Asiento reservado

Ya sabéis que mi memoria es un desastre. Además de mala memoria, también puedo tener muy mal humor. Mucho. A veces se me olvidan el buen humor y las maneras correctas y estoy seguro de que a más de uno le he hecho pasar un mal rato de forma inmerecida. Pero me esfuerzo porque no sea así, y aunque mi día en el trabajo haya salido mal, intento llegar con una sonrisa cuando me acerco a la caja del supermercado para pagar la compra vespertina.

Cuánto mejor nos iría si todos, yo el primero, pusiéramos algo más de nuestra parte para hacerles la vida más fácil a los demás. Y es que últimamente, pensando en el ejemplo que les damos a los niños, me ha dado por fijarme mucho en la ingente cantidad de detalles que demuestran el poco respeto que tenemos por los demás, por las cosas que son de todos y por eso que más o menos todos entendemos como «el bien común». Sí, esto va a ser una pataleta en toda regla.

En cualquier ámbito de la vida en sociedad podemos encontrar ejemplos innumerables. Desde que vivo en Madrid, por ejemplo, me asombra la cantidad de mierda —«mierda», con todas las letras— de perro que me encuentro por la calle; o me sorprenden las numerosas ocasiones en las que veo que algún vecino deposita los cartones aceitosos de la pizza que cenó ayer en el pequeño contenedor amarillo comunitario destinado a los plásticos. Y si me pongo a hablar del poco respeto que mostramos por los demás cuando estamos al volante, no acabo. ¿Se os ocurren más?

Como padre, me gustaría que mi hija aprendiera a hacerlo mejor. Mejor que yo, y mejor que todas esas personas que de forma sistemática ignoran los efectos que sus actos despreocupados tienen sobre los demás, como aquel que presume de no usar nunca los intermitentes porque es una pérdida de tiempo.

Esta reflexión nace del mal rato que me llevé hace no mucho cuando volvíamos los tres juntos a casa en metro. Entiendo como un fracaso de nuestra sociedad el hecho de que sea necesario regular, reservar y señalizar específicamente la cesión de ciertos asientos en el transporte público a las personas enfermas, ancianas o con movilidad reducida. Pero desde el momento en que la barriga de mamá empezó a ser claramente visible, soy consciente de que no sólo es necesario hacerlo, sino que, para colmo además, a menudo es incluso insuficiente.

Desde mi humilde punto de vista es algo de sentido común que mi culo es capaz de sostenerse perfectamente de pie si mi asiento puede ayudar a una persona mayor o puede aliviar el peso de las piernas hinchadas a una embarazada; embarazada que, además, probablemente haya visto cómo su centro de gravedad se ha desplazado y le dificulta los equilibrios forzados cuando el autobús toma una curva, por poner un ejemplo. Está claro que no todo el mundo piensa igual. Mamá ya se llevó sus buenos malos ratos durante su embarazo, pero eso le corresponde a ella contarlo. Yo me quedo con dos ejemplos que me han tocado a mí como padre.

Sin comerlo ni beberlo, hace no mucho que me vi enfrascado en una discusión acerca de si la red de metro de Madrid necesita más ascensores o no. Poniéndome en el lugar de quien los necesita, yo defendía que sí. Soy de la opinión de que queda aún mucho por hacer en aras de una mejor accesibilidad del transporte público y de la ciudad en general. Eso, unido a que nos gusta portear, hace que nunca llevemos la silla de paseo cuando vamos al centro. ¿Cuántas veces créeis que nos han cedido el asiento reservado en el metro llevando un bebé en brazos?

Recuerdo una ocasión en la que el metro estaba especialmente lleno. Entramos y nos quedamos de pie entre la puerta y el asiento reservado. En él iba sentada una joven junto a la que viajaban dos señoras de mediana edad. Durante todo el trayecto las tres fueron haciéndole monerías a nuestra gusanita, que no pierde oportunidad de llamar la atención de cuantos nos rodean. A ninguna se le ocurrió que en un metro rebosante de pasajeros el lugar ideal para una niña de menos de un año no es en los brazos de su padre de pie junto a la puerta. En ocasiones así, nos parapetamos con brazos y codos para protegerla de empujones y achuchones, pero poco podríamos hacer por su seguridad si el tren pega un frenazo o algo peor. Seguro que todos esos pasajeros considerados preferirían que incrustáramos la silla de paseo en sus riñones para hacerles el viaje mucho más agradable.

