Los mandamientos de Estivill

La semana pasada la ya de por sí agitada Madresfera se vio sacudida por una, cómo no, polémica intervención de Eduard Estivill en el diario Qué. Vaya de antemano que no es santo de mi devoción, pero el contenido de la entrevista me dejó poco menos que anonadado.

Quizá me esté dejando llevar por la opinión negativa que su propuesta educativa me merece, pero me parece que hace falta ser bastante cínico para afirmar cosas como que su método solo tiene detractores en las redes sociales recordemos que la primera edición de su “Duérmete, niño” es de 1996, mientras que Facebook no llegó a nuestros ordenadores hasta 2005 ó 2006. Punto y aparte merecería su altivo “No conozco a las personas que me indica” cuando se le pregunta por Carlos González y Rosa Jové, a quienes pretende negar cualquier presencia en el ámbito científico.

En cualquier caso, lo más sangrante de la entrevista es el momento en el que afirma sin ruborizarse imagino, porque no estaba allí para verle la cara que en ningún momento hay que dejar llorar a los niños para dormir como así lo explica en su libro, y que quien lo ha leído lo ha entendido así. Parece ser que los padres españoles tenemos un serio problema de comprensión lectora cuando tan extendida estaba la percepción contraria de que su método se basa precisamente en eso: en dejar llorar a los niños.

Podéis leer en esta excelente entrada de Mama i miu la experiencia de una de las muchas mamás que hoy se arrepienten de haber aplicado el método de Estivill, y que demuestra sin lugar a dudas la relación entre este y el “dejar llorar” a los niños. Opiniones aparte sobre lo que él denomina “tratamiento”, sería de agradecer que al menos tuviera el detalle de no insultar la inteligencia de sus lectores.

A pesar de que tengo muchas cosas mejores que hacer y, sobre todo, que leer, he querido revisar con atención su polémico libro para hablar con conocimiento de causa. Es un libro que duele leer, que desprecia el sufrimiento de niños y padres por igual y que destila un tono tan repugnante que más de una vez me ha dejado con ganas de no continuar leyendo. Con un discurso que suena a teletienda —«[el “tratamiento”] funciona en un 96% de los casos»— pretende dar un manual de instrucciones precisas que en repetidas ocasiones llama a seguir con fe y exactitud militar—«Si seguís al pie de la letra las “instrucciones”, en menos de una semana tendréis a un nuevo dormilón en casa.»—, como si los niños fueran estanterías Kallax de IKEA fabricadas con molde.

Mención especial merecen las expresiones que utiliza a lo largo de todo el libro para referirse a la astucia de unos niños que, desde su más tierna infancia, tratan de manipular a sus padres como demonios. Perlas como el clásico «No tienen un pelo de tontos», «Logrará salirse con la suya», «El niño es muy listo y puede inventárselas de mil colores», o «Jamás cedáis si intenta sabotear vuestros intentos de educarle» son solo una muestra. Me pregunto qué clase de niños habrá conocido el doctor Estivill durante su vida.

Intentando obviar los fragmentos en los que literalmente habla de dejarlos llorar esos los podéis ver muy bien documentados en el blog de Mama i miu, estos son algunos extractos del libro que me han llamado poderosamente la atención:

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Papá es un payaso

Soy un payaso. Así, con todas las letras. Pero solo en dos circunstancias que me obligan a deshacerme de mi timidez crónica: cuando me disfrazo y cuando estoy con mi hija. Todavía no nos hemos disfrazado con ella, pero miedo me doy. En mi defensa diré que el segundo supuesto es una exigencia del guion: de no ser tan payaso, no sé cómo me las apañaría para criar al terremoto que nos acompaña.

Si la vecina me viera en casa por un agujerito pensaría seguramente que estoy como unas maracas, pero no; lo más probable es que solo esté —y nótese el uso intencionado del “intentando”—:

  • Intentando cortarle las uñas a la gusanita,
  • intentando cortarle el pelo,
  • intentando peinarla,
  • intentando limpiarle el morrete después de comer,
  • intentando lavarle las manos antes de cenar,
  • intentando cambiarle el pañal,
  • intentando vestirla,
  • intentando desvestirla,
  • intentando bañarla,
  • intentando quitarle los mocos.

O vete tú a saber qué. Nuestra gusanita es incapaz de estarse quieta, es superior a sus fuerzas. Y no le gusta ni lo más mínimo que la sujeten para participar en ninguna de las torturas anteriores, así que no nos queda otra que recurrir a todo nuestro arsenal de payasadas como maniobras de distracción. No os podéis ni imaginar lo que tenemos que hacer a veces para conseguir, después de un cuarto de hora de lucha, cortarle una uña. Una. Dos no, una.

