Fragmento de la novela «Momo»

Depósitos de niños

Si nos conocemos o si me habéis leído anteriormente, es probable que ya sepáis de mi empeño personal en contra de la corriente que, con gran eco en la esfera pública y política, presiona en favor del adelanto generalizado de la edad de escolarización. No os podéis hacer una idea de la rabia que me da que tanta gente asuma sin rechistar que no se puede educar a un niño de menos de 3 años en casa. Demuestra una falta de imaginación preocupante; con la de cosas que nosotros adultos podemos enseñarles a esas criaturas que acaban de aterrizar en nuestro mundo…

Es posible que en mi empeño haya dejado entrever en alguna ocasión una percepción negativa de las escuelas infantiles. Nada más lejos de mi intención: las guarderías son una herramienta útil y necesaria, y nosotros mismos hemos hecho uso de ellas cuando las circunstancias y nuestra situación personal así lo han requerido. Habrá situaciones y entornos familiares en los que la escolarización temprana sea la única solución positiva para el bebé, y en muchos hogares caerá como una bendición del cielo la gratuidad asociada a esa universalización de la escolarización de 0 a 3. Pero no nos equivoquemos: eso no significa que no exista un amplio margen de mejora para acercar más el concepto de escuela infantil a lo que los protagonistas de esta historia necesitan.

«Y como ya había muchos ahorradores de tiempo en la gran ciudad, les fue posible, en un periodo relativamente corto, convencer al Ayuntamiento de la necesidad de hacer algo por los niños desatendidos. Así pues, como consecuencia se abrieron en todos los barrios de la ciudad “Depósitos de Niños”. Se trataba de edificios muy grandes a los que se debía enviar a los niños que no tenían quien los cuidara; luego se los podía recoger cuando fuera posible.

Estaba estrictamente prohibido que los niños jugasen en las calles o en los parques o en cualquier lugar. Si pillaban a un niño haciéndolo, enseguida se presentaba alguien que lo llevaba al Depósito de Niños más cercano.»


Fragmento de «Momo», de Michael Ende

En primer lugar, porque creo firmemente que lo que los niños requieren durante sus primeros años dista mucho de estar encerrados hasta 12 horas diarias en un espacio delimitado —de 7 a 19:00 gracias a los horarios ampliados de guardería—. Y ahí poca o ninguna culpa tienen los centros, más allá de ser quienes atienden una demanda del mercado. Deberíamos ser los padres y la sociedad en su conjunto quienes hiciéramos un esfuerzo por dirigirnos hacia un modelo de vida en que la producción y el consumo no sean lo que primara, sino un reparto y una organización de los tiempos de trabajo que permitan hacerlo compatible con lo que de verdad importa: la vida de las personas.

Y en segundo lugar: ¿no deberíamos prestar un poco más de atención a lo que sucede de puertas hacia dentro? La escuela infantil media de cualquier barrio obrero español dista mucho de ser ese paraíso de luces de colores, risas y juego libre que nos pintan las revistas. Todavía son habituales los premios y castigos, las calificaciones y descalificaciones, las fichas dirigidas, los ejercicios que constriñen ritmos y grados de desarrollo bien diferentes… No tiene sentido que un niño de 2 años piense que dibuja mal; es absurdo obligar la línea trazada por su manita para que recorra la forma de un carácter alfabético por el que no tiene ningún interés.

«Naturalmente, allí ni siquiera se planteaba que los niños pudieran inventarse juegos. Los juegos les venían impuestos por los supervisores, y solo se admitían aquellos en los que se aprendiera algo útil. Pero entretanto, claro, olvidaban otras cosas: la capacidad de divertirse, de entusiasmarse y de soñar. Poco a poco a los niños se les puso cara de pequeños ahorradores de tiempo.

[…]

—¿Y dónde vais ahora?— quiso saber.
—A la clase de juegos —respondió Blanco—. Allí nos enseñan a jugar.
—¿A qué? —inquirió Momo.
—Hoy vamos a jugar a las tarjetas perforadas —explicó Paolo—, es muy útil, pero hay que prestar muchísima atención.
—¿Y cómo se juega?
—Cada uno de nosotros representa una tarjeta perforada […]. El que lo haga más rápido gana.
—¿Y eso os divierte? —preguntó Momo, dubitativa.
—No se trata de eso —replicó María, algo temerosa—, no hay que mencionar lo de divertirse.
—Pero entonces, ¿de qué se trata? —insistió Momo.
—Se trata —contestó Paolo— de que sea útil para el futuro.»


Fragmento de «Momo», de Michael Ende

Vuelvo a esta reflexión al hilo de algunos fragmentos que me llamaron la atención al recuperar la lectura de «Momo», una novela que tenía muchas ganas de revisar años después. En un futuro imposible imaginado a comienzo de los años 70, Michael Ende sugiere una realidad que hoy nos resulta dolorosamente familiar. Niños acostumbrados a aprender jugando se ven de pronto cumpliendo horarios de fábrica en centros que cubren la ausencia de padres y madres obsesionados por el ahorro y la productividad. Niños a los que se forma en cadena, cortándolos con un patrón único a la medida del sistema que consumirá después su fuerza de trabajo.

Encontré fascinante la precisión con que describe algunas de las peores costumbres de nuestro sistema educativo de 2018, de la misma manera que ya me sucedió con el mundo feliz de Aldous Huxley hace algún tiempo. ¿No es curioso que, aun habiéndolo visto venir hace tantas décadas, hayamos terminado precisamente donde no debíamos?

Fragmento de la novela «Momo»

¿Y de quién es la culpa? ¿De educadores con condiciones laborales vergonzosas? ¿De currículos educativos obsoletos fruto de la politización y reforma constante de la Educación? Las personas que cuidan de nuestros hijos cumplen con un esfuerzo encomiable en la mayor parte de los casos, y no son ellas quienes deciden cuánto tiempo deben aquellos pasar entre las cuatro paredes de la escuela. Algunas insisten a los padres para que aumenten el horario de escolarización de sus pequeños, es cierto, pero somos nosotros quienes en última instancia decidimos en función de nuestras prioridades y circunstancias.

Somos nosotros, los padres y madres, los que exigimos a veces que los niños terminen la guardería sabiendo leer y escribir las letras, chapurreando inglés —y, por qué no, chino—, haciendo sus necesidades con autonomía y sin pañal, devorando el puré del plato con soltura y sin rechistar.

Piénsalo bien: cuando tus hijos pequeños vuelven del cole o de la escuela infantil, ¿qué les preguntas? ¿Preguntas a qué han jugado hoy o preguntas qué han aprendido? ¿Te interesas por si han disfrutado y con quién lo han hecho, o les inquieres acerca de sus deberes o de si han sido obedientes y se han terminado todo en el plato? En tu mano está.

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