Camino, papá; camino, mamá

El de la paternidad es uno de esos viajes plagados de sorpresas y aprendizajes inesperados. Descubres una versión de ti capaz de aquello que nunca te habrías imaginado haciendo; adquieres habilidades y conocimientos que jamás pensabas que aprenderías. Como cuando una siesta mal planificada te enseña a quitarte unos pantalones sin usar las manos para poder subir a la cama reptando de rodillas y, en un escorzo imposible, depositar con suavidad sobre el colchón un bulto inerte de 12 kilos blanditos de puro amor.

Pero también aprendes cosas importantes de verdad. Una de aquellas en las que nunca había caído es en que aprendería a ser mejor hijo o, quizá más bien, a ser al menos un hijo más completo, uno que comprende mejor a sus padres. Porque sí, amigos, quien elige no recorrer la etapa de la paternidad se pierde vistas fundamentales en el camino que uno completa como hijo. Continúa leyendo Camino, papá; camino, mamá

Los abuelos están para malcriar

Esta de hoy va a ser una entrada a mitad de camino entre el desahogo y la reflexión. Como tantas veces, dejaré más preguntas en el aire que respuestas sobre la mesa. El camino, estoy seguro, me servirá para dejar a un lado mis juicios rápidos y trabajar un poco más en uno de los objetivos que, como padre, me he propuesto para este tercer año de vida de nuestra hija: mejorar mi tolerancia con los abuelos. Espero que un relativista como yo sepa hacerlo.

Delegar la crianza. ¿En manos de quién?

Si me conocéis, es probable que me hayáis leído o escuchado defender la crianza en tribu o, al menos, lamentar su declive debido a nuestro estilo de vida actual. Sin embargo, soy muy consciente de que tengo un grave problema de confianza a la hora de permitir que otras personas intervengan en la educación y los cuidados de mi hija. ¿Exceso de celo o perfeccionismo? ¿Falta de fe en los demás? Un poco de todo y alguna mala experiencia anterior hacen que me cueste delegar en todos los ámbitos de la vida. Qué le vamos a hacer… Y si me cuesta poner mi trabajo en manos de terceros, cómo no me iba a resultar difícil dejar la crianza de mi hija a cargo de otros, precisamente una de las tareas más complejas y que yo entiendo como más importantes en la vida.

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¿Iguales e intransferibles?

Lactancia materna, artificial o mixta. Porteo ergonómico, no ergonómico o silla de paseo. Sistemas de retención a favor o en contra de la marcha. Dejar llorar o acudir al instante. Baby-led weaning o papillas. Son innumerables los temas que generan enfrentamiento y división entre los padres. Algunos dan pie a discusiones muy encendidas que nunca llevan a ninguna parte y, sin embargo, siempre podemos irnos a casa y seguir con nuestra vida o desviar la vista de esa pantalla en la que un infumable hilo de Twitter nos está sacando de nuestras casillas.

¿Siempre? Quizá no, porque hay un ámbito de la vida familiar cuyo devenir no depende exclusivamente de nosotros. Estoy hablando de los permisos. Las bajas maternales y paternales, los permisos remunerados o no, las excedencias… nos encontramos ante un tema harto complejo que reúne en la misma discusión aspectos relacionados fuertemente con la igualdad y con la conciliación. Se mezclan argumentos y razones procedentes de la Medicina, del parecer personal de cada uno, del feminismo visto desde ángulos contrapuestos, del ámbito laboral y legislativo… Imposible, por tanto, que la solución sea única y sencilla.

En las últimas semanas dos noticias relacionadas con este asunto han causado revuelo entre quienes nos preocupamos por este problema —porque sí, es un problema—. El hecho de que nos preocupe e indigne en uno u otro sentido me parece de entrada una señal positiva; un signo de que queremos ver más allá de la vida de hormiguitas productivas que nos han querido vender; una ventana a la esperanza de que nuestra sociedad entienda que nuestros hijos nos necesitan y que su vida no puede ser únicamente asunto de mamá.

El primero en hacer saltar los resortes de parte de la población de padres fue el pediatra Carlos González. Partidario de eso que algunos llaman la «crianza con apego», es a menudo criticado desde círculos feministas que entienden que trata de imponer un modelo de madre y mujer que ya debería haber quedado atrás. En esta ocasión sus declaraciones en una conferencia para el Congreso de Enfermería de León levantaron ampollas cuando sugirió que la madre debía ser la principal responsable del cuidado del bebé durante los tres primeros años, dejando de lado su carrera profesional o cualquier otra ocupación que tuviera.

