Bodas, niños y ausencias

Algún día haré una reflexión más general sobre ese nuevo fenómeno viral conocido como «niñofobia» —ya os adelanto que yo tiendo a negar su existencia—. Mientras tanto, hoy me gustaría pensar un poco en voz alta sobre uno de esos ámbitos en los que, para consternación y cabreo de otros, algunos no quieren tener niños cerca: las bodas. ¿Son las bodas sin niños una aberración? ¿Un síntoma de un mundo enfermo? Es un asunto complejo; al final, ¿puede haber algo peor que casarte en una boda que no es la que tú quieres? Continúa leyendo Bodas, niños y ausencias

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Casualidad

Muchas veces, paseando por las calles abarrotadas de Madrid, o mientras contemplo ensimismado los pies aburridos de mis compañeros de vagón de metro pienso en la casualidad. Cada día nos cruzamos con centenares —miles, incluso, a veces— de personas cuyas vidas transcurren por una vía independiente de la nuestra que, de golpe y porrazo, ¡zas!, se funde con nuestros raíles. Durante un segundo, quizá a lo largo de tres metros de acera, compartimos camino. ¿Adónde los dirigirán sus pasos? ¿Qué estarán pensando? ¿Serán hoy felices? Y como llegaron a nuestra vida, se van. Se diluyen de nuevo en el paisaje anónimo de la ciudad. Desaparecen para siempre.

Hay unos pocos, no obstante, que no se van. Algunos elegidos por el azar insisten en cruzar su zancada con la nuestra, y vuelven a aparecer al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente… Y, de entre ellos, solo un puñado pequeño, de los de mano de niña de dos años, se queda para hacer del nuestro un camino diferente. Nuestra vida se construye así entre decisiones y casualidades de un destino caprichoso que determina incluso cómo comienza a su vez la vida de tus hijos.

Un enredo imposible de decisiones y casualidades nos hizo dar con nuestros huesos en una ciudad vestida con boina a la que nunca quisimos venir. Un buscador veleidoso nos llevó un día a la bitácora de un papá que a su vez conoció por casualidad a la mamá de su vida. Y sin saber muy bien cómo aquel papá y aquella mamá se metieron en el puñado de esos pocos que repetían en la nuestra. Y después de dos años de paseos cruzados, nadie supo cómo, acabaron teniendo un papel fundamental en el nacimiento de nuestra segunda hija. Y aquella niña cuyo trayecto apenas comenzaba quiso dejar que la casualidad decidiera que tres matronas estuvieran de guardia y que fueran ellas y no otras quienes, por casualidad, atendieran a aquella mamá que tantas veces había soñado cómo quería que fuera su parto.

Y así, como sin querer, aquellas personas que ella no conocía fueron las primeras en cruzarse en su camino por casualidad, y por suerte. Y así, sin palabras que nadie pudiera entender todavía, aquella bebé se preguntó adónde se dirigirían aquellas chicas encantadoras vestidas de verde; qué estarían pensando; y si serían entonces felices como parecía serlo su mamá en aquella noche de luna casi llena de un mes cualquiera de octubre. Y todo, por casualidad.

La cuadrilla

No hizo falta que mi camino se desviara hacia una oficina en las afueras para que empezara a echarlos de menos. El verano se plantó un día colándose entre las ramas del pino y de los plátanos que nos cobijaban cada mañana en el parque de siempre. Y con él llegaron las vacaciones; las escapadas al pueblo con los abuelos; los campamentos de verano para bebés que tienen que acostumbrarse al ritmo de las clases de cara a un septiembre que cada año llega para cambiarlo todo…

De repente las 10 de la mañana dejaron de ser el momento de llegar al parque y encontrarnos a Katrina. El colorido tupper de fruta meticulosamente pelada y cortada por su abuela cayó en un olvido gris para dar paso a mi hora de comer un puñado de frutos secos delante del ordenador. De los tomates cherry que tan generosamente compartía con nosotros solo queda el recuerdo de las salpicaduras chorreantes de pepitas sobre alguno de mis pantalones.

