Macarrones integrales con gambones

En casa tenemos varios comodines que utilizamos cuando necesitamos poner en marcha una receta de aprovechamiento para liquidar esos «plingues» que han sobrado de la cena. Empanadillas, croquetas, arroces, pasta… Tenemos dónde elegir. Lo malo es que acabamos convirtiendo la pasta en un recurso de segunda y cuando da la casualidad de que nos sale un plato rico nos cuesta repetirlo más adelante si no partimos del mismo tipo de sobras. Por eso me gusta también de vez en cuando innovar con alguna receta que sí sea reproducible.

Es el caso de este plato de pasta con gambas que os propongo hoy. Lo hice un día por casualidad intentando acabar unos pimientos que empezaban a querer arrugarse en el frigorífico. A mamá le gustó tanto el resultado que tuve que repetir el mejunje unos días después para poder hacerle la foto y registrar aquí la receta. Ya sabéis que de memoria no ando sobrado y, si no apunto aquí mis inventos, dentro de 15 días habrán quedado en un limbo de platos olvidados para desgracia de mamá.

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Ensalada de fruta #amimanera

Mucha gente se sorprende cuando se enteran de lo mucho que cocinamos en casa. Que lo hagamos y nos guste no significa que siempre sea fácil. Entre otras muchas cosas, exige una pizca de organización. Eso y no ver «Juego de tronos». Pero sobre todo lo primero. Afortunadamente, me caí de pequeño en una de las marmitas de Panoramix; una que, en lugar de su famosa pócima mágica, contenía un guiso de ingeniería alemana. Organizar me gusta; casi diría que hasta me relaja. Salvo organizar planes grupales a través del correo electrónico, de Facebook o de grupos de WhatsApp. Eso no; eso me pone muy nervioso y me hace repetir muy a menudo mi habitual «qué desastre».

Una pequeña pizarra magnética en la puerta de la nevera es el escenario sobre el que se desarrolla el hilo argumental central de nuestra semana gastronómica: el menú. Después de cada comida borramos el plato que hayamos degustado y lo reemplazamos por lo que tocará dentro de exactamente siete días. Reconozco que casi nunca somos capaces de completar el plan semanal sin modificaciones espontáneas. Es necesario un cierto grado de dolorosa flexibilidad para adaptarnos a imprevistos y planes cambiantes de fin de semana. Y a los antojos y noches de pereza, que también los hay.

Entre los platos que componen el menú es prácticamente obligatorio que al menos dos de las cenas estén constituidas fundamentalmente por pescado una y por algo que podamos denominar «ensalada», la segunda. Normalmente son ensaladas que improvisamos sobre una base de lechuga añadiéndole unos cuantos ingredientes en función de lo que seamos capaces de encontrar entre el frigorífico y la despensa. En verano, sin embargo, es habitual que las lechugas invernales del tío Julio se vean sustituidas por una macedonia de frutas que completamos con diversos mejunjes.

Como el #amimanera de esta semana reclama una ensalada y hay quien defiende que no se puede hablar de tal si el plato no es eso, salado, hemos intentado darle una vuelta a nuestra ensalada de frutas para tratar de adaptarla mejor a la convocatoria madresférica. Si hace falta, me batiré en duelo con cualquiera que ose acusarnos de haber presentado al certamen una macedonia, porque esto no lleva ni azúcar, ni licor, ni zumo, ni almíbar. Como mucho podéis decir que no es sino un plato de fruta con cosas. Vamos allá.

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Puedes congelar el tiempo

Cualquiera se encontraba con una explosión de rayos gamma en la década de los 60, como bien os podría contar Bruce Banner. Pero claro, el uso llevó al abuso, se pusieron morados —y verdes— con ellos y acabaron haciendo un par de películas tan lamentables que hubo que limitar el acceso a ese tipo de experimentos. Y claro, no es fácil conseguir los superpoderes que uno quiere sin explosiones de rayos gamma. Así pues, mientras continúo buscando una forma asequible de adquirir la capacidad de congelar el tiempo, lo único que puedo congelar es lo que cabe en los tres cajones inferiores del frigorífico de casa.

