Torre de aprendizaje

Hace unos días os hablé de algunos de los objetos que, para bien o para mal, nos habían sorprendido durante nuestros primeros años de paternidad / maternidad. Deliberadamente dejé uno aparte para dedicarle una entrada específica: la torre de aprendizaje.

Para bien o para mal debía de sorprendernos también este artilugio cuya existencia desconocíamos hasta hace tan solo unos meses. Con ese nombre tan rimbombante nos referimos en realidad a una versión revisada de una práctica simple y antigua: dejar que los niños se suban a una silla para que puedan alcanzar una altura mayor. Ya sabemos que las propuestas pedagógicas como Montessori son dadas a veces a darle nombres bonitos a todo…

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Moderación o abstinencia

Ya me pasaba antes de aparcar el trabajo, pero desde que paso tantas horas a solas con una niña pequeña le doy muchas más vueltas a las cosas. De esas vueltas nacen muchas de mis entradas, como vía de escape para no volverme loco y para sintetizar los argumentos en uno y otro sentido que componen las discusiones con las que mi monologuista interior me tortura. Así llego hoy otra vez aquí, dispuesto a volver a cogérmela con papel de fumar para desesperación vuestra.

Una preocupación un poco cínica

Esta semana se alarmaban los contertulios del Hoy por hoy de la SER. Al parecer, Youtube y otras plataformas similares no deberán dejar de emitir publicidad de bebidas alcohólicas de alta graduación, a diferencia de lo que algunos habían interpretado en un primer momento. Teniendo en cuenta que cada vez son más los niños —no digamos ya los jóvenes— que acceden habitualmente al contenido disponible en ese tipo de canales, se observa ahí una fisura curiosa en el alcance de la regulación de la publicidad de dichas bebidas en nuestro país. Sobre lo que ven nuestros hijos en sus pantallas y la necesidad o no de supervisión por nuestra parte podemos discutir otro día…

Esa preocupación en voz del nutrido grupo de comentaristas me ha dado que pensar: ¿tiene algún sentido acudir armados de prohibiciones a los fabricantes sin revisar antes lo que presencian nuestros hijos cada día a nuestro lado? La experiencia acumulada durante años de cínica lucha contra el tabaquismo hace ver que limitaciones en la publicidad pueden ser positivas de cara a la reducción del consumo. Pero ¿no estamos viendo pajas en ojos ajenos? No soy capaz de imaginarme a un padre fumador tratando de evitar que sus hijos entraran en contacto con anuncios de Marlboro y, sin embargo, es precisamente eso lo que estamos haciendo como sociedad en conjunto. Un poco sinsentido, ¿no os parece?

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3 canciones para (no) dormir – Volumen 2

Hace tiempo que os hablé ya de nuestras tres primeras canciones fetiche para dormir a la que por aquel entonces aún debía de ser una bebé, ya grandecita, pero bebé al fin y al cabo. Han llovido siestas y noches desde entonces, pero el sueño sigue siendo uno de los asuntos que más inseguridad me genera y que más me trae de cabeza. ¿Pero por qué no se duermen?

El gusto musical de nuestra hija va evolucionando al mismo ritmo con que ella deja atrás tallas de ropa y números de pie. Le chiflan los coros (su más favorito del mundo mundial es el «O Fortuna» de Carl Orff) y los tambores, y siempre que se acuerda de pedirnos que pongamos música en casa insiste en que pinchemos algo «de esos chicos», refiriéndose a Corvus Corax, un conjunto muy peculiar que hace ya tiempo se coló entre mis debilidades. «Son mis amigos» dice la tía… Menudas películas se monta.

Así pues, también hemos debido actualizar nuestra lista de temas infalibles para acompañar su sueño. Sinceramente, no tengo ni idea de si sirven para algo. En cualquier caso, este es el podio definitivo:

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«La isla del abuelo»

Cada generación de padres tiene que lidiar con sus propios demonios. Uno de los de la nuestra es, sin duda, el exceso de información. A cambio, quizá para compensar la jauría de títulos dirigidos al padre novato que acechan en cada librería, nos ha tocado disfrutar de los álbumes ilustrados. Nada tienen que ver los cuentos de hoy con los clásicos que nos tuvieron que leer nuestros padres. Supongo que en aquella época no eran tan aficionados a cogérsela con papel de fumar como somos nosotros hoy, pero no puedo evitar sentir cierta compasión ante la imagen de mis padres recorriendo una vez tras otra las horrendas páginas de esos cuentos llenos de imágenes grotescas, ilustraciones sexistas y diseños desesperantes.

Elegir un cuento hoy en una librería infantil es una tarea peliaguda. Es más que recomendable llevar una selección previa de títulos favoritos. Si no, corremos el mismo peligro que quien osa hacer la compra con hambre en las tripas y dinero en la cartera. Así lo quisimos hacer nosotros poco antes del último cumpleaños de nuestra gusanita, y tuvimos la suerte de acertar.

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El tutú

Ya he mencionado alguna vez que a nuestra hija le encanta bailar. De momento el ritmo no parece ser lo suyo, qué se le va a hacer. Pero interés le pone, eso sí. Bailamos de todo con ella: las canciones que nos inventamos, rock duro, empalagosas melodías infantiles, hip-hop, folk… Lo que se tercie. Cuando toca, incluso música clásica.

Ella no sabe lo que es el ballet ni por qué las bailarinas lucen ese atuendo tan peculiar. Todo lo que sabe es que tiene una camiseta en la que tres danzarinas figuras presumen de tutús. En su accidentalmente desteñida tela sobresalen tres balcones de tela delimitando la minúscula cintura de cada de una de ellas. Y como siempre que le preguntamos a nuestra hija si quiere ser tal o cual cosa de mayor, también en esta ocasión responde entusiasmada que ella quiere ser bailarina.

