La burbuja

Una vida activa en redes sociales entraña un peligro evidente que en demasiadas ocasiones nos empeñamos en obviar: vivimos en una burbuja. El día a día físico nos pone —un poquito— en contacto con personas de otros ámbitos, con gente afín a otras opiniones, pero cuando nos sumergimos en la maraña social de Internet tendemos a establecer lazos con aquellos que tienen gustos, intereses y pareceres similares a los nuestros. Nos sentimos cómodos y a gusto así, recibiendo «megustas» en cada tuit de pataleta social y en ese chiste sobre el líder del partido político más alejado de nuestra papeleta electoral. Y olvidamos que existe todo un mundo más allá, un universo paralelo de gente que vive a nuestro lado, pero que entiende la realidad e interpreta sus necesidades de forma diametralmente opuesta a la nuestra.

Nunca había sido tan consciente de la existencia de esos universos paralelos como el día en que mamá y yo compartimos una noche de cena y concierto con los amigos del trabajo de mi hermana. La tía de nuestra gusanita trabaja en una gran empresa de auditoría, de esas de traje y corbata para los hombres aunque el sol les apriete los pescuezos con la sequedad aplastante del verano madrileño. Nos encontramos en un irlandés cerca de una de las colmenas de oficinas de Azca. Y empezó el baño de realidad. Entre auditores, abogados y registradores de la propiedad aprendimos que existían jóvenes de nuestra edad que sólo acudían a fiestas nocturnas que les garantizaran que un aparcacoches les ahorraría rayones en su Mercedes de 60.000€ después de 3 ó 4 gin-tonics a 15€ la copa; conocimos —como las meigas, haberlas, haylas— mujeres florero de apenas 30 años que desconocen lo que cuesta un café porque su marido lo paga todo con la tarjeta —«black» o no, nunca lo sabremos— de ese bufete de abogados cuyo nombre descuelga un apellido compuesto tras otro cual dinastía élfica del «Simarillion»; nos dimos cuenta, en definitiva, de que nuestra vida no tenía nada que ver con la de todos esos jóvenes oscuramente trajeados que no nos habrían tocado ni con un puntero láser atado al extremo de un palo si nos hubieran visto en cualquiera de las sentadas del 15M que a nosotros nos ponían «la gallina de piel».

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Zumo de sandía y jengibre

Cuando la gente del sur nos escucha a los castellanos hablar de nuestro pueblo no se hacen a la idea de lo que son los pueblos de las profundidades de Burgos. Nuestras aldeas de 10 habitantes —50 en verano, eso sí— nada tienen que ver con esos núcleos de varios miles de habitantes que abundan de Somosierra para abajo. Son pueblos en los que mueren carreteras comarcales sin arcén ni línea alguna que pisar en un adelantamiento ilegal, en los que las moscas se fríen de calor sobre el trigo en verano y las ovejas se ponen bufanda de lana en invierno. Son pueblos en los que no pasa nada, ni el tiempo.

Por eso tengo que reconocer que he tenido mucha suerte en el sorteo que decidió qué aldea me acogería por la vía política. En un pueblo con más animales que habitantes humanos, aldea sin un solo local comercial, un alcalde de los que no abundan se esfuerza desde hace años por situar su nombre en el mapa. Y lo hace organizando todo tipo de eventos: agrícolas, culturales, festivos… como el taller de cocina vegetariana al que nos apuntamos el verano pasado. Allí aprendimos la receta que os traigo hoy, de la mano de una cocinera que trabaja en uno de los escasos restaurantes vegetarianos que se pueden encontrar en Burgos. No puede ser más sencilla, y es ideal para los veranos abrasadores que nos visitan cada año entre mayo y septiembre en Madrid.

Si no sois amigos del jengibre, animaos a probarla igualmente. A mamá tampoco le gusta nada comerlo tal cual y, sin embargo, este refresco casero le encanta. Podéis ir jugando con la cantidad que añadís hasta encontrar el toque perfecto que os guste.

La lista de la compra

  • Sandía. Es importante que tenga buen color y esa textura esponjosa que tanto gusta. Tened en cuenta que es el ingrediente principal del zumo, así que no conviene arriesgar con una sandía sosa y blanquecina. Nosotros utilizamos ½ kilo de carne para las dos copas que veis en la foto (pesada ya sin la corteza). Podéis variar la cantidad a vuestro gusto, pero veréis que se reduce muchísimo el volumen al batir.
  • Jengibre natural. Con un trozo de unos 3 centímetros es más que suficiente para un par de zumos, a menos que os guste mucho el sabor y queráis darle más intensidad.

