Macarrones integrales con gambones

En casa tenemos varios comodines que utilizamos cuando necesitamos poner en marcha una receta de aprovechamiento para liquidar esos «plingues» que han sobrado de la cena. Empanadillas, croquetas, arroces, pasta… Tenemos dónde elegir. Lo malo es que acabamos convirtiendo la pasta en un recurso de segunda y cuando da la casualidad de que nos sale un plato rico nos cuesta repetirlo más adelante si no partimos del mismo tipo de sobras. Por eso me gusta también de vez en cuando innovar con alguna receta que sí sea reproducible.

Es el caso de este plato de pasta con gambas que os propongo hoy. Lo hice un día por casualidad intentando acabar unos pimientos que empezaban a querer arrugarse en el frigorífico. A mamá le gustó tanto el resultado que tuve que repetir el mejunje unos días después para poder hacerle la foto y registrar aquí la receta. Ya sabéis que de memoria no ando sobrado y, si no apunto aquí mis inventos, dentro de 15 días habrán quedado en un limbo de platos olvidados para desgracia de mamá.

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Croquetas caseras #amimanera

En esta casa no hay receta de croquetas. Se hacen a ojo de buen cubero. Ni siquiera es habitual que programemos el hecho de preparar croquetas. Se hacen cuando sobra cualquier tipo de preparación apta para formar parte del relleno de una croqueta. Es decir, casi cualquier cosa. Las últimas que hemos hecho han sido de gambas, de pollo, zanahoria y cebolla, y de carne guisada. Mi madre las hace de vez en cuando de morcilla, de huevo cocido, o de jamón.

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Guisantes encebollados con zanahoria

En esta casa nos encantan las legumbres. Lentejas, garbanzos o alubias no faltan nunca en nuestro menú semanal. Sin embargo, si hay una legumbre que forme parte habitual de nuestra dieta, ésa es sin duda el guisante. Porque sí, amigos, aunque su color quiera hacernos creer que se trata de una verdura u hortaliza, el guisante no es sino un tipo más de legumbre. Son sanos, fáciles de preparar e ideales para iniciarse en la aventura del baby led weaning, así que ¿por qué no incorporarlos a nuestra dieta?

Unos buenos guisantes con jamón constituyen seguramente la receta más popular con estas agradecidas pelotitas verdes en el acervo gastronómico de nuestro país. Es un clásico entre los primeros platos de esos menús del día a 10€ que pueblan las aceras de nuestras ciudades. En alguna ocasión en la que la lista de la compra nos ha fallado, nosotros hemos probado a cocinarlos sustituyendo unos inexistentes taquitos de jamón por chorizo, tengo que decir que con éxito de crítica y público.

No obstante, desde que hicimos bueno en casa aquello del «donde comen dos comen tres», tratamos de no abusar de las carnes procesadas en forma de embutidos que suelen presentar una cantidad importante de sal. Por eso, un día se me ocurrió tratar de reemplazar el jamón o el chorizo por una alternativa un poco más saludable: la zanahoria. No sé si lo conseguí, pero el resultado nos gustó y desde entonces contamos con una posibilidad más a la hora de preparar guisantes en casa. Os cuento cómo.

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Pasta de centeno con salsa de zanahoria

Entre las muchas verduras de temporada que asaltan nuestra despensa después del verano suelen pasar desapercibidas las zanahorias. No ocupan tanto como los enormes calabacines del tío Julio ni son tan abundantes como las decenas de tomates que nos traemos cada fin de semana de la huerta, pero también son numerosas y tenemos que ir buscando formas alternativas de darles salida poco a poco.

Aparte de comerlas crudas como aperitivo o en ensalada, las añadimos en buena parte de los sofritos que utilizamos como base de nuestros platos. Este año, sin embargo, hemos incorporado una receta nueva al menú semanal que a mamá le encanta y que nos sirve para consumir alguna zanahoria más: la salsa de zanahoria para los platos de pasta.

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Tortilla de cebolla al curry

Si hay uno que se pueda considerar el plato estrella de mi padre es sin duda la tortilla de cebolla. Y cuando digo «de cebolla» es «de cebolla», no «con cebolla». Desconozco de dónde sacó la receta mi padre pero me gusta creer que se trata de un secreto milenario que pasó de generación en generación sobreviviendo a guerras mundiales, cruzadas católicas en Tierra Santa e invasiones de pueblos extranjeros venidos de más allá del frío. Cuando yo heredé la receta, la pervertí con algún truco que aprendí de David, el maestro tortillero con el que compartía residencia durante mi Erasmus, y le di un toque exótico con las especias que nunca faltan en mi cocina y que mis padres nunca sabían cuándo utilizar.

Así nació nuestra tortilla de cebolla al curry, plato que yo consideraba extremadamente original hasta que Sem de Y yo con estas barbas destrozó mi ilusión de un plumazo (pero que conste que tengo pruebas gráficas de que hace ya mucho tiempo que venimos preparándola en casa). En cualquier caso, como cada maestrillo tiene su librillo, yo os cuento cómo la hacemos nosotros. Es un saber que hay que compartir para que esta receta milenaria cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos no caiga en el olvido. O lo que sea.

La lista de la compra

  • Un par de cebollas grandes o tres pequeñas. Para la tortilla pequeña de la foto utilizamos unos 360g de cebolla, por si os sirve de referencia.
  • 4 huevos medianos, quizá 5 si son muy pequeños o 3 si son muy grandes. Nosotros pusimos huevos de las gallinas del pueblo de la tía, que son algo más pequeños que los de talla M de supermercado.
  • Aceite de girasol.
  • Sal.
  • Curry.

