En casa somos «cheepsters»

cheepster

voz inventada, del inglés «cheese» —quesoy «hipster» —pues eso, hipster—.

El día que se enteraron en mi oficina de que los yogures que llevo para desayunar son caseros, ya me dijeron que soy eso, un «hipster». Por aquel entonces no sabían que también hacemos todo tipo de derivados lácteos como queso y requesón, además de pan y alguna otra cosa más. Y que tengo dos cámaras analógicas, eso tampoco lo sabían. Si la barba larga no me resultara tan molesta al comer, podría optar a un piso de protección oficial en Malasaña.

En realidad en casa nos dan igual las modas. Desde luego, nos hace gracia compartir nuestras creaciones y que nuestros amigos disfruten —o sufran— los resultados de nuestros experimentos. Pero ya éramos muy amigos de lo casero antes de que las camisas de cuadros llegaran al cuerpo de los «gafapastas» y seguiremos siéndolo cuando sus barbas abandonen sus mentones dejándolos lampiños cual culitos de bebé y regresen al peludo planeta del que nunca debieron salir.

Tengo que reconocer, eso sí, que desde que somos papás y, especialmente, desde que nos iniciamos en los oscuros caminos del BLW, hemos llevado el gusto por la cocina casera hasta límites insospechados, hasta el punto de que la mayor parte de las tardes de la mayor parte de los días de la mayor parte de las semanas la dedicamos a cocinar. Y lo más bonito es que no solo nos encanta a mamá y a mí, sino que la gusanita se enfada muchísimo si no la dejamos ver de cerca todo lo que vamos haciendo en la encimera. Apunta maneras organizando macarrones en platos, ya veréis.

Todo esto viene al cuento porque me gustaría hacer un pequeño alegato en favor de una vuelta a lo casero, a lo analógico, a las cosas hechas despacito y con amor. Llevamos un ritmo de vida de locos, agobiados por la cantidad de series que tenemos que ver, las horas que debemos pasar en el trabajo, la avalancha de información digital que nos abruma desde el diminuto LED de notificaciones en la esquina superior izquierda del móvil Y sumergidos en esa actividad frenética, hemos perdido la capacidad de deleitarnos de verdad con algo; no nos concentramos ni para ver una película en el sofá, somos incapaces de dedicar una tarde a disfrutar cosas tan sencillas como cocinar en familia o construir un fracaso de juguete casero.

En nuestra casa hemos convertido la cocina en una actividad familiar. Y la disfrutamos ya desde antes de meternos en harina, desde el momento mismo en que hemos transformado muchos de nuestros paseos diarios por el parque en paseos por las tiendas, el mercado y el súper del barrio. Solo por eso ya merece la pena ser unos «cheepsters», pero es que, además, lo casero nos permite controlar mucho mejor los aditivos que evitamos, la calidad de los ingredientes que utilizamos y el trato que les dispensamos. Y, por si fuera poco, me gusta pensar que con ello transmitimos una serie de valores preciosos a nuestros hijos, y pongo algunos ejemplos:

  • Les enseñamos a apreciar lo que cuesta hacer las cosas. Podemos comprar un kilo de queso en Mercadona por 3€, desde luego, pero también podemos regalarles la experiencia de comprar una garrafa de leche de cabra a un granjero y dedicar una tarde entera a elaborar con paciencia cantidad de productos a partir de ella.
  • Les enseñamos el valor de la paciencia y la magia de la Química, la Física y la cocina. Porque asistir a la transformación de la leche en queso, o ver cómo crece en el horno un pan hecho con tus propias manos son actividades con un tinte casi mágico que muchos niños nunca conocerán. ¿Cuántos niños urbanitas desconocen absolutamente de dónde vienen las cosas que comen? Es un poco triste, ¿no? Treinta y dos años tardé yo en enterarme de dónde vienen las coles de Bruselas porque no, amigos, no las trae un señor bigotudo y entrado en carnes en bici desde Bruselas, no; hemos vivido engañados todos estos años. Imperdonable.
  • Les enseñamos a ser responsables con los recursos, a cuidar el medio ambiente, a ser consumidores con conciencia. En cualquier supermercado de nuestro entorno podemos adquirir casi cualquier tipo de alimento a precios irrisorios, precios que casi le hacen a uno preguntarse cómo puede haber alguien al final o al principio de la cadena que pueda siquiera malvivir con semejantes márgenes.
    Duele más tirar la comida que has construido con tus manos, igual que duelen más las fotos malgastadas en el carrete de cualquiera de mis preciosas cámaras analógicas. Ya no valoramos las fotos, ¡porque son gratis, son infinitas! Yo tengo que elegir con mucho cuidado el momento perfecto para disparar, estudiar la luz y el gesto del sujeto. ¡Y tengo que tener la paciencia de esperar a completar el carrete antes de ver el resultado! ¿Creéis que a los niños de hoy les enseñamos a tener paciencia en un mundo en el que todo es y debe ser inmediato?

