Depósitos de niños

Si nos conocemos o si me habéis leído anteriormente, es probable que ya sepáis de mi empeño personal en contra de la corriente que, con gran eco en la esfera pública y política, presiona en favor del adelanto generalizado de la edad de escolarización. No os podéis hacer una idea de la rabia que me da que tanta gente asuma sin rechistar que no se puede educar a un niño de menos de 3 años en casa. Demuestra una falta de imaginación preocupante; con la de cosas que nosotros adultos podemos enseñarles a esas criaturas que acaban de aterrizar en nuestro mundo…

Es posible que en mi empeño haya dejado entrever en alguna ocasión una percepción negativa de las escuelas infantiles. Nada más lejos de mi intención: las guarderías son una herramienta útil y necesaria, y nosotros mismos hemos hecho uso de ellas cuando las circunstancias y nuestra situación personal así lo han requerido. Habrá situaciones y entornos familiares en los que la escolarización temprana sea la única solución positiva para el bebé, y en muchos hogares caerá como una bendición del cielo la gratuidad asociada a esa universalización de la escolarización de 0 a 3. Pero no nos equivoquemos: eso no significa que no exista un amplio margen de mejora para acercar más el concepto de escuela infantil a lo que los protagonistas de esta historia necesitan.

Continúa leyendo Depósitos de niños

Anuncios

Vinagreta de arándanos

Pocos eventos y situaciones se me ocurren que puedan dar pie a un mayor número de usos y costumbres tradicionales en una familia que aquello que se pone sobre la mesa compartida en cualquiera de las celebraciones navideñas. En nuestra casa siempre hubo cordero en Nochebuena y sopa en Nochevieja. De un tiempo a esta parte y desde que la pequeña de la familia empezó a dosificar sus visitas transoceánicas a un máximo de dos al año, los acompañan los productos típicos de la gastronomía local y nacional que más echa de menos. Y en medio, una ensalada.

No sé quién fue el primero que propuso la combinación, pero un mézclum de lechugas con queso de cabra y mermelada de arándanos ocupa desde entonces cada Navidad un lugar central sobre el mantel. Y es que añadirle un toque dulce a —casi— cualquier ensalada es a menudo garantía de éxito: fruta, cebolla cruda o cocinada, verduras con un punto dulce como el tomate, el pimiento o la zanahoria, pasas… Todo vale.

Con estos precedentes, y buscando siempre la forma de darle una vuelta a nuestras recetas, se nos ocurrió un día probar una alternativa más saludable a las cucharadas de mermelada industrial con que endulzan la ensalada navideña los abuelos. El resultado, un aliño facilísimo de preparar que le viene como anillo al dedo a multitud de preparaciones.

Continúa leyendo Vinagreta de arándanos

Efecto mariposa

Quien alimenta con biberón dice sentir la ojeriza del lactivismo; como sufre miradas incómodas y comentarios insultantes la mujer que da el pecho. Quien elige el camino del BLW y los trozos ha de acostumbrarse al escándalo que provoca; como asume con resignación la incomprensión la familia que por uno u otro motivo se acogió al comodín de la batidora tradicional o los purés de tarro.

Sea cual sea el camino escogido, cualquiera que viva la experiencia de criar con un cierto grado de consciencia habrá visto en más de una ocasión cómo sus elecciones son objeto de juicio. No importa si se es de la escuela tradicionalista o de la del apego; igual que nunca llueve a gusto de todos, siempre habrá alguien a quien nuestro proceder parezca de todo punto inoportuno y equivocado, quizá incluso ofensivo.

Ante semejante panorama, y una vez superada la resignación, reclamamos a menudo padres y madres el derecho a decidir cómo criar. «Que cada uno en su casa haga lo que quiera, pero a mí que no vengan a decirme cómo tengo que educar a mis hijas». Yo mismo he ocupado dicha postura a menudo, cansado de comentarios «cuñados», ignorancia y apostillas atrevidas.