El camino a la perdición

  1. Cortamos la sandía en trozos grandes y los ponemos en un vaso de batidora de tamaño adecuado.
  2. Cogemos el trozo de jengibre que vayamos a utilizar y lo rallamos. Tomamos la ralladura resultante en el puño y la estrujamos bien sobre el vaso de batidora. Veréis que sale exprimida una cantidad sorprendente de zumo. El jengibre es muy jugoso pero también tiene una fibra muy dura, por lo que utilizaremos únicamente el zumo para evitar encontrar hebras incómodas en la boca.
  3. Batimos todo bien hasta que quede completamente líquido, dejamos que se enfríe un rato en la nevera y ¡a refrescarnos!

El truco final

Terminaré con varios «briconsejos»:

  • Es un refresco que gusta más frío que templado, así que es buena idea utilizar una sandía que haya estado en el frigorífico e, incluso así, dejar enfriar el zumo un rato antes de consumirlo si veis que le falta un poco.
  • Como no es un ingrediente muy habitual en las cocinas españolas, podéis congelar el jengibre sin ningún problema. Nosotros lo troceamos en piezas de 3 ó 4 centímetros y son las que vamos sacando de la bolsa a medida que las vamos necesitando. No hace falta descongelarlo para rallarlo en esta receta, así que podemos improvisarla perfectamente cualquier día si tenemos una pequeña reserva en el congelador.
  • Si utilizáis lentillas, intentad no ponéroslas justo después de haber manipulado jengibre con las manos desnudas aunque os las hayáis lavado. Pica. Esto también es aplicable a la cebolla y el ajo. Vuestros ojos os lo agradecerán.

Yo confieso

Hemos dejado que nuestra gusanita se caiga de la cama dos veces. Y que se pille los dedos con un cajón de la cocina. Y que se caiga de morros aterrizando con la nariz por ir corriendo por la calle sin que nadie le diera la mano. Y que se pellizcara la mano con un cortauñas. Y que se metiera un puñado de arena del parque en la boca. Y que un perro le lamiera la cara como una vaca limpiando a su ternero. Y que metiera la mano en un charco para, acto seguido, degustarla con entusiasmo recorriendo con ella todos los rincones de su boca.

Así de malos somos. Peores, seguramente.

Hace dos semanas un niño trepó una valla, atravesó unos arbustos y se lanzó al foso del recinto en el que viven los gorilas del zoológico de Cincinnati. El resto de los visitantes vieron horrorizados cómo un gorila macho de 17 años y de nombre Harambe arrastraba al niño por el agua en una actitud que bien podría haber tratado de ser de protección por parte de un confuso animal. Tras evaluar cuidadosamente la tensa situación, la dirección del parque decidió acabar con la vida del gorila para proteger la del niño.

No voy a cuestionar las instalaciones del zoológico; hay quien dice que un doble perímetro de seguridad habría evitado el incidente. No pondré en tela de juicio si la decisión definitiva fue la más acertada o no; cualquier otra alternativa que hubiera podido conducir a la muerte del niño habría sido más lamentable. Lo que quiero analizar es esto: en apenas cinco días casi medio millón de personas firmaron una petición pública para que se investigue la responsabilidad de los padres en el suceso y para que las autoridades analicen el entorno familiar del niño y la situación de su hogar.

He leído varias crónicas del suceso y he visto algunos de los vídeos que grabaron los testigos. Me falta información para saber qué paso exactamente y cómo pudo un niño tan pequeño hacer todo eso. Esa misma información les falta seguramente a buena parte de esos más de 400.000 voluntariosos ciudadanos que piden poco menos que la retirada de la custodia del niño a sus padres.

Es cierto que estamos hablando de una escapatoria «de película» —en Estados Unidos, para más inri—, y me sorprende que un niño tan pequeño pudiera perpetrar semejante peripecia sin que nadie lo detuviera. Sin embargo, no se me ocurre pretender que la Justicia persiga a sus padres por la muerte del gorila, ni muchísimo menos extrapolar lo sucedido en el zoo a una supuesta falta de atención en el hogar. Me pregunto cuántos de los firmantes de la petición son padres; en mi apenas año y medio de experiencia me faltan ya dedos en las manos para contar la cantidad de veces en las que nuestra hija ha burlado también nuestra vigilancia para terminar llorando. No tendría dedos suficientes ni aunque fuera un dios hindú de cien brazos.

