Queridos Reyes Magos

Hace tiempo que es Navidad en El Corte Inglés; los polvorones acechan a la vuelta de cada esquina; y los anuncios de Loterías auguran desde aquel mayo caluroso una vida de desgracias para aquel que ose no comprar el décimo en sus vacaciones en Villajumilla de la Jarana. ¿Habéis escrito ya la carta a los Reyes?

En casa jugamos aún con la exigua ventaja que nos concede la inocente edad de nuestra hija. Haber conseguido controlar su exposición a las marcas y franquicias de animación, y el hecho de que nadie más que nosotros se haya ocupado de construir sus expectativas navideñas nos lo sigue poniendo relativamente fácil. Nuestro angelito no ha pedido nada más que dos puzles y no ha visto un solo catálogo de juguetes.

Ahora bien, ¿qué pasa si al resto de los Reyes Magos les parece que ese par de rompecabezas y los cuatro cuentos que hemos incorporado nosotros a la lista son poca cosa? ¿Tenemos derecho los padres de un niño a imponer qué se les regala, en qué cantidad o por parte de quién? Nuestro entorno familiar es relativamente razonable ante peticiones así, pero nos gusta adelantarnos y tratamos de hablar las cosas con ellos antes de encontrarnos con el desastre. Pero ¿qué nos queda cuando el entorno prefiere obviar la opinión de los padres?

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«Alphabet»

Tenemos aún varios meses de margen antes de entrar de lleno en la vorágine de la elección de colegio para nuestra hija mayor. Sin embargo, la sensación de urgencia nos acompaña ya desde hace tiempo, y la conversación sobre el futuro educativo de las niñas aflora a menudo entre mamá y yo.

Admito que en este aspecto soy pesimista. Tengo que esforzarme por ser positivo y quedarme con la parte buena —que seguro que la tiene— de lo que quiera que logremos encontrar. Pero no me resulta fácil. Me cuesta arrancar de mi retina las imágenes de cualquiera de los reportajes que ponen sobre la mesa el desastroso panorama del sistema educativo que hemos montado entre todos. No es agradable dejar la educación de tus hijas en manos de un sistema tradicional y tradicionalista después de escuchar en la voz de neurólogos, pedagogos y psicólogos cómo hemos convertido la principal etapa formativa de nuestras vidas en una absurda carrera de borregos.

El último documental que hemos visto en casa relacionado con el tema ha sido «Alphabet», un largometraje austriaco de 2013 que continuó abriéndonos los ojos y, al mismo tiempo, hundiéndonos en la miseria. Me llama la atención que un producto sobre los niños de hoy en día y la educación dé ganas de llorar. Sí, se ha avanzado mucho en alfabetización; la educación universal y gratuita nos acerca más a la igualdad real de oportunidades. Pero, ¿por qué hemos dejado que los sistemas educativos de todo el mundo se hayan convertido en fábricas de corte uniforme y producción en masa?

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Ser mayor

Aunque la entrada de hoy suene a pataleta, en realidad es más una reflexión personal que otra cosa. Lo digo porque probablemente dé la impresión de que soy tan tiquismiquis que, si fuera por mí, casi no se podría ni hablar con mi hija, de tantas cosas como me disgustan cuando las escucho dirigidas a ella. En el día a día soy más bien realista. Asumo que lo que nos rodea es lo que hay y me limito a intentar que al menos de nuestra boca no lleguen a sus oídos según qué tipo de argumentos.

Y desde hace ya algún tiempo me ha dado por reflexionar sobre la costumbre que tenemos —yo el primero— de insistirles a los niños en que ya son mayores. Como seguramente adivinaréis, ahora que es mía la hija de cuya educación soy en buena parte responsable, no me gusta escucharlo. En otros asuntos más graves —banalización de la violencia, justificaciones del racismo, perpetuación de roles machistas…— suelo intervenir más directamente cuando le dicen a mi hija algo con lo que en casa no comulgamos. En este caso, más bien, nos limitamos mamá y yo a contarle después tranquilamente a nuestra hija lo que nosotros opinamos sobre «el ser mayor».

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«Para no haber ido a la guardería»

Si hay una causa que he hecho mía desde que soy padre es la de la educación temprana en casa, particularmente desde que me lancé a la piscina de pasar un año entero con mi hija de año y medio para empezar a descubrir el mundo a su lado. No es una causa contra nadie, ni mucho menos. No tengo nada en contra de las escuelas infantiles, cuya labor admiro profundamente y cuya existencia entiendo como absolutamente imprescindible para el mantenimiento de nuestro estilo de vida actual.

Mi causa se orienta más bien a la defensa de una alternativa real, aquella que deja que sean los progenitores de la criatura los que empiecen a introducirla en el mundo que le va a tocar vivir. ¿Y por qué ese empeño mío? Pues porque de un tiempo a esta parte advierto una percepción cada vez más generalizada de que el único lugar que puede garantizar una formación adecuada a un bebé primero y a un niño después es la escuela infantil.