¿Y qué congelamos? Pues me resulta curioso analizar la evolución que ha sufrido el contenido de nuestro congelador desde que salimos de casa de nuestros padres hace ya unos pocos años. Nada queda ya de aquellas pizzas precocinadas a las que les añadíamos ingredientes por encima para no comer esas bases huérfanas de toda gracia que escondían las coloridas cajas de Dr. Oetker. Ni de esas croquetas cuyo envasado anunciaba «como las de tu madre» pero de rebozado «blandurrio» y más llenas de aire que de jamón. Ni siquiera hay rastro alguno de las cubiteras de hielo que nunca podían faltar por lo que pudiera pasar.

Nuestro día a día ha cambiado, y con él han debido hacerlo los productos que necesitamos tener a mano. Unas veces por accidente, otras por consejo de terceros y otras por experiencia, hemos descubierto que podemos congelar cosas que nunca se nos habrían pasado por la cabeza. Algunas nos ayudan a ser más eficientes en la cocina sin dejar de comer sano; otras nos salvan la vida cuando llega esa tarde de domingo en la que tienes tantas ganas de cocinar como de que te arranquen las uñas con una espátula oxidada. Lo que sí está claro es que cada vez congelamos menos variedad de platos preparados (caseros o comprados) y más elementos listos para utilizar en la cocina como parte de otra receta.

He aquí algunas ideas:

Especias verdes

No sé a vosotros, pero a nosotros siempre se nos acababan poniendo pochos los ramilletes de cilantro o de perejil fresco. Y no será porque yo no le ponga especias a todo lo que se cruza en mi camino (hasta a nuestra gusanita le pongo especias por la mañana aprovechando que soy yo quien la asea y la viste para el cole). Pero no había manera, ni poniéndolo en un vaso con agua, ni al sol, ni a la sombra.

Hasta que un día un compañero de trabajo me comentó que él en casa congelaba el perejil fresco en una bolsa y lo iba sacando según lo necesitaba. ¡Y bingo! Desde entonces utilizamos esta técnica para condimentos como el perejil que nos traemos de la huerta del tío Julio, el cilantro o la albahaca. Tengo que reconocer que cuando descongelas las hojas se quedan lacias y tristes, pero conservan prácticamente todo su sabor si lo que vas a hacer con ellas es cocinar y no decorar el plato con el que te vas a presentar a la fase final del proceso de selección de MasterChef.

Suero de leche

Esto ya os lo he contado, pero no por eso quería dejar de incluirlo en esta lista. Tener un par de recipientes con suero de leche en el frigorífico siempre nos viene bien para ese plato de macarrones de emergencia que construimos con pasta seca y los restos de cuatro verduras que habitan la planta baja de nuestra nevera. El sabor de la pasta cocida en suero nos gusta más y aprovechamos, además, todos los subproductos de ese queso casero que tanto nos gusta.

Caldos

Todavía tenemos que optimizar la organización de nuestro menú semanal para poder tener siempre a punto un caldo casero cuando lo necesitamos pero, si nos sobra de alguna elaboración anterior, siempre guardamos el caldo restante para platos futuros. No importa si no conservamos el suficiente como para completar la cocción de un arroz; todo el caldo que añadamos será positivo por mucho que luego nos veamos obligados a completarlo con un poco de agua.

El caldo que más habitualmente preparamos es el de pescado, que después utilizamos en arroces y sopas sobre todo, pero también hemos trabajado con pollo y verduras cuando algún plato lo pedía o en aquellas ocasiones en las que teníamos mucha verdura de la huerta acumulada.

Salsas sobrantes

Llamadme exagerado si queréis —porque lo soy—, pero he contemplado con horror y lágrimas surcando mi rostro cómo compañeros de trabajo tiraban al contenedor de restos orgánicos que hay en la cocina toda la salsa que les sobraba del plato que les hubiera tocado ese día. Yo soy un talibán del aprovechamiento de la comida; antes que tirar la salsa me la como a cucharadas si no tengo pan para untar. De hecho, a menudo utilizo una cuchara para comer platos que todo el mundo degusta con tenedor solo por el hecho de poder aprovechar mejor la salsa. Si aun así sobra, ¡guardadla, por amor de dos!

Una salsa de tomate de cualquier cosa se pueda aprovechar perfectamente para guisar algo más al día siguiente, incluso el exceso de caldo de una alubiada que pusimos en la olla con más agua de la que debíamos. Hace no mucho congelamos un «tupper» con el caldo que nos quedó de unas alubias pintas con chorizo. Lo reutilizamos poco después para guisar unas patatas y el resultado no podría haber estado mejor. Os diría que relamí el plato en casa de gusto, si no fuera porque eso no es nada excepcional en mi caso —o sí, ¿quién sabe?—.

