Libros para ella, libros con ella

Nuestros libros se sienten abandonados en las polvorientas estanterías del salón. Desde que somos papás se han reducido alarmantemente los ratos que les dedicamos. No han sufrido tanto como las series, eso sí, pero insisten en reclamar nuestra atención noche tras noche aterrados ante la posibilidad de haber caído en el olvido. Por eso, para tratar de enviarles un mensaje que pueda reconfortarlos, me uno hoy al carnaval madresférico organizado con motivo de la celebración del próximo Día del Libro.

He sido incapaz de reducir mi selección a un solo título, lo reconozco y lo siento. Prometo que los dos que traigo son muy cortitos. Además, pensando qué podría contar sobre cada uno, me he dado cuenta de que comparten una misma idea subyacente, la de animarnos a ir más allá en la vida, a abandonar eso que un «coach» motivacional moderno llamaría «la zona de confort». ¿Queréis saber cuáles son?

El libro que me gustaría leer con ella

El padre friki que se esconde en mí pugnaba por destacar la trilogía de «El señor de los anillos». Su universo fascinante me entretuvo durante horas y horas cuando era joven y probablemente sea el libro que en más ocasiones he releído, alternando incluso la versión original en inglés con la traducción al castellano.

Sin embargo, mi propuesta definitiva habita en el extremo contrario. Alejado de las innumerables páginas de la obra de Tolkien, con un estilo radicalmente opuesto, libre de sus largas descripciones llenas de adjetivos, navega «El viejo y el mar», de Ernest Hemingway.

«El viejo y el mar» es un libro chiquitín, de los que puedes leer en una tarde corta de septiembre antes de que llegue a hacerse de noche. Es un relato en que no se pierde el tiempo en presentaciones. Prescinde de personajes decorativos y se centra en su único protagonista: el viejo. No creo que haya muchas obras tan breves y que, no obstante, escondan tantos sentimientos, tantos valores…

«—Un billete entero. Eso hace dos pesos y medio. ¿Quién podría prestárnoslo?
—Eso es fácil. Yo siempre encuentro quien me preste dos pesos y medio.
—Creo que yo también. Pero trato de no pedir prestado. Primero pides prestado; luego pides limosna.»


«El viejo y el mar» (diálogo entre el viejo y el muchacho)
Ernest Hemingway

«El viejo y el mar» cuenta la historia de una lucha personal, la de un pescador que, intuye el lector, seguramente esté llegando al final de sus días. En medio de la soledad del mar infinito en la que, paradójicamente, nunca se encuentra solo, el viejo se enfrenta al mayor reto que una vida dura y austera le haya planteado jamás. Sobre las olas planea durante todo el relato la tensa incertidumbre de lo que el destino deparará al anciano, cuyo respeto por el océano y sus desafíos son paradigma del amor a lo que uno hace.

«Miró por sobre el mar y ahora se dio cuenta de cuán solo se encontraba. Pero veía los prismas en el agua profunda y oscura, el sedal estirado adelante y la extraña ondulación de la calma. Las nubes se estaban acumulando ahora para la brisa y miró adelante y vio una bandada de patos salvajes que se proyectaban contra el cielo sobre el agua, luego formaban un borrón y volvían a destacarse como un aguafuerte; y se dio cuenta de que nadie está jamás solo en el mar.»


 

«El viejo y el mar»
Ernest Hemingway

Sin desvelar más detalles de la historia, creo adivinar entre líneas un paralelismo entre la relación que el viejo mantiene con las fuerzas de la naturaleza y los valores que los aficionados a la tauromaquia pretenden encontrar en el enfrentamiento que lleva al matador a acabar con la vida del toro. No olvidemos que Hemingway fue uno de los más famoso aficionados a los espectáculos taurinos de nuestro país.

Pero yo siempre he preferido entender el relato en otra clave, la del afán de superación de la persona, la de los éxitos que a veces saben a fracaso. No es un libro para niños ni pretende ser una novela de aventuras. Es un relato hermoso en su crudeza, ejemplo de muchas cosas que sí me gustaría releer algún día con ella, con mi hija. Quizá para entonces porte yo tantas cicatrices como ha dejado la vida en el viejo del libro, pero ni las heridas aún abiertas son óbice para que, al menos, intentemos seguir remando.

«—Ojalá hubiera traído una piedra para afilar el cuchillo —dijo el viejo después de haber examinado la ligadura en el cabo del remo—. Debí haber traído una piedra.
“Debiste haber traído muchas cosas —pensó—. Pero no las has traído, viejo. Ahora no es el momento de pensar en lo que no tienes. Piensa en lo que puedes hacer con lo que hay”.»


