Diálogos de besuguines II

Una de los aspectos más interesantes del viaje en el que nos embarcamos al convertirnos en padres es todo lo que aprendemos de nuestros hijos. Porque sí, si uno escucha con atención ellos también tienen mucho que contarnos. Nos hablan de la inocencia, de lo que podríamos ser o haber sido si no prestáramos tanta atención a la opinión de los demás, a la publicidad o al sesgo cultural que susurra desde lo más profundo de nuestro subconsciente.

La semana pasada nuestra gusanita contrajo una exótica fiebre tropical: la fiebre por la plastilina. Se podía pasar horas jugando sin parar moldeando bolitas, cortando pedazos informes y apilando masas de color que nunca recuperarán su aspecto original. Como dice mamá, es una actividad agradecida para nosotros. A diferencia de otras que son más pesadas de aguantar durante horas, jugando con plastilina al menos nos entretenemos también nosotros dando forma a todo tipo de bichos y objetos.

Así andaban ellas jugando en el salón cuando a mamá se le ocurrió elogiar mis pobres dotes para la escultura admirando uno de los animalejos que había moldeado durante la mañana:

—Menudo artista es papá.
—Artista no, mamá. Artisto.

Nuestra hija no entiende de epicenos ni de sustantivos comunes en cuanto al género. Para ella en el parque hay niños y niñas, y en la radio hablan chicos y chicas, y todos tenemos abuelos y abuelas. Y si hay artistas, necesariamente debe de haber «artistos». Y punto.

Para un extremista del idioma como yo resulta complicado acostumbrarse al desdoblamiento que propugna el feminismo. Sin embargo, cuando hablo con mi hija, me pliego a su sencilla lógica idiomática, y me escucho habitualmente a mí mismo hablando de los «niños y niñas» con los que vamos a jugar. A ver con qué cara le explico yo si no que las niñas también son «niños».

Diálogos de besuguines I

Ayer por la tarde, en uno de nuestros habituales paseos por el barrio, bolsa de pipas en mano, nuestra pequeña cotorra nos hizo doblar el espinazo de la risa a mamá y a mí. Desde que empezó a construir frases apretando palabras unas junto a otras no pasa un día sin que nos arranque como mínimo una sonrisa con alguna de sus salidas y ocurrencias.

No sé qué vida tendrá esta sección que me invento hoy para el blog. Quizá muera con esta primera entrega, quién sabe. En cualquier caso, como el primer lector de este diario soy y seré yo mismo, lo aprovecharé para grabar en él esas palabras que, de otra manera, se llevaría el viento que tan puñetero sopla al doblar cada esquina de nuestra Burgos natal. Cuando mi memoria piscícola haya perdido por el camino el recuerdo de esas risas que un día fueron, siempre podré volver aquí y recordar.

Quedan así inaugurados solemnemente los diálogos de besugos pezqueñines.


 

Los que sois padres sabréis seguramente que casi todos los niños atraviesan una etapa en la que se empeñan en no querer andar. Da igual que la puerta del portal acabe de cerrarse a un centímetro de tus cuartos traseros; ellos ya estarán cansados. Nuestra hija ha adoptado últimamente la costumbre de hacer un giro de 180º repentino y plantarse entre nuestras piernas alzando los brazos al cielo como quien clamara piedad de un ser supremo. Al grito de «¡papá, aúpa!» exige su derecho a ser porteada, y sonríe satisfecha cuando se ve izada hasta su atalaya preferida. Se convierte así cada paseo en una lucha de poder en la que las partes deben jugar sus cartas con habilidad para optimizar la relación entre esfuerzo físico, dolor articular y tiempo de desplazamiento. Y se producen diálogos como este:

—Papá, quiero pipas.
—¡Pero bueno! O sea que, además de que te lleve aúpa, ¿también quieres pipas? ¡Tú lo quieres todo!
—Sí.
—¿Hay algo que no quieras?
—Sí, andar.

Lo tiene clarísimo…