Sé que me emociono demasiado cuando desvarío sobre estos temas. Soy un maldito romántico, pero también soy el primero que consume marcas tras las que se esconden procesos contaminantes, aditivos tóxicos y condiciones laborales lamentables. Aun así, me gusta pensar que en pequeños gestos como estos se empieza a gestar la transformación de mi forma de vida; sé que el mundo no va a cambiar fácilmente, pero podemos hacer que en el pequeño mundo de nuestro hogar, de nuestra casa, las cosas sean un poco más caseras, más respetuosas con lo y los que nos rodean, hechas con el amor y la admiración inocentes del niño que por primera vez siente que la harina empieza a convertirse en pan entre sus deditos.

Sí, somos «cheepsters», y a mucha honra.

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Panel de juegos en fieltro: el anti-tutorial

En la vida, cuando vamos a enfrentarnos a cualquier tarea hay dos cosas que tenemos que tener claras:

  1. Cómo hacerlo.
  2. Cómo no hacerlo.

Me atrevería a decir que la segunda es incluso más importante que la primera. Si no sabemos cómo hacerlo, podemos ingeniárnoslas para completar la tarea con más o menos éxito; pero si no sabemos cómo no hacerlo, estamos condenados a terminar haciéndolo precisamente así: como no se debe.

En casa somos expertos en no tener ni idea de cómo no hacer las cosas, así que se nos da genial fracasar estrepitosamente en un intento tras otro de sacar adelante nuestros planes llenos de ilusión. Hoy os traigo por eso un fantástico tutorial con el que no aprenderéis a hacer nada, pero que os permitirá adquirir un conocimiento valiosísimo sobre cómo no hacer algo. ¿Vamos con ello?

¿Qué queremos no construir?

En el tutorial de hoy vamos a no construir un panel de juegos fabricado con fieltro. Se trataría de un sencillo fondo natural sobre el que nuestros niños podrían disponer muñequitos de fieltro sujetos con velcro.

1. Primer paso: cómo no elegir el fondo

El fondo ideal sería uno sencillo y de colores planos. Llevándolo al extremo, podríamos escoger incluso un único color —podría ser el azul del cielo, por ejemplo—. Pero aquí hemos venido a jugar y no vamos a conformarnos con algo tan sencillo, así que si queremos no construir un panel que funcione, nada es tan efectivo como complicarnos la vida utilizando varios colores que ya veremos cómo no sujetar al panel.

2. Segundo paso: cómo no fijar el fondo

En un panel en condiciones, nos haríamos con una plancha finita de ocumen de las dimensiones apropiadas u otro soporte más o menos rígido que encontremos y pegaríamos la hoja de fieltro aplicando pegamento adecuado por toda la superficie para evitar que se mueva y se levante al despegar los muñecos. Evidentemente, si lo que queremos es que el panel sea un fracaso, lo mejor será sujetar el fieltro solo por los bordes de la tabla, de manera que cada vez que queramos arrancar un elemento de su velcro correspondiente nos llevemos toda la lámina de fieltro detrás.

3. Tercer paso: cómo no diseñar los muñecos

Podríamos dibujar las plantillas de los muñecos en papel antes de calcarlas sobre fieltro de distintos colores pero correríamos el riesgo de que nos saliera bien. Las probabilidades de éxito disminuyen notablemente si, en lugar de eso, recortamos directamente las figuras en el fieltro a las bravas, que para eso veíamos MacGyver de pequeños. Evitaremos recortar figuras sencillas con áreas grandes en las que pegar cómodamente pequeñas piezas de velcro; lo que haremos será más bien centrarnos en siluetas con áreas muy finitas llenas de esquinas y curvas que sea prácticamente imposible sujetar a ningún sitio.

