«Con la lactancia hemos topado»

Si hay un ámbito en el que el feminismo se encuentra cada día más polarizado es en el de la maternidad. Ya he comentado alguna vez lo mucho que me llama la atención. Una misma mujer por una misma decisión puede ser al mismo tiempo objeto de alabanzas y víctima de una crucifixión por parte de otras congéneres que pretenden enarbolar la bandera feminista. Cuando uno como padre trata de involucrarse en esa lucha y aportar su pequeñísimo granito de arena, no siempre resulta fácil posicionarse.

Parece lógico, de entrada, que el feminismo defienda que cada mujer pueda hacer con su cuerpo lo que le plazca. Sin embargo, las corrientes de uno y otro extremo hacen uso de esta máxima de un modo interesado. Si una congénere utiliza su cuerpo serrano de una forma que no satisfaga su forma de entender la lucha, concluyen entonces que se trata de una decisión fruto de esa herencia inconsciente que una educación patriarcal ha dejado como un poso en todos nosotros. No es, por tanto, de extrañar, que incluso figuras públicas reconocidamente activas en el movimiento feminista muestren las contradicciones internas que sufren cuando a cada opción personal se le puede dar la vuelta.

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Un precio relativo

Cuando mi jefe me preguntó por primera vez cuándo tenía pensado reincorporarme tras mi excedencia no tenía muy claro cuánto tiempo nos aguantaríamos mi hija y yo. Ya intuía, sin embargo, que lo que empezó como la solución a un mes de agosto sin guardería probablemente se extendería. «Sé que sea cuando sea, me parecerá demasiado pronto». Un buen puñado de meses brevísimos hechos de días eternos en los que apenas encontraba tiempo para hacer nada ya son historia. Historia familiar, al menos. Y a medida que el final se acerca es hora de hacer balance.

En estos casos hay una pregunta cuya respuesta resume perfectamente la experiencia: si tuviera que volver a tomar esta decisión, ¿repetiría? Y la respuesta es que sí, que una y mil veces, que haría lo que hiciera falta para poder disfrutar otra vez del año que hemos vivido juntos los dos, los tres. Un año «en blanco» desde el punto de vista de una sociedad centrada en la producción y el consumo tiene un precio que hay que estar dispuesto a pagar. Una parte se paga en forma de renuncia laboral; otra, quizá la más inmediata e importante para la mayoría, en metálico. Pero quizá la que menos en cuenta se tiene es la factura personal, la del esfuerzo físico, la del agotamiento mental, la de la soledad… Porque no, una excedencia para cuidar de un niño pequeño no son unas vacaciones.

El precio puede parecer más o menos elevado en función del sistema de valores y prioridades que rija la vida de cada uno. Para mí, en nuestro caso único y particular, es un precio irrisorio si tengo en cuenta todo lo que he comprado a cambio.

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Dependencia

La semana pasada se dieron a conocer los resultados del último análisis del Observatorio de la Dependencia acerca de la situación en que se encuentra la aplicación de dicha ley en España. Como era de esperar, las cifras son nefastas. Como es habitual, también, los comentarios del artículo que enlazo al comienzo son extremistas y están plagados de troles que presumen de actitudes racistas y, en este caso y para variar, gerontofóbicas.

Con todo, la publicación de los datos del Observatorio en los medios de comunicación estuvo en general teñida de pesimismo y tono crítico. Puede que el Gobierno que dio luz verde a la aprobación de una ley semejante pecara de inocente pensando que sus sucesores estarían dispuestos a dotar de la financiación necesaria a las medidas que contempla. Sin embargo, la percepción general de buena parte de la población es que es lamentable que personas que necesitan una ayuda reconocida por nuestra propia legislación estén muriendo diariamente por decenas sin haber visto satisfechos sus derechos.

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El futuro negro del «yo»

Hace ya algún tiempo —¡ay! las crisis del blog— nuestro amigo Adrián hacía pública su denuncia del despido que había sufrido como consecuencia de su petición de reducción de jornada por cuidado de hijos. Su caso, uno más en un país poco amigo de trabajadores que quieran hacer uso de sus derechos, tuvo mucha repercusión. Fueron varios los medios que ayudaron a darle voz; entre ellos, El País en esta colaboración del propio Adrián.

Como siempre que la triste situación laboral de nuestro entorno pretende llamar nuestra atención, se pudo constatar una vez más una deprimente realidad: el «enemigo» está entre nosotros. Una lectura rápida de los comentarios de cualquier noticia de este tipo es suficiente para hacerse una idea de la clase de sociedad egoísta, envidiosa e individualista en la que vivimos. Los ataques más feroces a quien lucha por sus derechos como trabajador no provienen siquiera de los empresarios a quienes el ejercicio de dichos derechos pudiera perjudicar. Son los propios trabajadores los que claman al cielo ante lo que consideran privilegios de los que ellos no pueden disfrutar. Veamos algunos ejemplos.

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¿Iguales e intransferibles?

