MasterChof y los bebés

No sé las veces que le habré dicho a mamá que no deberíamos volver a engancharnos a MasterChef. Porque, sí, después de leer a Delibes también se puede perder el tiempo con algo de telebasura. Hace un par de años habría aceptado el debate acerca de si MasterChef es televisión de calidad. Con el paso de cada edición —amateur, junior o celebrity—, sin embargo, tengo más y más claro que es un programa que vende modelos que difícilmente encajan con nuestros valores.

Más allá de la sana curiosidad culinaria y la sed de un formato de fácil consumo con el que distraernos, poco podemos buscar en un programa casposo, machista y, seguramente, incluso clasista. Televisión pública ejerciendo apología del maltrato animal en los ruedos, ocultando publirreportajes militares entre plato y plato, o vendiendo un modelo de vida elitista en el que se conceden privilegios innecesarios a personajes acostumbrados a saraos de otro mundo entre páginas de papel cuché.

En esas estábamos el martes pasado derrumbados en el sofá cuando cedí al morbo del espectador y nos unimos al estreno de la segunda edición de MasterChef Celebrity. No tardaría en soltar un viejuno «¿Ves? Ya te había dicho yo que no teníamos que verlo más». Y es que la primera prueba de plató tuvo un final que nos pareció tan poco necesario como de mal gusto. Después de que los concursantes elaboraran con más o menos acierto un par de papillas —dulce y salada—, apareció al fondo un jurado excepcional para llevar a cabo la cata: 6 bebés de menos de un año repartidos en dos tandas de tres.

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El colecho o el arte de la guerra

Me encanta el colecho. Adoro llegar el último a la cama y encontrarme a mamá y a la chiquitina desparramadas por el colchón con el resplandor amarillo de la farola de la esquina colándose entre las cortinas como única fuente de luz. Me chifla despertarme por la mañana y ver a mi niña aún dormida,  poniendo morritos o con la mano posada sobre un papo colorado.

Pero. Dormir, lo que se dice dormir, yo como mejor duermo es solo en mi propia cama.

El colecho nos regala momentos preciosos. Nos ha ahorrado infinidad de salidas de la cama y patadas a esquinas de muebles de IKEA con el meñique descalzo de un pie congelado. Nos ha facilitado la vida y la lactancia, y nos ha permitido dormir tranquilos durante más de dos años. No tenemos más que levantar un poco el párpado para echar un vistazo alrededor y comprobar que toda la tribu sigue ahí, durmiendo, respirando.

Pero también nos hemos despertado unos a otros con choques inoportunos o ronquidos altisonantes. Hemos encajado patadas en las costillas y en los riñones y, como quien se acuesta con niños, mojados nos hemos levantado. Y es que los niños, especialmente una vez que aprenden a rodar sobre sí mismos, tienen una capacidad asombrosa para ocupar espacio y defenderlo con uñas y dientes desde lo más profundo de sus sueños.

Nuestra hija, en su esfuerzo por no ceder ni un milímetro de sábana fresca, ha desarrollado toda una batería de posturas con las que estratégicamente reclama su territorio. Estas son sus cinco más mortíferas.

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Las recetas son para el verano

Si el verano pasado en casa fue el de los polos (de plátano y cacao, de sandía, de mango o de salmorejo, entre otros), el de 2017 ha sido el de los helados de fruta. Esta vez los hemos presentado en casa como algo puntual: el desayuno de uno de los pocos sábados que teníamos despejados para disfrutar los tres juntos en la cocina, una merienda sorpresa en alguno de esos días de San Porquesí… Casualidad o no, nos hemos librado de los berrinches que ya vivimos el año pasado cuando a nuestra hija se le antojaba tomar helado de postre y no quedaba ningún polo en el congelador.

A diferencia de algunos de los polos que elaborábamos el año pasado, los helados de esta segunda edición del verano cocinillas tienen como base única la fruta triturada. Prescindiendo del zumo y cambiando el orden de las elaboraciones conseguimos helados más cremosos en lugar de polos helados con la pulpa distribuida desigualmente. Solo necesitamos una cosa: fruta troceada congelada previamente.

Podemos congelar fruta a propósito o podemos aprovechar simplemente esas piezas que han madurado más de la cuenta y que es difícil comer al natural sin ponerse hecho un cristo. Hay que ver la velocidad a la que evolucionan los plátanos en el frutero con el calor de estos meses… En casa, los helados se han convertido en una receta más de aprovechamiento para que no se pierda nada.

Estos han sido nuestros preferidos del verano:

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Porque hay abuelos

No puedo negar que haberme convertido en padre me ha cambiado la vida. Hay quien lucha por esquivar una alteración así, pero a mí no me ha importado dejarme llevar por esa avalancha inevitable. Entre las muchas cosas que mi paternidad ha transformado se encuentra la relación con mis padres y los padres de mamá. De un día para otro ella y yo dejamos de ser aquellos hijos —yerno y nuera— independientes que iban y venían a su antojo. De repente éramos el nexo de unión entre unos recién estrenados abuelos y una deseadísima nieta.

Haber trepado un peldaño más en la escalera genealógica de la vida me ha permitido acercarme de otra forma a la relación con mis padres, entenderlos más y desde un ángulo completamente nuevo. A cambio, también esta transformación ha sido fuente de inevitables fricciones. Nos habíamos olvidado ya de lo que suponía tener que dar explicaciones o convivir tanto tiempo bajo un mismo techo. Y quizá nunca hasta ahora habíamos sido tan exigentes con el comportamiento de unos padres que nos lo han dado todo.

Y aunque las fricciones se manifiesten en forma de un rostro demasiado habituado a las malas caras, tenemos que reconocer su esfuerzo y estarles agradecidos.

