Mil niñas de color de rosa

2017 fue un año decisivo para el feminismo. De eso no cabe ya duda. También fue el año de la ofensa, y 2018 amenaza con seguir sus pasos en el camino de la indignación. Sumergidos en la mala costumbre de la lectura diagonal entre titulares capciosos y tuits prestos a la ambigüedad, es fácil saltar precipitadamente al charco de la discusión. Entono el mea culpa el primero. Quizá por eso, y a pesar de que cada vez sean menos los dispuestos a leerlas, no sobran explicaciones.

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Porteamos; la etapa toddler

Pasado el primer año y medio de vida de nuestra hija mayor sufrimos nuestra mayor «crisis de porteo». El verano llegó sin piedad y, solo de pensar en salir a la calle cargados con esa cantidad de kilos encima, nos derretíamos. Hacía ya algún tiempo que nuestra mochila Boba hacía mella en hombros, espalda y cadera durante las sesiones más largas de porteo, y hasta tal punto nos daba pereza sudar y sufrir que empezamos a portear más en brazos que en mochila.

Vislumbrábamos ya el final de una etapa que sabíamos echaríamos mucho de menos, pero no veíamos otra salida. Leyendo este año a Un papá como Vader se me saltaban las lágrimas solo de pensar en no volver a disfrutar de esa cercanía con nuestra hija. Pero decidimos intentarlo. Sabíamos que eran cada vez más las opciones para el porteo de niños grandes y casi todas las marcas empezaban a contar en sus catálogos con mochilas para el segmento toddler. Nos apetecía recuperar el hábito y, en cuanto el calor aflojó, dimos el paso. Hoy os cuento el segundo capítulo de la serie «Porteamos».

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Queridos Reyes Magos

Hace tiempo que es Navidad en El Corte Inglés; los polvorones acechan a la vuelta de cada esquina; y los anuncios de Loterías auguran desde aquel mayo caluroso una vida de desgracias para aquel que ose no comprar el décimo en sus vacaciones en Villajumilla de la Jarana. ¿Habéis escrito ya la carta a los Reyes?

En casa jugamos aún con la exigua ventaja que nos concede la inocente edad de nuestra hija. Haber conseguido controlar su exposición a las marcas y franquicias de animación, y el hecho de que nadie más que nosotros se haya ocupado de construir sus expectativas navideñas nos lo sigue poniendo relativamente fácil. Nuestro angelito no ha pedido nada más que dos puzles y no ha visto un solo catálogo de juguetes.

Ahora bien, ¿qué pasa si al resto de los Reyes Magos les parece que ese par de rompecabezas y los cuatro cuentos que hemos incorporado nosotros a la lista son poca cosa? ¿Tenemos derecho los padres de un niño a imponer qué se les regala, en qué cantidad o por parte de quién? Nuestro entorno familiar es relativamente razonable ante peticiones así, pero nos gusta adelantarnos y tratamos de hablar las cosas con ellos antes de encontrarnos con el desastre. Pero ¿qué nos queda cuando el entorno prefiere obviar la opinión de los padres?

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«Alphabet»

Tenemos aún varios meses de margen antes de entrar de lleno en la vorágine de la elección de colegio para nuestra hija mayor. Sin embargo, la sensación de urgencia nos acompaña ya desde hace tiempo, y la conversación sobre el futuro educativo de las niñas aflora a menudo entre mamá y yo.

Admito que en este aspecto soy pesimista. Tengo que esforzarme por ser positivo y quedarme con la parte buena —que seguro que la tiene— de lo que quiera que logremos encontrar. Pero no me resulta fácil. Me cuesta arrancar de mi retina las imágenes de cualquiera de los reportajes que ponen sobre la mesa el desastroso panorama del sistema educativo que hemos montado entre todos. No es agradable dejar la educación de tus hijas en manos de un sistema tradicional y tradicionalista después de escuchar en la voz de neurólogos, pedagogos y psicólogos cómo hemos convertido la principal etapa formativa de nuestras vidas en una absurda carrera de borregos.

El último documental que hemos visto en casa relacionado con el tema ha sido «Alphabet», un largometraje austriaco de 2013 que continuó abriéndonos los ojos y, al mismo tiempo, hundiéndonos en la miseria. Me llama la atención que un producto sobre los niños de hoy en día y la educación dé ganas de llorar. Sí, se ha avanzado mucho en alfabetización; la educación universal y gratuita nos acerca más a la igualdad real de oportunidades. Pero, ¿por qué hemos dejado que los sistemas educativos de todo el mundo se hayan convertido en fábricas de corte uniforme y producción en masa?

