A mí no

En una vida que ya me parece imposible, antes de nuestra primera hija, era habitual que mamá y yo cenáramos los viernes en casa de los —ahora— abuelos maternos. No sé muy bien por qué, también la televisión formaba parte del convite. Y digo que no sé muy bien por qué porque nunca fueron una familia de comer con la tele cuando mamá y el tío eran pequeños. Sea como fuere, eran viernes de «Hermano mayor» en Cuatro, y tampoco faltaban a la mesa los comentarios clásicos que uno puede esperar ante un panorama como el que presentaba el programa.

Afortunadamente, entre el repertorio de tópicos nunca habitó el de la torta a tiempo. Sin embargo, sí desprendían nuestros argumentos a buen seguro un cierto tufillo a condescendiente superioridad. «Eso a mí no me pasaría»; «eso es que no lo han parado a tiempo»; «eso es que siempre le han dado lo que quería»…

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Especias con lentejas, o las lentejas más especiadas de la Historia

A mamá la traigo de cabeza con mi uso y abuso de las especias. Cuando estoy a los mandos de la cocina se me caen polvos de todos los colores sobre la sartén. A veces sale mal; a veces sale bien. A veces el resultado es catastrófico pero, ¡ay, amigo! también hay días en los que el mejunje que llega al plato explota sobre la lengua en una locura de sabor adictivo indescriptible y difícil de identificar.

Los expertos en especias os dirán que no deberían vivir más de un año encerradas en esos tarritos vuestros de la cocina; que pierden aroma y dejan de tener gracia. Probablemente tengan razón. Por eso también intento utilizarlas a diestro y siniestro, para que no terminen formando parte del limbo de las especias rancias.

Sobre la encimera de la cocina, entre el soporte de los cuchillos y el microondas, más de una veintena de especieros esperan silenciosos su turno. Tener tantas especias diferentes nos obliga a experimentar. Si esperáramos a que una nueva receta exigiera cucharada y media de estragón para ir gastando aquel bote que compramos con ocasión de aquella caldereta de pintarroja de Arguiñano, estaríamos apañados.

Entre los alimentos que más agradecidos se muestran con las especias están las legumbres y, entre ellas, las lentejas en particular. Aprendimos a asociarlas al curry y el jengibre en un breve taller estival de cocina vegana que celebró la aldea castellana de mamá hace algunos años. Desde entonces, son blanco habitual de nuestros experimentos culinarios, que culminaron hace poco en este plato con el que pretendí batir el récord mundial de uso de especias sobre legumbre. Si no lo hice, probablemente me quedé cerca.

«¿Es necesaria tanta tontería?» os preguntaréis. Pues sí y no. Cada una de las especias puede ser probablemente prescindible de forma individual. Algunas tienen más peso en el sabor final que otras, y las cantidades son orientativas. ¿Compraría yo un bote de pimienta rosa solo por esta receta? Probablemente sí. Porque estoy loco. Lo importante es que el conjunto encuentre algún sentido, y en este caso el resultado son unas lentejas picantes con un fuerte sabor a India que en casa —incluida nuestra hija de 3 años— nos chiflaron.

¿Alguien se atreve a probar?

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Nos vamos al Salón de Gourmets

La semana que viene se celebra en Madrid la 32ª edición de Salón de Gourmets, cita —por lo visto— imprescindible para el sector profesional de la alimentación de calidad. Alguien que seguramente esté durmiendo menos horas de las que su cerebro requiere para pensar con claridad ha pensado que quien escribe puede tener algo interesante que contar de la mano de Diana de Marujismo, y nos han reservado un hueco en el stand de Aneto para que hagamos nuestra pequeña aportación.

Así pues, el próximo miércoles 9 de mayo a las 17:30 y sin saber muy bien cómo ni por qué, allí estaremos. Nuestro objetivo es sencillo: compartir con quien quiera acercarse a charlar con nosotros nuestra experiencia a la hora de hacer del hogar la base de la alimentación saludable de nuestros hijos. Sin ninguna pretensión de aleccionar y sin más intención que la de proponer alternativas fundamentadas en lo que hemos vivido en casa en primera persona.

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Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, con pañales pequeños

Hacía ya mucho que mamá y yo veníamos dándole vueltas a la idea de pasarnos a los pañales de tela. De vez en cuando nos daba la venada y consultábamos un blog tras otro sopesando pros y contras. Tantas vueltas le dimos, que la idea se mareó, y para cuando quisimos darnos cuenta, nuestra hija mayor ya hacía sus cositas en el inodoro de los mayores.

Con el nacimiento de la segunda retomamos la discusión mucho más en serio. Éramos conscientes de que dar el paso nos convertiría otra vez en el objetivo de comentarios de todo tipo, igual que nos ha sucedido cada vez que hemos optado por evaluar y probar alternativas a la forma de hacer las cosas «como se ha hecho siempre» —o, al menos, somo se ha hecho siempre en los últimos 40 años—. Los argumentos eran en este caso obvios: que nos íbamos a pasar el día lavando; que eso tiene que oler muy mal; que ya son ganas de complicarnos… Nosotros mismos los habíamos sopesado de uno en uno antes de tomar una decisión de la que no estábamos completamente convencidos.