A veces rozamos el límite de nuestra paciencia, supongo que es inevitable. Estamos hablando en general de acciones necesarias que tenemos que hacer con ella cada día, y no siempre es fácil mantener la compostura. A mí me da igual que vaya en chándal a una boda si le molesta menos que le pongamos esa ropa que un vestido más difícil de embutir, pero es un sufrimiento tener que pasar por esa batalla cada dos por tres cuando tienes que ir a algún sitio con un mínimo de prisa.

En cualquier caso, me alegra sentir que cuando estoy con ella todo lo demás me da igual. No me importa hacer el bobo ni lo más mínimo, sea donde sea. Si con ello consigo arrancarle una de sus sonoras carcajadas, una de esas en las que se ríe tanto que llega a caerse redonda al suelo de la risa, ya el día entero ha merecido la pena.

 

Vacunas socialistas

Hace poco llevamos a la gusanita a una nueva ronda de vacunación. Después de un año ya estamos acostumbrados a verla en todo tipo de situaciones, pero recuerdo con amargura sus primeras vacunas. Nunca la habíamos visto llorar tanto ni poner esa expresión de pena. Qué impotencia ver esos ojos suplicantes; no pude evitar que me punzara la culpa de dejarla sentirse abandonada, desprotegida por esos padres que hasta entonces nunca habían dejado que le pasara nada malo.

A pesar de aquello y de los pésimos días que siguieron debido a la reacción que le produjeron, tengo la convicción de que las vacunas son un regalo de la ciencia que no deberíamos rechazar. Lo cortés no quita lo valiente: soy consciente de que entrañan un mínimo riesgo que podemos asumir pero no ignorar. Habiendo leído sobre los efectos secundarios negativos que puede tener, por ejemplo, la vacuna del papiloma humano, es inevitable tener miedo a que te toque a ti. La probabilidad es mínima, pero no por nada existe una Asociación de Afectadas por dicha vacuna.

Con estos precedentes, me sume en un conflicto interno el hecho de que existan vacunas que no se incluyen en el calendario oficial sobre cuya aplicación ni las mismas autoridades sanitarias son capaces de alcanzar un acuerdo. El último ejemplo lo constituye la de la meningitis B. Este medicamento que antes era exclusivamente de “uso hospitalario” se puede adquirir ya con receta médica en las farmacias españolas. Queda sujeta a discreción de los padres la decisión de si administrársela a sus hijos.

Y ahí es donde sufro. No me importa tener que pagarla porque afortunadamente podemos permitírnoslo, pero ¿con qué criterio decido? La incidencia de la enfermedad en nuestro país es muy baja, pero sus consecuencias una vez contraída pueden ser fatales. ¿Merece la pena arriesgarse a sufrir los efectos secundarios ante una probabilidad tan baja de enfermar?  La Asociación Española de Pediatría considera que sí, aunque nuestra pediatra —entre otras voces contrarias— no lo ve tan necesario.

En momentos así, en cierto modo, me gustaría vivir en un Estado mucho más intervencionista. Nada de liberalismo sanitario y que cada uno decida; sería mucho más fácil delegar esa responsabilidad en las instituciones y que, cual Estado socialista de manual, decidieran por nosotros qué vacunas se deben administrar y cuáles no.

Obviamente estoy exagerando, pero no deja de ser una decisión sin vuelta atrás que puede no gustar tomar. “¿Y si sale mal?”. La paternidad es un camino lleno de encrucijadas, pero apenas son un puñado las decisiones que pueden tener consecuencias graves de forma inmediata; la mayoría tendrán efectos tan difusos y a tan largo plazo que seguramente no lleguemos nunca a ser realmente conscientes de qué parte de culpa tuvimos.

Nuestra motivación para decidirnos a vacunar ha sido casi más visceral que racional, aunque creo que habríamos optado por hacerlo en cualquier caso. Por una parte, pesan los cuatro contagios recientes de bebés en nuestra ciudad, uno de los cuales murió. No conocemos a ninguna de las familias directamente, pero sí a través de terceros. Es triste, pero la cercanía personal de los acontecimientos negativos hace que nos afecten más. Por otra parte, terminó de convencernos haber escuchado en boca de mi madre cómo vivió las 24 horas de incertidumbre durante las que tuvo que esperar con aterrada resignación el desenlace de la meningitis que yo sufrí de pequeño. No se lo deseo a ningún padre.

