#ElTemaDeLaSemana – Una afición para compartir

Es curioso que sea precisamente una de las aficiones que más he dejado de lado desde que estrenara mi paternidad, pero me encantaría que a nuestra gusanita le gustara la bicicleta como mínimo tanto como a mí. Y cuando hablo de compartir la afición no me refiero solamente a que disfrute montando en bici, sino a que podamos hacerlo juntos.

La falta de amigos ciclistas en mi entorno más cercano me convirtió hace tiempo en un lobo solitario. Acostumbro a salir solo en bicicleta y perderme por caminos que voy descubriendo a medida que los elijo en el último segundo. No obstante, en esas raras ocasiones en las que consigo engañar a algún compañero de kilómetros, disfruto de la compañía y de esas conversaciones sinceras que las dos ruedas propician. Tanto como lo hago de la soledad cuando pedaleo en solitario. Nada me gustaría más que encontrar en mi hija una nueva compañera de ruta, una nueva confidente en esa intimidad que el campo seco y abierto de Castilla y los bosques bajos de la sierra burgalesa ponen a disposición de quien quiera aventurarse a conocerlos.

Antes de ser padres, mamá y yo volvíamos a casa de los ahora abuelos más de la mitad de los fines de semana. Allí es donde aparco yo mi colección de bicicletas para dar rienda suelta a mi afán por pedalear. Unos días tocaba montaña; otros, carretera. Cuando nació nuestra gusanita las escapadas al norte hubieron de reducirse necesariamente por muchos motivos, pero fundamentalmente por lo poco que le agradaban los viajes en coche y por lo poco que dormíamos ninguno de los tres cuando cambiábamos nuestra amplia cama con cuna de colecho por unos colchones más estrechos que alojaban nuestros cuerpos cual sardinas en lata de aceite de oliva virgen extra.

Los fines de semana en casa de los abuelos eran menos y, para colmo, nos levantábamos siempre cansados y deseosos de aferrarnos a las sábanas unos minutos más mientras ellos entretenían a la pequeña insomne. Nunca me pareció que fuera oportuno dejar a mamá sola con el pastel toda la mañana para huir sobre dos ruedas. Ni eso, ni quemar en un viaje a ninguna parte la poca energía que mi cuerpo era capaz de salvaguardar cada noche. Mamá era por aquel entonces la que más tiempo pasaba a diario con nuestra hija, así que sentía la necesidad de estar presente todo el tiempo posible durante los fines de semana o por las tardes en cuanto salía del trabajo.

Con el tiempo, y a medida que la nieta va conociendo a sus abuelos, nos sentimos más cómodos delegando en esa cuadrilla de locos que a veces nos parecen nuestros dos pares de padres. Y así por ejemplo, durante las últimas vacaciones en casa hemos podido aprovechar para leer y salir en bici como hacía casi dos años que no lo hacíamos.

De momento no me planteo tener una bicicleta en condiciones en Madrid. No estoy acostumbrado a tener que montarla en el coche para poder salir al monte con ella. Sin embargo, no paro de darle vueltas a la idea de cómo poder acompañar a mi hija en sus inicios sobre las dos ruedas. Soluciones hay muchas, pero la bicicleta es una de esas aficiones que no son fáciles de mantener cuando vives de alquiler a muchos kilómetros de la que siempre ha sido tu casa. El espacio es limitado y Madrid es una ciudad muy poco práctica para moverse por ella o fuera de ella sobre el sillín. El tiempo corre en mi contra para neutralizar la escapada, pero con ganas y amor estoy seguro de que no me ganarán el sprint final.

Anuncios

#ElTemaDeLaSemana (tengo miedo)

El día parece no querer llegar nunca pero en algún momento, espero que pronto, las 24 horas de mi jornada quedarán a disposición de nuestra hija. Ya sabéis que dejar de lado el trabajo durante un tiempo no ha sido una decisión exenta de temores, pero eran temores mundanos a factores externos que, en la mayor parte de los casos, no dependen exclusivamente de mí. De un modo u otro sé que los superaremos, que nos organizaremos y nos reinventaremos como siempre hemos hecho, que pasaremos el mal trago inicial y estaremos orgullosos de haber dado el paso. Pero esos temores no están solos.

Hoy me uno por primera vez al carnaval de los Papás Blogueros, dedicado en esta ocasión al miedo, al mío personal, al que no depende de nadie más que de mí. Es miedo a no estar a la altura, a no saber darle a mi hija lo que espera de su padre… Porque, de la noche a la mañana, las escasas dos horas que ahora pasamos juntos muchos días se convertirán en días completos repletos de horas, minutos y segundos. Y he visto en mamá que los días llenos de horas, minutos y segundos pueden hacerse muy largos —«molto longos» que diría Juanito— cuando tu única compañía es una niña que demanda toda tu atención.

Tengo miedo de que no sepamos llevarnos bien, de que las rabietas me superen, de que no sepa consolarla, de que no nos entendamos, de que no entienda por qué ya no están la teta, su teta, ni mamá, su mamá… Puede ser un miedo ridículo, no lo sé; cuando mamá ha tenido que trabajar y la gusanita y yo nos hemos quedado a solas durante horas lo hemos pasado genial, ¿pero sabremos hacerlo así día tras día?

Por otra parte, tengo miedo de no ser suficiente, de no saber satisfacer su inmensa necesidad de atención, sus ganas inabarcables de aprender, de tocar, de hacer… Tengo miedo de llegar tarde otra vez, de que ya se haya adaptado tanto a la guardería que volver a estar sola conmigo le resulte pesado y aburrido. Tengo miedo de haberme dejado convencer de que necesitan la escuela infantil para aprender, de que yo no voy a saber qué enseñarle, porque yo no tengo fichas en casa ni horarios ni asignaturas ni juegos heurísticos…

Tengo miedo, pero no podría tener más ganas.