4. Cuarto paso: cómo no adherir el velcro

La idea es disponer trocitos de velcro aleatoriamente por todo el fondo a los que se podrán enganchar las figuras que hemos recortado en el paso anterior, que llevarán a su vez al dorso pequeños trozos de velcro de la parte contraria. La forma ideal de que no funcione nada será pegar el velcro aprovechando únicamente el adhesivo que trae detrás; si, además de eso, cosiéramos las piezas de velcro al fieltro, conseguiríamos evitar que aquel se desprenda constantemente del fondo y de los muñequitos cada vez que queremos cambiar uno de posición. Y no queremos evitarlo.


 

Si habéis seguido atentamente los pasos anteriores, habréis evitado construir un panel de juegos de fieltro que sirva para algo. En su lugar, tendréis un panel inútil como el nuestro pero que visto de lejos puede incluso parecer algo interesante. En cualquiera de los dos casos, lo más probable es que vuestros hijos ignoren completamente el nuevo artilugio. Sin embargo, sí os garantizo que pasaréis un par de tardes todos juntos muy entretenidas tirados por el suelo entre láminas de fieltro, tijeras ojo ahí y pegamento más ojo.

¿Un mundo para niños?

«Si no sois maestros de parvulitos o cuidadores en una guardería, o pediatras o enfermeras de pediatría, o los hermanos muy mayores de la familia, es posible que no estéis acostumbrados a la sensación única de estar con niños, de convivir con ellos, de ver sus alocados ritmos, su absoluta y fatigosa para los adultos vitalidad, sus rápidos cambios de humor, su picardía e inocencia, su falta de prudencia ante peligros cotidianos, lo hábiles que son para sus cosas y lo que les falta por aprender, lo ruidosos que son, lo que cansan el brazo y la columna del adulto que los sostiene…

Y no estáis acostumbrados, entre otras cosas, porque a los niños los hemos apartado en todo el orbe industrializado de nuestra vida cotidiana y más cuanto más pequeños son: les creamos un mundo aparte. No participan de reuniones de mayores, no van al teatro o al cine, y si no tienes amigos o familiares que tengan niños, apenas los ves porque, para leer el periódico, si no tienes niños, no te pones cerca del parque donde juegan y están con sus mamás y papás. Nos hemos desacostumbrado de ellos y en realidad nos molestan a fuerza de no oírlos ni verlos.»


 

«Tú eres la mejor madre del mundo»
José María Paricio

Hemos tenido suerte. Creo que hasta ahora no hemos tenido ninguna experiencia desagradable como para decir que el mundo que nos rodea «odie» a los niños. No nos han llamado la atención en ningún restaurante, no hemos tenido quejas de ningún vecino a pesar de las malas noches —más bien al contrario—, y no hemos percibido miradas reprobatorias en el metro cuando la gusanita se cansaba y empezaba a protestar.

Hemos tenido suerte también porque es una niña muy simpática que enseguida se gana a todo el mundo, y aunque no podría ser más movida, todavía no ha entrado del todo en la fase de las rabietas. Sus protestas son aún relativamente fáciles de calmar con alguna distracción, o con la teta cuando tiene hambre o sed.

Pero sé que no siempre es así. Conozco de primera mano historias repugnantes de todo tipo: llamadas de atención fuera de lugar, comentarios del todo inapropiados y broncas carentes de todo sentido común. No es difícil encontrar casos que demuestran la falta de empatía que los adultos tenemos con los niños. Somos incapaces de entender sus necesidades, de ponernos en su lugar, y nos negamos a aceptar que tengamos que aguantar los gritos de críos ajenos igual que yo me niego a admitir que tenga que pisar la mierda de perros que no son míos.

Como decía, nuestra experiencia ha sido más positiva que negativa, pero incluso así, es llamativa. Porque tiene que extrañarnos que un tipo normal y corriente como yo —aprovecho que no me conocéis para decir que lo mío es normal, sí— haya llegado a sus «treintaytantos» sin haber tenido apenas contacto con bebés o niños pequeños. Yo era, y aún hoy soy, un absoluto ignorante en la materia. Y no es que yo haya huido de ellos, no; siempre me han hecho gracia los niños. Es que en mi mundo ¡no había niños!