«Más tonto eres tú», diréis. Desde luego, podría haberme dirigido a aquella chica para hacerle ver que estaba ocupando un asiento reservado para casos como el nuestro. Sin embargo, tengo varios problemas con eso: el primero, que soy tremendamente tímido, y me resulta muy violento tener que llamarle la atención a alguien sobre algo que, incluso sin ninguna mala intención, debería ser un poco recriminable. El segundo es que no siempre tengo ganas de enfrentarme a malos ratos como el que nos llevamos en una de las escasas ocasiones en las que se nos ocurrió abrir la boca.

La situación era idéntica a la anterior: una chica joven ocupando el asiento reservado y nosotros con un bebé en brazos —bastante más pequeñita por aquel entonces—. Con mi mejor cara y armado de buena educación me dirigí a ella:

—Perdona, ¿me dejas que nos sentemos, por favor?
—A mí también me duele la regla y no digo nada, ¿eh?

Y se levantó. Con todas las malas pulgas que pudo disponer sobre su cara.

¿Fue mala suerte? Desde luego, y me sentí mal por ella, a pesar de su mala respuesta, si es que de verdad lo estaba pasando mal. ¿Cuál es el problema? Que ni ella, ni los otros 7 pasajeros que iban sentados en esa sección de metro mostraron la más mínima intención de abandonar el asiento que con sangre, sudor y lágrimas habían logrado conquistar en el vagón. No debería hacer falta reservar un asiento para padres con bebés en brazos; debería ser algo tan de sentido común que cualquiera se levantara para cederlo, y así esa chica quizá no habría tenido que verse violentada mientras pasaba un mal momento. Pero no siempre es así. «No siempre» porque también hemos vivido el caso contrario, cuando varias personas se han ofrecido simultáneamente a cedernos su asiento, incluso dos asientos para que los tres pudiéramos sentarnos juntos.

En el mundo ideal de Jasmín y Aladdín no haría falta legislar así. Sería un mundo empático y solidario. Por desgracia, el nuestro no lo es. Es más, estoy seguro de que a mucha gente le parecerá una soberana gilipollez todo esto que estoy diciendo; a ver por qué van ellos a tener que ponerse de pie porque yo haya querido tener una hija y llevarla en brazos, ¿verdad? Qué pena me da vivir en la misma sociedad que la gente que piensa así… No queda otra que aguantar, tratar de aportar en positivo en la medida de lo posible, y esperar que el mundo que reciban nuestros hijos sea un poquito mejor, más humano, más comprensivo… Y que ellos sean parte de ese cambio. Hasta entonces, yo seguiré levantándome en el metro. Y si me da vergüenza porque no estoy seguro de si una mujer está embarazada o de si un caballero canoso es «suficientemente anciano» como para merecer mi asiento, no es necesario ni preguntar. Te levantas discretamente y ya está. Seguro que a alguien le haces el día un poco más feliz.

 

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Infusiones de clavo y cayena

Soy un desastre en la cocina. A veces la inspiración me encuentra cocinando y, sin saber muy bien cómo, acabamos degustando resultados apetecibles y bien parecidos. Pero no es raro que mis experimentos culinarios terminen en forma de picadillos resecos o flanes sorpresivamente líquidos. Menos mal que en casa somos de paladar agradecido y no le hacemos asco a —casi— nada.

Uno de los accidentes más frecuentes en mis guisos solía producirse cuando tenía la feliz ocurrencia de añadirles una pimienta de Cayena entera. Carente de toda mala intención, mi pésima memoria me jugaba habitualmente la simpática pasada de hacer que me olvidara de buscarla después para sacarla del guiso antes de servir. O, lo que es peor, mi gusto por las cocciones lentas tenía a menudo como resultado que la pimienta, ya reblandecida después de tanto «chop chop», terminara desintegrada en mil partículas mortíferas repartidas subrepticiamente por todo el guiso. Imaginaos lo bien que nos lo pasamos en esas ocasiones degustando el picante manjar.