Los niños son curiosos, inquietos y rápidos, y el más mínimo despiste puede terminar en una tragedia si a la casualidad se le cruza el cable. Cualquiera que haya pretendido vigilar a un niño debería admitir que es físicamente imposible mantener completa atención durante todo el tiempo. Basta con que hayas cerrado los ojos para estornudar para que tu hijo haya prendido fuego a la casa y se haya tragado una caja de clavos; por no hablar de la cantidad de tiempo que los niños pasan hoy en día desatendidos mientras sus padres dedicamos todo nuestro esfuerzo mental a contestar mensajes en WhatsApp.

A lo mejor este caso debería servirnos para llamar la atención sobre otra perspectiva del asunto. Quizá no sean los padres los únicos sobre los que debemos poner el foco, sino también sobre el resto de visitantes del zoológico, sobre el resto de la sociedad. En el mejor de los casos, los padres —si es que estaban ambos presentes, porque en algunos artículos mencionan solamente a la madre— solo tenían dos pares de ojos para vigilar al niño. ¿Cómo es que nadie más se dio cuenta de lo que sucedía? No tardaron mucho en sacar el móvil para grabarlo… Hace poco dos niños de 5 años se escaparon de un colegio barcelonés hasta llegar a coger un tren tranquilamente sin que nadie se molestara en averiguar cómo podían dos niños tan pequeños ir solos por la calle y subirse al tren (ahí fue donde por fin un pasajero intervino). Está claro que los padres son los primeros y últimos responsables de sus hijos y de su bienestar, ¿pero no es un poco responsabilidad también del resto echar una mano? ¿No tenemos ojos en la cara los demás?

Volviendo a los padres, está claro que a menudo tenemos más descuidos de los que deberíamos. Son inevitables y forman parte de nuestra condición humana. La demanda de atención que exige la vigilancia constante y perfecta de un niño supera incluso al equipo formado por papá y mamá; al nuestro, desde luego, porque no somos perfectos. Tendremos que trabajar para minimizar esos descuidos y sus posibles consecuencias negativas, está claro, pero criminalizar a los padres o confundir un descuido —por grave que sea— con una irresponsable negligencia es ir más allá de lo que la realidad de la crianza me viene enseñando a hacer. Negligente, para mí, es quien prescinde de un SRI adecuado porque le resulta más cómodo llevar a los niños sin atar; negligente es quien coge el teléfono mientras conduce, aun a sabiendas de que está, en primer lugar, incumpliendo la ley y, en segundo lugar, poniendo en riesgo su vida y la del resto de conductores.

El día que mi hija se cayó de la cama mientras yo colgaba un pantalón en el armario se me quedará clavado para siempre. Quién me iba a decir a mí que aprendería a rodar tan rápido de un día para otro… Pero el caso es que le di la espalda más tiempo de lo debido. No quiero ni pensar lo que tuvo que pasar la madre de un niño de 4 años viéndolo zarandeado por un gorila de casi 200 kilos. No tengamos la munición tan a mano; la infancia de nuestros hijos es muy larga y quién sabe si no estaremos disparándonos en el pie cuando acusamos a otros padres que a ojos nuestros parecen negligentes. Nadie es perfecto y tarde o temprano todos estaremos ahí.

Tortilla de cebolla al curry

Si hay uno que se pueda considerar el plato estrella de mi padre es sin duda la tortilla de cebolla. Y cuando digo «de cebolla» es «de cebolla», no «con cebolla». Desconozco de dónde sacó la receta mi padre pero me gusta creer que se trata de un secreto milenario que pasó de generación en generación sobreviviendo a guerras mundiales, cruzadas católicas en Tierra Santa e invasiones de pueblos extranjeros venidos de más allá del frío. Cuando yo heredé la receta, la pervertí con algún truco que aprendí de David, el maestro tortillero con el que compartía residencia durante mi Erasmus, y le di un toque exótico con las especias que nunca faltan en mi cocina y que mis padres nunca sabían cuándo utilizar.