«El viejo y el mar»
Ernest Hemingway

El libro que me gustaría regalarle

No me gustan los libros de auto-ayuda. En general, me fío poco de quien hace de la divulgación de su éxito su modo de vida. Estoy un poco cansado de las charlas motivacionales empresariales, y no es raro que recele como de un «sacacuartos» de esos entrenadores de empresa cuyo discurso está lleno de palabras vacías —«buzzwords», en la jerga propia del mundillo—. Y, sin embargo, mi segunda recomendación es uno de ellos: un libro de auto-ayuda. Pero lo recomiendo por el valor que tuvo para mí gracias a la forma como llegué hasta él. Por eso, y porque cualquier libro que, en cualquier contexto, contenga la frase «tener queso te hace feliz» es necesariamente un buen libro.

«¿Quién se ha llevado mi queso?» es, quizá, el único libro que me ha regalado mi padre. No quiero engañaros: mis padres siempre me han comprado muchos libros. Incluso fuimos suscriptores del Círculo de Lectores durante un tiempo. Pero aquellos libros llegaban a mí sin ningún significado particular. Mis padres se limitaban a pagarlos —que no es poco—. Hasta que un día, mi padre se presentó con este libro en la mano. Nunca ha sido un hombre de muchas palabras, pero yo sabía que era un regalo especial, como así lo demostró la dedicatoria que encontré escrita por él con su cuidada caligrafía cursiva unas páginas antes del prólogo.

El libro aterrizó en mi vida en un momento de confusión, miedo e incertidumbre. Atravesaba una etapa difícil que me obligaba a enfrentarme a decisiones que no quería tomar, acomodado como estaba en una rutina fácil y en unos estudios que había ido sacando adelante con solvencia hasta entonces. Esos sentimientos negativos repercutían en mi forma de ser en casa y, como siempre han hecho, mis padres supieron entenderme antes incluso de que yo fuera consciente de lo que me pasaba.

«Haw siguió pensando en lo que podía ganar, en lugar de detenerse a pensar en lo que perdía. Se preguntó por qué siempre le había parecido que un cambio le conduciría a algo peor. Ahora se daba cuenta de que el cambio podía conducir a algo mejor.»


 

«¿Quién se ha llevado mi queso?»
Spencer Johnson

Nunca podré decir que mis padres no hayan apoyado mis decisiones, incluso cuando tenían plena seguridad de que me estaba equivocando. Pero dejaron que cometiera mis propios errores, guardando una distancia adecuada para prestarme una mano solícita en la caída. Desde esa distancia, mi padre mi hizo un regalo y, consciente de mi miedo, me hizo llegar el mensaje que necesitaba: «¿qué harías si no tuvieras miedo?». Probablemente, este libro no habría significado nada de haberlo encontrado en cualquier quiosco de prensa. Pero recibido de la mano silenciosa de mi padre, se llenó de un significado que nunca le agradeceré lo suficiente.

Decir que un libro cambió tu vida puede ser exagerado. No obstante, esta parábola sobre el miedo a lo desconocido, sobre el valor positivo del cambio, sobre la necesidad de permanecer alerta y receptivo ante imprevistos que nos son inevitables, caló en mí como si hubiera salido directamente de boca de mi padre. Sigo teniendo miedo; me sigue dando pereza y reparo enfrentarme a los cambios; pero desde que superé aquella etapa de la vida, nunca he dejado que esos sentimientos pesaran más que las ganas de salir adelante.

Quizá no sea este el libro que tenga que regalarle a mi hija pero, igual que mi padre en aquel momento, me gustaría saber entender el momento preciso y encontrar aquel libro que ella necesita leer. Y, con más o menos palabras, con o sin dedicatoria, poder hacerle comprender que su madre y yo estamos ahí para darle nuestro apoyo y para compartir el mensaje del libro y muchos más por venir.

Anuncios

3 canciones para no dormir

Cuando me preguntan por la clase de música que me gusta suelo responder con un cómodo «de todo» que elude cualquier tipo de responsabilidad. No me lo creo ni yo. Me resulta imposible responder con un género o con cualquier explicación que trate de limitar el amplio abanico de lo que suelo escuchar, pero desde luego tengo mis gustos; raros, pero míos.