Llegó un punto en que esta situación me enfrentó a una encrucijada: o resolvía mi problema con la pimienta o empezaba a firmar los papeles del divorcio. Y como el amor lo puede todo, encontré la solución. Necesitaba un utensilio que me permitiera introducir la pimienta roja en la cazuela, que posibilitara el paso del agua y la salsa para que fuera cogiendo sabor, y que al mismo tiempo evitara la desintegración o la pérdida de la susodicha guindilla. ¿Se os ocurre?

Encontré la respuesta a la derecha de las tazas en nuestro armario del desayuno: ¡un filtro para infusiones! Puede que el nombre oficial sea «infusionador» según veo en Google, pero no es otra cosa que una pelotita metálica con algún tipo de seguro que evite que se abra espontáneamente. Los agujeritos permiten que la especia siga aportando su sabor al guiso, al mismo tiempo que prevenimos el desastre irremediable del picor sorpresa. Desde que lo descubrí, lo aplico también con otras especias que utilizamos enteras, como el clavo. Aunque en este caso es muy difícil que se rompan porque es bastante más duro, me ahorro así el tener que buscar después los pequeños «clavos» si la salsa ha quedado espesa y es también de color rojo oscuro.

Lo ideal es utilizar uno lo más sencillo posible y con muchos orificios o de tela metálica. A mí me gustan los que consisten únicamente en la bola y una pequeña cadenita. Esa misma cadena que utilizáis para fijar el artilugio al borde de la taza podéis aplicarla aquí para engancharlo al borde la cazuela. Si se suelta, tampoco pasa nada; con fregar después bien la cadena, todo arreglado.

Ahora me diréis que hay una solución mucho más práctica y sencilla y yo negaré tajantemente haber escrito todo esto y haber utilizado nunca un infusionador de té para cocinar con pimienta. Mientras tanto, mi cocina es mía y cocino como quiero.

Las 4 mamás de papá

Llegué tarde al Día del Padre. Era inevitable: papá llega tarde. Dejé pasar otra oportunidad de darle las gracias a papá, al mío, por tanto, por todo. No quiero que pase lo mismo esta vez con mamá.

Ha habido, hay y habrá muchas mamás en mi vida, pero cuatro de ellas han sido y son algo más. Sin ellas, yo no sería papá. Más aún, sin ellas, yo no sería. Nada, ni papá, ni nada. No sería papá sin mamá; y menos sería si no hubiera sido por la mía, mi mamá, y la suya, la abuela, y la de papá, la otra abuela. Es un jaleo, lo sé, pero ahora os lo explico.

La abuela, la de mamá

Mi abuela, la madre de mi madre, murió hace ya muchos años. Me da vergüenza no recordar cuándo. Sólo sé que yo era pequeño, aunque no lo suficiente como para no darme cuenta de lo que estaba pasando. Fue una Navidad amarga que no ha impedido que sigan siendo unos días muy especiales cada año en casa de mis padres.

Espero no olvidar nunca el último recuerdo que conservo de mi abuela. Yo sabía que estaba muy malita; no me dejaban verla. No sé si era Nochebuena o si sucedió el día de la víspera, pero me llamaron al dormitorio. No hubo palabras, no hacían falta. Levantó con esfuerzo la mano que reposaba sobre la cama antigua, esa mano que tantas veces había rallado para nosotros la tableta de chocolate para fundir los domingos por la tarde, y la mano de aquel niño asió los dedos arrugados de su abuela. Apretamos, como si fuera la última vez, como si no fuera a haber un mañana. Porque no iba a haberlo.