Así nació nuestra tortilla de cebolla al curry, plato que yo consideraba extremadamente original hasta que Sem de Y yo con estas barbas destrozó mi ilusión de un plumazo (pero que conste que tengo pruebas gráficas de que hace ya mucho tiempo que venimos preparándola en casa). En cualquier caso, como cada maestrillo tiene su librillo, yo os cuento cómo la hacemos nosotros. Es un saber que hay que compartir para que esta receta milenaria cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos no caiga en el olvido. O lo que sea.

La lista de la compra

  • Un par de cebollas grandes o tres pequeñas. Para la tortilla pequeña de la foto utilizamos unos 360g de cebolla, por si os sirve de referencia.
  • 4 huevos medianos, quizá 5 si son muy pequeños o 3 si son muy grandes. Nosotros pusimos huevos de las gallinas del pueblo de la tía, que son algo más pequeños que los de talla M de supermercado.
  • Aceite de girasol.
  • Sal.
  • Curry.

El camino a la perdición

  1. Cortamos la cebolla en trozos del tamaño que os guste para una tortilla de patata normal —una tortilla de patata «normal» lleva cebolla; es intrínseco a su naturaleza. Si no lleva cebolla, no se llama «tortilla de patata», se llama «huevo con cosas»—. Nosotros lo picamos en pedazos de más o menos 1cm de ancho, que no llegue a ser una «brunoise» picadita.

    Cebolla picada en la sartén
    3 cebollas pequeñas pochándose despacito
  2. Ponemos un buen chorro de aceite en nuestra sartén de las tortillas (¿alguien no tiene una sartén de las tortillas en casa?) y cuando esté bien caliente incorporamos la cebolla. Para que tenga el sabor dulce que nos gusta, dejamos que se vaya friendo despacito con el fuego medio-bajo, hasta que tome un color tostadito pero sin llegar a ser cebolla caramelizada. Nosotros le ponemos un poco de sal.
  3. Mientras se va pochando la cebolla, cogemos los huevos y separamos las claras de las yemas. Viendo uno de los miles de «realities» de cocina a los que somos adictos, descubrí que es mucho más fácil hacerlo con las manos que pasando el huevo de una cáscara a otra como hacía yo hasta aquel momento. Si vais dejando que la clara se cuele entre los dedos, en un minuto lo tenéis listo. Si, además, tenéis los dedos tan torcidos como yo, puede que el hueco extra os ayude a lograrlo en un tiempo récord de 30 segundos.

    Claras batidas hasta formar una espuma
    Las claras batidas hasta formar una espuma. Reservamos las yemas aparte
  4. Ponemos las claras en un bol amplio y las batimos hasta que se hayan convertido en una espuma. No queremos montarlas ni llegar al punto de nieve; en cuanto no veamos parte líquida y sea todo una espuma blanquecina, podemos parar. Este punto le da un toque esponjoso a la tortilla de cebolla que nos gusta mucho.
  5. Cuando la cebolla haya cogido el tono dorado que nos gusta, la sacamos de la sartén y le escurrimos bien el aceite para que no quede un interior excesivamente grasiento.

    Cebolla pochada
    Dejamos que la cebolla alcance un tono doradito sin llegar a caramelizarse del todo
  6. Incorporamos a la espuma de las claras las yemas que teníamos apartadas, la cebolla, una pizca de sal y otra pizca de curry. Lo mezclamos todo bien sin llegar a batir para que no se desinfle la espuma.

    Claras batidas, yema, cebolla pochada, sal y curry
    El curry y las yemas colorean la mezcla
  7. Recalentamos bien la sartén que habíamos usado para la cebolla untada con un poco de aceite sobrante y solo nos queda terminar la tortilla con mucho cuidado como si fuera una tortilla de patata normal. Podéis darle el punto que queráis. No pasa nada si se pasa un poco más; aunque os guste la tortilla poco cuajada, la textura que hemos conseguido con las claras le da un punto esponjoso que queda bien incluso si dejamos que se cocine un poco más de lo habitual.

El truco final

El truco final de hoy es una confesión: no sé hacer tortillas. Mis tortillas francesas acaban a menudo en revuelto espontáneo; no digamos las de patata… Mi truco final es tener al lado a una experta tortillera como mamá, así que el paso 7 y definitivo es siempre obra suya en esta casa. Fijaos si es buena, que hasta con fiebre y anginas termina la tortilla, aunque le quede un poquito arrugada como le pasó ayer.

Sé que esto será una decepción para mi legión de seguidores, pero este ataque de sinceridad debería servir para demostrar que no escondo mis múltiples defectos y que todo lo que os cuento de nuestra cocina es real como la vida misma.

