Bodas, niños y ausencias

Algún día haré una reflexión más general sobre ese nuevo fenómeno viral conocido como «niñofobia» —ya os adelanto que yo tiendo a negar su existencia—. Mientras tanto, hoy me gustaría pensar un poco en voz alta sobre uno de esos ámbitos en los que, para consternación y cabreo de otros, algunos no quieren tener niños cerca: las bodas. ¿Son las bodas sin niños una aberración? ¿Un síntoma de un mundo enfermo? Es un asunto complejo; al final, ¿puede haber algo peor que casarte en una boda que no es la que tú quieres? Continúa leyendo Bodas, niños y ausencias

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Otra forma de sentir

Aunque mis batallas se cuentan más por derrotas que por victorias, la paternidad me ha enseñado a enfrentarme de una forma nueva a la gestión de emociones propias y ajenas. Nunca fui muy proclive a exteriorizar sentimientos, más allá del evidente enfado silencioso con que cruelmente castigaba a los padres de aquel adolescente difícil de aguantar.

Ser padre me ha descubierto nuevas formas de expresar lo que siento. Me ha obligado a abrir la boca y ponerle voz a palabras que durante muchos años solo he sabido escupir por escrito. Pero mi relación con mis sentimientos no ha evolucionado solo de cara al exterior, sino que también he descubierto maneras nuevas de sentir.

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El «Garbanzogate»

El 9 de enero de 2018 al filo de las 11 de la mañana María Merino publicó un tuit. And all hell broke loose. Estoy seguro de que ni en pintura habría imaginado esta madre y dietista-nutricionista la repercusión que su frase «Mi hijo no sabe lo que es una galleta: él es feliz desayunando garbanzos» alcanzaría. Quién le iba a decir a ella que una inocente imagen de su hijo desayunando ensimismado de un tupper de legumbre pudiera remover las tripas de tanta gente…

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A mí no

En una vida que ya me parece imposible, antes de nuestra primera hija, era habitual que mamá y yo cenáramos los viernes en casa de los —ahora— abuelos maternos. No sé muy bien por qué, también la televisión formaba parte del convite. Y digo que no sé muy bien por qué porque nunca fueron una familia de comer con la tele cuando mamá y el tío eran pequeños. Sea como fuere, eran viernes de «Hermano mayor» en Cuatro, y tampoco faltaban a la mesa los comentarios clásicos que uno puede esperar ante un panorama como el que presentaba el programa.

Afortunadamente, entre el repertorio de tópicos nunca habitó el de la torta a tiempo. Sin embargo, sí desprendían nuestros argumentos a buen seguro un cierto tufillo a condescendiente superioridad. «Eso a mí no me pasaría»; «eso es que no lo han parado a tiempo»; «eso es que siempre le han dado lo que quería»…

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Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, con pañales pequeños

Hacía ya mucho que mamá y yo veníamos dándole vueltas a la idea de pasarnos a los pañales de tela. De vez en cuando nos daba la venada y consultábamos un blog tras otro sopesando pros y contras. Tantas vueltas le dimos, que la idea se mareó, y para cuando quisimos darnos cuenta, nuestra hija mayor ya hacía sus cositas en el inodoro de los mayores.

Con el nacimiento de la segunda retomamos la discusión mucho más en serio. Éramos conscientes de que dar el paso nos convertiría otra vez en el objetivo de comentarios de todo tipo, igual que nos ha sucedido cada vez que hemos optado por evaluar y probar alternativas a la forma de hacer las cosas «como se ha hecho siempre» —o, al menos, somo se ha hecho siempre en los últimos 40 años—. Los argumentos eran en este caso obvios: que nos íbamos a pasar el día lavando; que eso tiene que oler muy mal; que ya son ganas de complicarnos… Nosotros mismos los habíamos sopesado de uno en uno antes de tomar una decisión de la que no estábamos completamente convencidos.

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Padres en la era de la (des)información

Cuando mamá y yo éramos pequeños, la inercia definía buena parte de las decisiones familiares. Los niños iban al cole del barrio o, en un alarde de arriesgada excentricidad, a aquel en el que hubiera estudiado uno de los dos progenitores. No había por qué complicarse más. Dos o tres años antes, aquellos mismos niños habrían nacido en el hospital que correspondiera al domicilio familiar. ¿Por qué iba nadie a querer cambiar de hospital para dar a luz? Puede que nos tocaran un pediatra o un médico de familia avinagrados y amigos de remedios «de vieja», pero a quién se le iba a ocurrir pedir un cambio de facultativo o contradecir la doctrina del doctor…

Esa misma mamá y yo llevamos año y medio dándole vueltas a la elección de un centro escolar para nuestra hija mayor. Empezamos a visitar los colegios del distrito un año antes de que se inaugurara siquiera nuestro plazo de inscripción. Hicimos preguntas durante visitas guiadas en horario lectivo y fuera de él; si no lo hubiéramos tenido tan claro habríamos construido una de nuestras tablas comparativas con opiniones, votaciones y clasificaciones. Algunos de nuestros mejores amigos se plantean incluso mudarse de casa y de barrio en busca de una escuela mejor para sus pequeños.

La voz del pediatra de turno hace tiempo que dejó de ser la única autorizada a la que prestan oído los padres. Ya no son el doctor, el maestro y el cura del pueblo los que imponen respeto absoluto a su dictamen. En nuestro grupo de crianza de los viernes se habla, se alaba y se critica la postura de los médicos, y son muchas las familias que eligen cambiar de pediatra si perciben consejos obsoletos o sienten miedo a una bronca ridícula que les hace sentirse obligados a mentir.

«La generación más preparada de la Historia»

Los padres de nuestra generación somos seguramente los que más información hemos tenido a nuestro alcance. Eso nos obliga a ser conscientes de la responsabilidad que semejante disponibilidad esconde. Al mismo tiempo, ser los padres más sobreinformados de la Historia, constituye también un riesgo evidente para nuestro propio bienestar y nuestra salud mental. No es fácil encontrar el equilibrio en la era de Internet, las redes sociales y los libros de ayuda.

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La rabia, el apego y los límites

Aunque haya quien sugiere lo contrario, creo que no es descabellado decir que con un mínimo de interés podemos intuir que la paternidad y la maternidad no son un camino de rosas. Claro que se idealiza la experiencia desde las redes sociales; claro que mucha gente esconde en las conversaciones triviales del trabajo sus noches sin dormir, sus horas de gritos en casa, sus dudas y sus culpas… Pero hace falta mucha inocencia para no ser consciente antes de la llegada de los hijos a casa de que habrá momentos malos y rachas difíciles.

A pesar del aparente carácter tranquilo de aquella bebé que fue nuestra primera hija, yo barruntaba ya cuál sería nuestra estrategia a la hora de afrontar sus ataques de rabia. Del mismo modo, vuelvo una y otra vez sobre la incertidumbre que sufro pensando en cómo reaccionaré cuando la niña que hoy es ceda el paso a una preadolescente inconformista que la adelante sin intermitente.

De lo que no tenía ni la menor idea es de que, además de sus emociones, la paternidad me obligaría de forma tan sorprendente a aprender a gestionar las mías. Porque sí, amigos, ser padre te pone delante de un espejo que te descubre una parte de ti que ni siquiera imaginabas. Ser padre es una experiencia tan extrema que te hace ser consciente de taras que arrastrabas desde mucho antes de iniciar esta nueva etapa. Y con una gestión emocional tarada, ¿cómo vamos a enseñar a nuestras hijas a manejarse en su tormenta interior?

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