A pesar de que no me vería crecer más, recuerdo con muchísimo cariño a mi abuela mayor. Era la abuela de las croquetas inigualables, la que nos cuidaba los domingos cuando papá y mamá acudían a esas reuniones que hoy habrían llamado «escuela de padres». Era la abuela futbolera, la que sintonizaba los partidos de aquel Real Burgos, el «matagigantes», en el transistor de la cocina. Era la abuela que veía los toros por la tele cuando podía, la que paseaba con nosotros sobre sus piernas agotadas de artrosis por el entonces paseo del Conde de Vallellano, hoy Paseo de la Sierra de Atapuerca. Era la abuela que venía con nosotros al campo y a Galicia en verano, la que nos daba bolsas de arroz para dar de comer a las palomas de la Plaza Mayor, la que nos compraba un cruasán en el Alonso del Espolón…

Era una abuela cariñosa y bonachona, aunque la vida nunca se lo puso fácil. Sacó adelante a sus hijos ella sola en una época en la que nadie se planteaba si tener un segundo hijo le permitiría pagar la cuota mensual de Netflix, aun cuando quizá a veces tuvieran apenas para comer. Pero ni la vida más dura le hizo tener jamás un mal gesto para con nosotros, y hoy la recuerdo con tanta ternura que sólo pensar en ella me hace llorar. Con lágrimas cariñosas por todo lo que recuerdo de ella; tristes también por todo lo que no pudimos ya compartir. Me da una gran pena que nunca llegara a conocer a mamá —estoy seguro de que se habrían querido muchísimo—, que no pudiéramos llevárnosla más de viaje, que no vaya a disfrutar de una bisnieta en la que descubro gestos que eran suyos…

Gracias, abuela.

La otra abuela, la de papá

«Cada vez un poco más para abajo, pero bien, dentro de lo que cabe». Esa es la respuesta que mi abuela me ha dado cada día a la pregunta «¿qué tal, abuela?» desde que tengo memoria. Y, sin embargo, ahí está, viviendo sola en su casa impoluta más cerca ya del centenario que de los noventa años que hace tiempo dejó atrás.

Mi abuela es una abuela castellana, sobria y religiosa, fiel a su rezo del rosario, al paseo por la orilla del río a primera hora de la tarde, y a la partida de cartas de los domingos. Como la otra, la de mamá, también hace tiempo que perdió a su compañero de viaje, como a tantos otros a los que ha tenido que ver enterrar en sus largos años de camino. Y, sin embargo, qué difícil es encontrar una queja en sus labios, los mismos que cada día dan buena cuenta de las dos nueces que nunca han faltado en su postre de mediodía. Casi tan difícil como vislumbrar una lágrima asomando en sus ojos, que sólo se permiten mostrar debilidad una vez al año, cuando el orgullo de madre, abuela y bisabuela se apodera de ella en su cumpleaños mientras la familia completa que ella un día empezó le dedica un «Cumpleaños feliz» más delante de un ramo de flores. Otro más.

La abuela de papá vivía cerca de casa, así que solía cuidarnos cuando caíamos enfermos. Nos llevaba al médico, y nos quedábamos con ella en casa cuando papá y mamá no estaban. La abuela de papá es la que nos saca patatas, galletas y aceitunas los domingos, la que carga con una botella de vermú y otra de moscatel desde el supermercado porque es la tradición del domingo después de misa a la que no queremos faltar. La abuela de papá es la que nos enseñó a saber vivir con lo justo y necesario, la que siempre ha sido ejemplo de sencillez y fidelidad. La abuela de papá ya no puede agacharse más para jugar con su bisnieta, pero los ojos de su cara aguileña siguen brillando igual que el primer día con la satisfacción de haber puesto la primera piedra para tantas cosas, para tanta felicidad.

Gracias, abuela.

Mamá, la mía, mi madre

No hay nadie en el mundo con quien tenga más facilidad para discutir que con ella, mi madre. No sé si soy yo quien le lleva la contraria a ella, o si es ella quien se empeña en pensar diferente que su hijo mayor, pero es así. Y, sin embargo, o quizás precisamente por eso, la quiero.

A mi madre no le gusta cocinar. Ni lo más mínimo. Hace años que dejó de funcionar el horno de casa y nunca he sido capaz de convencerla para que lo cambien. Y, sin embargo, o quizás justamente por eso, la quiero.