La segunda noticia llegaba desde un Congreso que aún no había alumbrado Gobierno alguno. Como consecuencia de una iniciativa de Unidos Podemos, la cámara aprobó una proposición para extender hasta las 16 semanas el permiso de paternidad, igualándolo así con el de la madre y haciéndolos ambos personales, intransferibles y remunerados al 100%. No es la primera vez que se aprueban iniciativas similares y, de hecho, desde hace ya 6 años la ley prevé un incremento en la duración del permiso de paternidad que aún no se ha puesto en práctica debido a las dificultades presupuestarias —y a la poca prioridad que nuestros políticos le han concedido a este tema hasta ahora, obviamente—. Veremos por tanto en qué queda la nueva proposición y si hay motivo para que los partidarios de una u otra forma de entender los permisos se lleven las manos a la cabeza.

Ambas propuestas se encuentran en extremos opuestos en cuanto a su forma de entender la conciliación familiar y laboral y, sin embargo, comparten una característica común. Una que, desde mi punto de vista, constituye un error habitual. Y es que ambos caminos pretenden imponer una solución rígida a millones de familias que han optado por modelos de crianza, de trabajo y, en definitiva, de vida completamente diferentes unos de otros. Como consecuencia se genera un triste enfrentamiento entre padres y madres que, en el fondo, queremos lo mismo: una forma de compatibilizar las facetas laboral y familiar de nuestra vida que nos permita dar a nuestros hijos lo que nosotros consideramos mejor para ellos.

No sé vosotros, pero yo soy incapaz de proponer una solución ideal para todas las partes. Si evitamos quedarnos en los titulares y ponemos todos los argumentos sobre la mesa, veréis que no es tarea sencilla.

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Las 4 mamás de papá

Llegué tarde al Día del Padre. Era inevitable: papá llega tarde. Dejé pasar otra oportunidad de darle las gracias a papá, al mío, por tanto, por todo. No quiero que pase lo mismo esta vez con mamá.

Ha habido, hay y habrá muchas mamás en mi vida, pero cuatro de ellas han sido y son algo más. Sin ellas, yo no sería papá. Más aún, sin ellas, yo no sería. Nada, ni papá, ni nada. No sería papá sin mamá; y menos sería si no hubiera sido por la mía, mi mamá, y la suya, la abuela, y la de papá, la otra abuela. Es un jaleo, lo sé, pero ahora os lo explico.

La abuela, la de mamá

Mi abuela, la madre de mi madre, murió hace ya muchos años. Me da vergüenza no recordar cuándo. Sólo sé que yo era pequeño, aunque no lo suficiente como para no darme cuenta de lo que estaba pasando. Fue una Navidad amarga que no ha impedido que sigan siendo unos días muy especiales cada año en casa de mis padres.

Espero no olvidar nunca el último recuerdo que conservo de mi abuela. Yo sabía que estaba muy malita; no me dejaban verla. No sé si era Nochebuena o si sucedió el día de la víspera, pero me llamaron al dormitorio. No hubo palabras, no hacían falta. Levantó con esfuerzo la mano que reposaba sobre la cama antigua, esa mano que tantas veces había rallado para nosotros la tableta de chocolate para fundir los domingos por la tarde, y la mano de aquel niño asió los dedos arrugados de su abuela. Apretamos, como si fuera la última vez, como si no fuera a haber un mañana. Porque no iba a haberlo.

A pesar de que no me vería crecer más, recuerdo con muchísimo cariño a mi abuela mayor. Era la abuela de las croquetas inigualables, la que nos cuidaba los domingos cuando papá y mamá acudían a esas reuniones que hoy habrían llamado «escuela de padres». Era la abuela futbolera, la que sintonizaba los partidos de aquel Real Burgos, el «matagigantes», en el transistor de la cocina. Era la abuela que veía los toros por la tele cuando podía, la que paseaba con nosotros sobre sus piernas agotadas de artrosis por el entonces paseo del Conde de Vallellano, hoy Paseo de la Sierra de Atapuerca. Era la abuela que venía con nosotros al campo y a Galicia en verano, la que nos daba bolsas de arroz para dar de comer a las palomas de la Plaza Mayor, la que nos compraba un cruasán en el Alonso del Espolón…

Era una abuela cariñosa y bonachona, aunque la vida nunca se lo puso fácil. Sacó adelante a sus hijos ella sola en una época en la que nadie se planteaba si tener un segundo hijo le permitiría pagar la cuota mensual de Netflix, aun cuando quizá a veces tuvieran apenas para comer. Pero ni la vida más dura le hizo tener jamás un mal gesto para con nosotros, y hoy la recuerdo con tanta ternura que sólo pensar en ella me hace llorar. Con lágrimas cariñosas por todo lo que recuerdo de ella; tristes también por todo lo que no pudimos ya compartir. Me da una gran pena que nunca llegara a conocer a mamá —estoy seguro de que se habrían querido muchísimo—, que no pudiéramos llevárnosla más de viaje, que no vaya a disfrutar de una bisnieta en la que descubro gestos que eran suyos…

Gracias, abuela.

