Lo menos bueno

El otro día os contaba por qué salimos tan satisfechos del Hospital Universitario de Torrejón después de que mamá diera a luz allí a nuestra segunda hija. Repetiríamos la elección sin dudarlo. Eso no quiere decir, obviamente, que no haya aspectos mejorables de la atención, de las instalaciones, etc. Lo bueno, sin embargo, es que la actitud del centro hacia las críticas constructivas y las sugerencias es impecable y, al menos desde la comunicación que mantuvieron con nosotros, en todo momento mostraron su predisposición al cambio si es para mejorar.

Os cuento hoy lo que menos nos gustó de nuestro paso por Torrejón.

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Un buen lugar para nacer

Cada nuevo episodio de alerta por contaminación nos aleja un poco más de esta Madrid a la que nunca quisimos venir, pero mientras el divorcio no sea definitivo, tenemos que reconocer que la vida en la gran ciudad tiene algunas ventajas. Quien como nosotros viene «de provincias» quizá no se haya siquiera planteado que en la capital uno pueda elegir libremente en qué hospital quiere que lo atiendan. ¿Qué va uno a elegir si hay un único centro hospitalario en su ciudad?

Esa libre elección incluye la posibilidad de decidir dónde intentarás que nazcan tus hijos. Supongo que para mucha gente no hay motivo alguno por el que modificar la designación del hospital que nos toca por defecto, de la misma manera que muchas familias no sienten la necesidad de plantearse si todas las maniobras e intervenciones que los sanitarios efectuaron a lo largo de su parto debieron haber ocurrido de aquella manera. Pero cuando te informas y te das cuenta de que muchas de las cosas que se consideran normales no deberían serlo tanto, la elección del lugar en el que traer a tus hijos al mundo pasa a tener un peso fundamental entre las decisiones importantes que debes tomar durante el embarazo.

Después de que las limitaciones de nuestra situación nos permitieran darle menos vueltas de las que nos habría gustado, nuestra segunda hija terminó naciendo en el Hospital Universitario de Torrejón. La suerte —hay quien dice que la luna— estuvo de nuestro lado y mamá pudo disfrutar —sí, disfrutar— un parto que poco tuvo que ver con el que ahora siente que sufrió hace ya casi tres años. El hospital de Torrejón atrae cada vez a más familias que buscan un lugar en el que, como mínimo, se las escuche. Por eso, por si alguien baraja esta opción entre las múltiples alternativas disponibles en Madrid, os cuento los aspectos más y menos positivos de nuestra experiencia —personal e intransferible— en ese centro. Empiezo hoy con el lado bueno de las cosas.

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El huevo, la gallina y la revista

Ya he hablado en más de una ocasión sobre el complejo carácter esquizofrénico del feminismo. En función de la lente morada que uno engarce en su cámara, un mismo acto puede aparecer retratado como profundamente machista o como orgullosamente feminista. En el fondo, la mayor parte de esas dualidades se pueden reducir a un problema de huevos y gallinas. Porque, ¿qué fue primero?

¿Las mujeres se maquillan porque así se sienten mejor consigo mismas, o se sienten mejor maquilladas porque así se lo ha impuesto el entorno? Al fin y al cabo, en la naturaleza son muchas las especies en las que son los ejemplares de un único sexo los que se esfuerzan por hacer un despliegue de medios y colores para atraer a su pareja. ¿Significa eso que también las niñas humanas ven nacer en su seno poco a poco la necesidad instintiva de decorarse con pendientes, llevar un pelo largo y lustroso o subirse en unos tacones de vértigo? ¿O el sentimiento de necesidad nace más bien de esa herencia patriarcal fruto de siglos de dominación? Todo un nudo gordiano difícil de resolver en tanto en cuanto nos es imposible aislarnos del mundo en el que nos ha tocado vivir.

Todo esto viene al hilo de un ejemplo del que soy poco amigo: el de las revistas de maternidad. Y digo bien: «maternidad», y ahora entenderéis por qué. Yo mismo he criticado públicamente en varias ocasiones un enfoque que yo entiendo machista. Sin embargo, dándole la vuelta a la historia del huevo y la gallina, el argumento se complica. Veamos.

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MasterChof y los bebés

No sé las veces que le habré dicho a mamá que no deberíamos volver a engancharnos a MasterChef. Porque, sí, después de leer a Delibes también se puede perder el tiempo con algo de telebasura. Hace un par de años habría aceptado el debate acerca de si MasterChef es televisión de calidad. Con el paso de cada edición —amateur, junior o celebrity—, sin embargo, tengo más y más claro que es un programa que vende modelos que difícilmente encajan con nuestros valores.