El camino a la perdición

  1. Cortamos la cebolla en trozos del tamaño que os guste para una tortilla de patata normal —una tortilla de patata «normal» lleva cebolla; es intrínseco a su naturaleza. Si no lleva cebolla, no se llama «tortilla de patata», se llama «huevo con cosas»—. Nosotros lo picamos en pedazos de más o menos 1cm de ancho, que no llegue a ser una «brunoise» picadita.

    Cebolla picada en la sartén
    3 cebollas pequeñas pochándose despacito
  2. Ponemos un buen chorro de aceite en nuestra sartén de las tortillas (¿alguien no tiene una sartén de las tortillas en casa?) y cuando esté bien caliente incorporamos la cebolla. Para que tenga el sabor dulce que nos gusta, dejamos que se vaya friendo despacito con el fuego medio-bajo, hasta que tome un color tostadito pero sin llegar a ser cebolla caramelizada. Nosotros le ponemos un poco de sal.
  3. Mientras se va pochando la cebolla, cogemos los huevos y separamos las claras de las yemas. Viendo uno de los miles de «realities» de cocina a los que somos adictos, descubrí que es mucho más fácil hacerlo con las manos que pasando el huevo de una cáscara a otra como hacía yo hasta aquel momento. Si vais dejando que la clara se cuele entre los dedos, en un minuto lo tenéis listo. Si, además, tenéis los dedos tan torcidos como yo, puede que el hueco extra os ayude a lograrlo en un tiempo récord de 30 segundos.

    Claras batidas hasta formar una espuma
    Las claras batidas hasta formar una espuma. Reservamos las yemas aparte
  4. Ponemos las claras en un bol amplio y las batimos hasta que se hayan convertido en una espuma. No queremos montarlas ni llegar al punto de nieve; en cuanto no veamos parte líquida y sea todo una espuma blanquecina, podemos parar. Este punto le da un toque esponjoso a la tortilla de cebolla que nos gusta mucho.
  5. Cuando la cebolla haya cogido el tono dorado que nos gusta, la sacamos de la sartén y le escurrimos bien el aceite para que no quede un interior excesivamente grasiento.

    Cebolla pochada
    Dejamos que la cebolla alcance un tono doradito sin llegar a caramelizarse del todo
  6. Incorporamos a la espuma de las claras las yemas que teníamos apartadas, la cebolla, una pizca de sal y otra pizca de curry. Lo mezclamos todo bien sin llegar a batir para que no se desinfle la espuma.

    Claras batidas, yema, cebolla pochada, sal y curry
    El curry y las yemas colorean la mezcla
  7. Recalentamos bien la sartén que habíamos usado para la cebolla untada con un poco de aceite sobrante y solo nos queda terminar la tortilla con mucho cuidado como si fuera una tortilla de patata normal. Podéis darle el punto que queráis. No pasa nada si se pasa un poco más; aunque os guste la tortilla poco cuajada, la textura que hemos conseguido con las claras le da un punto esponjoso que queda bien incluso si dejamos que se cocine un poco más de lo habitual.

El truco final

El truco final de hoy es una confesión: no sé hacer tortillas. Mis tortillas francesas acaban a menudo en revuelto espontáneo; no digamos las de patata… Mi truco final es tener al lado a una experta tortillera como mamá, así que el paso 7 y definitivo es siempre obra suya en esta casa. Fijaos si es buena, que hasta con fiebre y anginas termina la tortilla, aunque le quede un poquito arrugada como le pasó ayer.

Sé que esto será una decepción para mi legión de seguidores, pero este ataque de sinceridad debería servir para demostrar que no escondo mis múltiples defectos y que todo lo que os cuento de nuestra cocina es real como la vida misma.

Lo importante no es ser buen cocinero; lo importante es vivir con alguien que sepa cocinar.

Pizza burgalesa #amimanera

A estas alturas ya deberíais saber que soy enfermizamente tímido y, si no lo sabéis, ya os lo digo yo que me conozco: soy tímido. Aún hoy no me explico qué tipo de enajenación mental transitoria sufrí para que no se me ocurriera otra cosa que proponerle nada más y nada menos que a Madresfera jugar a algo que yo llamé «las recetas encadenadas», siguiendo un poco la idea de lo que se me ocurrió hacer con las sobras de una deliciosa receta de garbanzos de Marujismo que en casa convertimos en una estupenda cena de empanadillas.

El caso es que entre simpáticas conversaciones tuiteras, «jijis» y «jajas», Madresfera recogió el guante con elegancia y lo transformó en una estupenda iniciativa que ojalá vea una gran participación de entre tantos mamás y papás cocinillas como hay en esta red de blogueros. Lo llamó #amimanera y se estrenó la semana pasada con la primera llamada a las cocinas en busca de nuestras recetas de pizza casera. Tendría bemoles que me perdiera yo la primera convocatoria, así que os traigo hoy la receta —aproximada, como siempre— de la que mamá calificó como «la mejor pizza que has hecho hasta ahora en casa».

Si habéis leído alguna de mis anteriores recetas, ya os habréis ido dando cuenta de que básicamente me limito a arrojar infinidad de ingredientes a una cazuela hasta que están cocinados. No es de extrañar, por tanto, que en la foto de los materiales que vamos a necesitar para esta receta me haya olvidado la mitad con la emoción de hacer las fotos de la elaboración paso a paso.

Ingredientes para la pizza burgalesa

Os adelanto también que esta no es una pizza para un día cualquiera. Primero, porque es contundente en abundancia. Segundo, porque contiene muchas elaboraciones que es probable que tengamos que haber preparado el día anterior si no forman parte habitual de nuestra despensa. Pero no adelantemos acontecimientos; vamos con la receta.

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