«La isla del abuelo»

Cada generación de padres tiene que lidiar con sus propios demonios. Uno de los de la nuestra es, sin duda, el exceso de información. A cambio, quizá para compensar la jauría de títulos dirigidos al padre novato que acechan en cada librería, nos ha tocado disfrutar de los álbumes ilustrados. Nada tienen que ver los cuentos de hoy con los clásicos que nos tuvieron que leer nuestros padres. Supongo que en aquella época no eran tan aficionados a cogérsela con papel de fumar como somos nosotros hoy, pero no puedo evitar sentir cierta compasión ante la imagen de mis padres recorriendo una vez tras otra las horrendas páginas de esos cuentos llenos de imágenes grotescas, ilustraciones sexistas y diseños desesperantes.

Elegir un cuento hoy en una librería infantil es una tarea peliaguda. Es más que recomendable llevar una selección previa de títulos favoritos. Si no, corremos el mismo peligro que quien osa hacer la compra con hambre en las tripas y dinero en la cartera. Así lo quisimos hacer nosotros poco antes del último cumpleaños de nuestra gusanita, y tuvimos la suerte de acertar.

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«Pájaro Amarillo»

Nuestra pequeña biblioteca a ras de suelo ha crecido bastante en las últimas semanas gracias a alguna compra y a un buen puñado de donaciones (benditos sean los buenos vecinos amigos de los niños). Entre las compras, hay una que destaca muy por encima de todas a los ojos de la dueña última de la biblioteca: «Pájaro Amarillo».

Se trata del segundo título de la colección que la ilustradora Olga de Dios tiene previsto dedicar a cada uno de los personajes de un cuento del que ya os hablé, «Monstruo rosa». Tenemos echado el ojo a la obra «Buscar» de la misma autora que nos recomendó Estrella aquel día, pero en cuanto vimos que el cuento del que os hablo hoy formaba parte de la misma historia que la del entrañable rosado bicho peludo, tuvimos claro que se tenía que venir a casa con nosotros.

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La panacea

Ya he dicho alguna vez que mi paternidad me ha cambiado. Apenas llevo unos meses inmerso en su vorágine de novedades desconcertantes, pero no hay espacio de mi vida que haya logrado mantenerse estanco y librarse de la avalancha transformadora que supone esta experiencia. Entre otras cosas, ha cambiado mi forma de leer. Presto mucha más atención a cada palabra escrita en relación con el universo paternofilial y me encanta utilizar las propuestas de terceros como palanca de reflexión. Muchas páginas se leen de otro modo puestas a la luz de la experiencia paternal y son más de las que creía las que hablan directa o indirectamente de esa parte fundamental de nuestra existencia (al menos mientras la visión de Aldous Huxley no se materialice por completo). Luego vengo aquí a desparramar mis divagaciones y torturaros con ellas. Eso también, claro.

Hace algunas semanas aterrizó en mis manos un ejemplar de una de esas revistas para madres y padres que venden —no sé dónde, la verdad— a un precio irrisorio. No sé si alguien las compra. Todas las que he tenido la oportunidad de ojear las he recibido como obsequio de las formas más inverosímiles. Antes de que mamá diera a luz todavía era yo un incauto proyecto de papá primerizo, y las leía con avidez y curiosidad en busca de respuestas. Hoy, con algunos meses de experiencia en la mochila, con muchas lecturas en el bolsillo y con más conversaciones en mi haber, sé que buena parte del contenido de algunas de esas revistas deja mucho que desear.

Los reportajes plagados de errores, medias verdades y mitos de la crianza no sirven más que de excusa para dar espacio a la publicidad de unas marcas que son quienes verdaderamente se benefician de según qué mensajes. Viendo algunos de sus contenidos (con algunos test como «¿Vuestro amor está fuerte y a salvo?» o un infalible «¿Qué estudiará mi hijo?») no puedo evitar pensar en que son una versión avanzada y casposilla de aquella Superpop de nuestra primera adolescencia. No es raro ver que sigan tratando a la madre como si fuera la única responsable del cuidado de los hijos y que la infantilicen como hacen aún tantas revistas femeninas con las mujeres en general. Seguro que hay grandes profesionales detrás haciendo un gran trabajo y sometidos a mucha presión, ojo. Seguro. Pero eso no me consuela como lector cuando veo que se frivolizan temas sensibles sobre los que la población debería recibir información veraz y objetiva. Un motivo más para apoyar proyectos periodísticos rigurosos, por cierto.