Cuando vivíamos en Alemania me llamaba la atención la práctica ausencia de personas mayores por la calle. Nunca veíamos ancianos. Ahora que estoy en otra etapa de la vida, me doy cuenta de que aún más extraña es la nula presencia de niños en nuestro día a día. No estamos acostumbrados a tratar con ellos, a ver lo que hacen; no sabemos qué necesitan, qué esperan de nosotros, y eso nos lleva a dudar sobre cómo debemos comportarnos con ellos. ¿No es sorprendente la cantidad de gente que tiene miedo de coger en brazos a un bebé? ¡Nos da miedo romperlo!

Hablamos a menudo de cómo Internet nos permite a muchos padres recuperar esa «tribu» que nuestra forma de vida nos ha llevado a perder, pero a los niños se la hemos robado sin alternativa. Los llevamos a la guardería «para que socialicen», decimos, pero ¿cómo van a normalizar sus relaciones sociales si pasan horas y horas rodeados de bebés? Bebés tan ignorantes como ellos en cuanto a cómo se espera que se comporten entre personas mayores. Como dice José María Paricio en la cita que abría esta entrada, hemos desplazado a los niños de nuestra vida, les hemos creado un mundo blandito de colores para que no se hagan daño, pero les hemos robado el mundo real, nuestro mundo. Y es un robo en el que todos salimos perdiendo.

Sábados de títeres en el Retiro

El sábado acudimos con nuestra gusanita a la que era su segunda obra de teatro. Unos amigos, también papás, nos habían invitado a acompañarlos a alguna de las representaciones de títeres que cada sábado y domingo tienen lugar en el pequeño auditorio del Retiro —podéis consultar toda la programación en la web de la asociación que organiza las obras, Titirilandia—. Quizá haya quien piense que no parece el mejor momento para llevar a un bebé a ver títeres en Madrid, pero somos así de aventureros, qué le vamos a hacer.

Tengo que reconocer que las artes escénicas no son una de mis debilidades. Me gusta poco el teatro tradicional con su característico histrionismo, y soy poco aficionado a los musicales, con la honrosa salvedad de «Los Miserables», que me gustó más que un «El Rey León» del que salí con sentimientos encontrados. Otros géneros musicales como el ballet, la ópera o los conciertos sí son más de mi agrado, acostumbrados como estábamos en casa de mis padres a que la música clásica nos acompañara tan a menudo. Pero qué le voy a hacer, «no está hecha la miel para la boca del asno», y tan asno soy, que debo confesar que hasta me quedé dormido la única vez que fui a ver el Cirque du Soleil. Diré en mi defensa que asistí mientras sufría un ataque de «jet lag» monumental. Y mamá también se durmió, chincha.

Aunque en muchos aspectos empezamos a parecernos, en éste ha salido la gusanita más a su madre que a mí. Es tan «bailonga» que se pone a dar saltos y palmas en la trona hasta con las cortinillas musicales de la radio de la cocina, así que cualquier espectáculo acompañado por música es prácticamente garantía de éxito con ella. Y eso es precisamente lo que más me gustó a mí de la obra  «Pin8» que disfrutamos el sábado: la ambientación musical en directo. Mientras se desarrollaba la acción en el centro del escenario, un par de músicos acompañaban la obra con una banda sonora preciosa de voz, guitarra y percusión.

La obra en sí no me llamó particularmente la atención, pero yo no era su objetivo. La multitud de niños que llenaban las gradas sí la siguió con interés y con ganas de participar. Baste decir que apenas se oyeron protestas de alguno de los bebés más chiquitines, y casi ningún niño sintió la necesidad de echar a correr despegando el culete del asiento, clavados en él como estaban mientras no perdían detalle de lo que se estaba desarrollando en el escenario.