Lo importante no es ser buen cocinero; lo importante es vivir con alguien que sepa cocinar.

Por una vez se murió un pez

No hace falta tener un oído especialmente fino para darse cuenta de que muchos padres y madres comparten un mismo sentimiento de hartazgo: el cansancio que les produce —nos produce— tener que escuchar comentarios constantes acerca de cómo estamos criando a nuestros hijos de la manera equivocada. Dónde si no en España iba a tener sentido el término «cuñadismo», en un país de opinadores profesionales —yo el primero— que habitan una constante tertulia en la que todos somos expertos en la materia. A lo mejor es que, como dice el otro, «tenemos la piel muy fina», pero a menudo nos cuesta vislumbrar la tenue línea que separa, a un lado, los motivos por los que alguien decide actuar de determinada manera en su casa y, al otro, un ataque en toda regla a quien no ha optado por la misma solución. Yo por si acaso entono desde ya el mea culpa porque seguro que más de una y de dos veces he abierto la boca más de lo que debía.

Todo esta introducción viene al hilo de un tipo de comentarios que últimamente me resultan especialmente molestos. Los agrupo bajo el epígrafe «por una vez no pasa nada», y se construyen con un mecanismo muy simple: un opinador cualquiera toma alguna de tus decisiones de crianza al azar, le da la vuelta y te endiña un «por una vez que [inserte aquí su propuesta de mosca cojonera favorita] no pasa nada».

Algunos son tan brutos que no merecen ni la más mínima atención, al menos desde mi punto de vista. Sería el caso de clásicos como el «porque no le abroches el cinturón para ir hasta allí no va a pasar nada». Obviamente, lo más probable es que no pase nada. Pero, lamentablemente, la vida no se reduce a una mera cuestión estadística. Basta con que te cruces al volante con quien piensa de vez en cuando que «por otra copa no pasa nada» para que la historia termine en tragedia. Y una vez que pasa algo, ve a buscar al filósofo del «no pasa nada». Sin llegar a ese extremo, también incluyo en este grupo a esos familiares simpáticos a los que les parece muy gracioso darle a probar alcohol o tabaco a un niño porque «porque lo pruebe una vez no le va a pasar nada». ¿Hace falta comentar?

El problema y mi fastidio se acrecientan cuando se trata de acciones no tan directamente dañinas o peligrosas, y pongo un ejemplo que a mí al menos me resulta claro y sangrante: los dulces industriales. Bajo mi punto de vista, la salud de mi hija es responsabilidad mía hasta que pase a serlo suya. Llegará un día en que ella decida si quiere comprar más boletos para el sorteo de un cáncer de pulmón, o si le compensa mantener un estilo de vida más fácil y proclive a una enfermedad cardiovascular. Como decía un compañero mío de clase «tú mismo con tu organismo». Nuestra responsabilidad será entregarle un cuerpo todo lo sano que nos sea posible; a partir de ahí, daremos un elegante paso al lado y dejaremos que siga su propio camino.

Vuelvo pues al ejemplo: los dulces. En casa hemos decidido que los dulces industriales, galletas incluidas, no formen parte de la dieta diaria de nuestra hija. Somos conscientes de que es prácticamente imposible erradicarlos, no estamos locos, pero nos gustaría intentar que no se acostumbre a consumirlos de manera habitual. Si el panadero le da una galleta o si celebran un cumpleaños en la guardería y llevan bollos para todos los niños, no vamos a convertir nuestra decisión en una prohibición que a buen seguro resultaría contraproducente.

Sin embargo, hay quien, aun siendo plenamente consciente de que a nosotros no nos gusta, insiste machaconamente en que le demos galletas a la niña. «Hombre, porque se coma una galleta no va a pasar nada». Y claro que no va a pasar nada por una galleta pero ¿a partir de qué número de galleta empieza a pasar algo? ¿A partir de la segunda? ¿A partir del momento en que le gusten y decida que quiere desayunar una cada día? Y me daría lo mismo si no fuera a pasar nada aunque comiera doscientas galletas al día durante el resto de su vida. Si nosotros hemos decidido que no queremos que sea así mientras sea pequeña, ¿por qué demonios le fastidia tanto a la gente respetarlo? No es una galleta, es el hecho de que te dé absolutamente igual lo que yo he elegido para mi hija e insistas en ofrecerle precisamente lo único que te hemos pedido que no le ofrezcas.