Mi madre nunca ha tenido una salud de hierro. Una espalda maltrecha desde la niñez le impidió correr con nosotros, nadar a nuestro lado o hacernos volar en brazos por los aires. Y, sin embargo, nadie nos ha ayudado tanto nunca a volar. Y por eso también, la quiero.

Mi madre pasó muchas horas alejada de nosotros, trabajando noches y fines de semana en los agresivos turnos de una fábrica que no entendía de conciliación. Trabajó más allá de lo que su salud habría deseado y sufrió más allá de lo que cualquiera habría merecido. Y por eso también, la quiero.

Mi madre nos enseñó más de lo que ella misma sabía; nos enseñó el camino de la igualdad en el hogar, el valor de las palabras, la importancia de decir «te quiero», la necesidad del arrepentimiento y el perdón. Y por todo eso, la quiero.

Discuto mucho con mi madre; a menudo me falta la paciencia y soy injusto con ella. Como lo fui —mucho, demasiado— siendo el adolescente difícil en que en algún momento me convertí. Pero sin ella no sería la persona que soy hoy; sin ella no entendería el valor de mi familia como hoy lo concibo; sin ella no sabría querer así. Sin ella, no sería yo. Y por eso, la quiero.

Gracias, mamá. Y lo siento. Y te quiero.

Mamá, la última, la de casa

A mamá ya la conocéis. Es la que se acuerda de las cosas, la que me recordó que tenía que ser padre, que ya llegaba tarde. Sin ella estaría perdido, seguro. Mamá es la valiente, la figura del cariño incansable en casa, el beso que nunca falta, el abrazo de después de cenar, el café de después de comer. Mamá es la que hizo que todo esto tuviera sentido, la que sigue dándoselo cada día. Es la que aguanta la falta de sueño, la que soporta la ausencia total de descanso. Mamá es la única que podía ser. Mamá es la que tenía que ser.

Gracias, mamá. Te quiero. Y felicidades, mamá.

Pizza burgalesa #amimanera

A estas alturas ya deberíais saber que soy enfermizamente tímido y, si no lo sabéis, ya os lo digo yo que me conozco: soy tímido. Aún hoy no me explico qué tipo de enajenación mental transitoria sufrí para que no se me ocurriera otra cosa que proponerle nada más y nada menos que a Madresfera jugar a algo que yo llamé «las recetas encadenadas», siguiendo un poco la idea de lo que se me ocurrió hacer con las sobras de una deliciosa receta de garbanzos de Marujismo que en casa convertimos en una estupenda cena de empanadillas.

El caso es que entre simpáticas conversaciones tuiteras, «jijis» y «jajas», Madresfera recogió el guante con elegancia y lo transformó en una estupenda iniciativa que ojalá vea una gran participación de entre tantos mamás y papás cocinillas como hay en esta red de blogueros. Lo llamó #amimanera y se estrenó la semana pasada con la primera llamada a las cocinas en busca de nuestras recetas de pizza casera. Tendría bemoles que me perdiera yo la primera convocatoria, así que os traigo hoy la receta —aproximada, como siempre— de la que mamá calificó como «la mejor pizza que has hecho hasta ahora en casa».

Si habéis leído alguna de mis anteriores recetas, ya os habréis ido dando cuenta de que básicamente me limito a arrojar infinidad de ingredientes a una cazuela hasta que están cocinados. No es de extrañar, por tanto, que en la foto de los materiales que vamos a necesitar para esta receta me haya olvidado la mitad con la emoción de hacer las fotos de la elaboración paso a paso.

Ingredientes para la pizza burgalesa

Os adelanto también que esta no es una pizza para un día cualquiera. Primero, porque es contundente en abundancia. Segundo, porque contiene muchas elaboraciones que es probable que tengamos que haber preparado el día anterior si no forman parte habitual de nuestra despensa. Pero no adelantemos acontecimientos; vamos con la receta.

