El huevo, la gallina y la revista

Ya he hablado en más de una ocasión sobre el complejo carácter esquizofrénico del feminismo. En función de la lente morada que uno engarce en su cámara, un mismo acto puede aparecer retratado como profundamente machista o como orgullosamente feminista. En el fondo, la mayor parte de esas dualidades se pueden reducir a un problema de huevos y gallinas. Porque, ¿qué fue primero?

¿Las mujeres se maquillan porque así se sienten mejor consigo mismas, o se sienten mejor maquilladas porque así se lo ha impuesto el entorno? Al fin y al cabo, en la naturaleza son muchas las especies en las que son los ejemplares de un único sexo los que se esfuerzan por hacer un despliegue de medios y colores para atraer a su pareja. ¿Significa eso que también las niñas humanas ven nacer en su seno poco a poco la necesidad instintiva de decorarse con pendientes, llevar un pelo largo y lustroso o subirse en unos tacones de vértigo? ¿O el sentimiento de necesidad nace más bien de esa herencia patriarcal fruto de siglos de dominación? Todo un nudo gordiano difícil de resolver en tanto en cuanto nos es imposible aislarnos del mundo en el que nos ha tocado vivir.

Todo esto viene al hilo de un ejemplo del que soy poco amigo: el de las revistas de maternidad. Y digo bien: «maternidad», y ahora entenderéis por qué. Yo mismo he criticado públicamente en varias ocasiones un enfoque que yo entiendo machista. Sin embargo, dándole la vuelta a la historia del huevo y la gallina, el argumento se complica. Veamos.

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Porque hay abuelos

No puedo negar que haberme convertido en padre me ha cambiado la vida. Hay quien lucha por esquivar una alteración así, pero a mí no me ha importado dejarme llevar por esa avalancha inevitable. Entre las muchas cosas que mi paternidad ha transformado se encuentra la relación con mis padres y los padres de mamá. De un día para otro ella y yo dejamos de ser aquellos hijos —yerno y nuera— independientes que iban y venían a su antojo. De repente éramos el nexo de unión entre unos recién estrenados abuelos y una deseadísima nieta.

Haber trepado un peldaño más en la escalera genealógica de la vida me ha permitido acercarme de otra forma a la relación con mis padres, entenderlos más y desde un ángulo completamente nuevo. A cambio, también esta transformación ha sido fuente de inevitables fricciones. Nos habíamos olvidado ya de lo que suponía tener que dar explicaciones o convivir tanto tiempo bajo un mismo techo. Y quizá nunca hasta ahora habíamos sido tan exigentes con el comportamiento de unos padres que nos lo han dado todo.

Y aunque las fricciones se manifiesten en forma de un rostro demasiado habituado a las malas caras, tenemos que reconocer su esfuerzo y estarles agradecidos.

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Diálogos de besuguines IV

Entre los muchos aspectos apasionantes del lenguaje hay uno que resulta particularmente maravilloso: el uso de los sentidos figurados, la ironía y el sarcasmo. Creo que en eso es el castellano especialmente rico, al menos comparado con el escaso par de idiomas que conozco. Me da también la impresión de que puede ir en cierta manera ligado a ese carácter castizo y español tan amigo de la retranca.

Es necesario un dominio generoso del idioma para ser capaz de reconocer todos esos giros y usos retorcidos que plagan nuestro discurso. Es fácil comprobarlo conversando con cualquiera que esté aprendiendo nuestra lengua, ya sea un extranjero o un niño pequeño. Nuestra hija, a pesar de haber aprendido relativamente rápido a construir y entender estructuras complejas, nos lo recuerda a diario con sus interminables preguntas acerca de las frases a las que su interpretación literal no otorga ningún sentido.

Hace algún tiempo, por ejemplo, habíamos salido a cenar con unos amigos. Previendo un regreso a casa tardío íbamos equipados con nuestra mochila de porteo. Al despedirnos de aquellos con ella ya montada en la mochila, tuvo lugar el siguiente intercambio entre uno de nuestros amigos y una niña que ya ponía ojillos de empezar a echar de menos su cama:

-Oye, ¡que te estás quedando frita!
-¡Frita no, que no soy una patata!

Lo más habitual es que este tipo de situaciones nos resulten graciosas e inocentes. Sin embargo, también nos sirven para reflexionar sobre la manera que tenemos de dirigirnos a los niños. No es raro ver cómo su gesto se torna serio o asustado en un segundo cuando alguien le gasta una broma sobre cómo va a devorar su comida o a quitarle cualquier objeto con el que esté entretenida. No está aún preparada para entender bromas así, y en más de una ocasión han sido motivo de una buena llorera que seguramente se podría haber evitado.

También yo, como padre, me equivoco a menudo a la hora de hablar con ella. A veces lo hago desde un humor que solo me sirve a mí como desahogo, pero no es difícil que se me escape algún comentario inapropiado cuando la paciencia se me acaba y dejo que la situación me saque de mis casillas. Ya va entendiendo —y odiando— el uso forzado de un «muy bien, hija, muy bien» que se me escapa en momentos de hartura y que nunca puedo devolver a mi boca arrepentido al instante.