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Bertorella al horno con cebolla

Nunca había oído hablar de la bertorella. Fue mamá la que la introdujo en nuestro catálogo familiar de pescados habituales recordando aquellas cenas en las que la abuela debió de ganarse su paladar cocinando este pez tan poco frecuente en el mercado. No es fácil encontrarlo, así que siempre que avistamos sus ribetes rosados entre las escamas relucientes de hielo de la pescadería nos la llevamos a casa con nosotros.

La bertorella es un pescado muy suave, similar a la merluza en el color y la textura de la carne, aunque el pez entero es muy diferente y se distingue de aquella con facilidad. Admite multitud de tipos de preparación, y para mi gusto, resulta más sabrosa que una merluza a la que soy muy poco aficionado.

En casa de la abuela no es raro que caiga enharinada en rodajas y pasada brevemente por la sartén para que no pierda nada de su jugosidad. Nosotros nos arriesgamos hoy con una versión muy sencilla al horno que nos sirve como excusa para ilustrar un truco que aplicamos a menudo cuando horneamos cebolla en juliana.

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Diálogos de besuguines VI

Una de los aspectos del carácter de mi hija mayor que más me enamora es su inocencia infantil. Ya ha dejado atrás la frontera de la pureza absoluta, y no es raro ser testigo ocasional de cómo intenta que cuele alguna trola esgrimida en defensa propia cuando huele a tormenta. Sin embargo, sigue haciendo gala de una ingenuidad encantadora a la hora de enfrentarse a situaciones que requieren de una capacidad lógica o simbólica de la que aún no dispone.

A lo largo de estos últimos días ha estado trabajando en su escuela en el que será su regalo para mamá por el Día de la Madre. Sus educadoras han debido de insistirles mucho en lo importante que es mantener el presente en secreto, pero han cometido un «error». Han hecho la concesión de que niños y niñas puedan confesar a papá en qué están trabajando.

Así, al llegar yo ayer a casa del trabajo, tuvo lugar un delicioso desliz que nos arrancó una sonrisa a mamá y a mí. Estábamos las cuatro en la entrada; la bebé, en mis brazos; la mayor, en los de mamá. De pronto, sin venir a cuento, nuestra parlanchina preferida se dirigió a mí para hacer un anuncio orgullosa:

—Papá, ya he pegado la foto en el marco.
—¡Pero, oye! —espetó mamá.
—Pero se lo he dicho solo a papá —se defendió ella con cierta cara de susto.

Con esa concepción suya de la idea de «secreto» que admite como tal cualquier cosa que se susurre bajito al oído, tenía claro que no había hecho ninguna revelación prohibida. Si mamá había prestado oídos a la conversación, debía de ser problema suyo y no nuestro.

Padres en la era de la (des)información

Cuando mamá y yo éramos pequeños, la inercia definía buena parte de las decisiones familiares. Los niños iban al cole del barrio o, en un alarde de arriesgada excentricidad, a aquel en el que hubiera estudiado uno de los dos progenitores. No había por qué complicarse más. Dos o tres años antes, aquellos mismos niños habrían nacido en el hospital que correspondiera al domicilio familiar. ¿Por qué iba nadie a querer cambiar de hospital para dar a luz? Puede que nos tocaran un pediatra o un médico de familia avinagrados y amigos de remedios «de vieja», pero a quién se le iba a ocurrir pedir un cambio de facultativo o contradecir la doctrina del doctor…

Esa misma mamá y yo llevamos año y medio dándole vueltas a la elección de un centro escolar para nuestra hija mayor. Empezamos a visitar los colegios del distrito un año antes de que se inaugurara siquiera nuestro plazo de inscripción. Hicimos preguntas durante visitas guiadas en horario lectivo y fuera de él; si no lo hubiéramos tenido tan claro habríamos construido una de nuestras tablas comparativas con opiniones, votaciones y clasificaciones. Algunos de nuestros mejores amigos se plantean incluso mudarse de casa y de barrio en busca de una escuela mejor para sus pequeños.

La voz del pediatra de turno hace tiempo que dejó de ser la única autorizada a la que prestan oído los padres. Ya no son el doctor, el maestro y el cura del pueblo los que imponen respeto absoluto a su dictamen. En nuestro grupo de crianza de los viernes se habla, se alaba y se critica la postura de los médicos, y son muchas las familias que eligen cambiar de pediatra si perciben consejos obsoletos o sienten miedo a una bronca ridícula que les hace sentirse obligados a mentir.

«La generación más preparada de la Historia»

Los padres de nuestra generación somos seguramente los que más información hemos tenido a nuestro alcance. Eso nos obliga a ser conscientes de la responsabilidad que semejante disponibilidad esconde. Al mismo tiempo, ser los padres más sobreinformados de la Historia, constituye también un riesgo evidente para nuestro propio bienestar y nuestra salud mental. No es fácil encontrar el equilibrio en la era de Internet, las redes sociales y los libros de ayuda.

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