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Diálogos de besuguines IV

Entre los muchos aspectos apasionantes del lenguaje hay uno que resulta particularmente maravilloso: el uso de los sentidos figurados, la ironía y el sarcasmo. Creo que en eso es el castellano especialmente rico, al menos comparado con el escaso par de idiomas que conozco. Me da también la impresión de que puede ir en cierta manera ligado a ese carácter castizo y español tan amigo de la retranca.

Es necesario un dominio generoso del idioma para ser capaz de reconocer todos esos giros y usos retorcidos que plagan nuestro discurso. Es fácil comprobarlo conversando con cualquiera que esté aprendiendo nuestra lengua, ya sea un extranjero o un niño pequeño. Nuestra hija, a pesar de haber aprendido relativamente rápido a construir y entender estructuras complejas, nos lo recuerda a diario con sus interminables preguntas acerca de las frases a las que su interpretación literal no otorga ningún sentido.

Hace algún tiempo, por ejemplo, habíamos salido a cenar con unos amigos. Previendo un regreso a casa tardío íbamos equipados con nuestra mochila de porteo. Al despedirnos de aquellos con ella ya montada en la mochila, tuvo lugar el siguiente intercambio entre uno de nuestros amigos y una niña que ya ponía ojillos de empezar a echar de menos su cama:

-Oye, ¡que te estás quedando frita!
-¡Frita no, que no soy una patata!

Lo más habitual es que este tipo de situaciones nos resulten graciosas e inocentes. Sin embargo, también nos sirven para reflexionar sobre la manera que tenemos de dirigirnos a los niños. No es raro ver cómo su gesto se torna serio o asustado en un segundo cuando alguien le gasta una broma sobre cómo va a devorar su comida o a quitarle cualquier objeto con el que esté entretenida. No está aún preparada para entender bromas así, y en más de una ocasión han sido motivo de una buena llorera que seguramente se podría haber evitado.

También yo, como padre, me equivoco a menudo a la hora de hablar con ella. A veces lo hago desde un humor que solo me sirve a mí como desahogo, pero no es difícil que se me escape algún comentario inapropiado cuando la paciencia se me acaba y dejo que la situación me saque de mis casillas. Ya va entendiendo —y odiando— el uso forzado de un «muy bien, hija, muy bien» que se me escapa en momentos de hartura y que nunca puedo devolver a mi boca arrepentido al instante.

En otra ocasión, después de haberse puesto perdida deleitándose con alguna fruta pringosa, y al ir a intentar restregarse contra mi pantalón, no se me ocurrió nada mejor que advertirle «¡sí, hombre! Ahora límpiate en mi pantalón…». Inmediatamente tuvo que preguntarme desconcertada por qué le decía que se limpiara con tan curiosa servilleta.

Tantas son las veces que mamá y yo la dejamos descolocada con según qué expresiones que ya ha aprendido a utilizar como excusa ese «es una forma de hablar» cuando suelta alguna barrabasada sobre la que nos vemos obligados a preguntarle para asegurarnos de qué ha querido decir. Qué cuidado hay que tener.

Grupos que apoyan

Nunca antes como ahora habíamos tenido los padres españoles una vida social tan activa. Tampoco las generaciones anteriores tuvieron el privilegio de poder dedicar tanto tiempo a disfrutarla. Y, sin embargo, son muchos los padres y —desgraciadamente y sobre todo— las madres que se sienten solas. Solas y solos a pesar de encontrarse en el ojo de una vorágine social que amenaza con devorar cada minuto de nuestra vida.

Probablemente pequemos de cierto «ombliguismo» al reconocer el sentimiento de soledad. Nuestra situación como progenitores en 2017 está a años de luz de la experiencia que vivieron nuestros padres o aquellos de generaciones anteriores. Ya quisieran ellos haber tenido nuestra suerte hace 30, 50 ó 60 años. Los suyos sí que debían de ser problemas…

Sin embargo, precisamente el mismo tiempo que tenemos hoy para el disfrute sirve también para la reflexión y la introspección. La naturalidad con que antes se vivía la maternidad se ha visto desplazada hoy por etiquetas, corrientes de pensamiento, modas, sobreinformación… Y en medio de todo ello, y aunque aún hoy siga siendo un tema tabú del que muchos prefieren no hablar, muchos padres se sienten solos y desconectados.

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Ensalada oriental de garbanzos

En la pizarra magnética de nuestra nevera no puede faltar cada semana el epígrafe «Ensalada» como plato único para alguna de las comidas o cenas del menú. Lo habitual es que acabe materializándose como una ensalada más o menos tradicional de lechugas u otras hojas verdes, pero de vez en cuando nos gusta variar.

Uno de los descubrimientos de este verano ha sido una ensalada de legumbre que nos inventamos un día y que, desde que la probó, pasó a formar parte de la selecta lista de platos favoritos de mamá. Quería repetir cada semana, e incluso insistió en incluirla en el menú familiar que preparamos para las fiestas del pueblo. Eso sí que son palabras mayores…

Hemos probado ensaladas de lentejas o alubias anteriormente. Nunca han terminado de hacernos tilín. Las únicas legumbres que nos convencen hasta ahora para una ensalada fría de verano son los garbanzos. Agradecen la compañía de cualquier verdura fresca picada y son los que más acostumbrados estamos a encontrarnos en este tipo de platos en casa de los abuelos. Nosotros le dimos una vuelta al aliño y a la lista de ingredientes buscando un toque oriental, y aunque probablemente la mezcla no tenga ningún sentido en ninguna gastronomía nacional, el conjunto queda riquísimo.

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