Kikos caseros al punto de sal, curry y cayena

Siempre que una bolsa de revuelto de frutos secos aparece sobre la mesa surge el debate. Hay quien abomina las pasas, los garbanzos secos, las habas fritas… Suele encontrarse mayor consenso en torno a los cacahuetes o los distintos tipos de pipas. Y luego están los kikos, uno de los principales dolores de cabeza de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción y mi elemento preferido de las bolsas de «pispejo», como se conocía por aquí en mi infancia a esa mezcla de aperitivo seco.

Hacía ya mucho que quería meterles mano en la cocina y tratar de elaborar una versión un poco más saludable, huyendo como mínimo de la palada de sal que suele acompañarlos y quizá también de aromas innecesarios que bien podemos sustituir por las especias que más nos gusten en casa. Porque, en serio, ¿qué tipo de barbacoas conocen los fabricantes de kikos con «sabor barbacoa»?

Después de probar varias recetas alternativas, por fin hemos encontrado el punto perfecto que nos gusta en casa. Evitar la fritura al 100% nos habría alejado del sabor que buscábamos, pero al menos reducimos el contenido de sal y nos entretenemos un rato con las materias primas y los ingredientes que nosotras mismas hayamos elegido. Es importante también contar con un tipo de maíz duro apropiado para este menester; el maíz crudo para palomitas corresponde a otra variante que no funciona bien en este tipo de receta.

¿Vamos allá?

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Tacos agridulces picantes de pollo

Hace ya tiempo que es raro encontrar tortillas industriales de trigo o maíz en la despensa de casa. Nuestra buena amiga y guía gastronómica Diana nos descubrió aquí lo fácil que era comerlas recién hechas. Desde entonces, no es raro que las improvisemos en un momento para acompañar una cena con humus o algún resto de sofrito o guiso que apañemos en un momento para convertirlo en unas deliciosas fajitas.

Éramos ya incondicionales de las tortillas caseras de harina integral de trigo cuando una de nuestras familias de locos comidistas nos descubrieron el siguiente paso: las tortillas de maíz. Es lo bonito de que a todos nos guste tanto comer como cocinar, y una de las muchas ventajas que tienen los cumpleaños que huyen de los excesos ultraprocesados y apuestan por la comida sana y lo hecho en casa.

Os cuento cómo las aplicamos en estos tacos de pollo en los que jugamos con sabores dulces, ácidos y picantes: una locura.

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Pasta con salsa de manzana y chips de verdura

Cuando cocinar se convierte en una obligación diaria no es difícil que terminemos encontrándonos ante algo parecido al bloqueo del escritor. «¿Qué pongo hoy para comer…?». Por fortuna, la cocina nos brinda recursos mucho más socorridos que la pluma a la hora de salir del apuro. Los más sencillos e inmediatos son probablemente los platos comodín, aquellos que admiten que les pongamos encima prácticamente cualquier cosa para obtener un resultado, como mínimo, comestible. Pasta, arroz, pizza, huevos revueltos, empanadillas, croquetas… No le hacen ascos a casi nada.

Eso conlleva un problema menor, como es el hecho de que resulte difícil repetir aquel menú que resultó espontáneamente delicioso y que nos inventamos en diez minutos con los restos que pudimos rescatar del fondo de la nevera un domingo a última hora. Me sucede habitualmente con la pasta, para la que me invento salsas y aliños que, pasado un tiempo, soy incapaz de recordar. Por eso dejo aquí de vez en cuando anotada alguna receta que nos gustó especialmente, por si en uno de esos días de atasco culinario nos sirven para echar mano de ellas y comer algo decente.

La pasta que os propongo hoy bebía de la misma fuente de inspiración que la pizza que tuve que inventarme un día para aquel #amimanera de @Madresfera: mi tierra burgalesa. Aquella reineta de Caderechas se quedó esta vez, eso sí, en manzana roja madrileña, pero la esencia de la combinación de sabores seguía siendo la de esa fruta ácida y dulce pochada despacito con una buena cebolla horcal burgalesa y una zanahoria de la huerta del tío Julio.

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Huevos rellenos de falso guacamole

En esta casa somos muy de guacamole. No tanto del aguacate porque sí, pero sí del guacamole. Intentamos ser fieles a la receta tradicional, aunque nos cuesta encontrar jalapeños y nos vemos obligados a experimentar con pimientos de Padrón, piparras y pimientos pequeños en general. Como lo comemos a menudo, nos gusta probar de vez en cuando con alguna variación original. Cambiamos el tomate pera por uno kumato; le añadimos mango a la mezcla de pulpa; o variamos las proporciones de los ingredientes básicos.

«Huevos rellenos». Así rezaba la entrada que ocupaba la casilla de un día cualquiera en la pizarra que recoge nuestro plan semanal de comidas. Rellenos, sin más. Como si fueran a rellenarse solos… Poniendo en riesgo la integridad de nuestra salud mental nos vimos obligados a idear un relleno fácil y gustoso con el que completar la ocurrencia. «¿Y por qué no guacamole?» El resultado es muy cremoso y nos permitió huir con soltura de lo que bien podrían haber terminado siendo unos huevos cocidos con atún de lata y mayonesa.

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Sopa de espinacas

No estoy muy convencido de estar haciendo lo correcto al compartir esta receta. Y no porque quiera guardármela para mí; no, no es eso. La primera vez que la improvisé sobre la marcha como una forma nueva de darle salida a la bolsa de espinacas que habíamos comprado para cenar a mamá le encantó. Tengo que reconocer que su criterio culinario parece flojear últimamente, así que no sé si fiarme de sus halagos.

El caso es que pasaron las semanas y mi envejecido cerebro borró por completo la lista de pasos que había seguido para llegar hasta aquel resultado tan aparentemente delicioso. Quería recuperar la receta para guardarla para otra ocasión, así que me animé a hacer un segundo intento, con tan mala suerte de que quedara bastante regular. Hasta donde yo recuerdo seguí más o menos los mismos pasos, y mamá tampoco advirtió diferencias significativas entre una y otra elaboración.

Así pues, aquí os dejo la receta misteriosa. Podéis probarla y me contáis después qué os ha parecido. A lo mejor vosotros descubrís dónde está el punto negro que necesita mejorar para recuperar el éxito original.
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Croquetas caseras #amimanera

En esta casa no hay receta de croquetas. Se hacen a ojo de buen cubero. Ni siquiera es habitual que programemos el hecho de preparar croquetas. Se hacen cuando sobra cualquier tipo de preparación apta para formar parte del relleno de una croqueta. Es decir, casi cualquier cosa. Las últimas que hemos hecho han sido de gambas, de pollo, zanahoria y cebolla, y de carne guisada. Mi madre las hace de vez en cuando de morcilla, de huevo cocido, o de jamón.

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Serviettenknödel, o como se diga

La receta de hoy no es mía. Ea, ya está dicho. Lo que voy a hacer es poco más que traducir la original alemana que utilizamos para cocinar estos típicos Knödel. No la habría publicado si no hubiera sido por abrumadora petición popular —hola, Antonio—, pero ahí queda.

Si habéis viajado un poco más allá de los Pirineos quizá hayáis notado que pocos países europeos son tan amantes del pan como lo somos nosotros. Esa costumbre tan española de bajar a por el pan, esa vuelta a casa con la barra bajo el brazo, son algo tan nuestro como el mismo castellano. En otros lares, en cambio, son más habituales los acompañamientos de patata, los arroces o, como en Alemania, los Knödel.

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