Y «sí, papá» fue igualmente su obvia respuesta a la propuesta que se me ocurrió hacerle un día de si ella también quería un tutú —«¿Para qué preguntas?»—. Igual que el hambre, la falta de medios también agudiza el ingenio, así que ni corto ni perezoso me puse manos a la obra. Rebuscando un poco por la habitación de los trastos de los abuelos no tardé en encontrar la solución. En unos segundos teníamos listo un tutú despampanante fabricado con una bolsa blanca de basura y unas tijeras. Bueno, a lo mejor no era despampanante, pero hacía el apaño. Y lo más importante, a ella le encantó. Se puso tan contenta que no paró de dar vueltas con él por casa en toda la noche. Lo llevaba puesto a todas partes, incluso para ir sentada en el coche.

Pasaron un par de semanas y volvimos a visitar a los abuelos. Volvía yo de dejar la maleta en la habitación cuando de repente me encuentro con una masa de gasa azul corriendo por el pasillo. Alrededor de mi hija flotaba un flamante tutú de verdad mientras ella corría y bailaba feliz cual perdiz. Y yo no supe qué cara poner. Ella era feliz y disfrutaba del regalo que acababa de recibir. Yo no podía evitar pensar que habíamos empezado a ponerles precio a su inocencia y a su imaginación. Soy un drama-papá.

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«Pájaro Amarillo»

Nuestra pequeña biblioteca a ras de suelo ha crecido bastante en las últimas semanas gracias a alguna compra y a un buen puñado de donaciones (benditos sean los buenos vecinos amigos de los niños). Entre las compras, hay una que destaca muy por encima de todas a los ojos de la dueña última de la biblioteca: «Pájaro Amarillo».

Se trata del segundo título de la colección que la ilustradora Olga de Dios tiene previsto dedicar a cada uno de los personajes de un cuento del que ya os hablé, «Monstruo rosa». Tenemos echado el ojo a la obra «Buscar» de la misma autora que nos recomendó Estrella aquel día, pero en cuanto vimos que el cuento del que os hablo hoy formaba parte de la misma historia que la del entrañable rosado bicho peludo, tuvimos claro que se tenía que venir a casa con nosotros.

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La panacea

Ya he dicho alguna vez que mi paternidad me ha cambiado. Apenas llevo unos meses inmerso en su vorágine de novedades desconcertantes, pero no hay espacio de mi vida que haya logrado mantenerse estanco y librarse de la avalancha transformadora que supone esta experiencia. Entre otras cosas, ha cambiado mi forma de leer. Presto mucha más atención a cada palabra escrita en relación con el universo paternofilial y me encanta utilizar las propuestas de terceros como palanca de reflexión. Muchas páginas se leen de otro modo puestas a la luz de la experiencia paternal y son más de las que creía las que hablan directa o indirectamente de esa parte fundamental de nuestra existencia (al menos mientras la visión de Aldous Huxley no se materialice por completo). Luego vengo aquí a desparramar mis divagaciones y torturaros con ellas. Eso también, claro.

Hace algunas semanas aterrizó en mis manos un ejemplar de una de esas revistas para madres y padres que venden —no sé dónde, la verdad— a un precio irrisorio. No sé si alguien las compra. Todas las que he tenido la oportunidad de ojear las he recibido como obsequio de las formas más inverosímiles. Antes de que mamá diera a luz todavía era yo un incauto proyecto de papá primerizo, y las leía con avidez y curiosidad en busca de respuestas. Hoy, con algunos meses de experiencia en la mochila, con muchas lecturas en el bolsillo y con más conversaciones en mi haber, sé que buena parte del contenido de algunas de esas revistas deja mucho que desear.

Los reportajes plagados de errores, medias verdades y mitos de la crianza no sirven más que de excusa para dar espacio a la publicidad de unas marcas que son quienes verdaderamente se benefician de según qué mensajes. Viendo algunos de sus contenidos (con algunos test como «¿Vuestro amor está fuerte y a salvo?» o un infalible «¿Qué estudiará mi hijo?») no puedo evitar pensar en que son una versión avanzada y casposilla de aquella Superpop de nuestra primera adolescencia. No es raro ver que sigan tratando a la madre como si fuera la única responsable del cuidado de los hijos y que la infantilicen como hacen aún tantas revistas femeninas con las mujeres en general. Seguro que hay grandes profesionales detrás haciendo un gran trabajo y sometidos a mucha presión, ojo. Seguro. Pero eso no me consuela como lector cuando veo que se frivolizan temas sensibles sobre los que la población debería recibir información veraz y objetiva. Un motivo más para apoyar proyectos periodísticos rigurosos, por cierto.

El caso es que aquel número de «Mi bebé y yo» —esa era la revista en cuestión, aunque no es la única del estilo— incluía en la sección «Mi educación» un artículo que me llamó la atención. «Guardería: 8 puntos a favor» rezaba el título. Ya venía yo hacía mucho tiempo dándole vueltas al dilema de la escuela infantil, así que me lancé de cabeza a leerlo. Apenas había completado un par de párrafos y ya tenía claro que necesitaba escribir aquí una de mis interminables reflexiones. Hablaré por cierto de «guardería» —como se ha denominado tradicionalmente— y «escuela infantil» —como empieza a conocerse últimamente— indistintamente. Sé que cada término tiene connotaciones diferentes y espero que nadie se sienta ofendido por el uso de uno u otro. El mismo artículo titula con «guardería» a pesar de que el contenido encaje más con la idea que defienden los partidarios del término «escuela infantil».

¿Me acompañáis?

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