Conflictos en diferido

De momento, no podemos quejarnos de nuestros «terribles dos». Nuestra hija da muestras cada día de estar tomándose con mucha calma su «adoslescencia» y, para alivio de mi psiquiatra, da muestras de una madurez sorprendente cuando nos toca enfrentarnos a sus ocasionales rabietas. Nunca sabremos qué parte del mérito es suyo y cuánto influye nuestra manera de enfrentarnos a sus arranques de frustración, pero lo cierto es que normalmente nos encontramos una respuesta bastante razonable cuando tratamos de ayudarla en esos momentos de angustia y desconcierto.

Y cierto desconcierto es también lo que siento yo cuando me toca lidiar con un tipo particular de berrinches. Son aquellos para los que no existe una salida óptima. Haga lo que haga, estoy perdido. Si trato de mantenerme firme en una posición que no le gusta, la situación amenaza con entrar en barrena. Se genera una espiral de gritos encadenados que puede evolucionar hasta el punto absurdo de que la pobre se olvide hasta de por qué había empezado a llorar. Si en cambio cedo y le ofrezco una salida satisfactoria que sofoque el incendio, sé que con toda probabilidad el fuego se reproducirá poco después en forma de conflicto en diferido.

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Política de no intervención

Hablamos y discutimos muy a menudo acerca de cierto tipo de límites: los que debemos o no imponer a nuestros hijos para garantizar que un día lleguen a ser adultos sanos y socialmente capaces. Sólo el tiempo juzgará con razón si los que nosotros le enseñamos a nuestra hija son adecuados o no. Mientras tanto, cada día me devano los sesos tratando de dilucidar dónde trazar la línea que bordea otro tipo de límites: los míos como padre de parque.

Y es que, ¡ay, amigos!, qué difícil es saber cuándo uno debe intervenir en las variopintas situaciones que el parque infantil nos depara. Por un lado están los niños, menores de 3 años en su mayoría a las horas a las que nosotros frecuentamos el área infantil. Niños que no saben compartir, que ignoran por completo la existencia de una virtud conocida por los expertos como «paciencia», y que dan por sentado que el resto de seres animados han sido creados para cumplir sus expectativas. Por otra parte están las madres —y dos padres—, las abuelas —y tres abuelos—, cuya visión de lo que es mejor para un crío no siempre coincide con la nuestra. Veamos algunos ejemplos que le han resultado problemáticos últimamente a este padre mojigato.

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Diálogos de besuguines II

Una de los aspectos más interesantes del viaje en el que nos embarcamos al convertirnos en padres es todo lo que aprendemos de nuestros hijos. Porque sí, si uno escucha con atención ellos también tienen mucho que contarnos. Nos hablan de la inocencia, de lo que podríamos ser o haber sido si no prestáramos tanta atención a la opinión de los demás, a la publicidad o al sesgo cultural que susurra desde lo más profundo de nuestro subconsciente.

La semana pasada nuestra gusanita contrajo una exótica fiebre tropical: la fiebre por la plastilina. Se podía pasar horas jugando sin parar moldeando bolitas, cortando pedazos informes y apilando masas de color que nunca recuperarán su aspecto original. Como dice mamá, es una actividad agradecida para nosotros. A diferencia de otras que son más pesadas de aguantar durante horas, jugando con plastilina al menos nos entretenemos también nosotros dando forma a todo tipo de bichos y objetos.

Así andaban ellas jugando en el salón cuando a mamá se le ocurrió elogiar mis pobres dotes para la escultura admirando uno de los animalejos que había moldeado durante la mañana:

—Menudo artista es papá.
—Artista no, mamá. Artisto.

Nuestra hija no entiende de epicenos ni de sustantivos comunes en cuanto al género. Para ella en el parque hay niños y niñas, y en la radio hablan chicos y chicas, y todos tenemos abuelos y abuelas. Y si hay artistas, necesariamente debe de haber «artistos». Y punto.

Para un extremista del idioma como yo resulta complicado acostumbrarse al desdoblamiento que propugna el feminismo. Sin embargo, cuando hablo con mi hija, me pliego a su sencilla lógica idiomática, y me escucho habitualmente a mí mismo hablando de los «niños y niñas» con los que vamos a jugar. A ver con qué cara le explico yo si no que las niñas también son «niños».

A papá

No soy amigo de «días de» institucionalizados a ritmo de anuncio de perfume. Llego por eso casi a propósito tarde —cómo si no— al del padre, al del mío. Pero como más vale tarde que nunca, también a él quiero decirle ahora lo que tanto me ha costado decirle a la cara durante años: que lo quiero, como quiero a mamá.

