Niño en un museo

Niñofobia

Probablemente esta no sea la clásica entrada sobre niñofobia que cabría esperar en un blog de paternidad. Quienes hayáis pasado por aquí con anterioridad sabréis ya que soy un padre agonías. Si, además, leéis de forma habitual a otros progenitores del género, os habréis topado a buen seguro más de dos y tres veces con encendidas referencias al término de moda reciente.

Las redes sociales tejidas alrededor de la experiencia de tener hijos bullen periódicamente con la última queja airada ante malas miradas y peores palabras. Son varios los casos que han logrado cierto alcance viral después de que familias con hijos fueran rechazadas en restaurantes, museos o medios de transporte. ¿Estamos ante una epidemia de odio al menor? Yo tengo reticencia a aceptar que de verdad se trate de semejante fenómeno.

Una tendencia popular y dos extremos

Pareciera difícil defender una postura contenida ante comentarios como el siguiente o como cualquiera de los que pueblan los hilos de respuestas de cualquier tuit o artículo que reclame más respeto a la presencia de niños y niñas en los espacios públicos. La realidad es que, para un segmento importante de la audiencia, desear la ausencia de críos en su día a día dista mucho de ser una unpopular opinion.

Como suele ser habitual, no obstante, la cámara de eco tuitera distorsiona nuestra percepción del entorno. En un día a día del montón la mayor parte de las actitudes hacia nuestras hijas no exceden la horquilla que bascula entre la neutra indiferencia y un entusiasmo empalagoso.

En este segundo extremo, podemos debatir si el trato que se les dispensa respeta los límites que requieren su espacio, su intimidad y su persona, pero lo que es innegable es que se trata siempre de actitudes que parten de la buena voluntad: caricias, palabras zalameras, bromas cómplices y regalos tan inoportunos como bienintencionados. Pocos grupos sociales en los que podamos tipificar a las personas reciben tanto estímulo pretendidamente positivo por parte de los extraños como los niños.

Del primer extremo —el de la indiferencia— nace un segundo mal que nos aqueja como sociedad: el desconocimiento. Hemos dejado de saber lo que hace, lo que necesita y lo que es de verdad normal en un niño. Ambos fenómenos nos permiten convivir en armonía siempre y cuando se respete una máxima: que a mí no me molesten. Porque cuando nos toca es cuando nacen los desencuentros.

El fondo de la cuestión: los límites y los padres

Buena parte de los conflictos de esta índole se pueden entender en una misma clave: la de la distinta interpretación que una y otra parte hacen de los límites. Por una parte existe una corriente que tras un despreocupado «son cosas de niños» es capaz de justificar un amplio abanico de comportamientos: desde el llanto más primario de un bebé lactante que tiene hambre, hasta la ocurrencia de un niño sin dientes ya de leche lanzándole piedras al gato del patio o al coche del vecino.

En el polo opuesto se situarían aquellos para quienes cualquier estímulo molesto procedente de un ser de menos de 24 años constituye una ofensa intolerable que debe ser atajada de inmediato. Es, por ejemplo, lo que buena parte de los lectores del siguiente tuit interpretaron de la queja de su autor: que un bebé no tiene derecho a llorar en público si un tercero debe aguantar sus lamentos.

El asunto se hizo —y cuántas van ya— viral y llegó incluso a la prensa, ocupando cabeceras tan variopintas como la sección gastronómica de La Vanguardia o la dedicada a paternidad y maternidad en El País. Pero no somos especiales en eso: el tema trasciende todas las fronteras.

Una responsabilidad trasladada

De este tipo de quejas se pueden hacer varias lecturas. Una, a menudo protagonizada por los padres de la criatura u otros padres indignados, interpreta que cualquier salida de tono semejante pretende coartar la libertad de sus hijos para comportarse con naturalidad como lo que son: niños. La otra, la del autor de la queja y sus acólitos, clama con perplejidad ante la actitud de padres y madres que pasan olímpicamente de lo que sus retoños hagan o dejen de hacer.

Es en este tipo de lectura en la que yo veo un argumento contrario a la existencia de una niñofobia generalizada. Buena parte de los exabruptos se dirigen no hacia los niños, sino contra los adultos que escurren el bulto cuando la vida en sociedad les da la oportunidad de olvidarse por un momento de las molestias ocasionadas por aquellos. Volvemos por tanto a la raíz del problema: la diferencia en la delimitación de los máximos a partir de los cuales unos y otros consideran imprescindible la intervención de los padres.

Desde mi trinchera de padre de dos, reconozco haber vivido situaciones de mucho estrés cuando alguna de mis hijas organiza la de San Quintín en según qué lugares. Me ponían particularmente nervioso aquellas en las que la escapatoria se presentaba difícil, como durante los viajes en metro o autobús.

Y es que, tratando de dedicarle todo el respeto a su necesidad de llorar, de chillar o de jugar, en el mismo instante en el que su comportamiento empieza a ser molesto para terceros ponemos en marcha todas las argucias habidas y por haber para tratar de contener las actitudes en cuestión. Nos levantamos con ellas; cambiamos el contexto físico y mental; esperamos a que se calmen en otro lugar… Incluso aun habiendo sido niñas relativamente tranquilas durante sus primeros años, no sé cuántas veces habremos comido mamá y yo por separado, uno de pie paseando por el restaurante para distraer o ayudar a dormir a nuestra gusanita, y otro en la mesa engullendo con culpa y prisa mientras tanto.