Nuestra gusanita se lo pasó mejor contemplando al resto de niños que atendiendo a los títeres que tenía delante, pero estamos acostumbrados. Quizá sean obras más orientadas a niños de algo más de edad que la nuestra, que aun así se entretuvo perfectamente durante la hora que duró el espectáculo. La sesión tuvo un final redondo con el baile abierto y espontáneo que se organiza en el cemento que hace las veces de platea, y allá que nos fuimos a mover las caderas al ritmo de las palmas con el sencillo estribillo que habíamos aprendido mientras nos contaban la historia de la marioneta Pin8.

En definitiva, me parece una ocasión bonita para pasar un rato en el parque con niños. Es gratuito, es al aire libre y mezcla música y teatro a partes iguales. Si, además, tienes la suerte de disfrutar de un día radiante como fue el sábado, te encuentras con un plan redondo de lo más sencillo.

«El bebé es un mamífero», y mamá también

Si habéis leído mi presentación, no os sorprenderá que no tenga ya ni la más remota idea de cómo conocí a Michel Odent. Puede que lo hiciera a partir de la lectura de «Mamamorfosis – Las 200 caras de la luna», libro que os recomiendo mucho a los papás si queréis acercaros un poquito más a entender lo que pasa en lo más profundo de mamá durante su maternidad. O puede que fuera después de ver el reportaje «De parto» de Documentos TV —este solo os lo recomiendo si os interesa profundizar en cómo cambia la experiencia de dar a luz en función de cómo entiende el parto cada sistema sanitario nacional—.

Con la prudencia del que se tiene que limitar a verlo desde fuera, me siento cercano a las propuestas que abogan por un parto más natural. No debemos olvidar que los avances médicos han salvado la vida de muchos bebés y mamás, pero, bajo mi punto de vista, eso tampoco debería llevarnos a medicalizar los partos sistemáticamente como si estuviéramos operando a un paciente que ha llegado enfermo al hospital. No hablo necesariamente del parto en el hogar, pero sí de enfocar de una manera más hogareña, humana, natural… el entorno y los procedimientos que rodean los partos hospitalarios.

Michel Odent fue uno de los pioneros en esa manera de interpretar el nacimiento en la especie humana. Los Reyes le trajeron por sorpresa a mamá su libro «El bebé es un mamífero», así que, interesado como estoy en el tema, aproveché para leerlo. La primera edición salió a la venta en 1990, pero su contenido mantiene la vigencia del primer día en un país como el nuestro, que encabeza todo tipo de estadísticas negativas en cuanto a intervenciones innecesarias, incluso peligrosas, en los partos —algún día habrá que hablar de la violencia obstétrica—. Empezaré por la parte negativa, para tratar de terminar con buen sabor de boca.

En primer lugar, me decepcionó un poco que el libro estuviera más orientado a la mamá como mamífera que al bebé. Quizá debido al título, me imaginaba más un estudio de las razones fisiológicas que llevan a los bebés a comportarse como lo hacen, una descripción de sus necesidades más inmediatas como animalitos que son desde el momento de su nacimiento. En su lugar, me encontré con un tratado sobre el parto desde el punto de vista de la madre como animal mamífera. Que también es muy interesante, pero no lo que yo esperaba.

En segundo lugar, los Reyes tuvieron el poco atino de elegir una pésima edición del libro. La traducción estaba llena de errores ortográficos y el diseño era paupérrimo, hasta el punto de que las pocas fotografías que incluye apenas se diferencian de un manchurrón negro de tinta. Una pena; consecuencias, supongo, de las compras de última hora en Amazon. Eso en una buena librería no pasa, ¿ves?

Por lo demás, el libro es un ensayo muy breve y fácil de leer. No es una lectura para todo el mundo, eso sí. En una sociedad digital y en permanente urgencia como la nuestra suena demasiado «hippy» apelar al carácter animal del ser humano. Nuestra forma de entender la vida moderna nos impone huir de los sentimientos y de los instintos; a nadie le importan las necesidades más viscerales y animales de una madre parturienta mientras el parto llegue a buen término. Pero como ya he hecho en otras entradas, me niego a asumir que eso deba ser así, no me vale con eso. Es absolutamente cierto que somos mucho más que mamíferos, pero precisamente por eso las cosas se pueden hacer mejor; de hecho, ya se hacen mejor en otros países, como se puede ver en el documental que recomendaba al principio. Es cuestión de querer entender necesidades más profundas que eviten negar lo que somos antes que otra cosa: seres humanos, seres animales.

