El colecho o el arte de la guerra

Me encanta el colecho. Adoro llegar el último a la cama y encontrarme a mamá y a la chiquitina desparramadas por el colchón con el resplandor amarillo de la farola de la esquina colándose entre las cortinas como única fuente de luz. Me chifla despertarme por la mañana y ver a mi niña aún dormida,  poniendo morritos o con la mano posada sobre un papo colorado.

Pero. Dormir, lo que se dice dormir, yo como mejor duermo es solo en mi propia cama.

El colecho nos regala momentos preciosos. Nos ha ahorrado infinidad de salidas de la cama y patadas a esquinas de muebles de IKEA con el meñique descalzo de un pie congelado. Nos ha facilitado la vida y la lactancia, y nos ha permitido dormir tranquilos durante más de dos años. No tenemos más que levantar un poco el párpado para echar un vistazo alrededor y comprobar que toda la tribu sigue ahí, durmiendo, respirando.

Pero también nos hemos despertado unos a otros con choques inoportunos o ronquidos altisonantes. Hemos encajado patadas en las costillas y en los riñones y, como quien se acuesta con niños, mojados nos hemos levantado. Y es que los niños, especialmente una vez que aprenden a rodar sobre sí mismos, tienen una capacidad asombrosa para ocupar espacio y defenderlo con uñas y dientes desde lo más profundo de sus sueños.

Nuestra hija, en su esfuerzo por no ceder ni un milímetro de sábana fresca, ha desarrollado toda una batería de posturas con las que estratégicamente reclama su territorio. Estas son sus cinco más mortíferas.

Continúa leyendo El colecho o el arte de la guerra

Anuncios

2 minutos

Sucede cada día entre algo después de las 22:00 y algo antes de las 00:00. O no; no siempre tengo esa suerte. Apenas dura un par de minutos, un puñado de segundos iluminados por la luz cálida naranja de una farola que proyecta sombras mágicas sobre la cortina del dormitorio que compartimos. Cada día entre las 22:00 y las 00:00 vacío la mochila y pongo el punto y final a un nuevo día con ella, con mi hija.

Normalmente es mamá la que se ocupa del turno de noche. Nuestro reparto de tareas actual me hace a mí responsable de la siesta de la tarde. Mientras termino de fregar, de recoger la cocina y de dejarlo todo listo para el día siguiente, ellas completan las rutinas del aseo: lavado de manos y cara, cepillado de dientes, paso por el inodoro, pijama… Los pasos silenciosos de mamá por el pasillo y ese clic tan familiar de un sujetador que se abrocha son todo cuanto necesito escuchar. Ya está dormida.

Empieza entonces nuestro ritual de recogida. Una película en el salón, un libro en la otra habitación, el repaso diario a una actualidad a la que siempre llegamos tarde… De vez en cuando, los tres pitidos agudos que ponen en marcha la yogurtera sobre la encimera de la cocina. Y de pronto, un chasquido metálico y un gruñido desde la habitación del fondo. La casa escucha alerta y los músculos se tensan.

Nuestra hija ya empieza a dormirse sola a menudo durante sus despertares nocturnos. Sin embargo, cuando no lo consigue y aún estamos despidiéndonos del día, soy un padre feliz. Descalzo para no hacer ruido salgo disparado hacia ella y la cojo en brazos con la misma urgencia que debí de sentir hace ya más de dos años en aquel frío paritorio de hospital. Mis manos se estiran tratando de apretar su diminuto cuerpo caliente contra mi pecho, sintiéndola relajarse al instante en contacto conmigo, la cabeza descansando sobre mi hombro reflejada en ese espejo que trae a la habitación la luz de aquella farola naranja. El último abrazo del día. A veces me olvido de no permitir que sea también el primero.

Y durante dos minutos que ojalá no terminaran nunca no me importa nada más. Contemplo su cara, su paz infinita ajena al mundo que heredará. Escucho su respiración rítmica, esperando el áspero suspiro que me pide que la tumbe de nuevo. La miro, y la quiero, y la beso con los ojos, y le pido perdón por no haber sabido esperar, por haberla hecho llorar.

Cada día entre algo después de las 22:00 y algo antes de las 00:00, todo cobra sentido.