Sin embargo, creo que también hay cierto deje de corrección política en esa actitud. Detrás de una petición de respeto mutuo podemos esconder a veces el miedo a manifestar públicamente lo que de verdad pensamos.

Continúa leyendo Efecto mariposa

Judías verdes al horno

Seamos sinceros: la temporada de judías verdes de la huerta del tío Julio se me termina haciendo bola. A mamá le encanta una receta que recuece las vainas con patata, a veces chorizo, y pimentón, y yo termino figurándomela en una escudilla de hojalata abollada como parte del rancho repetitivo de un moderno campo de concentración burgalés. Ya está bien.

Por eso, a medida que se acerca el final del verano, intento ser previsor y aprovisionar adecuadamente nuestra fantástica lista de recetas con unas cuantas que saquen mejor provecho de tan malogrado ingrediente. Así, cogiendo un poco de aquí y otro poco de allá, produjimos un día por casualidad esta preparación de judías al horno que nos encantó. Con un sabor infinitamente mejor conservado que el de ese cocido deslavado, y con unos toques variados, dulces y crujientes, para acompañar, en casa es ya éxito asegurado. Incluso a nuestra hija mayor, saturada también del uso y abuso de la alubia verde en casa propia y ajena, le encanta. Hasta «tripite».

Al César lo que es del César: El Comidista nos dio la idea de cortar las alubias en esa especie de juliana que favorece su cocción y evita la textura gomosa que tanto fastidia. El Invitado de Invierno nos animó a rematar con vinagre después de que devoráramos encantados sus coles de Bruselas con uvas. De una y otra receta concluimos con seguridad que el acompañamiento dulce funciona a las mil maravillas con esta y otras verduras verdes. ¡Y viva la mezcolanza!

La lista de la compra

Para unas 4 raciones necesitamos:

  • 500 g de judías verdes planas. Lo ideal es que sean frescas, pero nosotros las congelamos —ya limpias y troceadas— habitualmente cuando la temporada de judías viene fuerte a la huerta del tío Julio, y salen muy ricas igualmente.
  • 200 g de calabaza cacahuete pelada.
  • ½ cebolla pequeña o ⅓ de cebolla grande.
  • ½ remolacha cocida.
  • 2 dientes de ajo.
  • 2 puñados de nueces peladas.
  • 2 cucharadas de cebollino fresco.
  • 1 cucharadita de sal de apio. Nosotros hacemos un buen tarro casero ocasionalmente cuando nos sobra apio de alguna otra receta y dura un montón de tiempo.
  • 1 cucharadita de mezcla de especias del tipo de las clásicas «hierbas provenzales». Aquí utilizamos un preparado para ensalada de la especiera austriaca Sonnentor que le queda que ni pintado. Podéis preparar vuestra propia mezcla casera; la nuestra, el Alles im Grünen de Sonnentor lleva ortiga, perejil, orégano, ajo de oso, tomillo, pétalos de rosa y de girasol (qué bonita palabra en alemán Sonnenblumenblütenblätter), y aciano. No hace falta complicarse tanto, pero quizá os sirva de inspiración…
  • ½ cucharadita de albahaca seca.
  • Aceite de oliva virgen extra.
  • Vinagre de Jerez.

