Ser mayor

Aunque la entrada de hoy suene a pataleta, en realidad es más una reflexión personal que otra cosa. Lo digo porque probablemente dé la impresión de que soy tan tiquismiquis que, si fuera por mí, casi no se podría ni hablar con mi hija, de tantas cosas como me disgustan cuando las escucho dirigidas a ella. En el día a día soy más bien realista. Asumo que lo que nos rodea es lo que hay y me limito a intentar que al menos de nuestra boca no lleguen a sus oídos según qué tipo de argumentos.

Y desde hace ya algún tiempo me ha dado por reflexionar sobre la costumbre que tenemos —yo el primero— de insistirles a los niños en que ya son mayores. Como seguramente adivinaréis, ahora que es mía la hija de cuya educación soy en buena parte responsable, no me gusta escucharlo. En otros asuntos más graves —banalización de la violencia, justificaciones del racismo, perpetuación de roles machistas…— suelo intervenir más directamente cuando le dicen a mi hija algo con lo que en casa no comulgamos. En este caso, más bien, nos limitamos mamá y yo a contarle después tranquilamente a nuestra hija lo que nosotros opinamos sobre «el ser mayor».

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«Para no haber ido a la guardería»

Si hay una causa que he hecho mía desde que soy padre es la de la educación temprana en casa, particularmente desde que me lancé a la piscina de pasar un año entero con mi hija de año y medio para empezar a descubrir el mundo a su lado. No es una causa contra nadie, ni mucho menos. No tengo nada en contra de las escuelas infantiles, cuya labor admiro profundamente y cuya existencia entiendo como absolutamente imprescindible para el mantenimiento de nuestro estilo de vida actual.

Mi causa se orienta más bien a la defensa de una alternativa real, aquella que deja que sean los progenitores de la criatura los que empiecen a introducirla en el mundo que le va a tocar vivir. ¿Y por qué ese empeño mío? Pues porque de un tiempo a esta parte advierto una percepción cada vez más generalizada de que el único lugar que puede garantizar una formación adecuada a un bebé primero y a un niño después es la escuela infantil.

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Moderación o abstinencia

Ya me pasaba antes de aparcar el trabajo, pero desde que paso tantas horas a solas con una niña pequeña le doy muchas más vueltas a las cosas. De esas vueltas nacen muchas de mis entradas, como vía de escape para no volverme loco y para sintetizar los argumentos en uno y otro sentido que componen las discusiones con las que mi monologuista interior me tortura. Así llego hoy otra vez aquí, dispuesto a volver a cogérmela con papel de fumar para desesperación vuestra.

Una preocupación un poco cínica

Esta semana se alarmaban los contertulios del Hoy por hoy de la SER. Al parecer, Youtube y otras plataformas similares no deberán dejar de emitir publicidad de bebidas alcohólicas de alta graduación, a diferencia de lo que algunos habían interpretado en un primer momento. Teniendo en cuenta que cada vez son más los niños —no digamos ya los jóvenes— que acceden habitualmente al contenido disponible en ese tipo de canales, se observa ahí una fisura curiosa en el alcance de la regulación de la publicidad de dichas bebidas en nuestro país. Sobre lo que ven nuestros hijos en sus pantallas y la necesidad o no de supervisión por nuestra parte podemos discutir otro día…

Esa preocupación en voz del nutrido grupo de comentaristas me ha dado que pensar: ¿tiene algún sentido acudir armados de prohibiciones a los fabricantes sin revisar antes lo que presencian nuestros hijos cada día a nuestro lado? La experiencia acumulada durante años de cínica lucha contra el tabaquismo hace ver que limitaciones en la publicidad pueden ser positivas de cara a la reducción del consumo. Pero ¿no estamos viendo pajas en ojos ajenos? No soy capaz de imaginarme a un padre fumador tratando de evitar que sus hijos entraran en contacto con anuncios de Marlboro y, sin embargo, es precisamente eso lo que estamos haciendo como sociedad en conjunto. Un poco sinsentido, ¿no os parece?

