Crema dulce de calabacín y manzana

Hace ya algunas semanas que la temporada natural del calabacín en España ha ido dejando paso a la de su prima cucurbitácea mayor, la calabaza. No obstante, para los que alimentamos la nevera con el fruto de la huerta burgalesa, es habitual encontrar aún a estas alturas del otoño algún que otro calabacín que llevar a la mesa.

Si en vuestra casa reina la hartura ante la perspectiva de otra crema insulsa de verdura, no hay mejor alternativa que armarse de paciencia y dos sartenes a fuego lento y pasar por la plancha el calabacín en rodajas. Si lográis el punto perfecto —un poco crujiente y caramelizado—, hablamos de un manjar imbatible. Pero como preparar un calabacín así lleva más tiempo que el que tarda la planta en madurarlo, conviene tener una alternativa a mano.

Esta crema no es fruto de la casualidad. La fruta es algo con lo que siempre me gusta experimentar en los platos, y una manzana pochadita a fuego lento en compañía de cebolla y ajo es una fuente inagotable de sorpresas agradables en la cocina. Así aparecía en aquella receta de pasta con salsa de manzana y chips de verdura, en nuestros guisantes cremosos con jamón, o en la pizza burgalesa que nos inventamos en aquel primer #amimanera de Madresfera. La de hoy es bien sencilla, y el resultado es una crema con un punto dulce espectacular.

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Sopa chana masala

Cuando mamá y yo éramos habitantes de la gran ciudad resultaba complicado encontrar una receta de inspiración india en nuestra cocina. Preferíamos dedicarnos a otros menesteres y dejar los mejunjes especiados en manos de profesionales.

Desde que volvimos a ser una familia de provincias, sin embargo, el paladar nos pedía el sabor hindú que tanto echaba de menos y que tan escaso es entre la oferta gastronómica de los restaurantes de nuestra pequeña localidad. Por eso hemos incorporado al catálogo de platos, salsas y elaboraciones con que nos atrevemos en casa más de una preparación de digno apellido indio.

Mucho más allá del curry que tanto me gusta introducir en —casi— todo lo que hago en los fogones, hay recetas extremadamente sencillas cuya explosiva mezcla de sabores y especias resulta tan sabrosa como cualquiera que podamos degustar en un indio de Lavapiés. La combinación que os propongo hoy de una sencillísima sopa tradicional con la potente salsa india de cebolla del chana masala es un buen ejemplo.

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Guisantes cremosos con jamón

No podemos negarlo: en esta casa somos muy de guisantes. A nuestras hijas les encantan esas pequeñas bolitas verdes —igual que los edamames; se observa una tendencia ahí, ojo—, y son un plato muy socorrido cuando no disponemos de mucho tiempo para cocinar y necesitamos algo rápido y sano con que salir del paso. Un sofrito breve y facilón, unos guisantes congelados escaldados lo justo, et voilà.

Más allá del «sota, caballo y rey», también nos da de vez en cuando por experimentar con tan simpática legumbre. Ya registré aquí un día aquella aromática receta de guisantes con jamón, queso e hinojo que tanto gustó a mamá. También conté hace algún tiempo cómo le dimos una vuelta a la tradicional versión jamonera para llegar a unos guisantes encebollados con zanahoria que sustituían la carnaza por verduras y especias.

En esta tercera ocasión convertimos el plato original en una receta de aprovechamiento, en la que gastamos un trozo de patata, la media manzana que dejan siempre mis hijas empezada después de merendar, o esas últimas lonchas del jamón de empresa que se va quedando demasiado curado y salado por culpa de nuestra lentitud a la hora de dar cuenta de él. Veréis qué textura y sabor nos ayudan a darle al plato.

Sartén de guisantes con jamón y verduras

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Falsa menestra de calabacín

Ya he contado alguna vez lo poco aficionada a la cocina que ha sido siempre mi madre. Con todo, y debido fundamentalmente a sus horarios de trabajo fuera de casa, era ella la que asumía siempre el esfuerzo de tener la comida lista. Existía una única excepción: la tortilla, responsabilidad habitual de mi padre, quien nos descubrió —entre otras cosas— una tortilla de cebolla que volvió no hace mucho para inspirarnos.

Mi madre, preocupada cada vez más por la salud y la alimentación, se animó, sin embargo, ya hace unos cuantos años a probar versiones más ligeras de uno de nuestros platos nacionales. Así llegó a nuestro plato de vez en cuando la tortilla de calabacín, prima-hermana de la de patata que sustituía el popular tubérculo por el fruto de la cucurbitácea. El intento era loable, mamá, pero a mí nunca me ha convencido.

Con todo, saqué algo en claro de aquel camino culinario iniciado por ella. Buscando darle una vuelta a su idea original, llegué un día a esta propuesta para cenar uno de los últimos calabacines de la temporada de verano en la huerta del tío Julio. La receta es perfecta para acompañar unos huevos fritos, como plato principal de una cena, o como guarnición. A mamá —la de ahora, no la mía— le encantó. Me apunto aquí la receta; nos vendrá bien, seguro, cuando la explosión anual de calabacines de la temporada que viene nos pille como siempre desprevenidos.

La lista de la compra

  • 1 calabacín de tamaño supermercado, o ⅔ si es más grande como los del tío Julio.
  • 2 patatas pequeñas o 1 mediana.
  • ½ cebolleta.
  • Aceite de oliva virgen extra.
  • Especias verdes secas: perejil, ortiga, cebollino…
  • Sal.