Lo que sí teníamos claro desde antes de ser papás es que, mientras pudiéramos evitarlo, en nuestra casa no entrarían las chillonas vocecitas de las canciones que el mercado califica como «infantiles». Era una medida desesperada en un afán inútil por conservar al menos parte de nuestra ya de por sí escasa cordura una vez que nuestra gusanita estuviera moneando por casa. Eso no significa que no le hayamos cantado los 5 lobitos, pero en la radio, en el ordenador o en el coche suenan todo tipo de temas de música «adulta». Y a ella le encantan. Al fin y al cabo, la música es una de esas cosas que esconden la clase de magia que las dota de la capacidad de hipnotizar a mayores y pequeños por igual, más allá de cualquier frontera y con independencia de nuestro bagaje cultural.

Con esta premisa, no debería habernos sorprendido que nuestra chiquitina demostrara cierta predilección por canciones de lo más variopinto. Lo que sí nos ha hecho siempre mucha gracia ha sido ir descubriendo cuáles eran sus elegidas en cada momento para caer rendida al ritmo de los bailes que nos regalábamos con ella en brazos. Hablo de «cada momento» porque lo que hace 6 meses la ayudaba a dormir no tiene necesariamente por qué funcionar ahora. Se cansa de escuchar siempre lo mismo, exactamente igual que vosotros y yo, así que tenemos que recurrir a las listas de reproducción más inverosímiles en busca del siguiente hallazgo que la deposite rítmicamente en brazos de Morfeo.

Y, como muestra, un botón: estas son tres de las canciones que mejor nos han funcionado para dormirla a lo largo de los últimos meses. Alguna, de hecho, ha tenido tanto éxito que incluso hemos conseguido que se durmiera con ella en el coche, un hecho insólito si tenemos en cuenta que podemos contar con los dedos de una mano las veces que ha sucedido así en nuestros desplazamientos por carretera. Veréis que las canciones no tienen absolutamente nada que ver unas con otras; se ve que a nuestra «peque» también le van las listas variadas. Cómo consigue conciliar en sueño con ellas… eso no me lo voy a explicar nunca.

1. «Una vaina loca» de Fuego

Sí, ya sé que los niños no deberían escuchar y ver reggaetón; estamos de acuerdo. No obstante, esta canción tiene una connotación especial para nosotros desde que descubrimos esta coreografía de Van Damme durante un fin de semana con amigos en una casa rural. Nos hizo tanta gracia que la dichosa vaina loca se convirtió en un imprescindible de nuestras fiestas juntos. Así es como un día se nos ocurrió bailarla con la gusanita en brazos y como, para nuestra sorpresa, descubrimos que su ritmo repetitivo era mágico para hacerle dormir. Nuestros amigos se morían.

Soy el primero al que no le gusta el contenido de este tipo de canciones, pero nos consolamos pensando que: 1) era muy pequeña y hace tiempo que ya no funciona y quedó descartada; 2) hasta nosotros tenemos dificultades para entender lo que dice la canción, así que damos por hecho que mucho menos se estará dando cuenta ella de las burradas que incluye. No somos perfectos.

2. «Ohne dich» de Rammstein

Mi relación con el idioma alemán siempre ha sido peculiar. Me empezó a interesar hace años, cuando me dio la venada de estudiar un nuevo idioma además del inglés. Como por aquel entonces ya era común que se introdujera el francés en las escuelas, decidí —ahora pienso que con mucha vista— que sería más útil optar por la lengua de la manida «locomotora de Europa». A partir de ahí, era simple cuestión de probabilidad que lo primero que conociera de la música alemana fueran estos Rammstein cuyo famoso «Du hast» sonaba de vez en cuando en los bares rockeros que frecuentábamos en mi juventud.

Si le cuentas a alguien que dormimos a nuestra hija con música de una banda de metal de la «Neue Deutsche Härte», no sería raro que lo segundo que hiciera fuera llamar a Servicios Sociales. Lo segundo, después de pensar que no es cierto, claro está. Pero sí, los alemanes no son tan duros como los pintan y tienen hasta baladas con mandolinas que gustan incluso a nuestra amiga la fan de Pablo Alborán. Si les dais una oportunidad, ya veréis que en el fondo son tan moñas como yo.

3. «You spin me round (like a record)» de Dead or alive

Pocas canciones tienen el poder de ponerme a bailar que desprende esta locura de tema. Para qué vamos a andarnos con introducciones progresivas si podemos empezar con el ánimo a tope desde el primer acorde. Se conocen casos de infarto de miocardio en personas que no prestaron atención al volumen de los altavoces antes de iniciar la reproducción de este vídeo. Os lo juro.