Lactancia materna, artificial o mixta. Porteo ergonómico, no ergonómico o silla de paseo. Sistemas de retención a favor o en contra de la marcha. Dejar llorar o acudir al instante. Baby-led weaning o papillas. Son innumerables los temas que generan enfrentamiento y división entre los padres. Algunos dan pie a discusiones muy encendidas que nunca llevan a ninguna parte y, sin embargo, siempre podemos irnos a casa y seguir con nuestra vida o desviar la vista de esa pantalla en la que un infumable hilo de Twitter nos está sacando de nuestras casillas.

¿Siempre? Quizá no, porque hay un ámbito de la vida familiar cuyo devenir no depende exclusivamente de nosotros. Estoy hablando de los permisos. Las bajas maternales y paternales, los permisos remunerados o no, las excedencias… nos encontramos ante un tema harto complejo que reúne en la misma discusión aspectos relacionados fuertemente con la igualdad y con la conciliación. Se mezclan argumentos y razones procedentes de la Medicina, del parecer personal de cada uno, del feminismo visto desde ángulos contrapuestos, del ámbito laboral y legislativo… Imposible, por tanto, que la solución sea única y sencilla.

En las últimas semanas dos noticias relacionadas con este asunto han causado revuelo entre quienes nos preocupamos por este problema —porque sí, es un problema—. El hecho de que nos preocupe e indigne en uno u otro sentido me parece de entrada una señal positiva; un signo de que queremos ver más allá de la vida de hormiguitas productivas que nos han querido vender; una ventana a la esperanza de que nuestra sociedad entienda que nuestros hijos nos necesitan y que su vida no puede ser únicamente asunto de mamá.

El primero en hacer saltar los resortes de parte de la población de padres fue el pediatra Carlos González. Partidario de eso que algunos llaman la «crianza con apego», es a menudo criticado desde círculos feministas que entienden que trata de imponer un modelo de madre y mujer que ya debería haber quedado atrás. En esta ocasión sus declaraciones en una conferencia para el Congreso de Enfermería de León levantaron ampollas cuando sugirió que la madre debía ser la principal responsable del cuidado del bebé durante los tres primeros años, dejando de lado su carrera profesional o cualquier otra ocupación que tuviera.

La segunda noticia llegaba desde un Congreso que aún no había alumbrado Gobierno alguno. Como consecuencia de una iniciativa de Unidos Podemos, la cámara aprobó una proposición para extender hasta las 16 semanas el permiso de paternidad, igualándolo así con el de la madre y haciéndolos ambos personales, intransferibles y remunerados al 100%. No es la primera vez que se aprueban iniciativas similares y, de hecho, desde hace ya 6 años la ley prevé un incremento en la duración del permiso de paternidad que aún no se ha puesto en práctica debido a las dificultades presupuestarias —y a la poca prioridad que nuestros políticos le han concedido a este tema hasta ahora, obviamente—. Veremos por tanto en qué queda la nueva proposición y si hay motivo para que los partidarios de una u otra forma de entender los permisos se lleven las manos a la cabeza.

Ambas propuestas se encuentran en extremos opuestos en cuanto a su forma de entender la conciliación familiar y laboral y, sin embargo, comparten una característica común. Una que, desde mi punto de vista, constituye un error habitual. Y es que ambos caminos pretenden imponer una solución rígida a millones de familias que han optado por modelos de crianza, de trabajo y, en definitiva, de vida completamente diferentes unos de otros. Como consecuencia se genera un triste enfrentamiento entre padres y madres que, en el fondo, queremos lo mismo: una forma de compatibilizar las facetas laboral y familiar de nuestra vida que nos permita dar a nuestros hijos lo que nosotros consideramos mejor para ellos.

No sé vosotros, pero yo soy incapaz de proponer una solución ideal para todas las partes. Si evitamos quedarnos en los titulares y ponemos todos los argumentos sobre la mesa, veréis que no es tarea sencilla.

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La panacea

Ya he dicho alguna vez que mi paternidad me ha cambiado. Apenas llevo unos meses inmerso en su vorágine de novedades desconcertantes, pero no hay espacio de mi vida que haya logrado mantenerse estanco y librarse de la avalancha transformadora que supone esta experiencia. Entre otras cosas, ha cambiado mi forma de leer. Presto mucha más atención a cada palabra escrita en relación con el universo paternofilial y me encanta utilizar las propuestas de terceros como palanca de reflexión. Muchas páginas se leen de otro modo puestas a la luz de la experiencia paternal y son más de las que creía las que hablan directa o indirectamente de esa parte fundamental de nuestra existencia (al menos mientras la visión de Aldous Huxley no se materialice por completo). Luego vengo aquí a desparramar mis divagaciones y torturaros con ellas. Eso también, claro.

Hace algunas semanas aterrizó en mis manos un ejemplar de una de esas revistas para madres y padres que venden —no sé dónde, la verdad— a un precio irrisorio. No sé si alguien las compra. Todas las que he tenido la oportunidad de ojear las he recibido como obsequio de las formas más inverosímiles. Antes de que mamá diera a luz todavía era yo un incauto proyecto de papá primerizo, y las leía con avidez y curiosidad en busca de respuestas. Hoy, con algunos meses de experiencia en la mochila, con muchas lecturas en el bolsillo y con más conversaciones en mi haber, sé que buena parte del contenido de algunas de esas revistas deja mucho que desear.