En otra ocasión, después de haberse puesto perdida deleitándose con alguna fruta pringosa, y al ir a intentar restregarse contra mi pantalón, no se me ocurrió nada mejor que advertirle «¡sí, hombre! Ahora límpiate en mi pantalón…». Inmediatamente tuvo que preguntarme desconcertada por qué le decía que se limpiara con tan curiosa servilleta.

Tantas son las veces que mamá y yo la dejamos descolocada con según qué expresiones que ya ha aprendido a utilizar como excusa ese «es una forma de hablar» cuando suelta alguna barrabasada sobre la que nos vemos obligados a preguntarle para asegurarnos de qué ha querido decir. Qué cuidado hay que tener.

Grupos que apoyan

Nunca antes como ahora habíamos tenido los padres españoles una vida social tan activa. Tampoco las generaciones anteriores tuvieron el privilegio de poder dedicar tanto tiempo a disfrutarla. Y, sin embargo, son muchos los padres y —desgraciadamente y sobre todo— las madres que se sienten solas. Solas y solos a pesar de encontrarse en el ojo de una vorágine social que amenaza con devorar cada minuto de nuestra vida.

Probablemente pequemos de cierto «ombliguismo» al reconocer el sentimiento de soledad. Nuestra situación como progenitores en 2017 está a años de luz de la experiencia que vivieron nuestros padres o aquellos de generaciones anteriores. Ya quisieran ellos haber tenido nuestra suerte hace 30, 50 ó 60 años. Los suyos sí que debían de ser problemas…

Sin embargo, precisamente el mismo tiempo que tenemos hoy para el disfrute sirve también para la reflexión y la introspección. La naturalidad con que antes se vivía la maternidad se ha visto desplazada hoy por etiquetas, corrientes de pensamiento, modas, sobreinformación… Y en medio de todo ello, y aunque aún hoy siga siendo un tema tabú del que muchos prefieren no hablar, muchos padres se sienten solos y desconectados.

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Ser mayor

Aunque la entrada de hoy suene a pataleta, en realidad es más una reflexión personal que otra cosa. Lo digo porque probablemente dé la impresión de que soy tan tiquismiquis que, si fuera por mí, casi no se podría ni hablar con mi hija, de tantas cosas como me disgustan cuando las escucho dirigidas a ella. En el día a día soy más bien realista. Asumo que lo que nos rodea es lo que hay y me limito a intentar que al menos de nuestra boca no lleguen a sus oídos según qué tipo de argumentos.

Y desde hace ya algún tiempo me ha dado por reflexionar sobre la costumbre que tenemos —yo el primero— de insistirles a los niños en que ya son mayores. Como seguramente adivinaréis, ahora que es mía la hija de cuya educación soy en buena parte responsable, no me gusta escucharlo. En otros asuntos más graves —banalización de la violencia, justificaciones del racismo, perpetuación de roles machistas…— suelo intervenir más directamente cuando le dicen a mi hija algo con lo que en casa no comulgamos. En este caso, más bien, nos limitamos mamá y yo a contarle después tranquilamente a nuestra hija lo que nosotros opinamos sobre «el ser mayor».

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«Con la lactancia hemos topado»

Si hay un ámbito en el que el feminismo se encuentra cada día más polarizado es en el de la maternidad. Ya he comentado alguna vez lo mucho que me llama la atención. Una misma mujer por una misma decisión puede ser al mismo tiempo objeto de alabanzas y víctima de una crucifixión por parte de otras congéneres que pretenden enarbolar la bandera feminista. Cuando uno como padre trata de involucrarse en esa lucha y aportar su pequeñísimo granito de arena, no siempre resulta fácil posicionarse.

Parece lógico, de entrada, que el feminismo defienda que cada mujer pueda hacer con su cuerpo lo que le plazca. Sin embargo, las corrientes de uno y otro extremo hacen uso de esta máxima de un modo interesado. Si una congénere utiliza su cuerpo serrano de una forma que no satisfaga su forma de entender la lucha, concluyen entonces que se trata de una decisión fruto de esa herencia inconsciente que una educación patriarcal ha dejado como un poso en todos nosotros. No es, por tanto, de extrañar, que incluso figuras públicas reconocidamente activas en el movimiento feminista muestren las contradicciones internas que sufren cuando a cada opción personal se le puede dar la vuelta.

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«Para no haber ido a la guardería»

Si hay una causa que he hecho mía desde que soy padre es la de la educación temprana en casa, particularmente desde que me lancé a la piscina de pasar un año entero con mi hija de año y medio para empezar a descubrir el mundo a su lado. No es una causa contra nadie, ni mucho menos. No tengo nada en contra de las escuelas infantiles, cuya labor admiro profundamente y cuya existencia entiendo como absolutamente imprescindible para el mantenimiento de nuestro estilo de vida actual.

Mi causa se orienta más bien a la defensa de una alternativa real, aquella que deja que sean los progenitores de la criatura los que empiecen a introducirla en el mundo que le va a tocar vivir. ¿Y por qué ese empeño mío? Pues porque de un tiempo a esta parte advierto una percepción cada vez más generalizada de que el único lugar que puede garantizar una formación adecuada a un bebé primero y a un niño después es la escuela infantil.

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