Mudanzas

Mudanzas

Si hay un rasgo característico de mi forma de ser que me haga dudar de mi pertenencia a la raza humana es, sin duda, la poca aversión que siento por las mudanzas. Sinceramente, no entiendo por qué le guardáis semejante manía a esa oportunidad caída del cielo para hacer limpieza, redescubrir antiguos tesoros olvidados y poner en práctica un nuevo sistema de ordenación de vuestros libros, discos y prendas de vestir. Son todo ventajas, ¿no?

Supongo que eso asesina a sangre fría a lo que quiera que quedara de mi niño interior; no hay cosa que siente peor a un niño que una mudanza. Si nos cuesta un triunfo convencerla para que salga del salón para lavarse los dientes o de casa para dar un paseo, ve tú a contarle a mi hija de 3 años que tiene que dejarlo todo porque abandonamos la casa…

Los cambios afectan sobremanera a los niños, que no terminan de entender en este caso por qué son las víctimas inocentes de nuestras necesidades y antojos de movilidad geográfica. Como adultos necesitamos nuestro tiempo de adaptación y asimilación de todo tipo de cambios; imagínate cuánto deben de necesitarlo ellos, para quienes el hogar representa todavía un porcentaje muy elevado de todo cuanto conocen y han vivido.

Cómo reaccione un niño a una mudanza es algo imprevisible. Algunos manifestarán cierta excitación positiva durante un tiempo, hasta que sean plenamente conscientes de las implicaciones que el cambio supone para ellos; otros darán rienda suelta a través de destapes de ira en diferido a la nueva frustración que su entorno familiar les impone. Las consecuencias pueden no ser inmediatas, y quizá no sea hasta pasadas unas semanas después del aterrizaje que empecemos a advertir cambios sustanciales en su comportamiento que nos dejen desconcertados.

Ante semejante incertidumbre, solo hay una cosa que podemos hacer: tener un poco de sentido común y respetar su ritmo y sus emociones. Nada nuevo bajo el sol; así debería ser nuestro acompañamiento hacia ellos ante todas las vicisitudes que la vida irá poniendo en su camino.

Lo que nos ayudó a nosotros

Aunque intentamos aplicarlo a todas las esferas de nuestra vida familiar, teníamos claro que a la hora de cambiar de casa debíamos contar con nuestra hija mayor desde el primer momento. Queríamos que fuera partícipe de las decisiones familiares y consciente de los plazos.

Hay quien prefiere un modelo de familia autoritaria en la que las órdenes fluyan de arriba hacia abajo. A menudo obviamos a nuestros hijos en conversaciones para las que los consideramos aún inmaduros. Nosotros preferimos darles la oportunidad de formar parte, haciendo que se sientan miembros importantes del conjunto. Es innegable que no lo entenderán todo como los adultos, pero es asombroso lo que son capaces de asimilar cuando les contamos las cosas sin disfrazar la realidad, cada uno en función de su madurez.

¿Cómo lo hicimos? Del mismo modo que tratamos de llevar a buen puerto todos aquellos proyectos familiares que afectarán a su vida, desde la compra semanal hasta un viaje largo de vacaciones:

  • Poco a poco. Cuanto más importancia tenga el evento transformador, más tiempo necesitarán para hacerse a la idea de lo que les espera. Nunca nos ha gustado ocultarles procesos largos como una enfermedad, un cambio de empleo o un embarazo a nuestras hijas. Dejar que se sumerjan en el meollo del asunto desde el principio hará que se familiaricen con las particularidades de la situación enseguida.
  • Con la verdad por delante, evitando tratarlas como si fueran tontas. Los niños son tremendamente observadores y atentos, aunque a menudo nos parezca que viven en una dimensión paralela ajena a todo cuanto sucede a su alrededor. Si les damos la oportunidad de escuchar y preguntar, nos sorprendería de lo que son capaces. Podemos adaptar la forma de la verdad a la edad y capacidad de nuestros hijos, pero no tiene sentido ocultársela o tratar de distorsionar el fondo cuando tarde o temprano van a verse envueltos por completo en las consecuencias de aquello que nos cuesta contarles.
  • Permitiendo que elijan, siempre en la medida de lo posible. Es obvio que no podemos dejar la decisión de comprar o alquilar una casa en manos de una niña de 3 años, pero hay muchas cosas que puede decidir por su cuenta para dejar que se sienta importante y participe con ilusión en el cambio. Pueden elegir sobre qué juegos, cuentos o juguetes embalamos o transportamos primero; podemos escuchar sus preferencias a la hora de repartir las habitaciones; pueden decidir dónde pondrán sus cuentos preferidos y dónde los juguetes con los que más a menudo se entretienen…

    Todo eso ayudará a que hagan suyo el espacio, mucho más cuanto antes dejemos que entren a formar parte del cambio de domicilio. Podemos escuchar su parecer haciendo que nos acompañen a visitar las casas candidatas; podemos consultarles sobre los colores que les gustaría tener en su habitación…

    Lo ideal es poder empezar a tomar contacto con la nueva vivienda cuanto antes, ya durante la búsqueda o incluso mientras se construye si es un piso nuevo. Hacer visitas periódicas ayudará a que sientan la zona y las dependencias como parte de su vida.

Nuestra experiencia

Nuestro caso fue particular porque tuvimos la suerte de poder contar con el piso desde mucho antes de venir a vivir aquí. Nuestras hijas lo conocían perfectamente y no tuvimos ningún problema para poder ir haciendo una mudanza muy progresiva. Supieron que dejaríamos Madrid medio año antes de que llegara el día definitivo, y dejamos que se despidieran con naturalidad de todo aquello y de todos aquellos que habían formado parte de sus primeros años de vida.

Conseguimos así que la salida del piso anterior no fuera nada traumática, con juguetes y muebles que fueron desapareciendo de nuestro día a día lentamente en el orden que juntas íbamos consensuando.

A pesar de todo, las primeras semanas en nuestro nuevo destino fueron de caos casi absoluto. Quisimos dedicarles todo el tiempo del mundo a ellas antes que a la casa, lo que unido a mi incorporación inmediata a un nuevo trabajo retrasó hasta pasados un buen par de meses la llegada de la normalidad al hogar. Si tuviéramos la oportunidad de repetir, quizá en ese aspecto sí habríamos hecho las cosas de otra manera, dedicando un par de días muy intensos a dejar todo en su sitio en lugar de vivir durante tanto tiempo entre cajas y objetos en ubicaciones temporales.

En cualquier caso, nos sentimos muy satisfechos de cómo empezó y terminó todo. A pesar de la magnitud del cambio, dejamos que nuestras hijas fueran parte de él desde el primer momento, y creo que difícilmente habríamos podido evitar esas semanas iniciales de desconcierto generalizado. Incluso en esas circunstancias, percibimos que ellas sintieron la casa como suya desde antes aún de vivir en ella, y hasta disfrutamos del proceso de cambio jugando juntas a vender en Wallapop. Lo tenemos claro, ellas son parte fundamental de nuestra familia y así tienen que sentirlo siempre.

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