Con todo, el ejemplo de esta vacuna es paradigmático: al mismo tiempo que la autoridad sanitaria recomiendan su aplicación, la sanidad pública no la incluye en el calendario. Eso deja fuera a todas las familias que, lamentablemente, no pueden permitirse un gasto extra imprevisto de 200 ó 300€. Pero incluso aquellas que sí podemos, nos encontramos con farmacias desabastecidas por la falta de previsión y listas de espera de varios meses.

Qué suerte tenemos de poder elegir. Y qué difícil es.

¿Por qué llega tarde papá?

Hace años que soy de la opinión de que nunca llega el momento perfecto para tener hijos —o para tener “el hijo”, que viene a ser la tendencia más habitual hoy en día—. No se iluminan las nubes, ni aparece un foco en el cielo de Gotham señalando el momento. Siempre queda algo pendiente: ese viaje a la costa este de Australia, ese último verano loco de festivales, ese puesto de trabajo definitivo que nunca termina de materializarse…

Como el niño que pide cinco minutos más antes de levantarse, yo le pedía a mamá un año más, un último intento de volver a vivir en el extranjero, un verano más para hacer por fin ese viaje en caravana por Nueva Zelanda. Qué iluso. Nada de eso llegó. En su lugar, lo que llegaron fueron mis 30 años, y luego mis 31. Y una rodilla que ya no me deja salir a correr, eso también.

No puedo describir cómo ni cuándo, pero de repente un día supe que no debía seguir esperando. Y no quiero decir con esto que no tenga sentido en vuestras vidas; cada uno es cada uno y sus “cadaunadas”. No lo tenía en mi caso único y particular. Quería ser un padre joven, y las cuentas cada vez estaban más cerca de apuntar a que viviría la adolescencia de mis hijos con más de 50 años. Un padre de 30 años puede ser joven para los estándares actuales, pero me agobiaba recordar las palabras de mamá diciendo cómo siempre se acordaba de haber vivido de niña el 30 cumpleaños de su madre. Que vale, ella es la responsable de tener buena memoria en casa, pero incluso así.

No puedo decir que me arrepienta de haber esperado tanto. Mis últimos años han sido enormemente felices. No puedo decir que no me alegre de haber dado la vuelta a Islandia con la tienda de campaña, o de haber recorrido la Costa Oeste estadounidense con mi querida hermanita. Pero ahora que veo las cosas desde el otro lado, sé que también habría sido el papá más feliz del mundo si me hubiera lanzado antes. Es posible que las cuentas entonces no hubieran cuadrado; 900€ al mes en Madrid dan de sí para pocas alegrías. Pero siempre hay algo que se empeña en no cuadrar.

Hace unos días compartí este artículo sobre lo duro que puede ser querer tener hijos y llegar tarde para conseguirlo. Es increíble que la ciencia nos permita prolongar unos años nuestra edad fértil, pero eso no debería hacernos olvidar que nuestro cuerpo no siempre está de acuerdo. Y cuando algo hace clic en tu interior y llega a tu vida esa necesidad, pasar por años de sufrimiento para conseguirlo —o ni siquiera eso— puede dar un vuelco radical a nuestro orden de prioridades.

Es normal que mientras vivimos cambien los aspectos de la vida a los que damos más importancia. Lo malo es que, a veces, las nuevas prioridades llegan tarde. Como yo, que también llego tarde.

Zanahorias, zanahorias

A nuestra pequeña gusanita le encantan las zanahorias. O mejor dicho, le encantaban; porque sus gustos culinarios varían más que la cotización del barril de Brent. Es bien posible que en el tiempo transcurrido desde que la dejé este mañana hasta ahora ya haya pasado a aborrecerlas. En cualquier caso, sumando su afición al hecho de que tuviéramos un cargamento ingente de zanahorias de la huerta del tío Julio, nos sobraban motivos para incluir a menudo la crujiente raíz naranja en nuestro menú semanal de este invierno.

Curiosamente, a mamá y a mí nos ha encantado desde pequeños comer zanahoria cruda como aperitivo o para almorzar. Es una merienda fácil de preparar cuando tienes a mano esas inmaculadas zanahorias de supermercado que apenas necesitan un lavado para estar listas para consumir. Sin embargo, las zanahorias “de verdad” tienen la osadía de presentarse con formas irregulares y manchadas de tierra —una desfachatez—, lo que las hace mucho más difíciles de pelar como a mí me gusta: a ras.

