Un marco para la Educación Activa

Hace algunos días tuve la suerte de participar en un taller sobre Educación Activa, un paradigma educativo que viene a agrupar algunas metodologías que como Montessori o Amara Berri comparten ciertos fundamentos pedagógicos.

El taller, impartido en un centro escolar constituido en torno a este tipo de educación, estaba primordialmente orientado a personal docente, por lo que me planté allí como el único padre —y el único hombre…— en medio de un nutrido grupo de profesoras de toda Castilla y León. Durante la mañana que pasamos juntas, aquellas maestras con bagajes formativos tan variopintos pusieron en común sus impresiones, sus miedos y, sobre todo, sus ganas de implementar un cambio real en el modelo educativo imperante en España.

No soy pedagogo ni especialista en ningún tipo de materia relacionada con la educación. Sin embargo, me quedé con una breve lista de notas que me parecieron interesantes y que me gustaría que formaran parte de un debate público sobre nuestra educación que apenas amaga con despegar en círculos reducidos como el de aquel taller.

Somos cada vez más los que abogamos por un modelo renovado que desplace el foco hacia las personas y lo aleje del resultadismo capitalista y cortoplacista que parecería regir las sucesivas reformas educativas que sufrimos. La jornada de formación que pasé junto a ellas me abrió los ojos en muchos sentidos, y me hizo atisbar un rayo de esperanza en todos esos grupos de trabajo que desde el corazón de la educación pública bregan por hacer las cosas mejor. Merece la pena la reflexión.

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Diálogos de besuguines VIII

—Papá, ¿por qué siempre hay un dibujo si todos usamos lo mismo?

Los niños son así; no necesitan mucho más que una frase para dejarnos en fuera de juego. De los clarísimos; de esos para los que nunca nadie reclamó la intervención del VAR. Con esta pregunta a la puerta del baño de un bar quiso profundizar mi hija de entonces 3 años en un debate que nuestra sociedad no quiere terminar de enfrentar.

Ni siquiera hace falta llegar al extremo aún lejano que generalice los aseos unisex —lo que eliminaría de un plumazo, entre otras cosas, esperas ineficientes o la herencia machista anclada a la pared de vuestro baño en forma de cambiador solo para mujeres—. Existe un debate previo menor, conocido quizá tan solo entre los padres y madres que comparten en corresponsabilidad el cuidado de sus hijos: ¿quién lleva al niño y quién a la niña cuando necesitan ir al váter? Cuando él va con ella o ella con él, ¿a qué baño deben entrar?

Hubo hilos que resultaron de una madeja difícil de desmarañar en los que se vertieron opiniones para todos los gustos, como este de @PapaEnGotham. El resultado de su encuesta puede no ser estadísticamente significativo, pero sí deja claro que no para todos es evidente la misma respuesta. Motivos de higiene, pudor o pura costumbre se entremezclan para venir a poner patas arriba nuestra comodidad de adultos independientes cuando tenemos que enfrentarnos a nuestros usos sociales de la mano de una niña.

Poco más pude hacer yo aquel día que darle la razón a mi hija. Me da miedo ver en ella cada día más gestos y actitudes que sugieren que empieza a asimilar que hay lugares diferentes reservados para cada cual en función de lo que tenga o sienta entre las piernas. Mientras tanto, seguiremos trabajando para que le resulte imposible de entender por qué tantas veces encuentra diferencias donde debería haber igualdad.

Efecto mariposa

Quien alimenta con biberón dice sentir la ojeriza del lactivismo; como sufre miradas incómodas y comentarios insultantes la mujer que da el pecho. Quien elige el camino del BLW y los trozos ha de acostumbrarse al escándalo que provoca; como asume con resignación la incomprensión la familia que por uno u otro motivo se acogió al comodín de la batidora tradicional o los purés de tarro.

Sea cual sea el camino escogido, cualquiera que viva la experiencia de criar con un cierto grado de consciencia habrá visto en más de una ocasión cómo sus elecciones son objeto de juicio. No importa si se es de la escuela tradicionalista o de la del apego; igual que nunca llueve a gusto de todos, siempre habrá alguien a quien nuestro proceder parezca de todo punto inoportuno y equivocado, quizá incluso ofensivo.

Ante semejante panorama, y una vez superada la resignación, reclamamos a menudo padres y madres el derecho a decidir cómo criar. «Que cada uno en su casa haga lo que quiera, pero a mí que no vengan a decirme cómo tengo que educar a mis hijas». Yo mismo he ocupado dicha postura a menudo, cansado de comentarios «cuñados», ignorancia y apostillas atrevidas.

Sin embargo, creo que también hay cierto deje de corrección política en esa actitud. Detrás de una petición de respeto mutuo podemos esconder a veces el miedo a manifestar públicamente lo que de verdad pensamos.