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Animales «fantabulosos»

No sé si lo he comentado alguna vez, pero a nuestra gusanita le gustan mucho los animales. Pero mucho, mucho, mucho. Cuando ve un perro por la calle se pone a dar saltos en la mochila —si la estamos porteando— o se yergue en la silla señalando con el dedo y llamándolo con un onomatopéyico «¡ba, ba!» que ella traduce de nuestro «¡guau, guau!» —si estamos en el barrio con la silla de paseo—.

Nunca olvidaremos el día que fuimos con ella al zoo cuando apenas tenía ocho meses. Creo que no ha vivido una jornada de tanta excitación desde que nació. La gente nos miraba divertida, éramos un espectáculo andante. Cada vez que nos acercábamos al recinto de un nuevo animal, la entonces chiquitina —hoy ya decimos que es mediana— se volvía loca de contenta. Gritaba, daba saltos, señalaba, agitaba los brazos… Le faltaban recursos para expresar una emoción tan desbordante. Y mira que, como amante de los animales, no me gusta la realidad de los zoos tradicionales, pero ver así de contenta a una niña sumó puntos en el pequeño platillo positivo de la balanza.

Asombrado por el efecto que todos los demás bichos vivientes producen sobre nuestra hija me di cuenta de una cosa: qué difícil es ponerse en el lugar de nuestros bebés. Nos esforzamos por entender cómo les afectan psicológicamente las cosas, tratamos de ordenar racionalmente sus reacciones y las consecuencias de nuestra forma de tratarlos y de presentarlos al mundo, pero nos es absolutamente imposible entrar en su cabecita y aprehender su realidad.

Nuestra capacidad está ya contaminada por el bagaje de experiencias y vivencias que arrastramos, por las lecciones que hemos aprendido e, incluso, por aquellas que ya hemos olvidado, por la cultura de la que hemos mamado, por la sociedad en la que hemos crecido… Ellos, los pequeños, son distintos. Su mente está aún limpia, impoluta, como una superficie de cemento fresco esperando que alguien llegue para dejar su impronta. Ningún esfuerzo que hagamos será suficiente para permitirnos alcanzar un nivel de abstracción tal que nos permita contemplar el mundo que nos rodea desde su perspectiva inocente.

Y entonces intenté hacer el ejercicio. Intenté imaginarme cómo sería la primera vez que vi un perro. ¡Un «simple» perro! ¿Te imaginas no haber visto antes nada parecido y que, de repente, aparezca ante ti una cosa peluda que se mueve, que agita una especie de protuberancias —las orejas— sobre lo que podría ser su cabeza? Una cosa que te mira, que salta, que corre a tu alrededor… O una cosa que gruñe, que tiene dientes como tú y corre a cuatro patas…

Nosotros lo veríamos con la sorpresa de aquel primer europeo que puso pie en Oceanía y descubrió seres asombrosos como el ornitorrinco o el equidna; pero ni siquiera aquel pionero sería capaz de concebir la mirada maravillada de un bebé, porque ese europeo sentía asombro a partir de las referencias que la vida le había regalado. El ornitorrinco tenía pico como los patos de los estanques de su Inglaterra natal; el equidna pinchaba como el erizo… ¿Pero con qué va a comparar un bebé? ¡Todo es nuevo para él!

El tiempo nos hace regalos: experiencia, recuerdos, sabiduría…, pero también se lleva parte de nosotros a cambio. Se lleva nuestra capacidad de asombro, se lleva miedos a lo desconocido que ya no sentiremos ante lo que ya nos resulta familiar. Yo todavía me sorprendo cuando me topo con animales nuevos como el takin que descubrí aquel día en el zoo, pero me resulta inevitable relacionarlo, ordenarlo, clasificarlo… No puedo evitar tratar de encajarlo entre las casillas ocupadas por animales parecidos de mi enciclopedia particular.