Más allá de la sana curiosidad culinaria y la sed de un formato de fácil consumo con el que distraernos, poco podemos buscar en un programa casposo, machista y, seguramente, incluso clasista. Televisión pública ejerciendo apología del maltrato animal en los ruedos, ocultando publirreportajes militares entre plato y plato, o vendiendo un modelo de vida elitista en el que se conceden privilegios innecesarios a personajes acostumbrados a saraos de otro mundo entre páginas de papel cuché.

En esas estábamos el martes pasado derrumbados en el sofá cuando cedí al morbo del espectador y nos unimos al estreno de la segunda edición de MasterChef Celebrity. No tardaría en soltar un viejuno «¿Ves? Ya te había dicho yo que no teníamos que verlo más». Y es que la primera prueba de plató tuvo un final que nos pareció tan poco necesario como de mal gusto. Después de que los concursantes elaboraran con más o menos acierto un par de papillas —dulce y salada—, apareció al fondo un jurado excepcional para llevar a cabo la cata: 6 bebés de menos de un año repartidos en dos tandas de tres.

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Ser mayor

Aunque la entrada de hoy suene a pataleta, en realidad es más una reflexión personal que otra cosa. Lo digo porque probablemente dé la impresión de que soy tan tiquismiquis que, si fuera por mí, casi no se podría ni hablar con mi hija, de tantas cosas como me disgustan cuando las escucho dirigidas a ella. En el día a día soy más bien realista. Asumo que lo que nos rodea es lo que hay y me limito a intentar que al menos de nuestra boca no lleguen a sus oídos según qué tipo de argumentos.

Y desde hace ya algún tiempo me ha dado por reflexionar sobre la costumbre que tenemos —yo el primero— de insistirles a los niños en que ya son mayores. Como seguramente adivinaréis, ahora que es mía la hija de cuya educación soy en buena parte responsable, no me gusta escucharlo. En otros asuntos más graves —banalización de la violencia, justificaciones del racismo, perpetuación de roles machistas…— suelo intervenir más directamente cuando le dicen a mi hija algo con lo que en casa no comulgamos. En este caso, más bien, nos limitamos mamá y yo a contarle después tranquilamente a nuestra hija lo que nosotros opinamos sobre «el ser mayor».

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«Para no haber ido a la guardería»

Si hay una causa que he hecho mía desde que soy padre es la de la educación temprana en casa, particularmente desde que me lancé a la piscina de pasar un año entero con mi hija de año y medio para empezar a descubrir el mundo a su lado. No es una causa contra nadie, ni mucho menos. No tengo nada en contra de las escuelas infantiles, cuya labor admiro profundamente y cuya existencia entiendo como absolutamente imprescindible para el mantenimiento de nuestro estilo de vida actual.

Mi causa se orienta más bien a la defensa de una alternativa real, aquella que deja que sean los progenitores de la criatura los que empiecen a introducirla en el mundo que le va a tocar vivir. ¿Y por qué ese empeño mío? Pues porque de un tiempo a esta parte advierto una percepción cada vez más generalizada de que el único lugar que puede garantizar una formación adecuada a un bebé primero y a un niño después es la escuela infantil.

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Moderación o abstinencia

Ya me pasaba antes de aparcar el trabajo, pero desde que paso tantas horas a solas con una niña pequeña le doy muchas más vueltas a las cosas. De esas vueltas nacen muchas de mis entradas, como vía de escape para no volverme loco y para sintetizar los argumentos en uno y otro sentido que componen las discusiones con las que mi monologuista interior me tortura. Así llego hoy otra vez aquí, dispuesto a volver a cogérmela con papel de fumar para desesperación vuestra.

Una preocupación un poco cínica

Esta semana se alarmaban los contertulios del Hoy por hoy de la SER. Al parecer, Youtube y otras plataformas similares no deberán dejar de emitir publicidad de bebidas alcohólicas de alta graduación, a diferencia de lo que algunos habían interpretado en un primer momento. Teniendo en cuenta que cada vez son más los niños —no digamos ya los jóvenes— que acceden habitualmente al contenido disponible en ese tipo de canales, se observa ahí una fisura curiosa en el alcance de la regulación de la publicidad de dichas bebidas en nuestro país. Sobre lo que ven nuestros hijos en sus pantallas y la necesidad o no de supervisión por nuestra parte podemos discutir otro día…

Esa preocupación en voz del nutrido grupo de comentaristas me ha dado que pensar: ¿tiene algún sentido acudir armados de prohibiciones a los fabricantes sin revisar antes lo que presencian nuestros hijos cada día a nuestro lado? La experiencia acumulada durante años de cínica lucha contra el tabaquismo hace ver que limitaciones en la publicidad pueden ser positivas de cara a la reducción del consumo. Pero ¿no estamos viendo pajas en ojos ajenos? No soy capaz de imaginarme a un padre fumador tratando de evitar que sus hijos entraran en contacto con anuncios de Marlboro y, sin embargo, es precisamente eso lo que estamos haciendo como sociedad en conjunto. Un poco sinsentido, ¿no os parece?

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