Yo no soy vegetariano ni me gustaría serlo, pero no por ello me paso el día dándoles la murga para que coman carne a los veganos que conozco. Es una decisión nuestra, una decisión, además, muy informada, y como tal deberían respetarla los demás. No entiendo esa obsesión por que coma precisamente aquello que no queremos darle cuando resulta que es una niña que devora absolutamente de todo con fruición. Algo se me debe de escapar porque no entiendo que el ofrecimiento de una galleta resulte mucho más satisfactorio que el de una fruta cualquiera que también le pirra.

Como decía, es sólo un ejemplo. Son muchas las decisiones que tenemos que tomar los padres por nuestros hijos y, a menudo, no resultan cómodas. La opción popular y más fácil no siempre es la más sana o la que más se ajusta a nuestra situación o a nuestra forma de ver las cosas. Actuar de manera consistente delante de los niños tampoco resulta siempre sencillo. Intentamos darles una buena educación y unas pautas con las que ellos empezarán a tomar sus propias decisiones mucho antes de lo que imaginamos, y las constantes injerencias de personas del entorno a quienes ellos también prestan atención no hacen sino ponérnoslo mucho más difícil a los padres. Dejemos de cuestionar a los demás porque no hacemos sino poner en tela de juicio delante de sus hijos aquellas decisiones que los padres han tomado por ellos.

Un poquito más de respeto porque, a veces, sí pasa.

Puedes congelar el tiempo

Cualquiera se encontraba con una explosión de rayos gamma en la década de los 60, como bien os podría contar Bruce Banner. Pero claro, el uso llevó al abuso, se pusieron morados —y verdes— con ellos y acabaron haciendo un par de películas tan lamentables que hubo que limitar el acceso a ese tipo de experimentos. Y claro, no es fácil conseguir los superpoderes que uno quiere sin explosiones de rayos gamma. Así pues, mientras continúo buscando una forma asequible de adquirir la capacidad de congelar el tiempo, lo único que puedo congelar es lo que cabe en los tres cajones inferiores del frigorífico de casa.

¿Y qué congelamos? Pues me resulta curioso analizar la evolución que ha sufrido el contenido de nuestro congelador desde que salimos de casa de nuestros padres hace ya unos pocos años. Nada queda ya de aquellas pizzas precocinadas a las que les añadíamos ingredientes por encima para no comer esas bases huérfanas de toda gracia que escondían las coloridas cajas de Dr. Oetker. Ni de esas croquetas cuyo envasado anunciaba «como las de tu madre» pero de rebozado «blandurrio» y más llenas de aire que de jamón. Ni siquiera hay rastro alguno de las cubiteras de hielo que nunca podían faltar por lo que pudiera pasar.

Nuestro día a día ha cambiado, y con él han debido hacerlo los productos que necesitamos tener a mano. Unas veces por accidente, otras por consejo de terceros y otras por experiencia, hemos descubierto que podemos congelar cosas que nunca se nos habrían pasado por la cabeza. Algunas nos ayudan a ser más eficientes en la cocina sin dejar de comer sano; otras nos salvan la vida cuando llega esa tarde de domingo en la que tienes tantas ganas de cocinar como de que te arranquen las uñas con una espátula oxidada. Lo que sí está claro es que cada vez congelamos menos variedad de platos preparados (caseros o comprados) y más elementos listos para utilizar en la cocina como parte de otra receta.

He aquí algunas ideas:

Especias verdes

No sé a vosotros, pero a nosotros siempre se nos acababan poniendo pochos los ramilletes de cilantro o de perejil fresco. Y no será porque yo no le ponga especias a todo lo que se cruza en mi camino (hasta a nuestra gusanita le pongo especias por la mañana aprovechando que soy yo quien la asea y la viste para el cole). Pero no había manera, ni poniéndolo en un vaso con agua, ni al sol, ni a la sombra.

Hasta que un día un compañero de trabajo me comentó que él en casa congelaba el perejil fresco en una bolsa y lo iba sacando según lo necesitaba. ¡Y bingo! Desde entonces utilizamos esta técnica para condimentos como el perejil que nos traemos de la huerta del tío Julio, el cilantro o la albahaca. Tengo que reconocer que cuando descongelas las hojas se quedan lacias y tristes, pero conservan prácticamente todo su sabor si lo que vas a hacer con ellas es cocinar y no decorar el plato con el que te vas a presentar a la fase final del proceso de selección de MasterChef.