Pelar un puñado de zanahorias informes podía llevarme horas —qué exagerado—, así que tuvimos que agudizar el ingenio para optimizar la preparación de eso que los cocineros finolis llaman “mise en place“, que no es otra cosa que amontonar en la encimera todos los ingredientes de la receta listos para usar.

Y así llegó el descubrimiento: un día se nos ocurrió que en lugar de lavar las zanahorias y pelarlas con un cuchillo, podíamos limpiar toda la suciedad exterior al mismo tiempo que eliminábamos la piel utilizando un estropajo de alambre. ¡Es mágico! Frotando un poco mientras giramos la zanahoria en la mano, queda una zanahoria absolutamente impoluta, sin rastro de piel ni de suciedad. No necesitamos ni un pelador, ni escaldarlas; nada.

Desde ese día, le damos una utilidad nueva a ese estropajo metálico que nunca usábamos para no rayar las sartenes y ya no hay crema de zanahoria que se nos resista.

 

Cuidado con las esponjas

Hay una idea subyacente a lo largo de todo el libro “Se me hace bola” de Julio Basulto que terminé de leer hace poco: la mejor forma de conseguir que nuestros hijos coman bien es comer bien nosotros primero. Predicar con el ejemplo, que diría el otro.

Y es que hay mucha verdad en esa afirmación popular de que los niños son esponjas. No puedes permitirte ni un momento de debilidad: basta con que tu hija te pille un día con el dedo en la nariz para que la tengas hurgándose con todo el abanico de dedos que tiene en cada mano a todas horas.

Hace unos días vivimos un buen ejemplo: mamá no es mucho de ponerse collares si no es para ocasiones especiales. Sin embargo, desde hace unas semanas, usa de vez en cuando uno con cuentas rojas a modo de collar de lactancia para evitarse dolorosos pellizcos y arañazos —¡qué uñas tiene la tía!—. Pues a partir del primer día la gusanita se pone como loca cada vez que ve el collar y no para hasta que no se lo ve puesto y puede acariciarlo con emoción. Incluso ha extendido la costumbre a otras cosas que parecen collares, como una cadena para chupete con cuentas de colores que nos regalaron cuando nació. Nos va a salir presumida.

Hay que tener mucho cuidado, es cierto, pero también podemos encontrarle un lado positivo a esa capacidad innata de los niños para imitar todo lo que ven. Recientemente, por ejemplo, hemos jugado con eso a nuestro favor para enseñarle a sonarse los mocos.

Quitarle los mocos a la gusanita siempre había sido una odisea que ni las 12 pruebas de Astérix —más o menos como cortarle las uñas—, así que cuando cogió su primera moquera después de Navidad tuvimos que ingeniárnoslas para facilitar la tarea. Le enseñamos cómo lo hacíamos nosotros con un pañuelo de papel, y como le hizo gracia, empezó a prestar su nariz al mismo ejercicio, al principio, y a intentar incluso hacerlo ella solita poco después. A cambio destroza todos los paquetes de pañuelos que encuentra a su paso, pero nos parece un peaje asumible si lo comparamos con los malos ratos que pasábamos con el suero y el sacamocos. Ya no tengo que limitarme a quitarle los mocos con Photoshop.

El papá que siempre llegaba tarde

Érase una vez un papá que siempre llegaba tarde. Fíjate tú si llegaba tarde, que hasta a su paternidad llegó tarde. Incluso tardó en darse cuenta de que llegaba tarde. Un desastre, en definitiva.

También llegó tarde a este blog. Un año, para ser más exactos. Un año lleno de primeras veces que su memoria de pez pronto irá olvidando. Suerte tiene el papá de haber encontrado una mamá con memoria de elefanta; con ella y con la montaña de fotos que dan testimonio de todo lo que pasó durante ese año tendrá que apañarse el papá para contarle a su gusanita lo felices que fueron durante aquellos doce meses.

Afortunadamente el papá llegó a tiempo de algunas cosas. Su niña diminúscula, como le gusta llamarla, tuvo la deferencia de esperar a papá antes de empezar a andar, a hablar, a dormir del tirón… No sé cuántas de esas primeras veces acabarán en el blog de papá; está todavía por ver.

Mientras todo eso llega, papá lo seguirá intentando, y ya está practicando con su patinete para no volver a llegar tarde nunca más; un seto en la cuesta abajo de camino a su trabajo y la uña del dedo que pulsa el botón izquierdo del ratón pueden dar fe de ello.

Espero que sea cierto aquello del “más vale tarde que nunca”.