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Un precio relativo

Cuando mi jefe me preguntó por primera vez cuándo tenía pensado reincorporarme tras mi excedencia no tenía muy claro cuánto tiempo nos aguantaríamos mi hija y yo. Ya intuía, sin embargo, que lo que empezó como la solución a un mes de agosto sin guardería probablemente se extendería. «Sé que sea cuando sea, me parecerá demasiado pronto». Un buen puñado de meses brevísimos hechos de días eternos en los que apenas encontraba tiempo para hacer nada ya son historia. Historia familiar, al menos. Y a medida que el final se acerca es hora de hacer balance.

En estos casos hay una pregunta cuya respuesta resume perfectamente la experiencia: si tuviera que volver a tomar esta decisión, ¿repetiría? Y la respuesta es que sí, que una y mil veces, que haría lo que hiciera falta para poder disfrutar otra vez del año que hemos vivido juntos los dos, los tres. Un año «en blanco» desde el punto de vista de una sociedad centrada en la producción y el consumo tiene un precio que hay que estar dispuesto a pagar. Una parte se paga en forma de renuncia laboral; otra, quizá la más inmediata e importante para la mayoría, en metálico. Pero quizá la que menos en cuenta se tiene es la factura personal, la del esfuerzo físico, la del agotamiento mental, la de la soledad… Porque no, una excedencia para cuidar de un niño pequeño no son unas vacaciones.

El precio puede parecer más o menos elevado en función del sistema de valores y prioridades que rija la vida de cada uno. Para mí, en nuestro caso único y particular, es un precio irrisorio si tengo en cuenta todo lo que he comprado a cambio.

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Conflictos en diferido

De momento, no podemos quejarnos de nuestros «terribles dos». Nuestra hija da muestras cada día de estar tomándose con mucha calma su «adoslescencia» y, para alivio de mi psiquiatra, da muestras de una madurez sorprendente cuando nos toca enfrentarnos a sus ocasionales rabietas. Nunca sabremos qué parte del mérito es suyo y cuánto influye nuestra manera de enfrentarnos a sus arranques de frustración, pero lo cierto es que normalmente nos encontramos una respuesta bastante razonable cuando tratamos de ayudarla en esos momentos de angustia y desconcierto.

Y cierto desconcierto es también lo que siento yo cuando me toca lidiar con un tipo particular de berrinches. Son aquellos para los que no existe una salida óptima. Haga lo que haga, estoy perdido. Si trato de mantenerme firme en una posición que no le gusta, la situación amenaza con entrar en barrena. Se genera una espiral de gritos encadenados que puede evolucionar hasta el punto absurdo de que la pobre se olvide hasta de por qué había empezado a llorar. Si en cambio cedo y le ofrezco una salida satisfactoria que sofoque el incendio, sé que con toda probabilidad el fuego se reproducirá poco después en forma de conflicto en diferido.

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A papá

No soy amigo de «días de» institucionalizados a ritmo de anuncio de perfume. Llego por eso casi a propósito tarde —cómo si no— al del padre, al del mío. Pero como más vale tarde que nunca, también a él quiero decirle ahora lo que tanto me ha costado decirle a la cara durante años: que lo quiero, como quiero a mamá.

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Los abuelos están para malcriar

Esta de hoy va a ser una entrada a mitad de camino entre el desahogo y la reflexión. Como tantas veces, dejaré más preguntas en el aire que respuestas sobre la mesa. El camino, estoy seguro, me servirá para dejar a un lado mis juicios rápidos y trabajar un poco más en uno de los objetivos que, como padre, me he propuesto para este tercer año de vida de nuestra hija: mejorar mi tolerancia con los abuelos. Espero que un relativista como yo sepa hacerlo.

Delegar la crianza. ¿En manos de quién?

Si me conocéis, es probable que me hayáis leído o escuchado defender la crianza en tribu o, al menos, lamentar su declive debido a nuestro estilo de vida actual. Sin embargo, soy muy consciente de que tengo un grave problema de confianza a la hora de permitir que otras personas intervengan en la educación y los cuidados de mi hija. ¿Exceso de celo o perfeccionismo? ¿Falta de fe en los demás? Un poco de todo y alguna mala experiencia anterior hacen que me cueste delegar en todos los ámbitos de la vida. Qué le vamos a hacer… Y si me cuesta poner mi trabajo en manos de terceros, cómo no me iba a resultar difícil dejar la crianza de mi hija a cargo de otros, precisamente una de las tareas más complejas y que yo entiendo como más importantes en la vida.

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