El camino a la perdición

  1. Picamos la cebolla relativamente fina. La pasamos a un plato hondo o un bol y la cubrimos con una tapa o papel film apto para microondas con un par de agujeros pinchados. Cocemos la cebolleta en su propia humedad durante 3 minutos a potencia media para que no se quemen las puntas.
  2. Cuando esté lista, pasamos la cebolleta precocinada a una sartén amplia en la que habremos calentado un par de cucharadas de aceite. Dejamos que se vaya pochando poco a poco.
  3. Lavamos las patatas, las pelamos y las cortamos en dados de no más de medio centímetro de lado. Igual que habremos hecho con la cebolleta, las pasamos por el microondas un par de minutos.
  4. Vamos simultaneando los tiempos de microondas con la preparación del resto de ingredientes. Mientras se cuecen las patatas, lavamos también el calabacín y lo picamos con piel en dados del mismo tamaño que aquellas. Una vez estén listas las patatas y picado el calabacín, incorporamos ambos ingredientes a la sartén y subimos un poco el fuego.
  5. Salamos al gusto y condimentamos con una pizca de cada tipo de especia. Aquí combinamos perejil seco con una mezcla de ortiga, caléndula, cebollino y aciano secos.
  6. Vamos salteando las verduras procurando que vayan cogiendo color de manera uniforme. Es preferible utilizar una buena sartén que les permita resbalar para poder saltearlas en condiciones y no tener que removerlas con un utensilio de cocina que convierta la patata y el calabacín en puré.
  7. Cuando veamos que estos dos últimos ingredientes empiezan a tener un tono doradito que nos guste, lo tenemos. ¡Que aproveche!

El truco final

Podéis jugar todo lo que queráis con las especias. Si queréis darle un punto adicional de gracia al revuelto, probad a añadir un poco de chile —o cualquier otro tipo de pimiento picante— fresco picado bien fino. Rico, rico.

Bertorella al horno con cebolla

Nunca había oído hablar de la bertorella. Fue mamá la que la introdujo en nuestro catálogo familiar de pescados habituales recordando aquellas cenas en las que la abuela debió de ganarse su paladar cocinando este pez tan poco frecuente en el mercado. No es fácil encontrarlo, así que siempre que avistamos sus ribetes rosados entre las escamas relucientes de hielo de la pescadería nos la llevamos a casa con nosotros.

La bertorella es un pescado muy suave, similar a la merluza en el color y la textura de la carne, aunque el pez entero es muy diferente y se distingue de aquella con facilidad. Admite multitud de tipos de preparación, y para mi gusto, resulta más sabrosa que una merluza a la que soy muy poco aficionado.

En casa de la abuela no es raro que caiga enharinada en rodajas y pasada brevemente por la sartén para que no pierda nada de su jugosidad. Nosotros nos arriesgamos hoy con una versión muy sencilla al horno que nos sirve como excusa para ilustrar un truco que aplicamos a menudo cuando horneamos cebolla en juliana.

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Falso wok de verdura y gambas

El día en que nos tengamos que mudar de casa para dar cabida a todos los trastos que hemos acumulado en la cocina no debe de andar muy lejos. Hay uno, sin embargo, que no terminamos de animarnos a incorporar a nuestro equipamiento culinario: un wok. Aunque los venden adaptados para su uso en vitrocerámica, no estamos muy convencidos de que el efecto sea el que pretende este tipo tan particular de sartén, pensada originalmente para usar sobre un fuego muy fuerte con una llama grande que permita saltear los alimentos sin parar. No; no nos animamos.

A cambio, hacemos intentos «cutresalchicheros» de llegar a resultados parecidos por caminos alternativos. Es el caso de la receta de horno y cazuela que os cuento hoy, y que hace un acercamiento blasfemo a un sabor que quiere recordar el de algunos platos asiáticos de restaurante chino malo de la periferia de Madrid. A nosotros nos gusta; hay que querernos así.

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Pasta con salsa de manzana y chips de verdura

Cuando cocinar se convierte en una obligación diaria no es difícil que terminemos encontrándonos ante algo parecido al bloqueo del escritor. «¿Qué pongo hoy para comer…?». Por fortuna, la cocina nos brinda recursos mucho más socorridos que la pluma a la hora de salir del apuro. Los más sencillos e inmediatos son probablemente los platos comodín, aquellos que admiten que les pongamos encima prácticamente cualquier cosa para obtener un resultado, como mínimo, comestible. Pasta, arroz, pizza, huevos revueltos, empanadillas, croquetas… No le hacen ascos a casi nada.

Eso conlleva un problema menor, como es el hecho de que resulte difícil repetir aquel menú que resultó espontáneamente delicioso y que nos inventamos en diez minutos con los restos que pudimos rescatar del fondo de la nevera un domingo a última hora. Me sucede habitualmente con la pasta, para la que me invento salsas y aliños que, pasado un tiempo, soy incapaz de recordar. Por eso dejo aquí de vez en cuando anotada alguna receta que nos gustó especialmente, por si en uno de esos días de atasco culinario nos sirven para echar mano de ellas y comer algo decente.

La pasta que os propongo hoy bebía de la misma fuente de inspiración que la pizza que tuve que inventarme un día para aquel #amimanera de @Madresfera: mi tierra burgalesa. Aquella reineta de Caderechas se quedó esta vez, eso sí, en manzana roja madrileña, pero la esencia de la combinación de sabores seguía siendo la de esa fruta ácida y dulce pochada despacito con una buena cebolla horcal burgalesa y una zanahoria de la huerta del tío Julio.

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