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2 minutos

Sucede cada día entre algo después de las 22:00 y algo antes de las 00:00. O no; no siempre tengo esa suerte. Apenas dura un par de minutos, un puñado de segundos iluminados por la luz cálida naranja de una farola que proyecta sombras mágicas sobre la cortina del dormitorio que compartimos. Cada día entre las 22:00 y las 00:00 vacío la mochila y pongo el punto y final a un nuevo día con ella, con mi hija.

Normalmente es mamá la que se ocupa del turno de noche. Nuestro reparto de tareas actual me hace a mí responsable de la siesta de la tarde. Mientras termino de fregar, de recoger la cocina y de dejarlo todo listo para el día siguiente, ellas completan las rutinas del aseo: lavado de manos y cara, cepillado de dientes, paso por el inodoro, pijama… Los pasos silenciosos de mamá por el pasillo y ese clic tan familiar de un sujetador que se abrocha son todo cuanto necesito escuchar. Ya está dormida.

Empieza entonces nuestro ritual de recogida. Una película en el salón, un libro en la otra habitación, el repaso diario a una actualidad a la que siempre llegamos tarde… De vez en cuando, los tres pitidos agudos que ponen en marcha la yogurtera sobre la encimera de la cocina. Y de pronto, un chasquido metálico y un gruñido desde la habitación del fondo. La casa escucha alerta y los músculos se tensan.

Nuestra hija ya empieza a dormirse sola a menudo durante sus despertares nocturnos. Sin embargo, cuando no lo consigue y aún estamos despidiéndonos del día, soy un padre feliz. Descalzo para no hacer ruido salgo disparado hacia ella y la cojo en brazos con la misma urgencia que debí de sentir hace ya más de dos años en aquel frío paritorio de hospital. Mis manos se estiran tratando de apretar su diminuto cuerpo caliente contra mi pecho, sintiéndola relajarse al instante en contacto conmigo, la cabeza descansando sobre mi hombro reflejada en ese espejo que trae a la habitación la luz de aquella farola naranja. El último abrazo del día. A veces me olvido de no permitir que sea también el primero.

Y durante dos minutos que ojalá no terminaran nunca no me importa nada más. Contemplo su cara, su paz infinita ajena al mundo que heredará. Escucho su respiración rítmica, esperando el áspero suspiro que me pide que la tumbe de nuevo. La miro, y la quiero, y la beso con los ojos, y le pido perdón por no haber sabido esperar, por haberla hecho llorar.

Cada día entre algo después de las 22:00 y algo antes de las 00:00, todo cobra sentido.

Los abuelos están para malcriar

Esta de hoy va a ser una entrada a mitad de camino entre el desahogo y la reflexión. Como tantas veces, dejaré más preguntas en el aire que respuestas sobre la mesa. El camino, estoy seguro, me servirá para dejar a un lado mis juicios rápidos y trabajar un poco más en uno de los objetivos que, como padre, me he propuesto para este tercer año de vida de nuestra hija: mejorar mi tolerancia con los abuelos. Espero que un relativista como yo sepa hacerlo.

Delegar la crianza. ¿En manos de quién?

Si me conocéis, es probable que me hayáis leído o escuchado defender la crianza en tribu o, al menos, lamentar su declive debido a nuestro estilo de vida actual. Sin embargo, soy muy consciente de que tengo un grave problema de confianza a la hora de permitir que otras personas intervengan en la educación y los cuidados de mi hija. ¿Exceso de celo o perfeccionismo? ¿Falta de fe en los demás? Un poco de todo y alguna mala experiencia anterior hacen que me cueste delegar en todos los ámbitos de la vida. Qué le vamos a hacer… Y si me cuesta poner mi trabajo en manos de terceros, cómo no me iba a resultar difícil dejar la crianza de mi hija a cargo de otros, precisamente una de las tareas más complejas y que yo entiendo como más importantes en la vida.

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La niña que hablaba demasiado

Antes de que nuestra hija campara a sus anchas entre mamá y un servidor, no tenía yo ni la más remota idea de a qué edad aproximada adquieren los niños cada nueva capacidad. No sabía cuándo empezaban a gatear, a ponerse de pie, a caminar… No digamos ya asuntos más complejos como la edad hasta la que «debían» tomar el pecho o el biberón. Y, para qué nos vamos a engañar, sé que dentro de no mucho habré vuelto a olvidarlo y volveré a ser un cenutrio feliz.

De un tiempo a esta parte nos han llegado con frecuencia comentarios relativos a lo mucho y bien que habla nuestra muchachita para la edad que tiene. No es raro que el sorprendido elogio «hay que ver lo que habla esta niña» venga rematado por un incordioso «para no ir a la guardería», pero eso es harina de otro costal. La cuestión aquí es que no sé qué pensar. Por un lado, un espasmo de orgullo de padre recorre mi sistema nervioso amenazando con desplegar una magnífica cola de pavo real asomándome del culo. Por otro, mi sociópata interior murmura desde su cueva que eso se lo dirán a todas… Continúa leyendo La niña que hablaba demasiado