El caso es que su frenético ritmo parece obrar precisamente el efecto contrario en nuestra pequeña bailonga, lo que resulta, además, paradójico si tenemos en cuenta que es eso: una bailonga. Hasta tal punto es así que fue con esta canción con la que conseguí por fin que aceptara dormirse conmigo por la noche después de muchísimo tiempo reclamando a mamá en exclusiva. No sabéis la alegría que me dio, aunque tuviera que contenerme para no menearme demasiado con la canción y dar al traste con aquella pequeña victoria personal.

Y vosotros ¿qué les ponéis a vuestros peques para dormir? ¿Tienen también gustos estrafalarios como la nuestra o es que nos ha salido una hija tan loca como sus padres?

Lentillas y tetitas

Hace no mucho reflexionaba en este mismo blog sobre la capacidad imitadora de los niños. Bromas mocosas aparte, es imposible mantener constante el grado de concentración necesario para no cometer ninguna barrabasada delante de ellos. Y mira que me esfuerzo, ¿eh?, pero no hay manera de retener en el fondo de mi boca todas las palabras malsonantes que acostumbraba a proferir antes de ser padre; siempre se escapa alguna. ¿Y las veces que me sorprendo mirando el móvil, aunque sea de reojo, cuando estamos los tres juntos? Incontables.

Creo que lo único que he conseguido controlar con éxito han sido los cruces en rojo; ya hace tiempo que freno en seco cada vez que voy a cruzar la calle por donde o cuando no debo si veo que hay niños delante. Eso me ha dejado con dos palmos de narices en más de una ocasión, cuando veo que los propios padres arrastran al niño del brazo aunque el semáforo esté en rojo, pero por lo menos yo me quedo con la conciencia tranquila en ese aspecto.

La situación se agrava cuando estás en compañía de alguien con quien no tienes suficiente confianza como para pedirle que deje de dar eso que tú consideras «mal ejemplo» —cada uno sabrá qué es lo que entiende por «mal ejemplo» para sus hijos, ojo—. O, peor aún, cuando subimos al norte con la gusanita para ver a los abuelos. Como la ven una o dos veces al mes, obviamente no pierden el tiempo en disquisiciones morales, así que mamá y yo nos pasamos el día riñéndoles «por lo bajini» cuando sueltan alguna burrada delante de la peque o cuando insisten en repetir cosas que ahora pueden parecer graciosas pero que en un niño ya más talludito y locuaz lo pueden volver a uno loco. Me refiero a cosas como repetir que alguien «es malo» o «tonto», o cuando le enseñan a pegar «de mentirijillas». Llegará el día en que la niña haya interiorizado la acción sin tener aún conciencia de lo que implica, y veremos entonces quién le explica que no puede pegar al perro o a sus amigos del parque sin ton ni son. Sabemos que seguramente nos preocupamos demasiado, pero cuando son cosas tan fácilmente evitables delante de personitas con cerebros tan absorbentes, todo esfuerzo me parece poco.

Todo esto venía al hilo de un par de cosas que nuestra gusanita ha empezado a hacer espontáneamente imitándonos a mamá y a mí, y que nos parecen adorables hasta el extremo. La primera la ha ido descubriendo conmigo cuando nos preparamos juntos en el baño para salir y me ve poniéndome las lentillas. De repente, de un día para otro, cuando le digo que vamos a ponernos las lentillas, cierra un ojo y se aprieta el párpado con el dedo. No hace más, pero se lo pasa pipa y se le dibuja inmediatamente una sonrisa preciosa en la cara al sentir que está haciendo lo mismo que su papá.

La segunda es más tierna aún, si cabe, y empezó poco después de que nos devolvieran de la guardería el que debería haber sido su «muñeco de apego» durante las semanas de adaptación. En realidad le tenía tanto apego como a un paquete de pañuelos, pero algo teníamos que meter en la bolsa, así que allá que fue el bicho. El caso es que ahora que está de vuelta en casa, le ha dado por acunarlo en brazos como hacemos nosotros con ella y, en el colmo de la «achuchabilidad», ha decidido que va a darle la «teti». Así que lo coge en brazos, se lo pone al pecho, y con una manita se tira del pijama para que pueda comer. Por lo visto, considera que ya le ha llegado también la edad de introducir la alimentación complementaria, porque se esfuerza en restregarle fruta y todo tipo de alimentos por el morro cada vez que vamos a comer. Yo es que me la como.