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Moderación o abstinencia

Ya me pasaba antes de aparcar el trabajo, pero desde que paso tantas horas a solas con una niña pequeña le doy muchas más vueltas a las cosas. De esas vueltas nacen muchas de mis entradas, como vía de escape para no volverme loco y para sintetizar los argumentos en uno y otro sentido que componen las discusiones con las que mi monologuista interior me tortura. Así llego hoy otra vez aquí, dispuesto a volver a cogérmela con papel de fumar para desesperación vuestra.

Una preocupación un poco cínica

Esta semana se alarmaban los contertulios del Hoy por hoy de la SER. Al parecer, Youtube y otras plataformas similares no deberán dejar de emitir publicidad de bebidas alcohólicas de alta graduación, a diferencia de lo que algunos habían interpretado en un primer momento. Teniendo en cuenta que cada vez son más los niños —no digamos ya los jóvenes— que acceden habitualmente al contenido disponible en ese tipo de canales, se observa ahí una fisura curiosa en el alcance de la regulación de la publicidad de dichas bebidas en nuestro país. Sobre lo que ven nuestros hijos en sus pantallas y la necesidad o no de supervisión por nuestra parte podemos discutir otro día…

Esa preocupación en voz del nutrido grupo de comentaristas me ha dado que pensar: ¿tiene algún sentido acudir armados de prohibiciones a los fabricantes sin revisar antes lo que presencian nuestros hijos cada día a nuestro lado? La experiencia acumulada durante años de cínica lucha contra el tabaquismo hace ver que limitaciones en la publicidad pueden ser positivas de cara a la reducción del consumo. Pero ¿no estamos viendo pajas en ojos ajenos? No soy capaz de imaginarme a un padre fumador tratando de evitar que sus hijos entraran en contacto con anuncios de Marlboro y, sin embargo, es precisamente eso lo que estamos haciendo como sociedad en conjunto. Un poco sinsentido, ¿no os parece?

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Un precio relativo

Cuando mi jefe me preguntó por primera vez cuándo tenía pensado reincorporarme tras mi excedencia no tenía muy claro cuánto tiempo nos aguantaríamos mi hija y yo. Ya intuía, sin embargo, que lo que empezó como la solución a un mes de agosto sin guardería probablemente se extendería. «Sé que sea cuando sea, me parecerá demasiado pronto». Un buen puñado de meses brevísimos hechos de días eternos en los que apenas encontraba tiempo para hacer nada ya son historia. Historia familiar, al menos. Y a medida que el final se acerca es hora de hacer balance.

En estos casos hay una pregunta cuya respuesta resume perfectamente la experiencia: si tuviera que volver a tomar esta decisión, ¿repetiría? Y la respuesta es que sí, que una y mil veces, que haría lo que hiciera falta para poder disfrutar otra vez del año que hemos vivido juntos los dos, los tres. Un año «en blanco» desde el punto de vista de una sociedad centrada en la producción y el consumo tiene un precio que hay que estar dispuesto a pagar. Una parte se paga en forma de renuncia laboral; otra, quizá la más inmediata e importante para la mayoría, en metálico. Pero quizá la que menos en cuenta se tiene es la factura personal, la del esfuerzo físico, la del agotamiento mental, la de la soledad… Porque no, una excedencia para cuidar de un niño pequeño no son unas vacaciones.

El precio puede parecer más o menos elevado en función del sistema de valores y prioridades que rija la vida de cada uno. Para mí, en nuestro caso único y particular, es un precio irrisorio si tengo en cuenta todo lo que he comprado a cambio.

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Conflictos en diferido

De momento, no podemos quejarnos de nuestros «terribles dos». Nuestra hija da muestras cada día de estar tomándose con mucha calma su «adoslescencia» y, para alivio de mi psiquiatra, da muestras de una madurez sorprendente cuando nos toca enfrentarnos a sus ocasionales rabietas. Nunca sabremos qué parte del mérito es suyo y cuánto influye nuestra manera de enfrentarnos a sus arranques de frustración, pero lo cierto es que normalmente nos encontramos una respuesta bastante razonable cuando tratamos de ayudarla en esos momentos de angustia y desconcierto.

Y cierto desconcierto es también lo que siento yo cuando me toca lidiar con un tipo particular de berrinches. Son aquellos para los que no existe una salida óptima. Haga lo que haga, estoy perdido. Si trato de mantenerme firme en una posición que no le gusta, la situación amenaza con entrar en barrena. Se genera una espiral de gritos encadenados que puede evolucionar hasta el punto absurdo de que la pobre se olvide hasta de por qué había empezado a llorar. Si en cambio cedo y le ofrezco una salida satisfactoria que sofoque el incendio, sé que con toda probabilidad el fuego se reproducirá poco después en forma de conflicto en diferido.

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