Suero de leche

Esto ya os lo he contado, pero no por eso quería dejar de incluirlo en esta lista. Tener un par de recipientes con suero de leche en el frigorífico siempre nos viene bien para ese plato de macarrones de emergencia que construimos con pasta seca y los restos de cuatro verduras que habitan la planta baja de nuestra nevera. El sabor de la pasta cocida en suero nos gusta más y aprovechamos, además, todos los subproductos de ese queso casero que tanto nos gusta.

Caldos

Todavía tenemos que optimizar la organización de nuestro menú semanal para poder tener siempre a punto un caldo casero cuando lo necesitamos pero, si nos sobra de alguna elaboración anterior, siempre guardamos el caldo restante para platos futuros. No importa si no conservamos el suficiente como para completar la cocción de un arroz; todo el caldo que añadamos será positivo por mucho que luego nos veamos obligados a completarlo con un poco de agua.

El caldo que más habitualmente preparamos es el de pescado, que después utilizamos en arroces y sopas sobre todo, pero también hemos trabajado con pollo y verduras cuando algún plato lo pedía o en aquellas ocasiones en las que teníamos mucha verdura de la huerta acumulada.

Salsas sobrantes

Llamadme exagerado si queréis —porque lo soy—, pero he contemplado con horror y lágrimas surcando mi rostro cómo compañeros de trabajo tiraban al contenedor de restos orgánicos que hay en la cocina toda la salsa que les sobraba del plato que les hubiera tocado ese día. Yo soy un talibán del aprovechamiento de la comida; antes que tirar la salsa me la como a cucharadas si no tengo pan para untar. De hecho, a menudo utilizo una cuchara para comer platos que todo el mundo degusta con tenedor solo por el hecho de poder aprovechar mejor la salsa. Si aun así sobra, ¡guardadla, por amor de dos!

Una salsa de tomate de cualquier cosa se pueda aprovechar perfectamente para guisar algo más al día siguiente, incluso el exceso de caldo de una alubiada que pusimos en la olla con más agua de la que debíamos. Hace no mucho congelamos un «tupper» con el caldo que nos quedó de unas alubias pintas con chorizo. Lo reutilizamos poco después para guisar unas patatas y el resultado no podría haber estado mejor. Os diría que relamí el plato en casa de gusto, si no fuera porque eso no es nada excepcional en mi caso —o sí, ¿quién sabe?—.

Tiempo empanado

Incluyo en esta categoría cosas empanadas como las croquetas y otras sin empanar como gnocchi o empanadillas. Es muy raro que en casa comamos este tipo de cosas el mismo día que las elaboramos; normalmente esperamos a que nos dé una venada de sábado por la mañana y, aprovechando que la inquilina más joven de la cama es aficionada a madrugar, dedicamos unas cuantas horas a trabajar en este tipo de preparados que, sin ser particularmente difíciles, sí son laboriosos y pringosos para la cocina. Como no hace falta descongelarlos para echarlos a la cazuela, son ideales para preparar algo rápido, rico y elaborado un día que nos apetezca comer algo chulo y no tengamos tiempo o ganas de cocinar. O para ese día en que el Wolfsburgo le mete un 2-0 al Madrid y necesitas cenar croquetas caseras para enderezar el rumbo de tu vida antes de irte a la cama, también para ese día.

Masa

Esta categoría estamos todavía trabajándola, pero poco a poco empezamos a congelar pelotas de masa de harina. La de la pizza solemos hacerla en directo cuando toca, pero sí hemos congelado por ejemplo la que utilizamos para hacer estas deliciosas borekas de berenjena. Iremos experimentando con más a medida que profundicemos en el mundo panadero que estamos descubriendo.

Recortes y raspas

Los caldos caseros no crecen en los árboles ni en las baldas del supermercado, por mucho que lleven el letrero «casero» bien grande en la cara anterior del tetrabrik. Congelamos la parte que se descarta de los espárragos verdes, el trozo verde de los puerros, el tuétano del brócoli, recortes de tocino del jamón que nos regalan en el trabajo por Navidad, raspas y cabezas de pescado… Todo eso que tanta gente tira es un punto de partida ideal para un caldo de rechupete que no lleva más «E-» en su nombre que las tres de «rEchupEtE».