Y hablando de comer, hace un tiempo nos planteamos la posibilidad de apuntarnos a un curso de lengua de signos para bebés de Otanana. Mamá estaba menos convencida que yo y, entre unas cosas y otras, lo fuimos dejando y nunca llegó. A pesar de ello, yo he intentado ser constante en repetirle una serie de signos a la gusanita para asociarlos a las acciones más básicas y, a lo tonto, parece que han ido cuajando y que ya empieza a aplicar algunos de ellos con cierto criterio. El gesto de dormir lo aprendió muy rápido, aunque por ahora lo asocia directamente a la palabra en lugar de al acto en sí, así que no nos sirve de mucho. El de comer, sin embargo, lo tiene bastante más claro y en cuanto ve que vamos a desayunar o que es la hora de comer, se lleva la manita a la boca haciendo un ruidito sabrosón.

En resumen, más allá de las anécdotas, me quedo muy claramente con la capacidad de los niños para imitar a sus mayores. Por eso, tratemos de aprovecharla para bien con abundantes «gracias» y «por favor» en lugar de descuidarla con malos gestos hacia los demás y actitudes que no querremos ver reflejadas en ellos dentro de unos meses o, quién sabe, pasados varios años. Cuidado con las esponjas.

 

«Arrugas en la piel»

Desde abril y hasta finales del próximo mes de mayo se celebra en el centro cultural Fernán Gómez la novena edición del ciclo de artes escénicas «Rompiendo el cascarón», orientado fundamentalmente al público más joven de la capital —pero joven, joven—. Como nuestra compleja rutina nocturna nos impidió disfrutar de la Noche de los Teatros madrileña, aprovechamos la mañana del sábado para descubrir este ciclo de la mano de unos amigos mucho más duchos que nosotros en la escena teatral de la ciudad. Seguro que el papá en prácticas no tarda en dejar una reseña en condiciones sobre la obra.

Ya os he contado en alguna ocasión cómo es mi particular relación con las artes escénicas, pero eso no impide que pueda disfrutar mucho de obras como esta «Arrugas en la piel» a la que asistimos. Me cuesta más el teatro convencional para adultos, no tanto así otras propuestas más innovadoras como las obras para bebés, que apelan más directamente a las sensaciones y prescinden de diálogos sesudos e interpretaciones histriónicas. Este tipo de teatro más cercano me llega; el primero… pues depende.

«Arrugas en la piel» recorre una vida, la de su protagonista, a través de las marcas que el paso del tiempo han imprimido en su piel. Y lo hace acompañando el relato con la suave voz de la actriz protagonista, la música en directo de una flauta travesera y un arpa, y el contacto directo que proponen a los niños con elementos vivos de la escenografía que les permiten «tocar» la obra. Unas frías gotas de agua salpicada o los pedacitos de fruta que de buena gana aceptaron todos cuando la representación iba camino de su ecuador los sorprendieron, y ayudaron a que se mantuvieran alerta para descubrir cuál sería el próximo elemento que se acercaría a acariciarles la carita.

El espectáculo tiene lugar en una sala pequeñita, perfecta para un grupo reducido de niños y papás sentados en círculo en el suelo alrededor del escenario. Los pequeños se lo pasaron en grande, siguiendo embelesados los movimientos de la única actriz de la obra, levantándose también de vez en cuando para explorar los objetos de los que esta se servía para relatar el origen de sus arrugas. En los 30 ó 40 minutos que duró la representación no hubo una sola protesta, señal inequívoca de lo entretenidos que estaban todos aquellos chiquitines de apenas un puñadito de años en el mejor de los casos.

Personalmente, creo que lo de menos fue la historia que servía de hilo conductor. La puesta en escena hipnotizó a todos por igual, con el delicioso acompañamiento en directo de las dos intérpretes y los suaves movimientos de la protagonista. Fue una delicia disfrutar de esa media hora de relajación y dejarse llevar por la melodía mientras admirábamos encantados las caritas y las travesuras de nuestras hijas. El azar quiso, además, que fuéramos a sentarnos junto al arpa que se alzaba majestuosa en uno de los laterales del escenario. Nunca había tenido una tan cerca, y me encantó descubrir su hermosa complejidad, el movimiento mecánico de los pedales y su efecto sobre las cuerdas que hábilmente pulsaba la arpista.

Podéis consultar toda la programación del ciclo en la página web del Fernán Gómez. Merece la pena acercarse al menos un día con los niños, sin duda.

 

Llevas el ritmo en la sangre

Mamá y yo ya no bailamos como antes de abandonar las clases de «swing» por unas u otras vicisitudes de la vida. Eso no significa que el baile haya salido de casa, y la gusanita, que no pierde detalle de lo que acontece a su alrededor, se ha dado cuenta de que la cabeza, las caderas y los tobillos de sus padres parecen cobrar vida propia cuando suena una de sus canciones en la radio de la cocina. No ha llegado la guitarra al segundo acorde cuando ella ya está dando saltos y palmas al ritmo de la música. Pero no, no es ese el ritmo del que venía a hablar hoy.