Nuestros hijos pequeños, en cambio, están aún construyendo la estructura sobre la que montarán los cajones de su biblioteca. Todo lo que ven lucha por hacerse con una porción del lienzo en blanco que son sus asombrosas mentes inocentes. Todo los estimula porque todo es nuevo para ellos; no hace falta que nos volvamos locos con ejercicios forzados. El mundo es su estimulación; tu casa es su estimulación; la música que suena en la radio es su estimulación; tus caricias, tus cosquillas y tu voz son su estimulación. Lo importante no es leer un manual que nos diga cómo ejercitar su mente; ¡su mente no hace otra cosa que no sea ejercitarse! Lo importante es procurar que tengan todo eso a su alcance, acompañarlos y descubrir a su lado el mundo. Por eso también todo esfuerzo que hagamos para pasar tiempo con ellos ahora que son pequeños merecerá la pena; porque si no somos nosotros los que pisemos el cemento fresco de su experiencia, serán otros. Y no sabemos qué botas calzan los demás; no sabemos qué huella dejarán.

Sopa de no sé qué pescado

La cocina que se hace en nuestra casa baila en una coreografía de contrastes, oscilando, según el caso, entre el caos más absoluto y el orden más pulcro y escrupuloso. Tengo que reconocer, eso es cierto, que el primero es el caso más habitual. Son contadas las ocasiones en las que seguimos recetas de terceros al pie de la letra; probablemente sólo cuando hacemos repostería casera o mientras vamos progresando en el «Pan casero» de Ibán Yarza, libro que aprovecho para recomendaros mucho si sois tan panazas como nosotros. En el mayoritario resto de las ocasiones nos limitamos a coger ideas de aquí y allá y adaptarlas en función de los ingredientes que tenemos en la nevera.

Intentamos programar el menú semanal con antelación y, si las circunstancias lo permiten, vamos comprando el día anterior durante el paseo los ingredientes que nos van a hacer falta para la próxima cena y la comida de mañana. Algunas de las sugerencias del menú que cuelga del frigorífico apuntan a recetas concretas que tenemos en nuestro Google Drive culinario particular, pero la mayoría no pasan de la vaguedad de un «pasta» o un triste «patatas» que dejan abundante —excesivo— margen a la creatividad. Tiramos entonces de inspiración y Google a partes iguales y hacemos lo que podemos para ir gastando ese medio puerro que empezamos hace dos días y aquella latilla de mejillones que se esconde en la balda superior del frigorífico detrás de los yogures.

Con semejantes bases, no es raro que acabemos descubriendo por casualidad —«¡eureka!»— que nos gusta más la salsa césar hecha con sardinas en lugar de con anchoas —que son bastante más caras y raramente habitan en nuestra despensa—, o que unos macarrones cocidos en suero de leche y aderezados con la salsa de pimientos que nos sobró de un guiso de bacalao son un manjar que vamos a tener que repetir más a menudo. A veces nos encontramos con que hemos comprado un ingrediente absurdo para una ocasión muy puntual, y no nos queda más remedio que añadírselo a cada plato después para ir gastándolo. Pobre mamá, que se pasa entonces días y días sufriendo los trocitos de cilantro que a mí me chifla ponerle a todo.

Y así llegamos a platos como el que os voy a contar hoy, construido sobre los restos de varias cenas de pescado a la plancha, utilizando como andamios varias recetas que encontré sobre la marcha y que adapté a los humildes ingredientes que teníamos a mano. El resultado nos gustó tanto que mamá se lo ha pedido como parte del menú oficial de su próximo cumpleaños; no os digo más. Así que, más que para vosotros, escribo esta entrada para mí, para que no se me olvide cómo lo hice. Ya sabéis que en casa estoy a cargo del Departamento de olvidarse de todo.

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¿Cuestión de prioridades?

Según el último estudio «Guardería y Familia» de Edenred, hasta un 69% de los hombres querría dejar su trabajo para dedicarse al cuidado de los hijos. Si me fijo en mi entorno más cercano, tengo que reconocer que la cifra me asombra. Si tantos papás estamos deseando pasar más tiempo criando a nuestros hijos, ¿por qué es tan difícil encontrar padres que lo hayan conseguido? ¿Por qué hay tan pocos padres que hayan podido hacerlo?

Siempre he sido muy celoso de la separación —y la combinación— de mis vidas personal y laboral. Por eso, desde que soy padre, me apasiona leer y debatir sobre conciliación, porque la situación al respecto en este país supone un bofetón de realidad que se planta de repente en tu vida llevándoselo todo por delante desde el mismo momento en que nace tu primer hijo.

