habría despedido de una niña a la que vi aprender a caminar y convertirse en una pequeña aventurera independiente y desprendida de todo lo material.

Como quien no quiere la cosa desapareció de mi campo de visión el otro ramo de rizos dorados del parque, los de la tocaya de Alba. Nunca tuve oportunidad de intercambiar palabra alguna con ella, tal era su inquietud. Compensaba la falta de palabras con sus carreras, siempre de arriba para abajo hiciera frío o calor, con una sombra maternal persiguiéndola a todas horas de zancada en zancada.

Sin comerlo ni beberlo dejé de ver a Marta venir corriendo a nuestro encuentro o salir disparada al de cualquier otro niño. Nunca le faltaba un abrazo y siempre le sobraban ganas de correr, sus diminutos rizos negros impecablemente recogidos con un lazo. Siempre pensé que era mayor de lo que era. Nunca aprenderé a adivinar la edad de los niños…

De pronto dejé de oír hablar de Aimar y de su abuelo madridista hasta la médula. «Aimar, Aimar, Aimar…». Nunca supe qué veía nuestra chiquitina en aquel niño mayor que sorprendentemente se convirtió en lo que probablemente fue su primer amigo. Con el casco que nunca dejaba de proteger sus ideas de bombero no faltaba a su cita bajo la pirámide de cuerdas para correr y correr y correr en una espiral interminable. Sin darme cuenta me quedé con las ganas de ver a nuestra hija pilotando la moto de Aimar, la más rápida de la pista, pero demasiado grande para esas piernecitas que aún no habían pegado el estirón suficiente.

Como por arte de magia se esfumaron los quiquis de Olivia y de Lía y de Abril, y con ellas se fugaron Ramón y Lucas, y el pompero de la discordia, y la pala de jardinería, y la pelota de tenis chupada y rechupeteada. Mucho antes cayó Lola en el olvido, parte inseparable del dúo «Alba y Lola» que escuchaba como un mantra de camino al parque en boca de una niña que aún no sabía lo que era jugar de verdad con otros chiquillos. La gracia que me hacía aquel absurdo interés por el paradero de ambas…

De buenas a primeras desaparecieron Mario y Raúl y Nico y sus coches, y nunca más tuve la oportunidad de convertirme en el héroe que hinchó su balón de fútbol el día que nosotros quisimos jugar al baloncesto. Con ellos se fue Gabriel, persiguiendo como siempre una pelota delante de esa mamá tan simpática que con tanto cariño nos trataba.

Un día, sin previo aviso, se apagaron los ojos enormes de Ainhoa, que solo competían con los de su propio hermano por ser los más luminosos del parque. Dejaron de cruzarse en mi camino y nunca más volvimos a jugar a ser leones ni a gritar con todas nuestras fuerzas hasta que el parque entero pusiera cara de susto.

Se fueron como llegaron, buscando la sombra del parque que aliviara un verano cualquiera de una ciudad achicharrada. Durante un año nos lo dieron todo con esa entrega inocente e infinita de los niños que confían en ti. Se convirtieron en nuestra primera cuadrilla, en nuestra tribu de abuelas. Su bolsa de juguetes fue tan nuestra como suya era nuestra fruta del almuerzo. Llegaron por sorpresa y se fueron en silencio, sin despedidas que ninguno entendería. Y se llevaron mucho más de lo que yo habría imaginado.

Un precio relativo

Cuando mi jefe me preguntó por primera vez cuándo tenía pensado reincorporarme tras mi excedencia no tenía muy claro cuánto tiempo nos aguantaríamos mi hija y yo. Ya intuía, sin embargo, que lo que empezó como la solución a un mes de agosto sin guardería probablemente se extendería. «Sé que sea cuando sea, me parecerá demasiado pronto». Un buen puñado de meses brevísimos hechos de días eternos en los que apenas encontraba tiempo para hacer nada ya son historia. Historia familiar, al menos. Y a medida que el final se acerca es hora de hacer balance.

