Moderación o abstinencia

Ya me pasaba antes de aparcar el trabajo, pero desde que paso tantas horas a solas con una niña pequeña le doy muchas más vueltas a las cosas. De esas vueltas nacen muchas de mis entradas, como vía de escape para no volverme loco y para sintetizar los argumentos en uno y otro sentido que componen las discusiones con las que mi monologuista interior me tortura. Así llego hoy otra vez aquí, dispuesto a volver a cogérmela con papel de fumar para desesperación vuestra.

Una preocupación un poco cínica

Esta semana se alarmaban los contertulios del Hoy por hoy de la SER. Al parecer, Youtube y otras plataformas similares no deberán dejar de emitir publicidad de bebidas alcohólicas de alta graduación, a diferencia de lo que algunos habían interpretado en un primer momento. Teniendo en cuenta que cada vez son más los niños —no digamos ya los jóvenes— que acceden habitualmente al contenido disponible en ese tipo de canales, se observa ahí una fisura curiosa en el alcance de la regulación de la publicidad de dichas bebidas en nuestro país. Sobre lo que ven nuestros hijos en sus pantallas y la necesidad o no de supervisión por nuestra parte podemos discutir otro día…

Esa preocupación en voz del nutrido grupo de comentaristas me ha dado que pensar: ¿tiene algún sentido acudir armados de prohibiciones a los fabricantes sin revisar antes lo que presencian nuestros hijos cada día a nuestro lado? La experiencia acumulada durante años de cínica lucha contra el tabaquismo hace ver que limitaciones en la publicidad pueden ser positivas de cara a la reducción del consumo. Pero ¿no estamos viendo pajas en ojos ajenos? No soy capaz de imaginarme a un padre fumador tratando de evitar que sus hijos entraran en contacto con anuncios de Marlboro y, sin embargo, es precisamente eso lo que estamos haciendo como sociedad en conjunto. Un poco sinsentido, ¿no os parece?

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Gracias, hijo. Toma un caramelo.

Una aplicación para los padres

Es conocido el tópico de que los homosexuales son un público interesante para muchas marcas. Presupone el tópico que tienen un poder adquisitivo elevado —como si la orientación sexual tuviera algo que ver con el dinero— y que normalmente llevan una menor carga de obligaciones familiares a los hombros —como si una pareja de gays o lesbianas no pudiera tener una familia normal y con hijos—. No sé qué base real tendrá este lugar común.

Desde que entré a formar parte del equipo de casados y con hijos de ese partido «solteros contra casados» que a veces parece la vida he detectado, no obstante, otro grupo de población que constituye un suculento objeto de deseo para las marcas: los padres primerizos. Podría hablar de padres en general pero creo que los primerizos somos especialmente vulnerables. En este caso el poder adquisitivo no es el factor determinante. Con independencia de los ingresos que tenga cada familia, lo que está claro es que buena parte del dinero empieza a chorrear por el colador lleno de agujeros en que puede llegar a convertirse la vida familiar. Lo importante aquí es otra cosa: la inocencia y la inexperiencia. Somos la víctima perfecta para todo tipo de vendedores de motos y ungüentos curalotodo. Llenos de dudas, ávidos de soluciones rápidas y fáciles… cualquier invento nos parece útil si es capaz de darnos 5 minutos más de vida un día a la semana.

No debería, por tanto, sorprendernos que también en el mercado de las aplicaciones móviles seamos precisamente los padres los destinatarios de decenas de herramientas que pretenden hacernos la vida más fácil. Es el caso de KidzAward, aplicación que conocí gracias al espacio «Estartapeando» que en el «Hora 25» de la cadena SER presenta diariamente todo tipo de proyectos emprendedores de nuestro país. Bajo el título de «Estartapeando: hay que portarse bien», una de las creadoras de la plataforma Kidz in mind hizo un breve recorrido por las bondades de su último producto. Podéis escuchar la entrevista completa desde este enlace.

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BLW, papá también aprende

Es mucho lo que se ha escrito ya sobre el baby led weaning o BLW, como se conoce en inglés a la alimentación complementaria dirigida por el bebé. Ya os he contado en más de una ocasión que, antes de tener la suerte de ver nacer a mi hija, sabía yo tanto acerca del funcionamiento de un bebé como del mantenimiento de una central termonuclear. Me sorprendió enormemente, por tanto, enterarme de que niños tan pequeños son capaces de manejar alimentos mucho más allá de las tradicionales «tres pes»: purés, papillas y potitos.

Se ha escrito mucho sobre el método, ya digo, así que dejaré que cada uno acuda a las fuentes que considere más oportunas para informarse sobre las bondades y maldades de este método que algunos consideran revolucionario y que otros entendemos como natural. Podéis bucear en la Madresfera en busca del relato de otros padres que os contarán cómo sus hijos empezaron a comer —o no— mientras trataban de aplicar con más o menos éxito la filosofía que propone el BLW.

No os voy a contar lo que nuestra hija aprendió o dejó de aprender, ni os voy a dar consejos sobre cómo sobrevivir al apocalipsis de las manchas, a los comentarios cansinos de terceros, o a los bebés escupidores. Os voy a contar lo que a mí me ha aportado, y me sigue aportando, cada día que comemos juntos los dos:

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