Conciliar no es fácil. Ni siquiera es fácil llegar a un acuerdo sobre qué es y qué implica la conciliación —¿os suena Carolina Bescansa?—, lo que ya de por sí dificulta mucho cualquier avance legislativo en esta materia. He asistido a discusiones muy encendidas sobre cómo deberían adaptarse los horarios de trabajos y escuelas, sobre cómo habría que organizar las bajas maternal y paternal, o sobre si las guarderías son solución o no a un problema que muchos padres trabajadores sufrimos cada día.

Por eso, porque cada paso es más difícil que el anterior, deberíamos ser conscientes de las herramientas que ya tenemos a nuestra disposición y de que, con un poco —o más bien «un mucho»— de esfuerzo podemos hacer al menos un pequeño acercamiento a esa utopía de la conciliación. Nuestro caso no es ejemplo de nada; no creo que en este ámbito pueda haberlos. Cada familia es única y cada situación, particular. Las circunstancias que rodean cada nacimiento en el seno de un hogar difieren enormemente de las del resto, así que no hay medidas universales que podamos aplicar aquí y allá. Sin embargo, sí me gustaría aportar mi pequeño granito de arena para animar a otros papás —y en este caso me dirijo en especial a los papás, no tanto a las mamás— a dar un paso al frente en el arduo camino de la conciliación.

¿Y por qué siento que hay que animar a otros papás? Pues porque me da la sensación de que todavía encontramos demasiados motivos que nos roban el valor necesario para dar el paso y hacer uso de algunas de las —pocas— opciones que tenemos para conciliar. Hace unas semanas empecé a negociar con mi empresa mi excedencia para quedarme con mi gusanita y me topé con cierta pena con una sorpresa: de entre los cerca de 300 empleados que trabajamos allí ninguno hasta ahora ha solicitado ni un solo día de excedencia por cuidado de los hijos. En el departamento de Recursos Humanos ni siquiera conocían las diferencias entre ésta y una excedencia común de carácter voluntario.

Es cierto que trabajo en un sector que tradicionalmente ha empleado de forma muy mayoritaria a hombres. Es algo de lo que me gustaría hablar en otro momento pero, triste o no, la realidad es esa. Esa alarmante desviación por sexo conduce a una segunda nota preocupante, como es el hecho de que en una empresa constituida fundamentalmente por hombres apenas nadie se plantee solicitar una reducción de jornada o iniciar un periodo de excedencia.

Sé que en el caso de muchas familias es inviable salir adelante sin dos salarios a fin de mes. Tan solo los gastos imprescindibles de la hipoteca o el alquiler y las facturas de los servicios básicos del hogar y la compra se llevan por delante la mayor parte de los ingresos de muchos hogares. Sin embargo, a veces, si de verdad se quiere, se puede. Quizá nos dé miedo enfrentar las decisiones que deberemos tomar, pero renunciando a algunos gastos o repriorizando elementos de nuestro estilo de vida podemos encontrar un resquicio para la esperanza. Y ahí es donde campañas como la reciente #padresigualitarios de los Papás Blogueros son fundamentales para animar a más y más padres a encontrar la valentía de demostrar en público que quieren hacer las cosas —que se pueden hacer las cosas y que ya están haciendo las cosas— de otra manera.

Cuando la cuestión de la conciliación cae sobre la mesa de la cocina en la oficina y hablamos sobre el tema, me llama la atención la aparente contradicción en la que caemos. Mientras nos mostramos deseosos de poder pasar más tiempo en casa como ese 69% de los papás que mencionaba el estudio, pocos contemplan una reducción de jornada o unos meses de excedencia como una vía para acercarse al cumplimiento de ese deseo. Hace no tanto que yo estaba ahí, lo confieso, y por eso puedo contar lo que me frenaba, lo que me daba miedo —y aún hoy me lo da—, antes de que el deseo de ver crecer a mi hija arrasara con ello y me empujara a dar el paso.

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