El camino a la perdición

  1. Lavamos las judías, las escurrimos bien y las secamos con un poco de papel de cocina. Cortamos las puntas y, si no son especialmente tiernas, les quitamos la hebra dura.
  2. Cortamos las vainas en dos o tres trozos de entre 4 y 5 centímetros de longitud y, después, las seccionamos longitudinalmente para obtener una especie de juliana gruesa.
  3. Pelamos la cebolla y la cortamos también en juliana, no especialmente fina.
  4. Picamos la calabaza ya pelada y la remolacha en dados de menos de 1 centímetro.
  5. Pelamos los dientes de ajo y los fileteamos.
  6. Disponemos todas las verduras sobre una bandeja de horno, las regamos con el aceite de oliva, la sal y las especias, y removemos bien para que todas queden bien impregnadas. Puede ser buena idea hacerlo en un bol donde nos resulte más fácil darles un meneo antes de pasarlas a la bandeja.
  7. Una vez condimentado el mejunje, nos aseguramos de que quede todo bien extendido por la bandeja —especialmente las judías— para que se cocinen de forma uniforme y ninguna quede algo cruda. Aquí mamá no soporta el chirrido de las judías poco cocidas en la boca… Si vais a hacer mucha cantidad, es preferible utilizar dos bandejas e ir alternándolas de altura en el horno que amontonar demasiado la verdura.
  8. Horneamos las verduras en el horno precalentado a 210 ºC con ventilador durante unos 20 minutos. Podemos ir probando cuando veamos que la cosa se va dorando para asegurarnos de que no se nos queme nada y que tampoco queden las judías duras.
  9. Una vez veamos que está listo, sacamos del horno, y le arreamos a la bandeja un buen chorro de vinagre. Añadimos las nueces un poco troceadas y removemos bien.
  10. Emplatamos rascando con una espátula de cocina o similar el jugo de la bandeja y rematamos con el cebollino picado por encima.

El truco final

Mientras preparamos el resto de ingredientes podemos darle un toque de cocción a la cebolla que hará que quede mucho más caramelizada en el horno y que contribuya al contrapunto dulce que buscamos en el plato. Para eso la disponemos en un bol o plato hondo y, tapada con film de cocina o con una tapa para microondas, la cocemos al vapor con su propia humedad en el micro durante tres o cuatro minutos a media potencia.

Es un truco que nosotros utilizamos a menudo cuando vamos a añadir cebolla a una pizza o a otras preparaciones de horno y no queremos que quede tan seca y poco cocinada como suele ser el resultado habitual.

Diálogos de besuguines VII

—Papá, me dan miedo las luces de la calle.
—¿Qué luces? ¿Pero en qué quedamos: te dan miedo las luces o te da miedo la oscuridad?
—Las luces de las sirenas.
—Pues no te preocupes, que yo las apago.
—¿Pero cómo?
—Con un botón mágico que tengo.
—¿Pero de verdad? ¿Y dónde está?
—Aquí— mientras levanto la sábana y aprieto su ombligo con mi dedo índice.
—Eso no es un botón. No me hagas bromas. ¿Por qué dices que es un botón?
—Porque así a lo mejor te sientes mejor y tienes menos miedo, ¿no?
—¡No! Así me siento todavía más mal.
—Ay, hija, no te me hagas mayor tan rápido…— con la que sería la última carcajada de aquel día juntos.

Nuestra hija se hace mayor. ¿Habremos hecho algo mal para que ya no crea en los botones mágicos?

Bodas, niños y ausencias

Algún día haré una reflexión más general sobre ese nuevo fenómeno viral conocido como «niñofobia» —ya os adelanto que yo tiendo a negar su existencia—. Mientras tanto, hoy me gustaría pensar un poco en voz alta sobre uno de esos ámbitos en los que, para consternación y cabreo de otros, algunos no quieren tener niños cerca: las bodas. ¿Son las bodas sin niños una aberración? ¿Un síntoma de un mundo enfermo? Es un asunto complejo; al final, ¿puede haber algo peor que casarte en una boda que no es la que tú quieres? Continúa leyendo Bodas, niños y ausencias

Otra forma de sentir

Aunque mis batallas se cuentan más por derrotas que por victorias, la paternidad me ha enseñado a enfrentarme de una forma nueva a la gestión de emociones propias y ajenas. Nunca fui muy proclive a exteriorizar sentimientos, más allá del evidente enfado silencioso con que cruelmente castigaba a los padres de aquel adolescente difícil de aguantar.

Ser padre me ha descubierto nuevas formas de expresar lo que siento. Me ha obligado a abrir la boca y ponerle voz a palabras que durante muchos años solo he sabido escupir por escrito. Pero mi relación con mis sentimientos no ha evolucionado solo de cara al exterior, sino que también he descubierto maneras nuevas de sentir.

Continúa leyendo Otra forma de sentir