El nacimiento de nuestra gusanita transcurrió en absoluta normalidad si lo medimos por los estándares a los que acostumbramos en España. Sin embargo, a la luz de este tipo de reflexiones, no podríamos decir que fuera un parto respetado ni natural. Mamá y yo ya entreveíamos durante el embarazo que queríamos hacer las cosas de otra manera, y nos esforzamos por buscar un hospital que compartiera este tipo de filosofía. Aun así, la buena voluntad de un «banner» en su web, los buenos propósitos de unos procedimientos descritos en un puñado de documentos PDF se quedan en nada sin la colaboración activa del personal, que en última instancia son parte de una sociedad que no quiere mirar atrás, mucho menos mirar en su interior.

Creo que el parto en casa no es para nosotros. Lo respeto con distante admiración y curiosidad, pero todavía entiendo que el riesgo existe y que es bueno tener toda la ayuda posible lo más cerca posible. Sin embargo, ¿seremos capaces de encontrar, de crear, alternativas?

Sí, otra de superpoderes

Una breve búsqueda en Google te permitirá encontrar centenares de entradas describiendo por qué podemos decir que papás y mamás adquirimos superpoderes en el momento en que nuestros retoños caen en nuestras manos. Soy plenamente consciente, por tanto, de que esta entrada es tan original como una equipación oficial de fútbol de 17€; pero qué le voy a hacer, se me ocurrió el domingo mientras paseaba con la gusanita dormida y no está la cosa como para desperdiciar ideas absurdas.

La Madresfera esconde una mitología tan compleja que ríete tú del universo Marvel. Hay superpoderes para todos los gustos, algunos tan delirantes como los de los protagonistas de aquella «Mistery men» que parodiaba el cine de superhéroes al uso. Cabría pensar que ya que nos estamos inventado la película, podríamos al menos elegir un poder molón de verdad, pero la realidad es que la mayoría resultarían bastante pobretones en una aventura en condiciones.

Adquirí yo conciencia de mi superpoder, como decía, dando un paseo el domingo por el parque. Como siempre que la gusanita se duerme, mi organismo entero había activado el DEFCON 1, alerta ante cualquier amenaza exterior que pudiera poner en peligro su plácido descanso. No sé los vuestros, pero nuestra bebé es muy suya con sus siestas y entra en un estado «berserker» muy destructivo por las tardes si no ha podido dormir todo lo que el cuerpo le pide.

Y ahí fui consciente. Metros, qué digo metros, ¡kilómetros! antes de que llegue a nuestro lado, mi sentido «padrácnido» —no era fácil sintetizar «padre» y «arácnido» en una sola palabra, a ver qué os pensáis— se pone alerta y detecta cualquier peligro que pudiera interrumpir el sueño del sujeto protegido. Desde que soy papá, puedo intuir cuándo va a arrancar una moto aparcada en la acera antes de que su dueño supiera siquiera que iba a comprarse una moto; detecto un perro ladrador antes incluso de que ponga la primera pata en el parque; huelo el grito que va a pegar un niño al pasar junto a nosotros mientras sus padres están todavía manos a la obra tratando de concebirlo.

En los ejemplos anteriores he aplicado el factor de exageración del 50% que todos sabemos que se permite introducir en cualquier anécdota, pero sabéis tan bien como yo que están basados en hechos reales. Y vosotros, ¿qué superpoder os pedís?

 

#padresigualitarios

Ser padre revoluciona tu forma de interpretar la realidad; te hace ganar conciencia de problemas que hasta ese momento habías esquivado con la habilidad de un Neo cuyas aspiraciones se limitaban en muchos casos a evitar complicaciones y vivir despreocupado. Las ganas de regalarle a nuestros hijos un mundo mejor, más justo y cuidado, nos llevan a mojarnos más, a esforzarnos por participar y ser parte activa del cambio que queremos.

Antes de ser papá leía a menudo sobre machismo y feminismo, sobre desigualdad de género y estereotipos. Sin embargo, acompañar a una nueva señorita en sus primeros meses en esta nuestra sociedad me ha hecho darme cuenta de lo profundas que son las raíces de este problema tan complejo.