Los reportajes plagados de errores, medias verdades y mitos de la crianza no sirven más que de excusa para dar espacio a la publicidad de unas marcas que son quienes verdaderamente se benefician de según qué mensajes. Viendo algunos de sus contenidos (con algunos test como «¿Vuestro amor está fuerte y a salvo?» o un infalible «¿Qué estudiará mi hijo?») no puedo evitar pensar en que son una versión avanzada y casposilla de aquella Superpop de nuestra primera adolescencia. No es raro ver que sigan tratando a la madre como si fuera la única responsable del cuidado de los hijos y que la infantilicen como hacen aún tantas revistas femeninas con las mujeres en general. Seguro que hay grandes profesionales detrás haciendo un gran trabajo y sometidos a mucha presión, ojo. Seguro. Pero eso no me consuela como lector cuando veo que se frivolizan temas sensibles sobre los que la población debería recibir información veraz y objetiva. Un motivo más para apoyar proyectos periodísticos rigurosos, por cierto.

El caso es que aquel número de «Mi bebé y yo» —esa era la revista en cuestión, aunque no es la única del estilo— incluía en la sección «Mi educación» un artículo que me llamó la atención. «Guardería: 8 puntos a favor» rezaba el título. Ya venía yo hacía mucho tiempo dándole vueltas al dilema de la escuela infantil, así que me lancé de cabeza a leerlo. Apenas había completado un par de párrafos y ya tenía claro que necesitaba escribir aquí una de mis interminables reflexiones. Hablaré por cierto de «guardería» —como se ha denominado tradicionalmente— y «escuela infantil» —como empieza a conocerse últimamente— indistintamente. Sé que cada término tiene connotaciones diferentes y espero que nadie se sienta ofendido por el uso de uno u otro. El mismo artículo titula con «guardería» a pesar de que el contenido encaje más con la idea que defienden los partidarios del término «escuela infantil».

¿Me acompañáis?

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«Cinco horas con Mario». Y tres días con sus hijos.

De todos los autores clásicos de la literatura universal que estudiábamos en el colegio el único que de verdad llegó alguna vez a engancharme fue Delibes. Había leído algunos de sus crudos relatos de realidad castellana y, sin embargo, no era consciente de lo que me estaba perdiendo sin haber puesto pie en el camino que recorren sus cinco horas con Mario sin moverse de una sola habitación.

Hace ya unas cuantas semanas mamá y yo decidimos pasar una de sus semanas de vacaciones en el pueblo, una pequeña aldea burgalesa en la que muere la carretera y danzan los tábanos al son que ladran los perros del pastor. Esos siete días nos sirvieron para descansar merced a unos brazos que se multiplicaban a nuestro alrededor para disfrutar de una incansable gusanita que no podría ser más feliz en parque alguno de Madrid.

El descanso puede adoptar formas inverosímiles. Se tradujo, por ejemplo, en kilómetros de caminos de concentración acumulados en las piernas sobre una bicicleta de montaña a la que había echado mucho de menos. Y llegó, también, en forma de horas de plácida lectura en el sofá de la gloria protegidos de un sol que ya no encontraba cereales que tostar en la tierra y que se empeñaba en agarrarse a nuestra piel con cada paseo entre las zarzamoras y las tenadas de la colina.

«Cinco horas con Mario» ha sido uno de los libros que más recuerdo haber disfrutado en mucho tiempo. Me sorprendió enormemente que un monólogo tan aparentemente pesado, tan pretendidamente atropellado, pudiera revelarse tan ágil y absorbente. No podía alejarme de la perorata de la desvelada Carmen, viuda de un Mario que nunca supo darle la vida que ella habría querido encontrar con él.

El estilo me cautivó y el contenido me enamoró con su reiterativo y exhaustivo repaso de las múltiples realidades de una sociedad española que poco a poco quería modernizarse. Entre los incansables párrafos de una protagonista cuyo nombre siempre olvidamos encontré numerosas referencias a la crianza, la maternidad y la educación en la década de los 60 en España. Cincuenta años después, muchas cosas han cambiado y, sin embargo, otras se empeñan en resistir en una sociedad que, en algunos aspectos, se niega a aceptar que se puede ser padres de otra manera.

No pretendo hacer un comentario de texto de un libro que recomiendo mucho, pero sí me gustaría analizar algunos de los pasajes que menciono. Me pareció un ejercicio interesante descubrir cómo hemos evolucionado, en qué nos parecemos a los padres de entonces y en qué los hemos dejado atrás. El interés de este esfuerzo fue aún mayor cuando encontré la siguiente lectura que abordaría en aquella semana de vacaciones, una cuyo autor propone un futuro en el que la maternidad ha dejado de existir. ¿Adivináis cuál? Os hablaré también del asunto.

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