El caso es que aquel número de «Mi bebé y yo» —esa era la revista en cuestión, aunque no es la única del estilo— incluía en la sección «Mi educación» un artículo que me llamó la atención. «Guardería: 8 puntos a favor» rezaba el título. Ya venía yo hacía mucho tiempo dándole vueltas al dilema de la escuela infantil, así que me lancé de cabeza a leerlo. Apenas había completado un par de párrafos y ya tenía claro que necesitaba escribir aquí una de mis interminables reflexiones. Hablaré por cierto de «guardería» —como se ha denominado tradicionalmente— y «escuela infantil» —como empieza a conocerse últimamente— indistintamente. Sé que cada término tiene connotaciones diferentes y espero que nadie se sienta ofendido por el uso de uno u otro. El mismo artículo titula con «guardería» a pesar de que el contenido encaje más con la idea que defienden los partidarios del término «escuela infantil».

¿Me acompañáis?

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#MaMaCumple1Año

Si me habéis leído aquí o en alguna red social de forma más o menos habitual, sabréis que no soy el padre más implicado en las actividades de Madresfera; tampoco de entre los Papás bloguerosSe unen la falta de tiempo y la vergüenza para evitar que forme parte de cualquier sarao en el que mi cara colorada por el rubor se pasee entre tantas mamás y papás lanzados a conocerse y hacer comunidad. ¡Con el buen ambiente que han conseguido que se respire entre todos!

Eso no impide que, de vez en cuando y cuando consigo enterarme a tiempo, haga alguna más que humilde aportación. Propuse, por ejemplo, unas pocas recetas en aquella serie de #amimanera de la que fui en parte culpable. También me uní a algunos de los movimientos que considero necesitan todas las voces que puedan reunir para lanzar un testimonio fuerte, razonado y bien informado a causas que así lo merecen. Fue el caso de la campaña de información acerca de los sistemas de retención infantil a contramarcha, o de una de las muchas actividades promovidas por los Papás blogueros en favor de una paternidad igualitaria y corresponsable.

Hoy me quiero hacer eco de la última gran iniciativa nacida del pequeño grupo de entusiastas mentes pensantes que se esconden detrás de la cabecera rosada de Madresfera: el primer número en papel de su revista Madresfera Magazine. Será un número redondo con el resumen de su primer año de vida, como esa revisión de los 12 meses en el pediatra de la que cada padre espera salir con una satisfecha y orgullosa sonrisa de oreja a oreja. No faltará por supuesto el nuevo contenido, con un dossier central dedicado al parto en casa, un asunto tratado de forma tan pésima y superficial habitualmente en nuestro país que solo por eso ya merece la pena echarle un vistazo a la próxima revista.

Dejando al lado el increíble mérito que tiene todo el trabajo que consigue que la Madresfera y su revista sigan rodando, y obviando todo el buen rollo que esta comunidad ha colado en nuestra casa desde las pantallas de nuestros cachivaches, hay motivos más que suficientes para apoyar un proyecto como éste. Cualquier familia que haya hecho un mínimo esfuerzo por informarse adecuadamente sobre los temas que le preocupen de maternidad, paternidad, crianza, salud infantil, etc. debería ser consciente del mal trato que le brindan las cabeceras habituales de los quioscos a este ámbito informativo.

Muchas de las revistas especializadas en el mundo del bebé están plagadas de lugares comunes, datos anticuados, recomendaciones obsoletas y tópicos que, en el peor de los casos, rozan, si no sobrepasan, los límites del machismo más casposo. Nunca he entendido cómo pueden salir adelante tantos títulos del papel cuché al precio con que llegan a nuestros quioscos. Sin embargo, entre esas revistas de bebés que muchos distribuidores sitúan en la sección femenina de sus estanterías, no es raro que tres cuartas partes del contenido sean reportajes y páginas publicitarias. Y ya sabemos que de conflictos de intereses no andamos precisamente escasos en el mundo del cuidado de los hijos (falsos mitos sobre lactancia materna, estudios adulterados sobre el valor nutricional y la salubridad de los alimentos, análisis comparativos nefastos de sistemas de retención infantil…).

Por todo eso merece la pena poner un granito de arena para apoyar un proyecto periodístico serio como éste, con reportajes completos, bien documentados y apoyados en voces autorizadas de verdad. No sé cuál será el modelo de negocio definitivo al que llegará el periodismo del siglo XXI. Lo que está claro es que si queremos contenido de calidad, independiente y veraz, tenemos que echar una mano. ¿Os animáis? Aquí tenéis toda la información sobre el proyecto y cómo sumaros a su campaña de crowd-funding.

Un mundo —no tan— feliz

Si la primera de mis lecturas vacacionales me llevó a la España de los años 60, la segunda no iba a quedarse corta en el desplazamiento. «Un mundo feliz» era una de esas novelas que se empeñaban en resistir en mi lista de libros pendientes. Siempre había otro que la adelantaba por uno u otro carril. Fue una de las lecturas recomendadas en la asignatura de Filosofía de uno de mis últimos cursos antes de la universidad. Teresa —así se llamaba aquella magnífica profesora— nos propuso una lista de entre cuyos títulos fue «Ensayo sobre la ceguera» el que fue a caer en mis manos. Aldous Huxley tendría que esperar.