Tiempo empanado

Incluyo en esta categoría cosas empanadas como las croquetas y otras sin empanar como gnocchi o empanadillas. Es muy raro que en casa comamos este tipo de cosas el mismo día que las elaboramos; normalmente esperamos a que nos dé una venada de sábado por la mañana y, aprovechando que la inquilina más joven de la cama es aficionada a madrugar, dedicamos unas cuantas horas a trabajar en este tipo de preparados que, sin ser particularmente difíciles, sí son laboriosos y pringosos para la cocina. Como no hace falta descongelarlos para echarlos a la cazuela, son ideales para preparar algo rápido, rico y elaborado un día que nos apetezca comer algo chulo y no tengamos tiempo o ganas de cocinar. O para ese día en que el Wolfsburgo le mete un 2-0 al Madrid y necesitas cenar croquetas caseras para enderezar el rumbo de tu vida antes de irte a la cama, también para ese día.

Masa

Esta categoría estamos todavía trabajándola, pero poco a poco empezamos a congelar pelotas de masa de harina. La de la pizza solemos hacerla en directo cuando toca, pero sí hemos congelado por ejemplo la que utilizamos para hacer estas deliciosas borekas de berenjena. Iremos experimentando con más a medida que profundicemos en el mundo panadero que estamos descubriendo.

Recortes y raspas

Los caldos caseros no crecen en los árboles ni en las baldas del supermercado, por mucho que lleven el letrero «casero» bien grande en la cara anterior del tetrabrik. Congelamos la parte que se descarta de los espárragos verdes, el trozo verde de los puerros, el tuétano del brócoli, recortes de tocino del jamón que nos regalan en el trabajo por Navidad, raspas y cabezas de pescado… Todo eso que tanta gente tira es un punto de partida ideal para un caldo de rechupete que no lleva más «E-» en su nombre que las tres de «rEchupEtE».

Tiempo picado

A veces nos cuesta encontrar el momento de echar mano de esta última categoría y acabamos haciéndolo todo cada día, pero de vez en cuando congelamos una buena bolsa de cebolla, zanahoria o pimiento picados, o un trozo generoso de calabaza del pueblo troceada y lista para cualquier puré. No es nada del otro mundo, pero ahorra unos minutos al comienzo de ese sofrito para el que queremos picar 2 ó 3 verduras finitas y que esté listo cuanto antes.

Jengibre natural

El jengibre es un producto que no acostumbramos a incorporar a menudo a nuestros platos, así que cuando compramos un trozo en la frutería suele durarnos bastante. Hace un par de años nos enseñaron que se puede congelar sin problemas, así que lo partimos en trozos del tamaño que solemos necesitar y lo guardamos en una bolsa de congelación normal y corriente. De vez en cuando vamos sacando un trocito y lo aplicamos rallado y exprimido para darles un toque exótico a las lentejas o para preparar un refresco de sandía y jengibre que en verano «quita el sentío».

 

No es que nuestro congelador sea especialmente pequeño, pero llegó un punto en que teníamos tantas cosas que no sabíamos qué era qué, cuánto tiempo llevaba ahí o si ya tenía hijos que iban a la universidad. Decidimos que sería buena idea ir apuntando las entradas y salidas para llevar un control de lo que había, lo que, además, nos ayuda a la hora de programar el menú semanal para ir dándole uso a ese «tupper» de setas de carrerilla salteadas que nos dio la abuela la primavera pasada.

Con el tiempo descubrimos que separar el contenido por cajones a la hora de apuntarlo nos ahorra aperturas innecesarias del congelador, con el consiguiente ahorro de energía que eso supone. Desde entonces tenemos en un imán de la nevera 3 hojitas que se corresponden con cada uno de los 3 cajones, lo que facilita enormemente la peligrosa tarea de sumergirte en el frío en busca de una rama de perejil. Además, etiquetamos cada recipiente con un trozo de cinta de carrocero en el que escribimos con un rotulador gordo qué contiene el envase. Se acabó el rebuscar en el hielo más allá del Muro.

Mira, al final resulta que casi somos capaces de congelar un poquito de tiempo.