La otra abuela, la de papá

«Cada vez un poco más para abajo, pero bien, dentro de lo que cabe». Esa es la respuesta que mi abuela me ha dado cada día a la pregunta «¿qué tal, abuela?» desde que tengo memoria. Y, sin embargo, ahí está, viviendo sola en su casa impoluta más cerca ya del centenario que de los noventa años que hace tiempo dejó atrás.

Mi abuela es una abuela castellana, sobria y religiosa, fiel a su rezo del rosario, al paseo por la orilla del río a primera hora de la tarde, y a la partida de cartas de los domingos. Como la otra, la de mamá, también hace tiempo que perdió a su compañero de viaje, como a tantos otros a los que ha tenido que ver enterrar en sus largos años de camino. Y, sin embargo, qué difícil es encontrar una queja en sus labios, los mismos que cada día dan buena cuenta de las dos nueces que nunca han faltado en su postre de mediodía. Casi tan difícil como vislumbrar una lágrima asomando en sus ojos, que sólo se permiten mostrar debilidad una vez al año, cuando el orgullo de madre, abuela y bisabuela se apodera de ella en su cumpleaños mientras la familia completa que ella un día empezó le dedica un «Cumpleaños feliz» más delante de un ramo de flores. Otro más.

La abuela de papá vivía cerca de casa, así que solía cuidarnos cuando caíamos enfermos. Nos llevaba al médico, y nos quedábamos con ella en casa cuando papá y mamá no estaban. La abuela de papá es la que nos saca patatas, galletas y aceitunas los domingos, la que carga con una botella de vermú y otra de moscatel desde el supermercado porque es la tradición del domingo después de misa a la que no queremos faltar. La abuela de papá es la que nos enseñó a saber vivir con lo justo y necesario, la que siempre ha sido ejemplo de sencillez y fidelidad. La abuela de papá ya no puede agacharse más para jugar con su bisnieta, pero los ojos de su cara aguileña siguen brillando igual que el primer día con la satisfacción de haber puesto la primera piedra para tantas cosas, para tanta felicidad.

Gracias, abuela.

Mamá, la mía, mi madre

No hay nadie en el mundo con quien tenga más facilidad para discutir que con ella, mi madre. No sé si soy yo quien le lleva la contraria a ella, o si es ella quien se empeña en pensar diferente que su hijo mayor, pero es así. Y, sin embargo, o quizás precisamente por eso, la quiero.

A mi madre no le gusta cocinar. Ni lo más mínimo. Hace años que dejó de funcionar el horno de casa y nunca he sido capaz de convencerla para que lo cambien. Y, sin embargo, o quizás justamente por eso, la quiero.

Mi madre nunca ha tenido una salud de hierro. Una espalda maltrecha desde la niñez le impidió correr con nosotros, nadar a nuestro lado o hacernos volar en brazos por los aires. Y, sin embargo, nadie nos ha ayudado tanto nunca a volar. Y por eso también, la quiero.

Mi madre pasó muchas horas alejada de nosotros, trabajando noches y fines de semana en los agresivos turnos de una fábrica que no entendía de conciliación. Trabajó más allá de lo que su salud habría deseado y sufrió más allá de lo que cualquiera habría merecido. Y por eso también, la quiero.

Mi madre nos enseñó más de lo que ella misma sabía; nos enseñó el camino de la igualdad en el hogar, el valor de las palabras, la importancia de decir «te quiero», la necesidad del arrepentimiento y el perdón. Y por todo eso, la quiero.

Discuto mucho con mi madre; a menudo me falta la paciencia y soy injusto con ella. Como lo fui —mucho, demasiado— siendo el adolescente difícil en que en algún momento me convertí. Pero sin ella no sería la persona que soy hoy; sin ella no entendería el valor de mi familia como hoy lo concibo; sin ella no sabría querer así. Sin ella, no sería yo. Y por eso, la quiero.

Gracias, mamá. Y lo siento. Y te quiero.

Mamá, la última, la de casa

A mamá ya la conocéis. Es la que se acuerda de las cosas, la que me recordó que tenía que ser padre, que ya llegaba tarde. Sin ella estaría perdido, seguro. Mamá es la valiente, la figura del cariño incansable en casa, el beso que nunca falta, el abrazo de después de cenar, el café de después de comer. Mamá es la que hizo que todo esto tuviera sentido, la que sigue dándoselo cada día. Es la que aguanta la falta de sueño, la que soporta la ausencia total de descanso. Mamá es la única que podía ser. Mamá es la que tenía que ser.

Gracias, mamá. Te quiero. Y felicidades, mamá.