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El «Garbanzogate»

El 9 de enero de 2018 al filo de las 11 de la mañana María Merino publicó un tuit. And all hell broke loose. Estoy seguro de que ni en pintura habría imaginado esta madre y dietista-nutricionista la repercusión que su frase «Mi hijo no sabe lo que es una galleta: él es feliz desayunando garbanzos» alcanzaría. Quién le iba a decir a ella que una inocente imagen de su hijo desayunando ensimismado de un tupper de legumbre pudiera remover las tripas de tanta gente…

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Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, con pañales pequeños

Hacía ya mucho que mamá y yo veníamos dándole vueltas a la idea de pasarnos a los pañales de tela. De vez en cuando nos daba la venada y consultábamos un blog tras otro sopesando pros y contras. Tantas vueltas le dimos, que la idea se mareó, y para cuando quisimos darnos cuenta, nuestra hija mayor ya hacía sus cositas en el inodoro de los mayores.

Con el nacimiento de la segunda retomamos la discusión mucho más en serio. Éramos conscientes de que dar el paso nos convertiría otra vez en el objetivo de comentarios de todo tipo, igual que nos ha sucedido cada vez que hemos optado por evaluar y probar alternativas a la forma de hacer las cosas «como se ha hecho siempre» —o, al menos, somo se ha hecho siempre en los últimos 40 años—. Los argumentos eran en este caso obvios: que nos íbamos a pasar el día lavando; que eso tiene que oler muy mal; que ya son ganas de complicarnos… Nosotros mismos los habíamos sopesado de uno en uno antes de tomar una decisión de la que no estábamos completamente convencidos.

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Padres en la era de la (des)información

Cuando mamá y yo éramos pequeños, la inercia definía buena parte de las decisiones familiares. Los niños iban al cole del barrio o, en un alarde de arriesgada excentricidad, a aquel en el que hubiera estudiado uno de los dos progenitores. No había por qué complicarse más. Dos o tres años antes, aquellos mismos niños habrían nacido en el hospital que correspondiera al domicilio familiar. ¿Por qué iba nadie a querer cambiar de hospital para dar a luz? Puede que nos tocaran un pediatra o un médico de familia avinagrados y amigos de remedios «de vieja», pero a quién se le iba a ocurrir pedir un cambio de facultativo o contradecir la doctrina del doctor…

Esa misma mamá y yo llevamos año y medio dándole vueltas a la elección de un centro escolar para nuestra hija mayor. Empezamos a visitar los colegios del distrito un año antes de que se inaugurara siquiera nuestro plazo de inscripción. Hicimos preguntas durante visitas guiadas en horario lectivo y fuera de él; si no lo hubiéramos tenido tan claro habríamos construido una de nuestras tablas comparativas con opiniones, votaciones y clasificaciones. Algunos de nuestros mejores amigos se plantean incluso mudarse de casa y de barrio en busca de una escuela mejor para sus pequeños.

La voz del pediatra de turno hace tiempo que dejó de ser la única autorizada a la que prestan oído los padres. Ya no son el doctor, el maestro y el cura del pueblo los que imponen respeto absoluto a su dictamen. En nuestro grupo de crianza de los viernes se habla, se alaba y se critica la postura de los médicos, y son muchas las familias que eligen cambiar de pediatra si perciben consejos obsoletos o sienten miedo a una bronca ridícula que les hace sentirse obligados a mentir.

«La generación más preparada de la Historia»

Los padres de nuestra generación somos seguramente los que más información hemos tenido a nuestro alcance. Eso nos obliga a ser conscientes de la responsabilidad que semejante disponibilidad esconde. Al mismo tiempo, ser los padres más sobreinformados de la Historia, constituye también un riesgo evidente para nuestro propio bienestar y nuestra salud mental. No es fácil encontrar el equilibrio en la era de Internet, las redes sociales y los libros de ayuda.

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El colegio ideal son los padres

«La primavera la sangre altera», especialmente si tienes hijos en edad preescolar y estás inmerso en la vorágine de búsqueda de colegio para el curso que viene. Es fácil construir una lista de características que queremos que cumpla el centro, y muchos blogs de otros padres y madres que han pasado por ahí ayudan a centrar el tiro y a intuir qué cosas nos afectarán más en el futuro y, por tanto, deberíamos valorar más en el presente.

Sin embargo, hay un factor determinante que obviamos por imposible en nuestra búsqueda; un factor que no aparece en ninguno de esos títulos tan search-engine-friendly de «10 cosas que tienes que saber a la hora de elegir un colegio para tus hijos»: los padres.

Podemos visitar el colegio en horario lectivo o fuera de él. Podemos asistir a sus jornadas de puertas abiertas, hablar con la directora, consultar las opiniones registradas por otros progenitores en Internet… Pero nos es imposible saber con qué padres nos tocará compartir tantos años de intensa vida escolar.

Junto a ellos esperaremos en la acera mientras muchos ignoran la prohibición de fumar junto a la escuela. Asistiremos a su lado a eternas reuniones en las que parece no decidirse nunca nada. Recibiremos cadenas de bulos y mensajes fuera de lugar en grupos de WhatsApp que odiaremos por no atrevernos a abandonar. Celebraremos los cumpleaños de sus hijos en el jardín de su casa bebiéndonos la cerveza de su nevera. Si el azar quiere que nuestros retoños hagan buenas migas, quién sabe qué más emprenderemos a su lado, obligados o no. Puede que incluso a algunos de ellos acabemos llamándolos «amigos»

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