La novela nos traslada a un futuro distópico. Las sociedades humanas han alcanzado un estado de aparente perfección y lo han hecho, paradójicamente, prescindiendo de gran parte de las atribuciones que nos hacen precisamente ser más humanos. Renunciando a la libertad, al libre albedrío, a los sentimientos y a muchos otros aspectos de nuestra naturaleza, se erradican también las fricciones, los conflictos y, en definitiva, la infelicidad que llega a través de la frustración.

«Un mundo feliz» es una novela breve y de fácil lectura. Aunque el estilo narrativo no me convenció mucho, os recomiendo que la descubráis por vosotros mismos si no la habéis leído todavía. Igual que otros ejercicios similares sobre inhumanos futuros aberrantes de la Humanidad —¿habéis visto la película «Equilibrium»?— da pie a reflexiones muy interesantes.

Yo me limitaré a comentar aquí algunas de las referencias que se hacen en el libro a la maternidad, un fenómeno que ha desaparecido por completo del mundo civilizado que nos presenta Huxley. La ciencia y la tecnología han reemplazado los vientres maternos y las gestaciones intrauterinas por complejas incubadoras en las que los fetos son sometidos a estímulos de condicionamiento desde el momento mismo de su concepción artificial. Todo vestigio relacionado con la maternidad natural —la lactancia, el parto, las figuras materna y paterna…— son evitados con disgusto por parte de una sociedad que considera sucia y repugnante la manera en la que sus antepasados venían al mundo.

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«Cinco horas con Mario». Y tres días con sus hijos.

De todos los autores clásicos de la literatura universal que estudiábamos en el colegio el único que de verdad llegó alguna vez a engancharme fue Delibes. Había leído algunos de sus crudos relatos de realidad castellana y, sin embargo, no era consciente de lo que me estaba perdiendo sin haber puesto pie en el camino que recorren sus cinco horas con Mario sin moverse de una sola habitación.

Hace ya unas cuantas semanas mamá y yo decidimos pasar una de sus semanas de vacaciones en el pueblo, una pequeña aldea burgalesa en la que muere la carretera y danzan los tábanos al son que ladran los perros del pastor. Esos siete días nos sirvieron para descansar merced a unos brazos que se multiplicaban a nuestro alrededor para disfrutar de una incansable gusanita que no podría ser más feliz en parque alguno de Madrid.

El descanso puede adoptar formas inverosímiles. Se tradujo, por ejemplo, en kilómetros de caminos de concentración acumulados en las piernas sobre una bicicleta de montaña a la que había echado mucho de menos. Y llegó, también, en forma de horas de plácida lectura en el sofá de la gloria protegidos de un sol que ya no encontraba cereales que tostar en la tierra y que se empeñaba en agarrarse a nuestra piel con cada paseo entre las zarzamoras y las tenadas de la colina.

«Cinco horas con Mario» ha sido uno de los libros que más recuerdo haber disfrutado en mucho tiempo. Me sorprendió enormemente que un monólogo tan aparentemente pesado, tan pretendidamente atropellado, pudiera revelarse tan ágil y absorbente. No podía alejarme de la perorata de la desvelada Carmen, viuda de un Mario que nunca supo darle la vida que ella habría querido encontrar con él.

El estilo me cautivó y el contenido me enamoró con su reiterativo y exhaustivo repaso de las múltiples realidades de una sociedad española que poco a poco quería modernizarse. Entre los incansables párrafos de una protagonista cuyo nombre siempre olvidamos encontré numerosas referencias a la crianza, la maternidad y la educación en la década de los 60 en España. Cincuenta años después, muchas cosas han cambiado y, sin embargo, otras se empeñan en resistir en una sociedad que, en algunos aspectos, se niega a aceptar que se puede ser padres de otra manera.

No pretendo hacer un comentario de texto de un libro que recomiendo mucho, pero sí me gustaría analizar algunos de los pasajes que menciono. Me pareció un ejercicio interesante descubrir cómo hemos evolucionado, en qué nos parecemos a los padres de entonces y en qué los hemos dejado atrás. El interés de este esfuerzo fue aún mayor cuando encontré la siguiente lectura que abordaría en aquella semana de vacaciones, una cuyo autor propone un futuro en el que la maternidad ha dejado de existir. ¿Adivináis cuál? Os hablaré también del asunto.

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«El monstruo de colores»

Hace unos días os contaba cómo habían llegado a nuestra pequeña biblioteca particular dos libros «monstruosos» que le encantan a la lectora más joven de esta casa. El «Monstruo rosa» llegó de la mano de un colega de profesión: «El monstruo de colores», de la editorial Flamboyant. Por la edad del público objetivo, seguimos disfrutando de libros con poco texto pero ricos en ilustraciones de las que cuentan infinitas historias.

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