Hace unos días que nuestra pequeña empezó a andar. De un día para otro decidió que no necesitaba el apoyo de nuestra mano para caminar y se soltó. La primera vez solo fueron dos pasos, la segunda cuatro y, para cuando nos quisimos dar cuenta, ya cruzaba el salón de lado a lado con paso ora firme ora tambaleante. Supongo que es un momento mágico para cualquier papá, pero a nosotros nos gusta advertir en él una lección más que nuestra gusanita nos da: ella tiene su ritmo y nadie se lo va a cambiar.

En realidad ya hace tiempo que verla crecer nos hizo darnos cuenta de algo innegable: cada niño tiene su propio ritmo de aprendizaje y, tarde o temprano, todos llegarán a la meta. Antes de que aterrizara en nuestros brazos para convertirnos en papás, flotaban en nuestro imaginario de padres primerizos todas las populares teorías habidas y por haber sobre estimulación temprana y otras zarandajas, pero con el tiempo hemos aprendido a darles una importancia relativa.

Me faltan conocimientos; no sé si tiene algo de malo poner a los niños a andar antes de que su cuerpecito se dé cuenta de que es capaz de hacerlo. Apostaría a que aquello de que las piernas se les podrían arquear no es sino otra leyenda de las muchas que pueblan el universo de la crianza. Da lo mismo. Más que pensar que es malo, en casa hemos llegado a la conclusión de que es innecesario. Nunca hemos puesto especial esfuerzo en que nuestra hija aprenda cosas que de forma natural aprenderá a hacer cuando se sienta preparada. Ponemos los medios para que lo haga sin partirse la crisma, desde luego, y la acompañamos en ese camino del aprendizaje, por supuesto; pero una vez tras otra nos ha enseñado que no necesita que nadie le enseñe a darse la vuelta en la cama, a sentarse, a gatear, a ponerse de pie, a caminar… Creo que hay muchas otras cosas que como padres sí debemos estar ahí para enseñarle y que le serán mucho más valiosas en la vida.

Es natural que, como papás, nos haga ilusión ver los progresos de nuestros hijos. Hasta cierto punto también debe de ser inevitable establecer comparativas con los niños de los demás. Eso no significa que debamos traducir esa ilusión y esa experiencia de hijos ajenos en presión hacia los nuestros. Si nada grave se tuerce, ¿no acaban todos los niños comiendo, hablando, corriendo…? Démosles su tiempo y su espacio; sus pequeños cuerpecitos nos sorprenderán en esto también demostrando «saber» cuándo están preparados para dar el siguiente paso.

Por eso también —y aquí me meto en un jardín mucho más personal— me cuesta entender esa obsesión moderna por convertir los primeros años de nuestros hijos en parte de un sistema educativo sistemático y evaluable. No termino de ver qué necesidad hay de que niños de apenas un año tengan ya un horario de «asignaturas» en la escuela infantil, cada una con sus notas a final de mes; no sé por qué unos niños que encuentran estimulante absolutamente todo lo que les rodea tienen que sentarse en orden y concierto a rellenar fichas con la actividad que cada día les decide asignar cierto método de aprendizaje ordenado. ¿No son sus primeros años precisamente aquellos en los que más deberíamos fomentar el juego libre, el desarrollo de su imaginación y de su capacidad de asombro y descubrimiento?

Si algo me han enseñado estos meses de paternidad es que todos los niños son diferentes. Cada uno sigue su ritmo y su camino para llegar a ciertas metas que les son comunes. Intentemos no volvernos locos; esto no es una competición por ver quién corre primero o quién prescinde antes del pañal sin riesgo para el parqué de casa. Disfrutemos de su desarrollo respetando su ritmo y sus diferencias; aprendamos a tener paciencia y a enriquecernos con la variedad; tratemos de no cortarlos con el mismo patrón ya desde tan pequeños. Tiempo tendrán —en esto también— de verse envueltos en una sociedad que tantas veces rechaza al diferente o al que camina más lento. No necesitan oír que nadie pregunte a sus padres si no se pone de pie todavía. Ya les llegará su momento, llevan el ritmo en la sangre.

Empanadillas encadenadas

En casa somos fieles seguidores de las recetas de Marujismo. Habitualmente son sencillas que no necesariamente simples—, sanas y resultonas, y nos ayudaron mucho en nuestros comienzos en el «baby led weaning». Es por eso que hoy quiero hacerles un pequeño homenaje con la que, si no me equivoco, podría ser la primera receta encadenada de la historia de la Madresfera. Ahí es nada. También es cierto que esta receta nos salió sin querer por otra parte, como el 95% de las cosas que cocinamos en casa, pero eso no lo sabe nadie. Vamos, pues, con la magia.