De un día para otro empezaron a desdibujarse en mi memoria de pez esos papos preocupados de Alba. Alba, cuyas caras de susto siempre me hicieron tanta gracia, imposible expresar más con menos. Nos conocimos cuando se pasaba el día sentada sobre la arena, limpiándose las manos con un «pis pas», como decía su abuela, mi abuela favorita del parque. No llegamos a despedirnos, pero me habría despedido de una niña a la que vi aprender a caminar y convertirse en una pequeña aventurera independiente y desprendida de todo lo material.

Como quien no quiere la cosa desapareció de mi campo de visión el otro ramo de rizos dorados del parque, los de la tocaya de Alba. Nunca tuve oportunidad de intercambiar palabra alguna con ella, tal era su inquietud. Compensaba la falta de palabras con sus carreras, siempre de arriba para abajo hiciera frío o calor, con una sombra maternal persiguiéndola a todas horas de zancada en zancada.

Sin comerlo ni beberlo dejé de ver a Marta venir corriendo a nuestro encuentro o salir disparada al de cualquier otro niño. Nunca le faltaba un abrazo y siempre le sobraban ganas de correr, sus diminutos rizos negros impecablemente recogidos con un lazo. Siempre pensé que era mayor de lo que era. Nunca aprenderé a adivinar la edad de los niños…

De pronto dejé de oír hablar de Aimar y de su abuelo madridista hasta la médula. «Aimar, Aimar, Aimar…». Nunca supe qué veía nuestra chiquitina en aquel niño mayor que sorprendentemente se convirtió en lo que probablemente fue su primer amigo. Con el casco que nunca dejaba de proteger sus ideas de bombero no faltaba a su cita bajo la pirámide de cuerdas para correr y correr y correr en una espiral interminable. Sin darme cuenta me quedé con las ganas de ver a nuestra hija pilotando la moto de Aimar, la más rápida de la pista, pero demasiado grande para esas piernecitas que aún no habían pegado el estirón suficiente.

Como por arte de magia se esfumaron los quiquis de Olivia y de Lía y de Abril, y con ellas se fugaron Ramón y Lucas, y el pompero de la discordia, y la pala de jardinería, y la pelota de tenis chupada y rechupeteada. Mucho antes cayó Lola en el olvido, parte inseparable del dúo «Alba y Lola» que escuchaba como un mantra de camino al parque en boca de una niña que aún no sabía lo que era jugar de verdad con otros chiquillos. La gracia que me hacía aquel absurdo interés por el paradero de ambas…

De buenas a primeras desaparecieron Mario y Raúl y Nico y sus coches, y nunca más tuve la oportunidad de convertirme en el héroe que hinchó su balón de fútbol el día que nosotros quisimos jugar al baloncesto. Con ellos se fue Gabriel, persiguiendo como siempre una pelota delante de esa mamá tan simpática que con tanto cariño nos trataba.

Un día, sin previo aviso, se apagaron los ojos enormes de Ainhoa, que solo competían con los de su propio hermano por ser los más luminosos del parque. Dejaron de cruzarse en mi camino y nunca más volvimos a jugar a ser leones ni a gritar con todas nuestras fuerzas hasta que el parque entero pusiera cara de susto.

Se fueron como llegaron, buscando la sombra del parque que aliviara un verano cualquiera de una ciudad achicharrada. Durante un año nos lo dieron todo con esa entrega inocente e infinita de los niños que confían en ti. Se convirtieron en nuestra primera cuadrilla, en nuestra tribu de abuelas. Su bolsa de juguetes fue tan nuestra como suya era nuestra fruta del almuerzo. Llegaron por sorpresa y se fueron en silencio, sin despedidas que ninguno entendería. Y se llevaron mucho más de lo que yo habría imaginado.