En estos casos hay una pregunta cuya respuesta resume perfectamente la experiencia: si tuviera que volver a tomar esta decisión, ¿repetiría? Y la respuesta es que sí, que una y mil veces, que haría lo que hiciera falta para poder disfrutar otra vez del año que hemos vivido juntos los dos, los tres. Un año «en blanco» desde el punto de vista de una sociedad centrada en la producción y el consumo tiene un precio que hay que estar dispuesto a pagar. Una parte se paga en forma de renuncia laboral; otra, quizá la más inmediata e importante para la mayoría, en metálico. Pero quizá la que menos en cuenta se tiene es la factura personal, la del esfuerzo físico, la del agotamiento mental, la de la soledad… Porque no, una excedencia para cuidar de un niño pequeño no son unas vacaciones.

El precio puede parecer más o menos elevado en función del sistema de valores y prioridades que rija la vida de cada uno. Para mí, en nuestro caso único y particular, es un precio irrisorio si tengo en cuenta todo lo que he comprado a cambio.

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El futuro negro del «yo»

Hace ya algún tiempo —¡ay! las crisis del blog— nuestro amigo Adrián hacía pública su denuncia del despido que había sufrido como consecuencia de su petición de reducción de jornada por cuidado de hijos. Su caso, uno más en un país poco amigo de trabajadores que quieran hacer uso de sus derechos, tuvo mucha repercusión. Fueron varios los medios que ayudaron a darle voz; entre ellos, El País en esta colaboración del propio Adrián.

Como siempre que la triste situación laboral de nuestro entorno pretende llamar nuestra atención, se pudo constatar una vez más una deprimente realidad: el «enemigo» está entre nosotros. Una lectura rápida de los comentarios de cualquier noticia de este tipo es suficiente para hacerse una idea de la clase de sociedad egoísta, envidiosa e individualista en la que vivimos. Los ataques más feroces a quien lucha por sus derechos como trabajador no provienen siquiera de los empresarios a quienes el ejercicio de dichos derechos pudiera perjudicar. Son los propios trabajadores los que claman al cielo ante lo que consideran privilegios de los que ellos no pueden disfrutar. Veamos algunos ejemplos.

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#ElTemaDeLaSemana (tengo miedo)

El día parece no querer llegar nunca pero en algún momento, espero que pronto, las 24 horas de mi jornada quedarán a disposición de nuestra hija. Ya sabéis que dejar de lado el trabajo durante un tiempo no ha sido una decisión exenta de temores, pero eran temores mundanos a factores externos que, en la mayor parte de los casos, no dependen exclusivamente de mí. De un modo u otro sé que los superaremos, que nos organizaremos y nos reinventaremos como siempre hemos hecho, que pasaremos el mal trago inicial y estaremos orgullosos de haber dado el paso. Pero esos temores no están solos.

Hoy me uno por primera vez al carnaval de los Papás Blogueros, dedicado en esta ocasión al miedo, al mío personal, al que no depende de nadie más que de mí. Es miedo a no estar a la altura, a no saber darle a mi hija lo que espera de su padre… Porque, de la noche a la mañana, las escasas dos horas que ahora pasamos juntos muchos días se convertirán en días completos repletos de horas, minutos y segundos. Y he visto en mamá que los días llenos de horas, minutos y segundos pueden hacerse muy largos —«molto longos» que diría Juanito— cuando tu única compañía es una niña que demanda toda tu atención.

Tengo miedo de que no sepamos llevarnos bien, de que las rabietas me superen, de que no sepa consolarla, de que no nos entendamos, de que no entienda por qué ya no están la teta, su teta, ni mamá, su mamá… Puede ser un miedo ridículo, no lo sé; cuando mamá ha tenido que trabajar y la gusanita y yo nos hemos quedado a solas durante horas lo hemos pasado genial, ¿pero sabremos hacerlo así día tras día?

Por otra parte, tengo miedo de no ser suficiente, de no saber satisfacer su inmensa necesidad de atención, sus ganas inabarcables de aprender, de tocar, de hacer… Tengo miedo de llegar tarde otra vez, de que ya se haya adaptado tanto a la guardería que volver a estar sola conmigo le resulte pesado y aburrido. Tengo miedo de haberme dejado convencer de que necesitan la escuela infantil para aprender, de que yo no voy a saber qué enseñarle, porque yo no tengo fichas en casa ni horarios ni asignaturas ni juegos heurísticos…

Tengo miedo, pero no podría tener más ganas.