La receta nace a partir de estos garbanzos con espinacas que nos gustaron un montón. Y eso que carecen del ingrediente fundamental de cualquier plato de legumbre que se precie: una buena morcilla de Burgos. Pero el caso es que nos gustaron y, como a la gusanita le encantan los garbanzos, reservamos una buena cantidad para que se diera el festín que quisiera. Seguramente se nos fue un poco la mano con el optimismo, así que nos vimos de repente con un generoso plato sobrante para el que a los papás ya no nos quedaba hueco ni apretando fuerte con la cuchara —cosa rara en mí, todo hay que decirlo—. Como en esta casa nos hemos criado en la cultura de la reutilización, somos expertos en la cocina del aprovechamiento, y decidimos que el plato de garbanzos pasaría a formar parte de las empanadillas que teníamos previsto cenar aquel día.

La lista de la compra

  • Las sobras del plato de garbanzos con espinacas de la receta anterior. Pero que sobre al menos medio plato, ¿no? Que os conozco y os veo haciendo esto con un garbanzo.
  • El resto de la bolsa de espinacas que os debería haber sobrado de la receta de Marujismo si le habéis hecho el debido caso.
  • Un paquete de obleas para empanadillas, o lo que quiera que uséis para hacer empanadillas en vuestra casa. A nosotros nos gustan las de tamaño grande (La Cocinera tiene, por ejemplo, dos tamaños) porque en las chiquitinas casi no cabe relleno.
  • 1 cebolleta.
  • 1 zanahoria grande, o 2 si son pequeñas.
  • 1/2 pimiento rojo.
  • 1 latilla de caballa en aceite.
  • 1 latilla de atún en aceite o al natural.
  • Los restos de un bote de tomate frito que no sabíais en qué gastar.
  • Aceite de oliva (si puede ser; si no, pues del que uséis en casa, siempre que no sea el aceite del coche).
  • Sal y especias a tutiplén (las especias, no la sal).

El camino a la perdición

  1. Picamos en «brunoise» sí, lo he buscado en Google la cebolleta.
  2. Mientras terminamos de picarla, habremos puesto a calentar en una sartén amplia un par de cucharadas de aceite. A mí me gusta sofreír las cosas despacito, así que suelo ir añadiendo las verduras a medida que las voy teniendo cortadas. Ponemos por tanto la cebolla a pochar a fuego flojito (al 2 en una cocina de 6 niveles como la nuestra, por ejemplo).
  3. Hacemos lo mismo con la zanahoria y el pimiento y lo vamos añadiendo a la sartén según lo vayamos picando. Dejamos que se vaya haciendo todo despacito hasta que la cebolleta vaya quedando transparente. Según el aceite que hayáis echado y lo rayada que esté vuestra sartén, removed de vez en cuando si hace falta, ¿eh?
  4. Si para este momento ya os habéis aburrido, podéis echar un poco de sal y alguna especia que se os antoje. También se puede sazonar después, qué más da. Yo soy muy de especiar los platos según me van dando prontos, así que no os voy a reñir por eso.
  5. Mientras se sofríen las verduras, poned a cocer las espinacas siguiendo las instrucciones del fabricante. Ya sabéis que no hay que cocer de más las verduras, pero allá cada uno. En cuanto estén listas, escurridlas y reservadlas.
  6. Cuando las verduras estén bien pasaditas a vuestro gusto, quitad el aceite de la lata de caballa y añadid el pescado a la sartén, removiéndolo para que se reparta bien. En función de cuántas empanadillas queráis hacer, le vendrá bien añadir otra latilla más, que es lo que nos pasó a nosotros. Para darle más gracia, lo combinamos con una de atún, así tampoco abusamos con las latas de este segundo pescado, que los peces grandes empiezan a ser polémicos por aquello de los metales pesados.
  7. Vamos removiendo todo junto y añadimos las espinacas, las sobras de garbanzos y los restos de tomate frito. Yo suelo echar un poco de agua al tomate para apurar bien el bote, así que le podemos subir un poco el fuego a la sartén para evaporar el exceso de líquido y que no nos chorreen las empanadillas.

