Mudanzas

Si hay un rasgo característico de mi forma de ser que me haga dudar de mi pertenencia a la raza humana es, sin duda, la poca aversión que siento por las mudanzas. Sinceramente, no entiendo por qué le guardáis semejante manía a esa oportunidad caída del cielo para hacer limpieza, redescubrir antiguos tesoros olvidados y poner en práctica un nuevo sistema de ordenación de vuestros libros, discos y prendas de vestir. Son todo ventajas, ¿no?

Supongo que eso asesina a sangre fría a lo que quiera que quedara de mi niño interior; no hay cosa que siente peor a un niño que una mudanza. Si nos cuesta un triunfo convencerla para que salga del salón para lavarse los dientes o de casa para dar un paseo, ve tú a contarle a mi hija de 3 años que tiene que dejarlo todo porque abandonamos la casa…

Los cambios afectan sobremanera a los niños, que no terminan de entender en este caso por qué son las víctimas inocentes de nuestras necesidades y antojos de movilidad geográfica. Como adultos necesitamos nuestro tiempo de adaptación y asimilación de todo tipo de cambios; imagínate cuánto deben de necesitarlo ellos, para quienes el hogar representa todavía un porcentaje muy elevado de todo cuanto conocen y han vivido.

Cómo reaccione un niño a una mudanza es algo imprevisible. Algunos manifestarán cierta excitación positiva durante un tiempo, hasta que sean plenamente conscientes de las implicaciones que el cambio supone para ellos; otros darán rienda suelta a través de destapes de ira en diferido a la nueva frustración que su entorno familiar les impone. Las consecuencias pueden no ser inmediatas, y quizá no sea hasta pasadas unas semanas después del aterrizaje que empecemos a advertir cambios sustanciales en su comportamiento que nos dejen desconcertados.

Ante semejante incertidumbre, solo hay una cosa que podemos hacer: tener un poco de sentido común y respetar su ritmo y sus emociones. Nada nuevo bajo el sol; así debería ser nuestro acompañamiento hacia ellos ante todas las vicisitudes que la vida irá poniendo en su camino. Continúa leyendo Mudanzas

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Nos vamos al Salón de Gourmets

La semana que viene se celebra en Madrid la 32ª edición de Salón de Gourmets, cita —por lo visto— imprescindible para el sector profesional de la alimentación de calidad. Alguien que seguramente esté durmiendo menos horas de las que su cerebro requiere para pensar con claridad ha pensado que quien escribe puede tener algo interesante que contar de la mano de Diana de Marujismo, y nos han reservado un hueco en el stand de Aneto para que hagamos nuestra pequeña aportación.

Así pues, el próximo miércoles 9 de mayo a las 17:30 y sin saber muy bien cómo ni por qué, allí estaremos. Nuestro objetivo es sencillo: compartir con quien quiera acercarse a charlar con nosotros nuestra experiencia a la hora de hacer del hogar la base de la alimentación saludable de nuestros hijos. Sin ninguna pretensión de aleccionar y sin más intención que la de proponer alternativas fundamentadas en lo que hemos vivido en casa en primera persona.

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Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, con pañales pequeños

Hacía ya mucho que mamá y yo veníamos dándole vueltas a la idea de pasarnos a los pañales de tela. De vez en cuando nos daba la venada y consultábamos un blog tras otro sopesando pros y contras. Tantas vueltas le dimos, que la idea se mareó, y para cuando quisimos darnos cuenta, nuestra hija mayor ya hacía sus cositas en el inodoro de los mayores.

Con el nacimiento de la segunda retomamos la discusión mucho más en serio. Éramos conscientes de que dar el paso nos convertiría otra vez en el objetivo de comentarios de todo tipo, igual que nos ha sucedido cada vez que hemos optado por evaluar y probar alternativas a la forma de hacer las cosas «como se ha hecho siempre» —o, al menos, somo se ha hecho siempre en los últimos 40 años—. Los argumentos eran en este caso obvios: que nos íbamos a pasar el día lavando; que eso tiene que oler muy mal; que ya son ganas de complicarnos… Nosotros mismos los habíamos sopesado de uno en uno antes de tomar una decisión de la que no estábamos completamente convencidos.

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Porteamos; conclusiones después de 3 años

A lo largo de las tres entradas anteriores os he contado cómo ha sido nuestra experiencia con el porteo desde el punto de vista de las herramientas: fulares, mochilas, complementos… Me queda, por tanto, cerrar con una reflexión acerca de lo que nos parece y ha parecido esta forma de transporte y, casi diría, de vida.

Lo intuíamos ya antes de tener a nuestra primera hija en brazos: portear nos encanta. Llevar a nuestras pequeñas tan cerca nos ha proporcionado momentos preciosos y anécdotas graciosas; nos da un gustirrinín de amor inigualable. Sin embargo, también nos ha traído dolores de espalda y de cabeza, y somos conscientes de que no siempre es la mejor alternativa. Hemos atravesado crisis de porteo y hemos experimentado cómo un carro puede salvarte la vida. Por eso, después de largos meses en los que era imposible mantener a nuestra hija mayor tumbada o sentada más de 5 minutos, hemos tratado de ir abriéndole hueco a una silla de paseo sin la que, después de tres años de porteo, hoy no sabríamos cómo sobrevivir.

Cada familia deberá encontrar el punto de equilibrio entre uno y otro método que mejor se adapte a sus circunstancias. Negar, en cambio, en redondo las ventajas de cada uno de los sistemas no dejaría de ser un pequeño sinsentido. Suficientemente compleja es la logística de un hogar familiar en nuestro modelo de sociedad y ciudad de hoy en día como para dejar de lado porque sí cualquier herramienta que pueda ayudar.

Así hemos sentido nosotros el porteo:

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Porteamos; los complementos

Así como la compra de una silla de paseo puede llevar aparejada la adquisición de un bolso a juego, unos guantes de paseo para el frío, una burbuja para la lluvia o un saco, también el mercado del porteo ofrece algunos complementos más o menos interesantes para hacer más versátil o más apañada la experiencia. Nosotros hemos probado algunos. Esto es lo que nos han parecido.

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