Tiempo picado

A veces nos cuesta encontrar el momento de echar mano de esta última categoría y acabamos haciéndolo todo cada día, pero de vez en cuando congelamos una buena bolsa de cebolla, zanahoria o pimiento picados, o un trozo generoso de calabaza del pueblo troceada y lista para cualquier puré. No es nada del otro mundo, pero ahorra unos minutos al comienzo de ese sofrito para el que queremos picar 2 ó 3 verduras finitas y que esté listo cuanto antes.

Jengibre natural

El jengibre es un producto que no acostumbramos a incorporar a menudo a nuestros platos, así que cuando compramos un trozo en la frutería suele durarnos bastante. Hace un par de años nos enseñaron que se puede congelar sin problemas, así que lo partimos en trozos del tamaño que solemos necesitar y lo guardamos en una bolsa de congelación normal y corriente. De vez en cuando vamos sacando un trocito y lo aplicamos rallado y exprimido para darles un toque exótico a las lentejas o para preparar un refresco de sandía y jengibre que en verano «quita el sentío».

 

No es que nuestro congelador sea especialmente pequeño, pero llegó un punto en que teníamos tantas cosas que no sabíamos qué era qué, cuánto tiempo llevaba ahí o si ya tenía hijos que iban a la universidad. Decidimos que sería buena idea ir apuntando las entradas y salidas para llevar un control de lo que había, lo que, además, nos ayuda a la hora de programar el menú semanal para ir dándole uso a ese «tupper» de setas de carrerilla salteadas que nos dio la abuela la primavera pasada.

Con el tiempo descubrimos que separar el contenido por cajones a la hora de apuntarlo nos ahorra aperturas innecesarias del congelador, con el consiguiente ahorro de energía que eso supone. Desde entonces tenemos en un imán de la nevera 3 hojitas que se corresponden con cada uno de los 3 cajones, lo que facilita enormemente la peligrosa tarea de sumergirte en el frío en busca de una rama de perejil. Además, etiquetamos cada recipiente con un trozo de cinta de carrocero en el que escribimos con un rotulador gordo qué contiene el envase. Se acabó el rebuscar en el hielo más allá del Muro.

Mira, al final resulta que casi somos capaces de congelar un poquito de tiempo.

#ElTemaDeLaSemana (tengo miedo)

El día parece no querer llegar nunca pero en algún momento, espero que pronto, las 24 horas de mi jornada quedarán a disposición de nuestra hija. Ya sabéis que dejar de lado el trabajo durante un tiempo no ha sido una decisión exenta de temores, pero eran temores mundanos a factores externos que, en la mayor parte de los casos, no dependen exclusivamente de mí. De un modo u otro sé que los superaremos, que nos organizaremos y nos reinventaremos como siempre hemos hecho, que pasaremos el mal trago inicial y estaremos orgullosos de haber dado el paso. Pero esos temores no están solos.

Hoy me uno por primera vez al carnaval de los Papás Blogueros, dedicado en esta ocasión al miedo, al mío personal, al que no depende de nadie más que de mí. Es miedo a no estar a la altura, a no saber darle a mi hija lo que espera de su padre… Porque, de la noche a la mañana, las escasas dos horas que ahora pasamos juntos muchos días se convertirán en días completos repletos de horas, minutos y segundos. Y he visto en mamá que los días llenos de horas, minutos y segundos pueden hacerse muy largos —«molto longos» que diría Juanito— cuando tu única compañía es una niña que demanda toda tu atención.

Tengo miedo de que no sepamos llevarnos bien, de que las rabietas me superen, de que no sepa consolarla, de que no nos entendamos, de que no entienda por qué ya no están la teta, su teta, ni mamá, su mamá… Puede ser un miedo ridículo, no lo sé; cuando mamá ha tenido que trabajar y la gusanita y yo nos hemos quedado a solas durante horas lo hemos pasado genial, ¿pero sabremos hacerlo así día tras día?

Por otra parte, tengo miedo de no ser suficiente, de no saber satisfacer su inmensa necesidad de atención, sus ganas inabarcables de aprender, de tocar, de hacer… Tengo miedo de llegar tarde otra vez, de que ya se haya adaptado tanto a la guardería que volver a estar sola conmigo le resulte pesado y aburrido. Tengo miedo de haberme dejado convencer de que necesitan la escuela infantil para aprender, de que yo no voy a saber qué enseñarle, porque yo no tengo fichas en casa ni horarios ni asignaturas ni juegos heurísticos…

Tengo miedo, pero no podría tener más ganas.