El truco final

Cuando veamos que el relleno va tomando la consistencia adecuada, empezamos a rellenar las empanadillas con cuidado. La forma tradicional de terminarlas es friéndolas en abundante aceite caliente; eso nunca falla. Sin embargo, si queréis evitaros un poco de fritanga, os recomiendo darle una oportunidad a las empanadillas al horno. Basta con pintarlas por fuera con huevo batido y pasarlas un rato por el horno; muchas veces casi no hace falta ni darles la vuelta. El resultado de la masa es completamente distinto, pero está muy bueno también.

Hasta ahora nunca habíamos intentado hacer la masa de las empanadillas nosotros mismos, pero la semana pasada nos pusimos un día manos a la obra con esta receta de borekas de berenjena de Cocinando entre olivos y no nos pareció especialmente difícil —sí laborioso, porque terminamos de amasar obleas pasada la medianoche—. Tendremos que hacer la prueba para ver si este tipo de masa, además de al horno, también se puede preparar frita. Desde luego el resultado es inmejorable.


 

P.D.: efectivamente: soy tan cutre que ni siquiera tengo una foto del plato para acompañar la receta. Ese soy yo: el papá que llega tarde y pone recetas cutres. Pero oye, si a estas alturas de la vida no sabéis cómo son unas empanadillas, creo que podréis seguir viviendo sin ver la foto. ¡Que os guste!

La «profe» que me gusta

No, esto no es otra historia de amor adolescente entre profesora y alumno. Yo a quien quiero es a mamá; ni profesoras, ni gaitas. Si os estoy dando un disgusto, siempre podéis acudir a Fan Fiction y buscar algún «crossover» entre «Crepúsculo» y «Harry Potter», que para eso son las dos sagas más sometidas a semejante maltrato por parte de sus seguidores.

Hoy he venido a hablar de mi libro, que en el capítulo que nos concierne se refiere a los dos tipos de profesoras que he identificado en la guardería a la que llevamos a nuestra gusanita. Hablo directamente de «profesoras» en femenino porque el personal de la guardería está compuesto exclusivamente por mujeres. Otro día podemos discutir si queréis el porqué de esa falta de hombres en el sector infantil y de los cuidados; daría mucho de sí y hoy no tocaba.

El caso es que nuestro reparto doméstico de tareas ha dejado en mis irresponsables manos la responsabilidad de conseguir llegar a la guardería con la gusanita de buena mañana. En nuestra escuela tienen la costumbre de que sea una profesora distinta cada día la que sale a la puerta a ir recogiendo a los niños, lo que me ha permitido conocer en muy poco tiempo a un abanico amplio de «profes». Y aunque la gusanita y yo todavía hablamos en su rudimentario «gusañol», nos entendemos lo suficientemente bien como para haber alcanzado un consenso bastante amplio sobre quiénes son nuestras favoritas.

Y es que hay dos tipos de profesoras, como decía. Por un lado, están las que salen a la puerta, dan los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja, y antes de que hayas llegado a pronunciar la «d» del «días» de tu «buenos días» correspondiente ya han arrancado a tu hija de tus brazos y se han dado media vuelta con ella camino del aula. Desde luego hay niños a los que esto les parece estupendamente divertido; por desgracia, no es el caso de nuestra gusanita, que habitualmente responde con un berrinche que se oye en un radio de dos manzanas y que sigue atormentándome hasta que Pepa Bueno enciende de nuevo su voz en los altavoces del coche.

El segundo tipo es el de las «profes» que salen despacito, dirigiéndose primero a los niños con calma, con suavidad, con cariño. Saben que ellos son los protagonistas. Saben lo que les gusta y lo que no y, sobre todo, saben esperar. Porque entiendo que padres y escuelas por igual tenemos mucha prisa a primera hora de la mañana para ponernos en marcha, pero no creo que vaya a ser un drama dedicarle un segundo a respetar el ritmo de cada niño. Soy el primero que desde que sale de casa cada día ya llega tarde; eso no impide, sin embargo, que me pare de camino a la escuela si vemos un perrito que nos hace gracia, o si el almendro que hay en el parque que está de camino está lleno de flores y sé que a la gusanita la tranquiliza pararse a tocarlas con su dedito y olerlas con su naricita.

Yo lo tengo claro, y ella más aún. Ninguno de los tres lo hemos pasado bien durante el periodo de adaptación, pero con todo y con eso, algunas «profes» han conseguido abrirse un pequeño huequecito en su corazoncito, ¡y ya les echa los brazos!. Nosotros lo tenemos claro: esas son las «profes» que nos gustan.


NOTA DEL AUTOR:

Sé que os sorprende por la elevada calidad artística que demuestra, pero sí: el dibujo es mío. Debo decir, eso sí, que es una burda caracterización y que cualquier parecido con la realidad es única y exclusivamente fruto de la casualidad.