Otra forma de sentir

Aunque mis batallas se cuentan más por derrotas que por victorias, la paternidad me ha enseñado a enfrentarme de una forma nueva a la gestión de emociones propias y ajenas. Nunca fui muy proclive a exteriorizar sentimientos, más allá del evidente enfado silencioso con que cruelmente castigaba a los padres de aquel adolescente difícil de aguantar.

Ser padre me ha descubierto nuevas formas de expresar lo que siento. Me ha obligado a abrir la boca y ponerle voz a palabras que durante muchos años solo he sabido escupir por escrito. Pero mi relación con mis sentimientos no ha evolucionado solo de cara al exterior, sino que también he descubierto maneras nuevas de sentir.

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Camino, papá; camino, mamá

El de la paternidad es uno de esos viajes plagados de sorpresas y aprendizajes inesperados. Descubres una versión de ti capaz de aquello que nunca te habrías imaginado haciendo; adquieres habilidades y conocimientos que jamás pensabas que aprenderías. Como cuando una siesta mal planificada te enseña a quitarte unos pantalones sin usar las manos para poder subir a la cama reptando de rodillas y, en un escorzo imposible, depositar con suavidad sobre el colchón un bulto inerte de 12 kilos blanditos de puro amor.

Pero también aprendes cosas importantes de verdad. Una de aquellas en las que nunca había caído es en que aprendería a ser mejor hijo o, quizá más bien, a ser al menos un hijo más completo, uno que comprende mejor a sus padres. Porque sí, amigos, quien elige no recorrer la etapa de la paternidad se pierde vistas fundamentales en el camino que uno completa como hijo. Continúa leyendo Camino, papá; camino, mamá

Política de no intervención

Hablamos y discutimos muy a menudo acerca de cierto tipo de límites: los que debemos o no imponer a nuestros hijos para garantizar que un día lleguen a ser adultos sanos y socialmente capaces. Sólo el tiempo juzgará con razón si los que nosotros le enseñamos a nuestra hija son adecuados o no. Mientras tanto, cada día me devano los sesos tratando de dilucidar dónde trazar la línea que bordea otro tipo de límites: los míos como padre de parque.

Y es que, ¡ay, amigos!, qué difícil es saber cuándo uno debe intervenir en las variopintas situaciones que el parque infantil nos depara. Por un lado están los niños, menores de 3 años en su mayoría a las horas a las que nosotros frecuentamos el área infantil. Niños que no saben compartir, que ignoran por completo la existencia de una virtud conocida por los expertos como «paciencia», y que dan por sentado que el resto de seres animados han sido creados para cumplir sus expectativas. Por otra parte están las madres —y dos padres—, las abuelas —y tres abuelos—, cuya visión de lo que es mejor para un crío no siempre coincide con la nuestra. Veamos algunos ejemplos que le han resultado problemáticos últimamente a este padre mojigato.

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