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Lo menos bueno

El otro día os contaba por qué salimos tan satisfechos del Hospital Universitario de Torrejón después de que mamá diera a luz allí a nuestra segunda hija. Repetiríamos la elección sin dudarlo. Eso no quiere decir, obviamente, que no haya aspectos mejorables de la atención, de las instalaciones, etc. Lo bueno, sin embargo, es que la actitud del centro hacia las críticas constructivas y las sugerencias es impecable y, al menos desde la comunicación que mantuvieron con nosotros, en todo momento mostraron su predisposición al cambio si es para mejorar.

Os cuento hoy lo que menos nos gustó de nuestro paso por Torrejón.

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Un buen lugar para nacer

Cada nuevo episodio de alerta por contaminación nos aleja un poco más de esta Madrid a la que nunca quisimos venir, pero mientras el divorcio no sea definitivo, tenemos que reconocer que la vida en la gran ciudad tiene algunas ventajas. Quien como nosotros viene «de provincias» quizá no se haya siquiera planteado que en la capital uno pueda elegir libremente en qué hospital quiere que lo atiendan. ¿Qué va uno a elegir si hay un único centro hospitalario en su ciudad?

Esa libre elección incluye la posibilidad de decidir dónde intentarás que nazcan tus hijos. Supongo que para mucha gente no hay motivo alguno por el que modificar la designación del hospital que nos toca por defecto, de la misma manera que muchas familias no sienten la necesidad de plantearse si todas las maniobras e intervenciones que los sanitarios efectuaron a lo largo de su parto debieron haber ocurrido de aquella manera. Pero cuando te informas y te das cuenta de que muchas de las cosas que se consideran normales no deberían serlo tanto, la elección del lugar en el que traer a tus hijos al mundo pasa a tener un peso fundamental entre las decisiones importantes que debes tomar durante el embarazo.

Después de que las limitaciones de nuestra situación nos permitieran darle menos vueltas de las que nos habría gustado, nuestra segunda hija terminó naciendo en el Hospital Universitario de Torrejón. La suerte —hay quien dice que la luna— estuvo de nuestro lado y mamá pudo disfrutar —sí, disfrutar— un parto que poco tuvo que ver con el que ahora siente que sufrió hace ya casi tres años. El hospital de Torrejón atrae cada vez a más familias que buscan un lugar en el que, como mínimo, se las escuche. Por eso, por si alguien baraja esta opción entre las múltiples alternativas disponibles en Madrid, os cuento los aspectos más y menos positivos de nuestra experiencia —personal e intransferible— en ese centro. Empiezo hoy con el lado bueno de las cosas.

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El huevo, la gallina y la revista

Ya he hablado en más de una ocasión sobre el complejo carácter esquizofrénico del feminismo. En función de la lente morada que uno engarce en su cámara, un mismo acto puede aparecer retratado como profundamente machista o como orgullosamente feminista. En el fondo, la mayor parte de esas dualidades se pueden reducir a un problema de huevos y gallinas. Porque, ¿qué fue primero?

¿Las mujeres se maquillan porque así se sienten mejor consigo mismas, o se sienten mejor maquilladas porque así se lo ha impuesto el entorno? Al fin y al cabo, en la naturaleza son muchas las especies en las que son los ejemplares de un único sexo los que se esfuerzan por hacer un despliegue de medios y colores para atraer a su pareja. ¿Significa eso que también las niñas humanas ven nacer en su seno poco a poco la necesidad instintiva de decorarse con pendientes, llevar un pelo largo y lustroso o subirse en unos tacones de vértigo? ¿O el sentimiento de necesidad nace más bien de esa herencia patriarcal fruto de siglos de dominación? Todo un nudo gordiano difícil de resolver en tanto en cuanto nos es imposible aislarnos del mundo en el que nos ha tocado vivir.

Todo esto viene al hilo de un ejemplo del que soy poco amigo: el de las revistas de maternidad. Y digo bien: «maternidad», y ahora entenderéis por qué. Yo mismo he criticado públicamente en varias ocasiones un enfoque que yo entiendo machista. Sin embargo, dándole la vuelta a la historia del huevo y la gallina, el argumento se complica. Veamos.

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