La paternidad —y la maternidad— está plagada de eso que los entendidos llaman «ideología de género». Una cultura que, nos guste o no, sigue atribuyendo roles distintos a hombres y mujeres, insiste en relegar a un segundo plano a muchos padres a la hora de participar en la crianza de sus hijos. Y los padres lo permitimos. Lo permitimos cuando aceptamos con pasividad que sean ellas, las mamás, las que deban tomar siempre la iniciativa que los estereotipos les atribuyen; lo permitimos, y lo fomentamos, cuando damos vida a esas actitudes machistas que hemos heredado y de las que a veces seguimos participando. Eso ya es de por sí negativo, en tanto en cuanto que constituye un primer modelo negativo de desigualdad para nuestros hijos; hijos que, además, se ven a menudo marcados desde su nacimiento para comportarse como se supone que un niño o una niña debe hacerlo en función de su género.

Pero volvamos al papel del papá. Hablamos de una situación compleja que se puede abordar desde muchas ópticas. Una es la concepción tradicional que, tristemente, alimentan aún hoy muchos jóvenes de que es a la mujer a quien corresponde ocuparse de los hijos. No hace falta esforzarse mucho para escuchar comentarios socarrones tildando de «calzonazos» al que rehúsa unas cañas o un partido de fútbol después del trabajo porque quiere volver con sus hijos —ay, los límites del humor…—. Y recalco «quiere» porque yo quiero estar con mi hija; no vuelvo con ella porque tenga que echarle una mano a mamá. Desempeñar mi papel de padre es algo inherente a mi vida desde el momento en que me convertí en uno; no es algo que deba o no deba hacer como una obligación ajena; es parte de mí y quiero que así sea.

En el lado opuesto queda la óptica del feminismo. Para desgracia de una lucha por la igualdad que necesitaría unidad para avanzar, el movimiento está tan fragmentado como los frentes populares de Judea de «La vida de Brian». Un mismo hecho como, por ejemplo, la lactancia materna es contemplado por una parte del feminismo como un privilegio de la mujer que le debe servir para empoderarse —qué de moda está esta palabra—, mientras que otra parte lo percibe como una forma de esclavitud impuesta por una sociedad patriarcal que relega a las mujeres al cuidado del hogar. Algunas mamás defienden su lactancia como algo propio y exclusivo, negándole al padre cualquier papel en ella. Es innegable que solo ellas pueden dar el pecho, pero un padre implicado tiene decenas de formas de contribuir a que la lactancia siga adelante con éxito, o al menos así lo veo yo. Es solo un ejemplo.

Es nuestro deber como padres actuar en igualdad en casa, aunque es difícil —imposible, de hecho— entender esa igualdad como un reparto idéntico de tareas. Yo no puedo dar a luz ni dar el pecho, mal que me pese, y odio planchar con todas mis fuerzas; a mamá le da mucha pereza fregar. ¿Corresponsabilidad significa entonces que debamos ambos planchar a partes iguales? Los dos cocinamos y barremos, los dos cambiamos pañales, los dos jugamos con la gusanita, los dos hacemos la compra, los dos ponemos y quitamos la mesa… ¿Y sabéis cuándo es cuando más lo disfrutamos? ¡Cuando, además, lo podemos hacer juntos!

Yo no ayudo a mamá en casa; no le echo una mano con la lavadora ni me limito a cocinar mi plato estrella los domingos. No le sostengo a la gusanita un momento para que vaya al baño, ni la entretengo media hora para que haga la cena. No, me niego. La casa y la niña son cosa de ambos, y ambos podemos y debemos sacarlos adelante a partes «iguales». «Iguales» entrecomillado porque la igualdad bien entendida no consiste en repartir todo al 50%, sino en que cada uno contribuya en la medida de sus posibilidades.

Conseguir que la mentalidad de esta sociedad cambie costará mucho. Hay quien habla de que deberá pasar aún una generación entera; a mí me parece que son incluso optimistas. Lo que no podemos hacer es sentarnos a esperar que la sociedad cambie por sí sola como un ente con vida propia. Nosotros somos la sociedad. Esta «padresfera» implicada y activa es un primer paso importante para visibilizar la necesidad de un cambio, pero un paso pequeño en una larga travesía llena de obstáculos. Cuanto antes nos pongamos en camino, antes llegaremos.