Censura externa y autocensura

¿Significan esas penurias que nos sintamos obligados mamá y yo a dejar de intentarlo? Ni hablar. Me niego a aceptar, como proponen algunos, que McDonald’s sea la única salida razonable para una familia.

Intentamos que nuestras hijas lleven buena parte de la lección aprendida de casa, pero no será quedándose aquí como van a aprender a mantener la compostura en público. Restaurantes, cines, museos… Cada uno tiene sus propios códigos de conducta asociados, y para aprender a respetarlos hay que poder experimentarlos.

A nuestra mayor —4 años— le chifla comer fuera. Desde chiquitina ha conocido las posibilidades culinarias y de ocio que eso le proporciona. Su carácter de pequeña foodie es el que nos empuja ya incluso de vez en cuando a buscar salidas gastronómicas. ¿No sería maravilloso que un restaurador entendiera su presencia en su local como una inversión de futuro? Supongo que es mucho más práctico fijarse en las cifras del mes y lamentar la plaza en la mesa que un adulto con mejor saque podría haber ocupado.

Superada esa censura que nos quiere relegar al gueto del fast-food, parece al menos sensato sopesar las exigencias del guion que ciertos lugares impondrían a nuestros hijos. Si el silencio —por poner un ejemplo— es particularmente crítico en un espectáculo, quizá sea prudente ir entrenando el autocontrol de los menores en escenarios más propicios. Entra en juego de nuevo nuestra responsabilidad como padres para ir incrementando poco a poco la que a su vez hacemos soportar a nuestros hijos. No parece aconsejable llevar a pequeños retoños inquietos a una película muda de tres horas o al concierto de un dúo de cámara a 100 € la entrada. ¿Sentido común, quizá?

Caso diferente lo constituyen multitud de lugares en los que la presencia de niños puede ser tan poco bienvenida por terceros como necesaria para sus padres. No sé si pensáis los ofendidos que a las familias nos gusta torturarnos con viajes insoportables en autobús o visitas a la oficina del INSS. A veces no nos queda más remedio que plantarnos allí con toda la recua, y por más que intentemos que no suban demasiado el tono o que no molesten al resto de conciudadanos, siempre hay quien maldice su suerte y nuestra compañía. Ya ves tú; tenemos ese vicio tan feo de vivir en el mundo.

Un salto cualitativo

Las quejas más o menos veladas y los tuits airados representan solo la parte más etérea del fenómeno. Cuando la llamada «niñofobia» se traduce en actos físicos y medidas reales subimos ya a un nivel superior.

Hay quien lo hace con discreción, sin necesidad de aspavientos vocingleros. Aquella pareja que se topó con nuestras tres familias preparándose para comer, dos polluelos por cada una, giró en redondo sobre sus tacones sin mediar palabra. Seamos sinceros, si uno busca un local en el que almorzar en un ambiente de absoluta calma, comprar papeletas para el mismo restaurante en el que van a comer una recua semejante no parece buena idea. Podemos elegir, y es normal hacerlo; puedo entenderlo.

En otros casos más polémicos, el conflicto de intereses contrapuestos se resuelve por la vía rápida. Separar. Prohibir. El paso que separa todo lo anterior de vedar la entrada a los niños es inmenso. De golpe pasamos a una sistematización de la discriminación. Porque, sí, un grupo de niños en una sala reducida puede poner patas arriba todo un restaurante. Choques fortuitos con camareros, gritos, suciedad… Pero ¿quién te dice a ti que mis hijas no van a comportarse mejor que muchos adultos en situaciones similares? Poniendo la venda antes de la herida discriminamos fundamentándonos en un prejuicio.

Podemos argumentar que un hostelero está en su perfecto derecho. ¿Cuántos locales de ocio no ejercen ya su derecho de admisión con criterios tan oscuros como poco éticos? Sin embargo, esa ola —seguramente más ruidosa que caudalosa— de rechazo a los niños no es más que un síntoma más del carácter individualista de nuestra sociedad. Los más pequeños son solo circunstancialmente objeto de la polémica cuando estorban a nuestro «yo por encima de todo». Habría quien dejaría fuera del avión a cualquier persona excesivamente voluminosa para su gusto; a los viejos, castigados sin autobús.

Nota de advertencia sobre el comportamiento de los niños en un café
El tono y la generalización presumiendo culpables a todos los niños no predisponen a nada positivo. Quizá los antecedentes lo hayan hecho necesario… ¿Pero no está un local de hostelería en su perfecto derecho de reclamar el respeto a este tipo de límites? En un tono diferente, ¿serían algo razonable?

Nos importan un bledo los demás. No pensamos en lo que significa tener 1, 2 ó 5 años porque nos hemos olvidado. No tenemos intención de incluir niños en nuestra vida, y nuestro contacto con ellos ha quedado en un testimonio anecdótico. ¿No se podría aplicar lo mismo a nuestra relación con las personas mayores?

Anecdótica pero clara es también la prueba de cómo el problema no lo constituye ya el ruido infantil en un restaurante o en ese hotel en el que tenías planeado disfrutar de un momento especial. El problema es más profundo: no aceptamos que un niño llore ni en su propia casa (ni en el parque; ni en el patio del colegio). Y yo también tengo oídos y escucho los llantos del vecino, qué jodienda, pero sufro pensando en lo infinitamente peor que yo que lo deben de estar pasando él y sus padres. A veces, solo habiendo estado en los zapatos de alguien parecemos ser capaces de empatizar y convivir.

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